Número 12                                               Época IV                                     Septiembre 2007


A 40 años del movimiento estudiantil
de 1966 en la Universidad Michoacana

“con Ofelia, en defensa de mi colegio. Mi participación en los movimientos universitarios de 1963 y 1966.”

Citlali Martínez Cervantes

Preambulo.

“Nuestra Pelagueia Vlasova” (el personaje de La Madre de Máximo Gorki), como llamamos Olivia Revueltas y yo a Ofelia, mi madre.

Desde niña, siempre me encantó acompañar a mi mamá en su activismo político: recuerdo, muy vagamente, su participación en el Movimiento de Liberación Nacional y en una Organización Feminista.

Ya con más nitidez, la creación del Instituto de Intercambio Cultural Mexicano-Ruso, Delegación Michoacán, en cuya Presidencia quedó mi papá; aunque en realidad la que siempre estuvo encargada de todo fue mi mamá. Esto fue cuando yo estaba como en 3º de primaria y vivíamos en un departamento de la calle de Sánchez de Tagle, en el Centro. El Instituto se instaló a una cuadra, en la esquina de esa calle con la de Fray Bartolomé de Las Casas.

Desde su fundación y hasta que mis papás entregaron la Presidencia, la actividad que se realizó en este Instituto fue muy intensa, permanente y variada: tenía librería, biblioteca, cine club, clases de ruso y de ballet clásico, club de ajedrez (allí aprendí los movimientos de las piezas de este juego, bajo la guía de Arnaldo Córdova). Además, constantemente había actividades culturales: conferencias, recitales poéticos y musicales, funciones de grupos rusos de ballet clásico y folklórico. En estos eventos participaban artistas e intelectuales tanto nacionales como rusos: recuerdo, especialmente, los maravillosos ballets folklóricos rusos y el recital de Jachaturian.

En este lugar empecé a leer con avidez las obras de la literatura rusa: La Madrey Páginas autobiográficas, de Máximo Gorki; Así se templó el acero; La calle del hijo menor; Un Hombre de verdad; El poema pedagógico; La joven guardia; El Don apacible y muchos más. Estas lecturas las completé en la biblioteca paterna, donde leí a Dostoyevski, Shakespeare, Homero, Esquilo, Dickens, etcétera.

También disfruté una y mil veces las películas que llegaban de la Unión Soviética, varias basadas en los libros ya leídos; además de otras como Cuando pasan las cigüeñas; Cielo Despejado; El Acorazado Potemkien; las bellísimas películas del Ballet Bolshoi, como El Lago de los Cisnes y Romeo y Julieta.

Por supuesto que el alma de toda esta intensa actividad fue siempre mi madre. La veía siempre emprendiendo, organizando, gestionando, atendiendo los eventos, a sus participantes, a los asistentes. Yo era feliz ayudándola a atender la librería, la biblioteca, el cine, el ajedrez, las clases; pero también acompañándola en la organización de los grandes eventos. Y para concluir la jornada, me encantaba regresar a casa caminando, abrazada a su cintura, con sus bonitos vestidos de amplio vuelo y alegres colores.

Otro acontecimiento que influyó en mi formación fue la llegada a Morelia de Enrique González Rojo, por el año de 1958, y la creación, entre él y Ofelia de la Liga Leninista Espartaco en Morelia.

Recuerdo cómo me gustaba acompañarla a México a las reuniones de la Liga, que se prolongaban eternamente y donde yo escuchaba, atenta y fascinada, las intervenciones de José Revueltas, Eduardo Lizalde, González Rojo, Julio Pliego y otros; aunque, obviamente, yo no entendía nada de lo que decían, pero me impresionaba su personalidad, su intensidad, su pasión.

Igualmente, en Morelia no me perdía ninguna de las reuniones, hasta que finalmente, a la edad de 15 años aceptaron mi ingreso a la Organización, convirtiéndome en la sección de “pioneros” de la misma.

