Número 10                                               Época IV                                     Octubre 2006


ARTE/CULTURA

Mirar el Renacimiento: aproximación hacia un objeto disperso

El Alto Renacimiento, donde se vislumbra lo que los historiadores contemporáneos han dado en llamar Renacimiento: resultado de un largo proceso de desarrollo histórico, donde se desarrollaron los principios básicos del arte del Renacimiento (norma, orden, medida, diseño y manera).

Julio Horta

Hablar del objeto artístico, en los colores del telar de la historia, es necesario hacer presente un proceso creativo ya previsto por John Berger: en contra de la concepción del universo visual gestada durante el alto Renacimiento, donde el espectador es el centro que organiza la realidad, el autor sostiene que la realidad existe con independencia de los individuos. Ésta es algo dado, más allá del observador mismo; lo percibido es, en todo caso, el mundo visual mostrado por un modo de ver . No obstante, este principio sostiene una conexión sociológica más profunda: un Modo de Producción engendra una cultura (o varias), y ésta, en su singularidad, gesta un modo de ver específico...

En un sentido más amplio, en su devenir, el hombre traza una manifestación de sí mismo en aras de su sobrevivencia: el Modo de Producción se gesta como el factor de esencia y presencia, una forma de existir en el y del todo circundante; del modo en que se producen los satisfactores —sin olvidarnos, claro, de la explotación humana que ello trae consigo— se establecen relaciones sociales determinadas; de éstas emergen formas de pensar, explicaciones que vinculan al ser con su entorno y su que-hacer, generando, en última instancia, ideas, y en primera, una cultura; en general, del proceso de aprendizaje-desarrollo social sólo queda, para el individuo, la vaguedad de las imágenes... Si la vista llega antes que las palabras, entonces lo primero que captamos es el abigarrado escenario de representaciones creadas, establecidas... y entonces lo visible existe, el arte existe, pero sólo en oposición al individuo...

Así pues, el planteamiento de Berger acerca de una posible hermenéutica que no niegue la situación social específica en la historia: “para evitar la mistificación del pasado... examinemos ahora la particular relación que existe actualmente... entre presente y pasado...” En este sentido, de estas disertaciones se explicita una conciencia histórica ya vislumbrada por la Hermenéutica analógica: “por una parte, hay que respetar la intención del autor; pero por otra, tenemos que darnos cuenta de que el texto ya no dice exactamente lo que quiso decir el autor; ha rebasado su intencionalidad al encontrarse con la nuestra...”.(1) En esta convergencia, se busca el entrecruzamiento de dos tiempos y espacios diferentes (autor/lector); una conciliación espacio-temporal necesaria para justificar el encuentro con un objeto diverso, cuyos matices se encuentran en la dispersión social, en la diversidad geográfica, y en el diferente proceso en que cada pueblo adoptó las nuevas formas de producir en el mundo...

Por lo tanto, al desaparecer —como objeto real en el imaginario colectivo— la institución eclesiástica como origen del Poder Soberano, el individuo asiste a una nueva concepción de la realidad: las certidumbres proporcionadas por la filosofía medieval son dejadas de lado; en el proceso, la reivindicación del individuo se convierte en el eje axiomático de esta búsqueda ontológica por posicionarse en el mundo. Y entonces un hombre “renace” en este nuevo mundo... un hombre vestido con los ropajes de la Antigüedad.. .

Este amplio proceso generó incertidumbre. La verdad ya no era, para el Occidente de aquella época, una realidad religiosa; el hombre se constituía en el objeto de verdad, y en el trajín N. Copérnico traza un nuevo camino hacia el conocimiento verdadero: las cosas son lo que ponemos en ellas. Esta audacia del pensamiento era apenas conciliada por las exigencias de una conciencia religiosa. En términos filosóficos, “el problema del hombre comienza a abrirse paso más allá de la preocupación por los temas referentes a Dios, lo que dará como resultado una visión antropocéntrica del universo en lugar de un teocentrismo propio del medioevo. Por otra parte, el descubrimiento del nuevo mundo agudizó la autoconciencia antropológica; el hombre se siente aludido también al surgir la nueva imagen copernicana del universo; el hombre va recobrando la confianza en la razón positiva...”(2)

En este panorama, como un primer paso para la aproximación hacia nuestro objeto (el Renacimiento) será necesario vislumbrar el hecho histórico desde una perspectiva dialéctica: “toda innovación —alteración de lo establecido— presupone necesariamente la existencia de algo establecido (tanto da que lo llamemos tradición, convencionalismo, estilo o modo de pensar) como constante respecto de la cual la innovación aparece como variable.”(3) Desde esta perspectiva, se traza un concepto de reciente revisión, la determinación de un fenómeno cuya imagen aún es incompleta: el Renacimiento, en tanto movimiento socio-cultural implicó la existencia de micro movimientos que conformaron la base del hecho histórico. En otras palabras, por la constitución misma de los movimientos humanos, resulta difícil hablar del Renacimiento como movimiento único y unificado, sino más bien de una serie de movimientos de escala regional que conformaron el movimiento histórico...

