Número 12                                               Época IV                                     Septiembre 2007


ARTE /CULTURA

"Creo que el marxismo todavía tiene un campo de acción considerable"
Entrevista al historiador Eric Hobsbawm

Lo negativo es cierta falta de realismo. Respecto de la globalización, por ejemplo: se la puede controlar en parte pero no se puede decir que se la va a revertir. Veo varias utopías en el movimiento altermundista pero, por ahora, ninguna que sea universalmente aplicable como las aspiraciones socialistas de los siglos XIX y XX.

El prestigioso historiador del siglo XX, Eric Hobsbawm, analiza el futuro de la democracia en un mundo imperial. Al cabo de una vida de intensa militancia, reflexiona sobre la vigencia actual del marxismo.

Su concepción de la Historia, las dificultades de una disciplina acechada por el escepticismo y el conformismo de la permanente especialización. Al cumplir 90 años reflexionó sobre el tiempo que pasó y el tiempo por venir.

Cuando cumplió 85 años, el historiador Eric Hobsbawm, el más reconocido intelectual marxista de la actualidad, publicó su autobiografía, Años interesantes. Para un especialista, interesado en sus aportes a la historiografía del siglo XX, quizás este libro no fuera más que una colorida guía por los modos en que él fue abordando cada cuestión —el siglo XX, la formación de la clase obrera, la tensión entre capitalismo y revolución—; una serie de curiosidades biográficas que definieron ciertos temas y una preferencia filosófica y política.

Pero para todo lector apasionado por el mundo en que vivimos y por los ecos remotos de su pasado inmediato, la vida de Hobsbawm es una lectura preciosa, prácticamente única, en la que se conjugan la tragedia familiar y la construcción personal con los acontecimientos históricos que hicieron del siglo XX un tiempo terrible y hermoso, una "edad de los extremos". Una pieza comparable, en su valor literario y testimonial, a la autobiografía de Nina Berberova, a las memorias de Vladimir Nabokov o al conjunto que forman la novela G, de John Berger, y algunos de sus relatos breves.

Una importancia central que tiene la narración de la propia vida, en el caso de un lúcido observador y analista del siglo XX, es que él "estaba ahí". Nacido "en el año de la Revolución Rusa", estaba ahí cuando se desintegró el imperio británico —se desintegraron, al menos, los efectos simbólicos de ostentar el ejercicio del poder gubernamental en las colonias—, y sobre todo cuando el mundo decimonónico y sus valores cayeron derrotados a los pies de la "vida moderna" —los propios padres de Hobsbawm: un ciudadano británico y su joven esposa austríaca, miembros de la parte más cosmopolita de la comunidad judía de Viena, se vieron allí hundidos en la miseria—. Hobsbawm estaba ahí cuando subió Hitler al poder y cuando fue vencido.

Cuando se desmoronó el Muro de Berlín y, con él, toda una era de "socialismo real". Hobsbawm estaba ahí, recorriendo Latinoamérica y siguiendo el rastro de sus movimientos insurreccionales justo en los años que van desde la revolución cubana al surgimiento de las guerrillas setentistas. Y estaba ahí viendo caer las Torres Gemelas de Manhattan, oyendo cómo Washington se declaraba "único protector de cierto orden mundial" y decretaba así la clausura del siglo XX.

El 11 de septiembre de 2001, Hobsbawm estaba ahí, en una cama de hospital en Londres: "No existe lugar mejor que ése, lugar por excelencia de una víctima en cautiverio —escribió—, para reflexionar sobre el aluvión extraordinario de palabras e imágenes orwellianas que inunda a la prensa escrita y la televisión". Pero, además, Hobsbawm —que hoy cumple 90, y todavía escribe artículos, publica libros y responde largas entrevistas telefónicas— sigue estando ahí. Desconfía de la perdurabilidad del imperio americano, señala las ingenuidades de la utopía altermundista, piensa que es preciso ser "un historiador escéptico" y, a la vez, esperar lo mejor del proyecto liberador del marxismo, al que sin dudas reivindica.

En una entrevista en Libération decía que "hay que devolverle al marxismo su elemento mesiánico". A pesar de que el pensamiento político (sobre todo el marxismo) aspira a "salvar" a grandes porciones de la humanidad, la tendencia secular es a evitar el mesianismo. ¿La utopía marxista tiene aún una oportunidad mesiánica en este siglo?

No en la forma en que creíamos en ella, es decir la de una economía planificada centralmente que prácticamente eliminaba el mercado, sino bajo la forma de un sistema deliberadamente orientado a incrementar la libertad humana y el desarrollo de las habilidades humanas. Creo que, así, el marxismo todavía tiene un campo de acción considerable.

-¿Y las utopías altermundistas?