Siempre he asociado a mi madre con la figura del personaje de “La Madre” de Máximo Gorki,; la recuerdo atendiendo círculos de estudio sobre marxismo-leninismo, tanto en Morelia como en sus alrededores: Alvaro Obregón, La Mintzita, La Huerta, Tiripetío, llegando hasta la Refinería de Salamanca. Con frecuencia la acompañaba, lo cual me ayudó para iniciar mi acercamiento a esa filosofía que busca la felicidad y la equidad para todos y cuya vigencia sigue y seguirá presente mientras haya un ser humano en la tierra que sufra de miseria, hambre y marginación.

También incluía temas de historia de México, sobre todo de la Revolución Mexicana, apoyándose en los libros de Silva Herzog y de Alperovich y Rudenko sobre esta etapa. Con especial énfasis y claridad explicaba el tema de cómo durante el porfirismo se utilizaron las compañías deslindadoras, la Ley de Terrenos Baldíos y la Ley de Desamortización de los bienes civiles, para despojar a los pueblos indígenas de sus tierras comunales; lo que provocó permanentes rebeliones indígenas en este periodo, destacando por su valor y por la crueldad de que fueron víctimas los indígenas yaquis de Sonora.

Así fue como Ofelia marcó mi compromiso de participación en la lucha revolucionaria, en busca de una vida mejor para todos.

Movimiento estudiantil de 1963

Ya como militante espartaquista, estando en 3º de secundaria en el glorioso Colegio de San Nicolás de Hidalgo, me tocó participar en el movimiento universitario de 1963, que se suscitó por la agresión a nuestra Casa de Estudios por parte de las fuerzas reaccionarias impulsadas y apoyadas por el gobierno de Agustín Arriaga Rivera.

A fines de febrero, alentados por la Homilía del Obispo de Zamora, los sinarquistas y demás fuerzas reaccionarias del estado se apoderaron del Colegio, por lo que, de inmediato, los nicolaítas se presentaron a rescatarlo, armados de resorteras con piedras y canicas; respondiendo de igual forma los de adentro.

 En medio de la refriega, apareció mi madre con un casco para motociclista en la cabeza y con un canasto repleto de tacos que empezó a repartir entre los muchachos que desde la calle defendían valerosamente su recinto, hasta lograr su objetivo y sacar a los invasores.

 A partir del intento de la reacción de tomar el Colegio, los universitarios, luego de rescatarlo, nos organizamos para montar guardias permanentes en las azoteas de este recinto y de la Escuela Popular de Bellas Artes, además de otras actividades tendientes a difundir lo justo de la lucha y solicitar apoyo para sostenerla, mismo que llegó de diferentes sectores populares, especialmente de los locatarios del Mercado de San Agustín, donde se distinguió la Fonda de Soledad y Tere Arriaga y su mamá.

En uno de los salones de la planta baja se habilitó el servicio de cocina, dirigido por Ofe (como también llamamos cariñosamente a Ofelia Cervantes, mi madre) y donde se concentraban las aportaciones de los simpatizantes, con los que se preparaban los alimentos para los integrantes de las guardias. A mi me tocó estar en esta actividad, a la que me integré de tiempo completo, salvo cuando asistía a mítines, manifestaciones o comisiones a las Normales de La Huerta y Tiripetío.

 Este movimiento concluyó el 15 de marzo, con la derogación de la Ley Orgánica de la Universidad y la imposición de una nueva que, entre otras cosas, creaba la Primera Junta de Gobierno, además de la destitución del Rector, doctor Elí de Gortari, en cuyo lugar fue nombrado el licenciado Alberto Bremáuntz. Este atropello a la Casa de Hidalgo fue acompañado de la represión por parte del Ejército, que disparó desde el Teatro Ocampo y los hoteles Alameda y Virrey de Mendoza contra los estudiantes que se encontraban haciendo guardias en la azotea del Colegio; provocando la muerte de Manuel Oropeza García y resultando heridos de gravedad Luís Mejía y Ramón Muñiz, así como otros no tan graves.