Sobre los diferentes renacimientos, el historiador de arte Erwin Panofsky marca tajante una respuesta: el Renacimiento, en términos estéticos, jurídicos, científicos y filosóficos, es el recuerdo de un ideal perdido. Es decir, para los hombres que conformaron este proceso renacentista el ideal de la civilización antigua se convirtió en un ideal de civilización; en una imagen borrascosa que manaba de toda añoranza: “La distancia creada por el Renacimiento despojó a la Antigüedad de realidad. El mundo clásico dejó de ser posesión y amenaza a la vez, como en el Medioevo... Por primera vez apareció el pasado clásico como totalidad desligada del presente; y, por tanto, como ideal anhelado en ligar de realidad utilizada y al mismo tiempo temida.”(4)

Cabe apuntar que, durante y después de la desintegración del Imperio Romano de Occidente, los procesos interrelacionados que implicaron la barbarización, orientalización y cristianización habían conducido a una paulatina pérdida de la cultura y del arte clásicos. Es en la mezcla de estos tres hechos que durante la Edad Media se presentaron renacimientos que, por sus propias características, quedaron aislados en el contexto de la cultura universal. Durante el imperio de Carlomagno surgió, en las regiones de Italia y Francia, una corriente renacentista con miras de re-establecer el arte griego y paleobizantino: la renovatio carolingia . El afán del emperador Carlomagno lo llevó a revalorar los cimientos del viejo imperio romano: ello generó un sentimiento de regresión del arte antiguo romano que se extendió hacia todo el imperio.

Aun así, este renacimiento del arte Clásico, entendido en este momento como arte Antiguo, no trascendió hacia las esferas bajas de la sociedad. La conciencia de un Imperio semejante al romano no descendió de los grupos monásticos ligados estrechamente con la corona. En el plano del arte, esta concepción estética del mundo (la regresión al arte romano) no creó por sí misma contenidos; es decir, la revaloración del arte Clásico se convirtió en copia de formal, no en creación artística: rescate de las formas —y en específico de ciertas esculturas y modelos arquitectónicos— y no en la revitalización y revaloración de los fundamentos estético-filosóficos de las culturas clásicas.

En los siglos posteriores surgiría un movimiento renacentista con una doble cualidad. Durante los siglos XI y XII nació y se desarrolló una renovación clasicista que derivó de dos corrientes complementarias, en principio: por un lado, nació un fenómeno mediterráneo (Francia meridional, Italia y España) llamado “protorrenacimiento”, en el cual se busca la reconstrucción de los principios arquitectónicos, considerados semejantes a la naturaleza humana, del arte Antiguo; y, por otro, el “protohumanismo” tendiente a la revitalización de la lengua, en un afán por reintegrar el pensamiento lúcido y la expresión elegante, y donde se buscaba la reinterpretación de los textos antiguos sin la mediación de las lenguas árabes.

Con ello, surgió un fenómeno disyuntivo denominado interpretatio Christiana . Este consistía en reinterpretar las obras y temáticas clásicas bajo parámetros medievales. Ello implicaba, en forma positiva, un proceso creativo y de plena revitalización del arte; un proceso consciente, diferente al de la copia del renovatio carolingio, en el cual las formas y personajes de la Antigüedad se desarrollaban en el marco de valores y temas contextuales de la Edad Media. En suma, hizo lo que el renacimiento anterior no había conseguido: infundir nuevos significados a la imágenes clásicas y prestar nueva forma visual a los temas clásicos. Sin embargo, esta nueva corriente surgió en el marco de un caos de la Rex Pública Christiana : las Cruzadas, los comienzos de la urbanización, las peregrinaciones organizadas.

Antes bien, es Panofsky quien nos da la explicación de este proceso: “Se puede demostrar que el divorcio de forma clásica y de contenido clásico tuvo lugar no sólo en ausencia de una tradición representacional, sino también pese a una tradición representacional todavía asequible.”(5) De ello se extrae un principio esencial del pensamiento medieval: el arte Clásico y Antiguo, aún tenía el carácter peyorativo de pagano. Por tanto, la Antigüedad era vista, en primera instancia, como un punto de contacto que implica inmediatamente un punto de divergencia: se satisfacía una impresión de continuidad (pérdida de distinciones históricas), mientras se planteaba cierta oposición hacia los principios y valores eclesiásticos —no veían, como en el Renacimiento, a la Antigüedad como un todo coherente.

Así, el hombre del Medievo, aun cuando tratase de recrear la estética clásica, veía el arte Antiguo como parte de su realidad; y en ese sentido lo descomponía y disociaba de su esencia fundamental; mientras lo concebía como objeto de posesión y amenaza. El hombre del Renacimiento veía a la distancia el arte Antiguo: lo despojó de toda realidad, se dio cuenta de que había muerto, pero que era susceptible de ser recordado; miraba hacia el pasado para encontrarse con un ideal abstracto y coherente, se topaba con una imagen desligada del presente, reelaborada en la imaginación del artista.