Lo positivo es que son anticapitalistas y han vuelto a plantear la cuestión de que el capitalismo en su totalidad debe ser criticado. Lo negativo es cierta falta de realismo. Respecto de la globalización, por ejemplo: se la puede controlar en parte pero no se puede decir que se la va a revertir. Veo varias utopías en el movimiento altermundista pero, por ahora, ninguna que sea universalmente aplicable como las aspiraciones socialistas de los siglos XIX y XX. Mucho del utopismo altermundista está más cerca de los viejos anarquistas, que decían: Acabemos con el capitalismo, acabemos con el régimen malvado y después, de alguna manera, todo resultará bien. Hay versiones políticamente más útiles: algunas ONG aprendieron a actuar globalmente y pueden ejercer verdadera presión en campos importantes como el ambiental.

En su último libro, "Guerra y paz en el siglo XXI", afirma que la democracia está rodeada de retórica vacía: se ha convertido en un concepto incuestionable que, sin embargo, enmascara situaciones inaceptables de injusticia. ¿Sería posible recuperar un sentido auténtico de democracia? ¿Tendría sentido?

La retórica vacía de la democracia sirve de justificación a las conquistas imperiales, pero la crítica principal a la democracia como retórica de propaganda es más amplia. En general se la usa para justificar las estructuras existentes de clase y poder: "Ustedes son el pueblo y su soberanía consiste en tener elecciones cada cuatro o seis años. Y eso significa que nosotros, el gobierno, somos legítimos aun para los que no nos votaron. Hasta la próxima elección no es mucho lo que pueden hacer por sí mismos. Entretanto, nosotros los gobernamos porque representamos al pueblo y lo que hacemos es para bien de la nación". Una crítica: la democracia queda reducida a una participación ocasional en las elecciones, porque oficialmente en una democracia uno no está autorizado a emprender otras acciones políticas que no sean las legítimas y pacíficas.

-Varios politólogos franceses piensan mejorar la democracia fortaleciendo el debate institucional.

Sí, pero mi objeción es mucho más amplia: no digo únicamente que la democracia no puede quedar reducida sólo a las elecciones, tampoco puede quedar reducida al debate. Lo que el pueblo hace y es debe influir en el gobierno, de formas variadas. Su influencia no puede quedar reducida a una forma particular de constitución. Por otra parte, muchos problemas del siglo XXI escapan al marco de los estados nacionales. La democracia existe sólo dentro de los estados nacionales, así que, nos guste o no, tenemos que encontrar otras formas de abordar problemas globales. Es difícil de saber cuáles van a ser porque, hasta ahora, nada remplazó a los estados.

-Cuando habla de "pueblo" piensa en movimientos sociales, los de Argentina, por ejemplo.

Por supuesto. Cualquier movimiento es sumamente importante, siempre que el gobierno tome en cuenta la opinión del pueblo.

-Usted estudió la forma en que, históricamente, muchos movimientos perdieron eficacia al convertirse en usinas de clientelismo, usados por el populismo.

"Populismo" es un término que se usa en sentido demasiado general. La mayoría piensa que el populismo está asociado a la derecha política, pero también puede estar asociado a la izquierda o al centro. "Populismo" simplemente quiere decir gobiernos que tratan de hablar directamente con la gente; lo pueden hacer con diferentes propósitos. Perón era populista en un sentido y Chávez, en otro. No diría que necesariamente el populismo como tal debe ser aceptado por completo o rechazado. La esencia de la democracia es que el gobierno tiene que tomar en cuenta lo que el pueblo quiere y no quiere. No hay ningún mecanismo eficaz para hacerlo: el gobierno representativo no es muy eficaz. A veces funcionan mejor la prensa o los movimientos directos.

-¿Tiene futuro la "multitud" entendida como sujeto político, tal como piensa Toni Negri?

Debo decirle que no soy un gran admirador de él. No tengo muy buena opinión de Negri. Y creo que el término "multitud" es demasiado general. Hay que definir qué se entiende por "multitud". Se la podría estructurar por clases, por nacionalidad o de otras formas, pero decir "multitud" no nos lleva muy lejos.

-El concepto de "clase social" también fue objetado (Philip Furbank lo atacó sociológica e históricamente). ¿En qué cifraría la importancia política del concepto de clase?

Es un concepto que de hecho se mantiene. Cualquiera que analice resultados electorales verá que se los descompone por clase, sección y nivel de educación (hoy día esto también significa clase). Hoy la política no está dominada por movimientos conscientes de que representen una clase, pero eso no significa que la clase haya dejado de ser importante. Algunas clases son hoy menos relevantes (la clase industrial trabajadora) pero eso no quiere decir que las clases hayan dejado de existir. Es un gran error subestimar la importancia de la clase. Y es un gran error suponer que una clase representa a las otras.

El Atlas y el mundo entero

"El 8 de febrero de 1929, a última hora de la tarde, al regresar de una de sus cada vez más desesperadas idas y vueltas a la ciudad en busca de dinero, fruto de su trabajo o de algún préstamo, mi padre cayó fulminado delante de la puerta principal de casa". Así narra Eric Hobsbawm el más directo impacto de la Depresión en su memoria de 12 años. Dos años después iba a morir su madre. Pero hasta entonces, la extrema vulnerabilidad en que se hallaba su familia le había resultado casi inadvertida.