El día 14, tal vez porque algo presentí, fue la única ocasión que decidí pasar toda la noche en el Colegio, por lo que en la madrugada me pude percatar que estábamos rodeados por la fuerza militar. Enseguida empezaron a llegar los moradores de las Casas del Estudiante, quienes fueron recibidos con gases lacrimógenos. De inmediato me fui a la casa, a cuadra y media del Colegio, a avisarle a mi mamá lo que estaba pasando.

ESTA ES UNA DE TANTAS MUESTRAS DE VALOR Y HEROISMO QUE RECUERDO DE MI MADRE: Rápido sacó unos frascos vitroleros grandes, que contenían vinagre; rasgó varias sábanas en pedazos y, en lugar de hacer lo que haría una madre normal en su lugar (agarrar a su hija y encerrarla para protegerla del peligro), llenó varias botellas con vinagre y me dijo: “regrésate a repartirles a los muchachos trapos mojados con vinagre para que se los pongan en la nariz y así protegerse de los gases. Yo te alcanzo en cuanto tu papá esté listo para salir.”

Acababa de llegar al Colegio cuando de repente se soltó una balacera tremenda y que parecía interminable. Yo no sabía si mis padres habían alcanzado a entrar (después supe que en esos momentos en el Aula Máter estaban destituyendo al Comité Ejecutivo de la Federación de Profesores, encabezada por integrantes del Partido Popular Socialista que habían avalado la intervención y represión del Gobierno a la Universidad; nombrando en su lugar a mi papá, en medio del tiroteo, nuevo Presidente de ese Organismo).

Concluida la agresión, fueron trasladados al Sanatorio de La Luz todos los heridos, acompañados de gran número de nicolaítas. En el camino murió Manuel Oropeza.

Saliendo del Sanatorio fueron detenidos Efrén Capiz y Aureliano García Zamudio, estudiante de 3º de Secundaria (mi compañero de grado), quien había acompañado a uno de los heridos, su amigo Félix Adame, para quien donó sangre. Se los llevaron a la XXI Zona Militar, donde a Aureliano lo tuvieron sin agua ni comida (no obstante que acababa de donar sangre) y sometido a tortura.

También fueron detenidos, en la madrugada del 15 y en la posada “Xochimilco”, ubicada en la calle Guillermo Prieto (donde actualmente hay una extensión del Hotel Alameda), los Profesores José Luís Balcárcel (guatemalteco) y Carlos García Lugo con sus esposas Elisa y Dioselina, respectivamente; dejaron solito al hijito de los Balcárcel, Cuauhtémocm de sólo tres años de edad. Allí mismo fue detenido el profesor José Herrera Peña. Otro de los detenidos fue el profesor e historiador de origen alemán Juan Brom, quien fue sacado de su domicilio en la calle de Antonio Alzate (Centro Histórico). Todos fueron llevados al cuartel.

Durante el 15 en la tarde y noche y el 16 por la mañana, fue velado en el Aula Máter del Colegio el cuerpo de Manuel Oropeza García; se contó durante todo este tiempo con la indignada presencia de universitarios michoacanos, comisiones del interior del Estado y de todo el país y gran cantidad de habitantes de Morelia, que se turnaron todos para mantener guardias permanentes en torno al féretro. El camino al Panteón Municipal se convirtió en una marcha multitudinaria, “protegida” por aviones, judiciales, policías secretos y militares.

Después del sepelio, mis hermanos y yo nos fuimos a refugiar con mis tías María, Elena y Mercedes, hermanas de mi mamá; tres mujeres que, al no haber tenido la dicha de tener hijos propios, siempre nos han visto como tales; por lo que, aún sin estar de acuerdo con nuestras ideas y de ser tan conservadoras y temerosas, nunca nos han negado su amparo. En cuanto a mis papás, tuvieron que andar algún tiempo escondidos, protegidos por amigos solidarios. La primera en regresar fue mi mamá; mi papá duró algunos meses en aparecer, ya que sobre él seguía pesando la persecución de Arriaga Rivera.