En este sentido, Giorgio Vasari, historiador italiano y artista del siglo XVI, nos da una segunda pauta para comprender el desarrollo del Renacimiento. Desde su perspectiva, Vasari nos aproxima hacia una sistematización de la época en la cual los pintores y literatos comenzaban una nueva vertiente de aquel principio de renovación y recuperación del pasado antiguo. A partir de su observación del contexto de desarrollo del Renacimiento, el propio Vasari clasifica este proceso en tres fases ( terza etá ): en la etapa primera encuentra, en las obras de Cimabue, Giotto (en la pintura), di Cambio y Pisani (en la arquitectura y la escultura propiamente), los primeros conatos de una producción artística diferente, por sus cualidades Clásicas, al arte del Medievo.

En esta fase primigenia, el propio historiador, envuelto en la vorágine de los tiempos, apunta que la síntesis del quehacer artístico en este primer escalón es la vuelta hacia una expresión natural. Este “prólogo” que habla del trecento explica que toda la producción artística se aproxima hacia la belleza y naturalidad del cuerpo humano, hacia una visión más real de la belleza del propio cuerpo y sus formas. A este respecto, los filósofos y literatos de la época veían en esta estética la revitalización de aquella belleza natura naturata ; mientras que se explotaba aquel principio de belleza basado en el principio de la dignificación del hombre y su presencia corporal.

Para el segundo periodo, que data del cuatrocento , Vasari acepta cierta influencia formal del arte Antiguo. En este sentido, reconoce en la arquitectura de Brunelleschi el redescubrimiento de la arquitectura antigua; y en las esculturas de Donatello la aproximación plena de las formas del arte Clásico. Pero, es en la fase culminante de la terza etá donde Vasari reconoce la plena influencia de la Antigüedad en el arte. En esta etapa, comparable siempre a la madurez del hombre, data del siglo XVI, y comenzó con los estudios de Leonardo da Vinci, y culminó con el modelo perfecto del cuerpo trazado por el pincel de Miguel Ángel.

Es en esta última fase, el Alto Renacimiento, donde se vislumbra lo que los historiadores contemporáneos han dado en llamar Renacimiento: resultado de un largo proceso de desarrollo histórico, donde se desarrollaron los principios básicos del arte del Renacimiento (norma, orden, medida, diseño y manera), y en el cual se vislumbra cómo el hombre del Medievo aún mantenía en el imaginario la conciencia de la representación de una civilización anterior, siempre latente.

A diferencia de los renacimientos anteriores, transitorios por sus propias características, el Renacimiento constituyó un todo trascendente y coherente. En su interior, la “revitalización del arte” y la “renovación del arte clásico” ya no constituía una alternativa: ambos conceptos, necesarios durante el Medievo, ahora formaban en conjunto un principio estético capaz de crear sus propios simbolismos tendientes a explicar el cosmos que rodeaba al individuo que permanecía atrapado entre dos momentos: la caída del último bastión del viejo imperio en 1453, la caída de Constantinopla y el descubrimiento del Nuevo Mundo.

BIBLIOGRAFÍA

Berger, John. Modos de Ver . 7ª edición. Barcelona: Edit. Gustavo Gili, 2002.

Beuchot, Mauricio. Historia de la filosofía. Primera Edición. México: Torres Asociados, 1998.

Beuchot, Mauricio. Perfiles esenciales de la hermenéutica. Primera Edición. México: Editorial UNAM/IIFilológicas, 1997.

Panofsky, Erwin. El significado de las artes visuales . Biblioteca diseño y artes visuales. Tercera reimpresión. Buenos Aires: Edit, Infinito, 1970.

Panofsky, Erwin. Renacimiento y renacimientos en el arte occidental . Segunda edición. Madrid: Edit. Alianza, 1975.

Vasari, Giorgio (1511-1574). Las vidas de los más excelentes arquitectos, pintores y pintores italianos desde Cimabue a nuestros tiempos . Trad. Helena Aguilar. Serie Grandes Temas. Segunda Edición. Madrid: Cátedra, 2002.

Notas

1. BEUCHOT, Mauricio. Perfiles esenciales de la hermenéutica . Primera Edición. México: Editorial UNAM/IIFilológicas, 1997. p.17
2. BEUCHOT, Mauricio. Historia de la filosofía. Primera Edición. México: Torres Asociados, 1998. p.81.
3. PANOFSKY, Erwin. Renacimiento y renacimientos en el arte occidental . Segunda edición. Madrid: Edit. Alianza, 1975. p. 32.
4. PANOFSKY, Op.. Cit . p. 172.
5. PANOFSKY, Erwin. El significado en la artes visuales . Biblioteca diseño y artes visuales. Tercera reimpresión. Buenos Aires: Edit, Infinito, 1970. p. 257.