El primer indicio de "lo dura que era la situación" lo había tenido —cuenta— luego de mostrar la lista de libros que pedían sus profesores del secundario: entre ellos el costoso Atlas Kozenn. "¿Es absolutamente imprescindible que lo tengas?", se había alarmado su madre. El libro finalmente se compró, pero —escribe Hobsbawm—: "la sensación de que en esa ocasión se había hecho un sacrificio importante siempre me acompañó".

En su biblioteca, Hobsbawm conserva el viejo Atlas Kozenn un poco maltrecho y lleno de dibujitos en los márgenes. Dice que todavía lo consulta. Su obra, que abarcó el mundo entero en transformaciones sucesivas, quizás haya sido una forma de reconocer el valor de aquel sacrificio.

Ese mundo, que de nuevo se transforma mientras avanza la globalización capitalista, no verá desaparecer las unidades políticas reconocibles. Por ahora, al menos —afirma Hobsbawm—, no verá desaparecer los Estados nacionales. "La globalización debilitó muchos poderes del Estado. Hay una tendencia a globalizar la economía, la ciencia, las comunicaciones, pero no a crear grandes organizaciones supranacionales. Muchos Estados son irrelevantes o existen en función de la globalización (viven del turismo o como paraísos fiscales), pero hay cinco o seis que determinan lo que pasa en el mundo, y otros, más chicos, son importantes porque imponen límites a la globalización.

La globalización capitalista, por ejemplo, insistía en el libre movimiento de todos los factores de la producción —dinero, bienes—, sin restricción y por todo el mundo. Pero la mano de obra es un factor de la producción que no ha instaurado el libre movimiento, y una de las razones es política (los Estados no lo permiten porque podría crear enormes problemas políticos a nivel nacional). El Estado no está desapareciendo; coexiste con la globalización, o sea, con un puñado de corporaciones, pero no desaparece."

-El proyecto de Unión Europea, dice, es todavía dudoso. ¿Cuáles son los aspectos más dudosos?

No hay una identidad europea. En la UE, las decisiones las toman los gobiernos nacionales; las elecciones, incluso las europeas, se llevan a cabo en términos de política nacional. La expansión de la UE a 27 Estados lo hace aún más evidente: no creo que tenga futuro como Estado federal único y, hasta que no lo tenga, no tendrá un electorado efectivo ni será la base efectiva de la democracia. Eso no quiere decir que sea una mala organización. Al contrario, parece buena.

-Una grandeza económica.

Económica y algo más: ha logrado establecer ciertos patrones comunes en materia de leyes aceptadas como superiores a las leyes nacionales de los Estados. Quizá lo más cercano a una federación.

La UE acaba de sancionar una ley que castiga a quien niegue el Holocausto. Usted estuvo en contra del juicio al historiador David Irving (acusado de negar la "solución final"): "La misma expresión —dijo— pertenece a una era en la que la condena moral reemplazó a la historiografía".

-¿Qué opina de esta ley?

No creo que se pueda establecer o negar la verdad histórica por medio de la legislación. Fue un error sancionar leyes que consideren un delito negar el Holocausto, y es un error de los franceses tratar de promulgar una ley sobre el genocidio de los armenios, y fue un error del gobierno de Chirac insistir en que hay que enseñar que el imperio francés fue positivo. Es la opinión general de los historiadores profesionales —no hace falta aclarar que difícilmente tengamos simpatía alguna por los nazis o la masacre de los armenios por los turcos. Sólo que ésa no es la manera de establecer la verdad.

-Usa un ejemplo futbolístico para señalar diferencias entre los EE.UU. y el antiguo imperio británico. ¿Le gusta el fútbol?

No soy fanático, pero todos somos parte de una cultura futbolística. Lo que digo es que hay un conflicto básico entre la lógica del mercado, una lógica global, y el hecho de que las emociones de la gente están atadas al equipo nacional. Por un lado, los clubes y la competencia entre los principales clubes de los principales países europeos son los que dan el dinero. Pero allí no hay nada nacional (como sabe, hubo un momento en que mi equipo, el Arsenal, no tenía prácticamente ningún jugador nacido en Inglaterra).

Para estos grandes clubes, las selecciones nacionales son una distracción. No les gusta prestar a sus jugadores para que entrenen con sus selecciones. Pero las selecciones nacionales tienen que entrenar. Por lo tanto, para los clubes —empresas capitalistas, naturalmente— la selección nacional es una distracción y sin embargo no pueden prescindir de ella porque lo que mantiene al fútbol en funcionamiento es la competencia internacional.

-Esa distracción y las tensiones que plantea son un atractivo mayor. Los partidos no serían tan intensos si no estuvieran esas emociones en juego.

Sí. Y en muchos sentidos, muchos países que antes no tenían identidad, como algunos de África, adquieren identidad a través de esto. Porque es más fácil imaginarse como parte de una gran unidad a través de once personas en una cancha que a través de abstracciones.

-¿Cómo influyen las emociones en su oficio de historiador?