Un día iba pasando con mi mamá por el Hotel Alameda, cuando nos encontramos a Elisa Balcárcel, que acababa de salir del Cuartel. Dijo que le habían recomendado que buscara a mi papá, que era el Presidente de la Federación de Profesores, para que la ayudara, ya que ella, guatemalteca, no conocía a nadie en la ciudad y estaba sola con su hijo de tres años, de quien se había hecho cargo, mientras sus papás estaban en el Cuartel, una muchacha que trabajaba con ellos y que lo encontró solo en la Posada donde vivían. De inmediato, mi mamá le pidió que se fueran a vivir a nuestra casa durante el tiempo en que su esposo estuviera detenido; cosa que aceptó, por lo que fuimos por sus cosas y se incorporó a la familia, estableciendo una gran amistad.
Yo iba todos los domingos con Elisita a visitar a los presos y me causaba una gran ternura y admiración ver a Evita Castañeda de Capiz llegar con sus tres hijos chicos y llena de amor por su esposo Efrén Capiz, además de trabajar para sostener a la familia, atender a sus hijos, estudiar en la Secundaria Nocturna y ayudar en la defensa legal de su esposo.

No obstante que un objetivo fundamental de Arriaga Rivera era acabar con el cardenismo en Michoacán, uno de cuyos bastiones principales era la Universidad, tanto los integrantes de la Junta de Gobierno como el nuevo Rector resultaron reconocidos cardenistas.

Por esta razón, durante los años de 1964 y 1965, periodo en el que hice mis estudios de Preparatoria en el mismo Colegio, el gobernador propició y apoyó la participación de grupos de choque y porros como Moisés Cruz, “la Changa Velasco”, “la Monina” y otros, que se dedicaron a agredir físicamente a destacados universitarios como Efrén Capiz y Arnaldo Córdova, a sabotear las elecciones de dirigentes de los órganos estudiantiles que eran el CEN y la FEUM, a entorpecer las actividades académicas de la institución y a presionar económicamente a las autoridades, mediante recortes presupuestales.

Sin embargo, en este periodo el Lic. Bremáuntz procuró darle continuidad a la política de superación académica iniciada por su antecesor, además de apoyar el carácter popular de la educación y la solidaridad con los pueblos en lucha por su libertad, como fue el caso de la República Dominicana y de Cuba.
Como parte de esta política, Bremáuntz contrató a destacados intelectuales nacionales y extranjeros que llegaron a suplir a los que habían sido obligados a abandonar su cátedra en la Facultad de Altos Estudios, a la que se le seguía considerando como el proyecto principal en el nuevo modelo de Universidad. Tal fue el caso de los profesores Jaime Labastida, Antonio Arreola, Teresa Rhode, el guatemalteco Arturo Díaz Rossoto, el portorriqueño Arturo Meléndez, el yugoslavo Ludovic Osterc y otros.

Estos dos años fueron de una intensa actividad política en la Institución. Los integrantes de la Liga Espartaco creamos el Círculo Universitario Melchor Ocampo, para actuar en la Universidad, participando en las elecciones del CEN y la FEUM, en círculos de estudio, en actos de apoyo a Cuba, República Dominicana, Vietnam, etcetera.

Al empezar el año de 1966 me trasladé a la ciudad de México, a iniciar mis estudios de licenciatura en Historia en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, donde me incorporé al Grupo Miguel Hernández, formado principalmente por espartaquistas y dirigido por Roberto Escudero, quien además era el dirigente del Comité de Lucha de la Facultad. En el mes de abril, participamos en el movimiento estudiantil de la UNAM, contra el Rector Dr. Ignacio Chávez.