El historiador tiene que ser infinitamente curioso; tiene que poder imaginar las emociones de personas que no se le parecen. No se puede llegar al fondo de un período histórico si no se trata de averiguar cómo era. Alguien dijo una vez, muy acertadamente, que el pasado es otro país. Los historiadores son, de alguna manera, escritores, novelistas: tienen que imaginar pero no pueden inventar, deben guiarse por los hechos. Y el historiador tiene sus propios sentimientos pero ellos no deben interferir con las pruebas.

En este sentido, el gran modelo es el francés Marc Bloch. No sólo era un maravilloso historiador: en su primer gran libro también imaginó una sociedad que creía que el rey estaba en contacto directo con el Cielo y que, por eso, la mano del rey podía curar sus males. Bloch tenía sus propias emociones, se unió a la Resistencia y murió a manos de los alemanes durante la Guerra. No era en absoluto una persona neutral.

-El historiador no inventa los hechos, pero descubre —en los textos, en los documentos, en el análisis— cosas que estaban allí y nadie había visto. "Descubrir" e "inventar" son palabras muy próximas, aun etimológicamente. Descubrir o inventar el Big Bang ¿no es lo mismo?

Creo que los historiadores comienzan con ciertos problemas que surgen de cómo han sido criados, cómo piensan, etc. No llegan a la historia como cámaras que sólo filman (hasta las cámaras deben ser dirigidas hacia algo). Y además, los historiadores producen algo definitivo, permanente. No se pueden discutir las pruebas; sí las interpretaciones. Alguno cree que Elvis Presley no murió: está equivocado. Quien niega el Holocausto está equivocado. De allí partimos. Qué piense usted de Elvis, cómo interpreta el Holocausto, hay infinitas discusiones posibles.

-¿Su concepción de la historia cambió en todos estos años?

Básicamente no ha cambiado.

-Trabaja con el tiempo: ¿alguna vez pensó qué es el tiempo?

Bueno, ahora pienso que tenemos que expandir nuestros horizontes por fuera de la vida humana. La humanidad abarca una pequeña porción de la historia del mundo, siguiendo patrones astronómicos o incluso geológicos. La agricultura se inventó hace quizá 10,000 años. Pero uno debe tratar de ver el cuadro completo. Uno de los grandes aciertos de Marx fue tratar de ver el desarrollo completo de la raza humana en perspectiva, desde que salió de las cavernas hasta el desarrollo de las sociedades.

Eso no significa que uno no se pueda concentrar en períodos más breves. De hecho, uno debe hacerlo: los antropólogos solían entrenarse haciendo trabajo de campo sobre un determinado pueblo, y los historiadores se entrenan eligiendo determinado tema. Pero hoy el gran peligro de la historia es la excesiva especialización y que se enseñe la historia no como un progreso general de la especie humana sino como una serie de retazos elegidos según un criterio cualquiera. Y es muy importante que los historiadores se comuniquen, que escriban para que se los pueda entender, no sólo para otros especialistas.

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Clarín


Notas sobre un renacimiento cultural en tiempo de barbarie*

La tarea del intelectual consiste en tomar ideas complejas y hacerlas comprensibles, en ilustrar ideas de la práctica cotidiana. Es más fácil escribir para otros intelectuales que realizar el esfuerzo de explicar el contexto y el significado de un concepto a las clases populares.
James Petras

Introducción

Vivimos una época de destructivas guerras imperialistas en nombre de la democracia, de salvaje explotación en nombre de las potencias mundiales emergentes, de desplazamientos masivos y forzados de población en nombre de la inmigración, y de pillaje a gran escala de los recursos naturales en nombre del libre mercado. Vivimos tiempo de barbarie, y las élites bárbaras emplean un ejército de manipuladores lingüísticos y culturales con el fin de justificar sus conquistas.

Los grandes crímenes contra la mayor parte de la Humanidad se justifican mediante una corrupción corrosiva del lenguaje y el pensamiento, una deliberada maquinación de eufemismos, falsedades y engaños conceptuales. Las expresiones culturales son un determinante clave en las relaciones de clase, nacionales, étnicas y de género. Reflejan y son producto del poder político, económico y social. Pero, del mismo modo que el poder es en última instancia una relación social entre clases antagónicas; las expresiones culturales están sujetas a la mediatización que les imponen las lentes, las experiencias y los intereses de las clases dominantes y sus rebeldes súbditos.

Del mismo modo que los escritores al servicio de las élites bárbaras han fabricado un entorno lingüístico de terror, de demonios y salvadores, de ejes del bien y del mal y de eufemismos destinados maquillar los crímenes contra la Humanidad, otros nuevos grupos de escritores, artistas y actores colectivos les salen al paso para esclarecer la realidad y elucidar las bases existenciales y colectivas que permiten desmitificar las mentiras y crear una nueva realidad cultural.

Frente a la barbarie de las élites, nos hallamos ante un renacimiento cultural. Las denuncias de los crímenes se realizan por medio de análisis periodísticos, obras teatrales y canciones. Los actos de afirmación de la integridad, la solidaridad social y el rechazo individual de las tentaciones monetarias refuerzan el compromiso moral ante las amenazas, los asesinatos y la censura oficial permanentes.

Los grandes crímenes de las potencias imperiales y sus satélites incluyen las masacres y el parte de bajas cotidiano, además de la propaganda que califica a las víctimas de criminales y a los criminales de salvadores. Los delincuentes políticos no han conseguido, ni consiguen, ni pueden silenciar, acallar o cegar a una nueva generación de intelectuales, poetas y artistas críticos que hablan al pueblo con las palabras de la verdad.

Hay varios temas fundamentales en el desarrollo del renacimiento cultural emergente y en nuestro desafío al reino de la barbarie: entre otros, las políticas del lenguaje, los malentendidos conceptuales y el coraje intelectual en la vida cotidiana. El gran conflicto se da entre el poder de los grandes medios de comunicación y la solidaridad colectiva, así como en la falsa asociación de clase social con alta cultura y cultura de masas.

Las políticas del lenguaje

La tergiversación del lenguaje es requisito de complicidad con los crímenes políticos. La tergiversación del lenguaje toma la forma de eufemismos cocinados por propagandistas, transmitidos por los medios de comunicación, repetidos en su pomposo lenguaje por académicos y jueces, y regurgitado en forma de lenguaje de la calle por la prensa amarilla sensacionalista. Crímenes monstruosos contra comunidades rurales perpetrados por la policía estatal son descritos como pacificación, la reducción de salarios y servicios sociales recibe el nombre de estabilización, y la eliminación de la legislación laboral que protege al trabajador de los despidos arbitrarios y la debilitación de los sindicatos se califica de flexibilización laboral.

A los defensores de los derechos humanos que protegen a las víctimas de la violencia militar se les llama cómplices de los terroristas, la violencia estatal y paramilitar sistemática se denomina seguridad nacional, la oposición a los vínculos militares y políticos con los escuadrones de la muerte se llama terrorismo, los planes contrainsurgentes de gran escala financiados por los poderes imperiales extranjeros ostentan la etiqueta de medidas para la salvación nacional.

También está el pretexto de asignar una terminología neutral pseudocientífica a los actos inhumanos: destruir miles de comunidades y desplazar a millones de personas es descrito como liquidación de elementos subversivos y se equipara a la eliminación de los insectos nocivos.

Los eufemismos son un tipo de anestesia colectiva destinado a tranquilizar a la población no directamente afectada por la violencia del Estado. La imaginería evocada por los eufemismos se presenta siempre como benéfica, con el fin de oscurecer la inicua realidad. Pacificar sugiere la existencia de un pacifier1, algo que permite a un padre o una madre calmar suavemente a un bebé y acabar con sus irritantes llantos. La pacificación de personas implica lo opuesto: la irrupción violenta de fuerzas militares en una comunidad pacífica, que provoca gritos de dolor y escalofríos de muerte.

El término estabilización en boca de las autoridades estatales significa reducir los déficit comerciales y presupuestarios mediante la reducción de los salarios, a la vez que se mantienen las subvenciones y las exenciones fiscales a las clases dominantes. Para bancos y grandes empresas la estabilización significa la desestabilización de la clase trabajadora y los pobres, la pérdida de los servicios sanitarios, el incremento de precio de productos básicos como alimentos y transporte, y la pérdida de empleo, causa de rupturas familiares, abandono escolar, hogares monoparentales y crecientes tasas de suicidio y alcoholismo.

El ensayo general previo a cualquier tipo de transformación social y política es la claridad lingüística, es decir, hablar y escribir en un lenguaje en el que las palabras y los conceptos expliquen la realidad en que vivimos, especialmente las diferentes repercusiones de las políticas concretas sobre cada una de las clases sociales. Desenmascarar los eufemismos no es tarea de lingüistas sino de todo intelectual y artista comprometido.

El lenguaje y la izquierda

Con excesiva frecuencia, la izquierda deja de elucidar el significado de los eufemismos y recurre al perezoso recurso de colocar entre comillas la frase en cuestión. El entrecomillado tiene por objeto indicar ironía y crítica o rechazo del eufemismo, pero sigue siendo tan oscurantista como el eufemismo mismo que pretende desacreditar. Por ejemplo, muchos escritores despachan las referencias a Estados policiales o autoritarios que pretenden pasar por democráticos simplemente utilizando la palabra “democracia” entrecomillada, como si las comillas fuesen suficiente explicación.

Estos críticos dejan de tomarse el tiempo y realizar el esfuerzo de elaborar un término más preciso que capture el significado cognitivo de ese sistema político. Recurrir al entrecomillado es un recurso utilizado en exceso por la izquierda y que socava los objetivos pedagógicos de educar a las clases populares y proporcionar un nuevo y útil vocabulario político.

En especial, los intelectuales que pretenden ejercer de comunicadores o conductores de la clase obrera y el campesinado, insultan a la inteligencia del pueblo con el uso de palabrotas. Al utilizar palabrotas, el intelectual renuncia a su responsabilidad de ampliar el vocabulario de la clase trabajadora o los activistas campesinos. Cuando los trabajadores o los campesinos utilizan ellos mismos palabrotas, éstas dependen en gran medida de un contexto y un tono específicos que determinan su significado.