2 de octubre en Morelia

Año con año, en Morelia, como en otras partes, se recuerda la masacre cometida por el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz, en la Plaza de Tlatelolco, el 2 de octubre de 1968, contra la multitud asistente al mitin convocado por el Consejo Nacional de Huelga, enarbolando la consigna “DOS DE OCTUBRE NO SE OLVIDA”.

Pero los michoacanos sí nos hemos olvidado que tenemos también un DOS DE OCTUBRE (1966), día en que fue cobardemente asesinado de un balazo disparado por la policía judicial el estudiante universitario Everardo Rodríguez Orbe.

El día 3, me encontraba en un salón de clases de la Facultad de Filosofía y Letras, cuando entraron Roberto Escudero, Luís González de Alba y otros compañeros a informar del movimiento que se había iniciado en Morelia el día anterior, además de pedir cooperación para enviar una comisión de apoyo a los nicolaítas. En ese momento decidí trasladarme a Morelia con los compañeros Escudero, González de Alba, Jaime Ossante y Héctor Percástegui, a incorporarme una vez más a la defensa de mi Colegio.

El movimiento duró sólo una semana, del 2 al 8 de octubre, por lo que fueron pocos los que participé; además de que encontré a mi papá muy enfermo, con un ataque de esa maldita enfermedad que tanto lo martirizó: la gota. Tenía una rodilla muy inflamada, 40º de temperatura y unos dolores tan fuertes que había que inyectarle pre-anestésicos y cuidarlo las 24 horas; por lo que había que repartir el tiempo entre el Colegio y su atención.

Sin embargo, alcancé a participar en algunas actividades como mítines, guardias en el Colegio, participación en el servicio de comida para las guardias.

Por último, el día 8 por la tarde asistí a un gran mitin que se realizaba en la Plaza de Armas de Morelia y me subí al kiosco, donde estaban los que hablaron en el mismo; cuando de pronto nos vimos totalmente cercados por una tremenda movilización de fuerza pública: judiciales, soldados de infantería y de caballería con el sable desenvainado que golpeaban gente, fuerza aérea… sólo faltó la marina.

Ante esto, de inmediato todos nos bajamos del kiosco y cada quien le dio para donde pudo. Yo bajé con Jaime Ossante y Héctor Percástegui y nos dirigimos a la esquina del Hotel Virrey de Mendoza y Av. Madero, por donde pasamos entre las patas de un caballo (cruzamos el cerco) para ir a meternos al Colegio de San Nicolás.

Momentos después el recinto fue allanado por el Ejército, entrando los soldados incluso a caballo hasta la segunda planta. Allí detuvieron a muchas personas, entre otras el licenciado Efrén Capiz y su esposa Eva Castañeda, Ana María Velásquez y otros. Pero nosotros logramos salir.

Ya en la calle, les propuse a Jaime y Héctor que nos fuéramos a mi casa, ya que ellos no conocían la ciudad y, por otro lado, yo inocentemente les presumí que con mi papá ningún gobernador ni nadie se atrevía a meterse, debido al gran respeto que se le guardaba por su fuerte personalidad como profesor y como luchador social, por lo que allí era el lugar más seguro. Sin embargo, la nuestra fue la primera de todas las casas particulares habitadas tanto por profesores como por estudiantes que fue allanada por la judicial y el ejército.

Ya en la casa, salí con mi hermana María a comprar el delicioso pan de El Cuerno, que vendían en el callejón del mismo nombre, para ver de qué nos enterábamos y para darles de merendar a todos los que allí estábamos: mis papás, mi tía Josefina, hermana de mi papá, María, Jaime, Héctor y yo.

En ese momento llegaron a allanar la casa, encabezados por Mario Ruiz Aburto, jefe de la judicial, entrando con lujo de fuerza, violencia e insultos. Rompieron todo lo que se les atravesó a su paso: muebles, loza, vidrios, papeles, etc. Mi tía Josefina, que no tenía nada que ver con el movimiento y que había llegado a ayudarnos a cuidar a mi papá esa noche, pidió las respectivas órdenes de aprehensión y de cateo que justificaran esta irrupción; a lo que le contestaron poniéndole una arma en el vientre, cortando cartucho e insultándola.

Insistieron en dar conmigo y con mi hermana, buscándonos por toda la casa, que estaba a oscuras porque nos habían cortado la luz; aunque ellos dijeron que intencionalmente alguien la había apagado para que no nos encontraran.

Al regresar con dos grandes bolsas de pan ya habían subido a empujones a todos, menos mi papá, a dos carros de la judicial, adonde nos subieron también a María y a mí con nuestro panecito.

Desfilamos por toda la Avenida Madero, desde La Merced, por donde vivíamos, hasta el Cuartel de la XXI Zona Militar, repartidos en dos carros y custodiados al frente, atrás y a los lados por carros con judiciales, soldados a caballo y aviones sobrevolando; como si llevaran a los más peligrosos delincuentes. Al llegar al cuartel nos percatamos que su patio principal ya estaba repleto de detenidos. Decían que LA UNIVERSIDAD SE HABÍA CAMBIADO AL CUARTEL Y EL CUARTEL A LA UNIVERSIDAD.

En la casa se quedó solo mi papá, a quien no podían mover por su estado de salud, por lo que Mario Ruiz Aburto, quien a los demás nos había tratado a empujones, insultos y malos tratos, personalmente tuvo que vestirlo (previa petición de perdón, pues había sido su alumno). Lo sacaron arrastrando y lo llevaron en un carro, también debidamente custodiado (por si intentaba fugarse), llegando más tarde al cuartel. Al entrar al patio escuchamos su inconfundible chiflido, por lo que de inmediato pedimos permiso de ir al baño y al levantarnos corrimos al carro, constatando las condiciones físicas en que llegó, que contrastaban con su entereza, valor y dignidad.

Mientras tanto, seguían llegando camiones repletos de detenidos que descargaban a medio patio, como si fueran costales, para salir a cargar nuevamente los vehículos. Al mismo tiempo, empezaron a ubicar a los más “peligrosos” y los fueron concentrando en una galera, totalmente incomunicados. Mi papá llegó directo a ese lugar. Más tarde se llevarían también a mi mamá, mi tía Josefina (“la más peligrosa”), Héctor y Jaime. A mi hermana y a mí nos llevaron a otra galera con dos filas de catres pegados a la pared, uno para todas las mujeres detenidas y enfrente un soldado por cada detenida, para cuidarnos. Afortunadamente no se dio ningún incidente ni agresión a las que pasamos allí algunos días.

Antes de que nos separaran, todavía en el patio y después de haber repartido un pedacito de pan a los que alcanzaron, para que recogieran la bilis; mi mamá no sé de donde consiguió un papel y pluma y se puso a escribir una carta para el Procurador, donde le solicitaba que trasladaran a mi papá a un sanatorio en calidad de detenido y que respetaran y resguardaran su biblioteca. Este documento lo firmamos los familiares y los amigos que estaban más cerca.

Al día siguiente, estando ya mis padres incomunicados, mi mamá alcanzó a ver que llegaba el Procurador y le pidió al soldado que los estaba custodiando que le permitiera hablarles, contestando él que estaban incomunicados; luego le pidió que le hablara para entregarle la carta mencionada, pero recibió la misma respuesta; por último le pidió que él, el soldado, se la entregara, Pero tuvo la misma respuesta. Entonces mi madre amenazó con desnudarse, pero no se la creyeron, por lo que empezó a hacerlo, a lo que el soldado corrió a avisarle al Procurador que una señora se estaba desnudando. Y logró su propósito: el funcionario se acercó a decirle que no era necesario hacer esas cosas, que estaba para servirle y le recibió la solicitud, aunque por supuesto no la atendieron.