Una misma palabrota puede tener un significado de denuncia y otro de afecto, en función de su contexto. Pero cuando disponemos de un vocabulario político más preciso y variado, el intelectual pseudopopulista debería presentar y definir sus significados en lugar de pretender establecer la relación basándose en el nivel más limitado y simplista de la comunicación: la vulgaridad.

El intelectual que minimiza su lenguaje para aproximarse a los trabajadores y campesinos no está con ello potenciando la comprensión de su mensaje; por el contrario, reduce su propio nivel de conceptualización.

El otro lado de la moneda es el problema del exotismo del intelectual. Es decir, el uso de un lenguaje poco familiar, abstracto, derivado de textos de alto nivel de especialización, que no consigue conectar con las realidades concretas y las luchas de los trabajadores y campesinos. La tarea del intelectual consiste en tomar ideas complejas y hacerlas comprensibles, en ilustrar ideas de la práctica cotidiana. Es más fácil escribir para otros intelectuales que realizar el esfuerzo de explicar el contexto y el significado de un concepto a las clases populares. Pero es esto precisamente lo que hay que hacer, sin condescendencia ni simplificación excesiva.

Claridad conceptual: entre democracia y barbarie

La tergiversación conceptual es el opio del intelectual apologista del terrorismo estatal. ¿Cuáles son los conceptos más frecuentemente distorsionados? ¿Cuáles son los actos de tergiversación más corrientes? ¿Cómo y por qué tienen lugar estas acciones?

Los conceptos más frecuentemente manipulados son: democracia, ciudadanía (en cualquiera de sus acepciones), sociedad civil y elecciones libres.

Tal como la utilizan los apologistas extranjeros y nacionales del Estado terrorista, la democracia se reduce a un conjunto de procedimientos electorales, una competición de dos o más partidos entre sí; y unas instituciones legislativas y ejecutivas basadas en las elecciones. Los elementos más esenciales de la democracia, como la libertad de expresarse, organizarse, reunirse y protestar, quedan excluidos; los escuadrones de la muerte y la violencia militar y policial recurren a los asesinatos sistemáticos, los secuestros y las desapariciones con el fin de falsear completamente el contexto que conduce a las elecciones.

En otras palabras, el Estado terrorista socava el contexto político de unas elecciones libres, de la competencia entre partidos y de la presencia de candidatos críticos. El uso generalizado e intensivo de la fuerza y la violencia en la fase previa a las elecciones determina las consecuencias de éstas: la alternancia de líderes dentro de los estrechos límites que impone la oligarquía gobernante. Los procedimientos electorales sujetos al terrorismo estatal y a los asesinatos sistemáticos y la intimidación son claramente incompatibles con cualquier concepción sustantiva de la democracia. La eliminación física sistemática de los oponentes políticos y la intimidación psicológica de la masa electoral definen al Estado policial.

Asociar el terrorismo de Estado y las amenazas políticas con la democracia es una grosera perversión de los mismos fundamentos del proceso democrático: la libertad de decidir presentarse a unas elecciones y perseguir alternativas al actual sistema. Algunos analistas hablan de democracias de escuadrones de la muerte, es decir, Estados en los que los escuadrones de la muerte cuentan con respaldo oficial y condicionan los procesos electorales. La ironía de la expresión citada está en ese oxímoron que remite a la frase de Orwell “la libertad es la esclavitud”.

Del mismo modo, hay quien se refiere a Estados Unidos como a una democracia imperial, situación en la que la política interna es democrática mientras que una política exterior imperial impone estrictas normas de violencia y regímenes dictatoriales. Todos estos términos compuestos son, no obstante, conceptos estáticos; la construcción del imperio, especialmente en tiempo de derrotas, y el desorden interno pueden conducir a una usurpación del poder ejecutivo en el que la democracia imperial se convierta en Estado policial imperial.

Otro concepto asimismo tergiversado por los apologistas del poder del Estado es el de sociedad civil, es decir, las clases sociales, las organizaciones y las asociaciones que son independientes del Estado. Los apologistas del terror estatal, que exigen la defensa de la sociedad civil, se refieren únicamente a determinadas organizaciones de las élites civiles y oscurecen su íntima relación con el Estado policial.

Su virtuosa sociedad civil excluye a las asociaciones campesinas independientes y a los sindicatos de clase. A la vez que hablan en defensa de la sociedad civil, defienden el Estado policial autor de asesinatos de líderes de la misma, como por ejemplo, abogados y jueces independientes, campesinos, trabajadores o estudiantes. La destrucción de la sociedad civil en nombre de ésta denota una situación de barbarie: un Estado bárbaro camuflado tras una fachada de política electoral competitiva oligárquica.

La ciudadanía y el Estado bárbaro

El ejercicio total o parcial de las virtudes cívicas constituye una empresa peligrosa en el Estado bárbaro. En el caso de Colombia, números cantan: hay tres millones de campesinos desplazados a la fuerza, 40,000 ciudadanos han sido asesinados por militares y paramilitares, decenas de miles de ciudadanos se han visto forzados al exilio o a la clandestinidad. Para muchos ciudadanos colombianos, la decisión de seguir adelante con el pleno ejercicio de sus virtudes cívicas, ejercer sus derechos sociales, desarrollar acciones cívicas y concretar sus derechos políticos a fin de cuestionar la hegemonía oligárquica está plagada de peligros cotidianos.

Otros muchos, ciudadanos prudentes, optan por un funcionamiento en el marco de los parámetros institucionales impuestos por la oligarquía, y utilizan un lenguaje críptico en su denuncia de la violencia estatal. Los presidentes de Estados bárbaros que denuncian públicamente a los ciudadanos que ejercitan sus derechos cívicos están firmando sentencias de muerte, que son luego ejecutadas casi siempre por sicarios en motocicleta que disparan a los sindicalistas cuando se dirigen a sus trabajos, a los abogados de derechos humanos cuando abandonan sus despachos y a los activistas campesinos mientras trabajan sus tierras.

El ejercicio cotidiano de las virtudes cívicas en un Estado bárbaro es un acto heroico. La civilidad, ante las amenazas de muerte emitidas por líderes políticos que gozan de inmunidad, es una virtud que solamente puede atribuirse al ciudadano. La civilidad no está inserta en el sistema político; existe a pesar del Estado bárbaro y contra éste. En condiciones extremas, la conciencia cívica puede incluir la renuncia al voto o la abstención. Las elecciones pueden considerarse actos superfluos, en particular en los casos en que la oligarquía controla el proceso político y las elecciones sólo sirven para proporcionar una pátina de falsa legitimidad a los bárbaros que detentan el poder. En los casos en que surgen alternativas políticas, libres del control de la oligarquía, los ciudadanos pueden optar por ejercitar sus derechos políticos para reunirse y decidir colectivamente romper con el sistema y el aparato de violencia.

¿Tragedias políticas o criminalidad política?

Muchos escritores y artistas progresistas, cuando se refieren a las posibilidades perdidas por países dotados de una gran riqueza humana y material debido al mal gobierno, hablan de tragedias políticas. Se trata de una falsa apreciación muy grave que contribuye a enmascarar la naturaleza de la tragedia y el abuso del poder político. Existe una tragedia política, en el sentido clásico, cuando gobernantes bienintencionados pero de carácter inestable, cometen sin intención actos horribles –por ejemplo, matanzas familiares— o sumen a sus países en guerras devastadoras por pretextos mínimos, por un exceso de orgullo personal.

Las acciones bárbaras perpetradas por los gobernantes oligárquicos no son el resultado de defectos individuales, sino que son producto de actos colectivos, deliberados y sistemáticos de pillaje, explotación y usurpación de los pequeños propietarios agrarios. Los actos de guerra se realizan contra las comunidades en el territorio de éstas. Las razones de la guerra no son deslices personales, sino que se enmarcan en la defensa de privilegios indefendibles, poder ilegítimo y grandes concentraciones de riqueza.

La violencia sistemática persistente y a gran escala que infringen una serie de gobernantes oligarcas a sus conciudadanos y el empobrecimiento de un país potencialmente rico no es una tragedia, es un crimen político, o más concretamente, un crimen contra la Humanidad. Cuando hablamos de tragedias políticas, podemos referirnos a la Atenas clásica o al príncipe Hamlet, en ningún caso a la actual Colombia, un Estado cuya narrativa tiene más que ver con la genealogía de la Mafia.

La tragedia nos habla de buenos gobernantes que, debido a sus excesos, cometen delitos políticos. La audiencia de una tragedia se identifica, por lo menos al principio, con el gobernante y sus visibles virtudes y virtuosa gobernanza. A medida que el gobernante se desliza inexorablemente hacia su caída, la audiencia siente repulsión hacia sus crímenes, pero cuando al final se hace justicia experimenta una catarsis, es decir, un sentido de virtud cívica recobrada, incluso un sentimiento de que el absolutismo político, aun cuando haya sido la característica de un gobernante antes virtuoso, ha sido castigado debidamente. En la mente del público persiste un sentido de la ambigüedad ciudadana relativo a la condición humana que alcanza incluso a aquellos que ocupan las altas esferas de la política.

Por el contrario, los gobernantes de las actuales oligarquías comienzan ya sus periodos de ejercicio del poder como delincuentes homicidas. Las campañas electorales mismas están plagadas de asesinatos, confusión y matanzas. Al convertirse en jefes de Estado, no cabe ya la ambigüedad: los más cercanos socios de los presidentes son los oligarcas, los parlamentarios que los apoyan han sido elegidos con los fondos ilícitos de los narcotraficantes y la ley se impone por medio de armas de fuego y machetes en manos de asesinos a sueldo.

Los actos criminales de gobierno se perpetúan, sin ningún tipo de virtud redentora. En ningún momento expresa la audiencia –la ciudadanía— ningún tipo de identificación emocional. En cambio, a medida que los crímenes se multiplican, la indignación emocional y el repudio son cada vez más intensos. Con un sistema judicial totalmente corrupto y con medios de comunicación cómplices, el pueblo no halla ningún tipo de redención públicamente expresa porque, a diferencia de las tragedias griegas o shakespearianas, el horror no tiene fin. La criminalidad política que permea el Estado bárbaro contemporáneo no emergerá de un redentor de élite.