Como a las dos semanas salimos mi tía, mi hermana y yo, junto con muchos otros y dejando adentro sólo a los que consideraron los “líderes, agitadores profesionales, al servicio del comunismo internacional”, entre ellos mis papás, los Capiz, Ana María Velásquez, Talamantes, Joel Caro, Francisco Chávez Alfaro, Alberto Pérez Raso, Sebastián Dimas, Rigoberto Sánchez y otros. La mayoría de ellos posteriormente fueron trasladados a la Penitenciaría, ubicada donde ahora está el CERESO de Morelia, y allí fueron consignados permaneciendo mis papás tres meses y los demás más tiempo.

Al salir del cuartel con mi tía y mi hermana, allí estaban mis tres tías Elena, María y Meche, hermanas de mi mamá, que con todo y lo miedosas que siempre han sido, pudo más su amor y fueron por nosotras para llevarnos a su casa.

De inmediato fui a ver a mi tío Alfredo Gálvez Bravo, quien junto con su esposa, mi tía Amelia, desde ese momento también nos protegieron con mucho amor. Guiada por mi tío y bajo sus indicaciones y las de mis tías, desocupé el departamento donde vivíamos cerca de La Merced, llevando la Biblioteca con mi tío y todo lo demás con las tías. El cuarto de Elena quedó retacado hasta el techo con muebles y cajas; otros los acomodamos en la sala, el comedor, la cocina y los dos cuartos restantes. En uno se dormían mi abuelito Casimiro y mi hermano Ramón. En otro, totalmente cubierto de camas, al grado que había que caminar arriba de ellas, nos instalamos mis tres tías, otra que vivía con ellas, mi hermana y yo, quienes en enero del ’67 nos fuimos a México, pero regresábamos de vacaciones al mismo lugar.

En cuanto a mis padres, saliendo de la prisión, el día 28 de diciembre, se fueron a vivir con mi tío Alfredo Gálvez y mi tía Amelia, quienes les acondicionaron un espacio muy independiente de su casa y los tuvieron allí los dos años que mi papá estuvo suspendido como profesor del Colegio de San Nicolás, tratándolos siempre con mucho cariño, al igual que a nosotros, sus hijos. Fue un acto de amor y solidaridad por el que estaremos eternamente agradecidos con ellos.

 De esta manera, mis padres y los tres hijos quedamos dispersos durante estos dos años. Y aunque al ser reinstalado durante el gobierno de Carlos Gálvez Betancourt pudieron de nuevo poner su casa, ya nunca volvimos a estar juntos los cinco, hasta unos dos años antes de que muriera mi papá; gracias a que, tal vez por algún presentimiento, fuimos regresando mi hermana de Estados Unidos y mi hermano y yo de México.

Sin embargo, hasta la fecha seguimos unidos en torno a mi madre y bajo la protección, el amoroso recuerdo y el ejemplo de mi padre, Ramón Martínez Ocaranza.

* Licenciada Citlali Martínez Cervantes. Egresada del Colegio de Historia de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Participante de los movimientos estudiantiles de Morelia en 1963 y 1966 y de 1968 en México. Archivista, bibliotecaria y restauradora en la Biblioteca de Antropología e Historia y en el Centro de Estudios de la Universidad de la UNAM. México, D. F. 1968-1978. Creadora del Departamento de Restauración de Libros Antiguos en la Universidad Michoacana y Jefa del mismo. Morelia. 1979-1995. Bibliotecaria de la Universidad Michoacana. 1995-2005. Actualmente jubilada. Asesora del Sistema de Enseñanza Abierta de Colegio de Bachilleres. Morelia. 1987 a la fecha. Promotora Cultural. Morelia. 1979 a la fecha. Presidenta de la Fundación Cultural Ramón Martínez Ocaranza, A. C.