Colombia: héroes de cada día

Muchos críticos literarios y gran parte del público en general tienen a las estrellas cinematográficas o deportivas o a los ganadores del Premio Nobel como héroes y heroínas virtuales. Yo, por mi parte, tengo que confesar que mis héroes y heroínas no son ni santos ni notables, ni siquiera los grandes críticos y los intelectuales de renombre mundial de Estados Unidos o Europa.

Los más admirables de todos son los colombianos que siguen trabajando con gran tesón y energía en pos de las virtudes cívicas de solidaridad de clase con las víctimas del Estado bárbaro. Personas que afirman su dignidad cívica mediante la defensa de los derechos humanos y sociales. Cuando critican las injusticias, las celebridades culturales e intelectuales –notables, especialmente en el Norte— disponen de su propia reputación como protección ante el Estado depredador. Para ellos es un gran momento puntual: una conferencia de prensa, una reunión pública, la firma de una petición. Estas pequeñas acciones tienen un significado y una determinada influencia moral.

Sin embargo, en mi opinión su estatura queda minimizada ante los actos cotidianos de valor y solidaridad que realizan los activistas sindicales –trabajadores de la industria alimentaria o de la minería— o los juristas y empleados defensores de los derechos humanos ante asesinatos y amenazas de muerte cotidianos. Hay una gran distancia moral entre el poner en peligro tu vida cada minuto del día, como lo hacen los campesinos colombianos en sus movimientos, y los académicos que hacen declaraciones desde la protección de sus torres de marfil de prestigiosas universidades europeas o norteamericanas.

Las acciones de éstos, debido al status de sus autores, pueden presionar al Estado bárbaro para que libere a una víctima de la tortura, lo que no es en absoluto insignificante, especialmente para la persona en cuestión. Un descenso de la intimidación proporciona un momento de alivio, pero una vez que las celebridades y los galardonados del Nobel se retiran para atender a sus obligaciones profesionales, son los trabajadores, los campesinos, los activistas y los movimientos sociales quienes tienen que hacer frente a las amenazas de muerte y los desafíos en su trabajo cotidiano, su entorno familiar y su entorno vecinal. Las virtudes de la solidaridad y la civilidad, de la militancia y sus consecuentes creencias son lo que me lleva a creer que la barbarie no es ni omnipotente ni constituye nuestro destino ineludible.

A pesar de las pomposas declaraciones de expertos y críticos de comunicación de masas que proclaman el poder de los medios de comunicación, sabemos que millones de personas desafían cada día los mensajes de los medios. Organizan protestas populares, alzamientos y huelgas generales aun cuando cada uno de los medios de comunicación de masas esté en contra de las acciones de masas.

Contra el conformismo masivo de los medios, el espíritu y las tradiciones de clase, familia y solidaridad comunitaria han tenido mucho más éxito de lo que los expertos en comunicación admiten. En Venezuela, todos y cada uno de los medios privados de comunicación de masas censuraron al presidente Chávez y apoyaron el golpe de Estado contra él. No obstante, el presidente fue devuelto al poder y reelegido tres veces, siempre con una amplia mayoría.

La verdad es que el Estado bárbaro es vulnerable. Tácticamente poderoso, por su dinero y su armamento, pero estratégicamente vulnerable. Ninguna de las instituciones, ni siquiera las que apuntalan al Estado policial, puede hacer frente a una resistencia cultural y política sostenida que ponga al descubierto sus engaños, sus crímenes, su corrupción y su depredación. El presidente de Estados Unidos y su satélite latinoamericano favorito pueden seguir perpetrando asesinatos masivos, pero nadie cree en sus mentiras y engaños. Cuando la justificación de las brutalidades descansa exclusivamente en su control de la fuerza, ya han perdido la lucha política.

Con el fin de profundizar su claudicación política y, sobre todo, para garantizar que ninguna otra oligarquía bárbara sustituye a la anterior, la ruptura con el pasado político debe ir acompañada de una profunda revolución cultural. La superación de la barbarie exige un renacimiento cultural en el que lo mejor del arte, el lenguaje, la danza y la música no esté definido por límites y tabúes de clase.

 1 En castellano, pacificador, pero también chupón de bebé (N. del T.)
James Petras es profesor emérito de la Universidad de Binghamton (Estado de Nueva York, EE UU) y profesor adjunto de Saint Mary’s University de Halifax (Estado de Nueva Escocia, Canadá).
* Conferencia dictada con ocasión del Encuentro Nacional de Arte y Poesía por la Paz de Colombia, celebrado en Medellín (Colombia) los días 1 a 3 de junio de 2007.
Traducción: Félix Nieto y S. Seguí son miembros de Cubadebate y Rebelión.
http://espanol.groups.yahoo.com/group/ArgosIs-ContraInformacionenlaRed
Rebelión