Número 13                                               Época IV                                     Febrero 2008


TEMAS A DEBATE

A la Sombra de los Centenarios
(la coyuntura actual y sus perspectivas)

Lucas Minello De Barbieri
agosto-septiembre 2007

Describir cada uno de los procesos sociales que han derivado en la coyuntura actual, podría resultar interesante, incluso indispensable, pero apartaría al texto de su sentido original, es decir el análisis de la coyuntura presente. El país, sus habitantes, las relaciones que ellos establecen de forma cotidiana, los procesos que se desarrollan a partir de tales relaciones, parecen avanzar en automático, como si se nadase de muertito, como si lo único, no sólo lo único importante, sino lo único, que debe hacerse es disfrutar del momento porque las perspectivas del desarrollo de la sociedad resultan poco reparadoras, quizás sean aterradoras inclusive, dibujen un futuro propio del apocalipsis; para utilizar la expresión de uno de los pilares de la civilización occidental. Porque a nadie parece importarle los problemas que enfrenta el país entero, se habla, se discute, se acepta, pero luego no se hace nada o se hace muy poco, incluyendo a aquellos que hacen algo, en su campo, en función de las perspectivas señaladas, pero que una vez expuestas, sus conclusiones resultas desoídas.

Y esa realidad tan negra, se encuentran en cada uno de los espacios que componen el entramado de interdependencias al que llamamos sociedad. Podría hacerse el análisis presente en cualquier ámbito del país y las conclusiones variarían muy poco; en cualquier terreno, en el ámbito que se desee, en la perspectiva que se guste. Hay una evidencia objetiva, cada vez más presente, sobre los procesos por los que atraviesa el país en estos momentos.

Como punto de partida, es necesario señalar que las élites políticas de país, en especial las élites de los partidos, se encuentran preocupadas únicamente por conservar los privilegios que les reditúa su condición de élites de la política nacional. Lo importante, inclusive, es que yo, quien quiera que sea el suscriptor de la frase, logre conservarme en el cargo, en el puesto, en la condición de la cual gozo, por el tiempo que dura tal encargo o, si fuera posible, por el tiempo suficiente para alcanzar un nuevo encargo, una nueva condición privilegiada o, en el más vulgar de los sentidos, el tiempo suficiente como para mantener mis ingresos actuales. Habrá excepciones, pero aún ellas caerán en alguna porción de lo señalado.

El mismo resultado de las elecciones presidenciales del 2006, es fruto de tal dinámica. El partido oficial, el que emergió de la Revolución Mexicana, tenía todos los elementos para alcanzar el triunfo y hacerlo con relativa facilidad. Pero todo el proceso, más que caprichoso y desde luego muy sucio como suele ser el estilo de la institución señalada, de elección del candidato, llevó a que buena parte de los votos que hubiera obtenido en otras circunstancias se fueran hacia los otros dos partidos que participaron en las elecciones referidas. Y a su vez, estos dos candidatos, estuvieron muy lejos de representar proyectos diversos de política, no se diga divergentes. Eran ellos, los candidatos, y nada más. Habrán adornado su discurso y habrán edulcorado la presentación de sus propuestas, pero no tenían otra inquietud que disfrutar de los privilegios que a sus personas les acarrearía convertirse en el titular del poder ejecutivo federal. Nada más. De la misma forma, en que el coqueteo entre prosaico y delirante desarrollado por quien se suele llamar la primera dama de la nación, con la idea de convertirse en sucesora de su marido, no tenía más motivo que la mera satisfacción de las pasiones personales. Más si se atiente al hecho, que la susodicha carecía por completo de carrera política y si se pueden invocar ejemplos de otros países, de un más que marcado subdesarrollo político, también se debe tener presente las consecuencias políticas que trajeron tales ejemplos.

Pero la esterilidad de la política nacional, no es una fatalidad celestial, sino la consecuencia de las formas que adoptó el quehacer político, sobre todo desde el estado; al menos en los últimos dos decenios. Ahora bien, esa esterilidad, esa falta de propuestas, esa reproducción de las formas más desaseadas del quehacer político, condicionan todo el resto del desarrollo nacional.

Ante la ausencia de voluntad política para orientar el poder del estado hacia ciertas metas, dado que se vive al día, como se señaló anteriormente con el único objetivo de conservar los privilegios de las posición usufructuada en este mismo momento, resulta imposible desarrollar nada para desmembrar la actual coyuntura; o la actual crisis estructural para usar un lenguaje menos edulcorado.

Existen una serie de evidencias muy serias sobre la viabilidad del país y de sus estructuras sociales.

Ya nadie niega el problema del calentamiento global, proceso iniciado hacia los años ochenta, cuyas primeras manifestaciones se vivieron en el África con sus prolongadas sequías. Sin embargo, para las élites nacionales y sus acólitos hay asuntos más importantes que atender, como conservar el disfrute de los privilegios actuales.

Tampoco se cuestiona la evidencia sobre el agotamiento de los manantiales de hidrocarburos en el país. Pero tampoco hay proyecto alguno sobre el asunto.

Y sobre esos dos procesos, catalogados como fenómenos naturales, se halla toda una variedad de asuntos que corresponden a la organización social del país, desde el desarrollo de la agricultura hasta el financiamiento de las pensiones, en una sociedad que envejece aceleradamente sin una sola de las instituciones que los países desarrollados tienen para atender tal proceso. Pero aún hay algo más grave, como la necesidad de recuperar el entorno ecológico del territorio nacional, pues de lo contrario las actividades económicas verán aumentar sus costos de forma imparable, hasta volverlas inviables en la práctica; algo que atañe a la producción rural, pero también a la llamada industria del turismo. La situación actual, llega a ser dramática porque el desarrollo económico del planeta entero se enfrenta a una realidad en la que existe mucho mayor volumen de desperdicios, de desechos, de las actividades económicas, así como las consecuencias de ello, que de materias primas disponibles. Y estas, como lo ejemplifica el petróleo, se obtienen a un costo cada vez mayor; tanto en términos estrictamente económicos, como en costos políticos o sociales. En consecuencia, el objetivo de cualquier proceso de desarrollo en el planeta entero, debe centrarse en la reorientación de la actividad económica y de los pormenores de tal actividad económica. Algo muy remoto en estos momentos, porque los países que crecen acelerada y sostenidamente, lo hacen del mismo modo que lo hicieron los estados que vivieron las primeras experiencias de industrialización en el planeta. Pero mientras estos se enfrentaban a un entorno ecológico libre, limpio, donde en efecto salía más barato dejar los desperdicios en el ambiente que procesarlos o mitigar sus efectos nocivos, hoy existe una saturación del ambiente en el planeta entero y las consecuencias de hacer lo mismo que se hacía cien años atrás, son mucho más graves porque se suman a todo lo que se ha venido arrastrando en los últimos cien o 200 años.

Las energías se concentran en encontrar el mecanismo mediante el cual las élites de la política nacional, puedan continuar usufructuando los privilegios que actualmente gozan, sin tener que enfrentarse al desprestigio que ello les acarrea. Y en este sentido, las ideas que circulan, siguen asentandose en cómo puedo hacer yo para mantenerme en la posición de privilegio en la cual me encuentro. Algo que tampoco es ajeno al resto de las élites nacionales, cuyo único interés es lograr el mayo lucro posible con sus actividades; no obstante los matices que se puedan expresar o la existencia de algún caso muy excepcional o los desmedidos esfuerzos que en la actualidad se realizan para el desarrollo de la filantropía. Por cierto, la mayoría de las veces a cargo de sus clientes, en vez de partir de los ingresos propios.

En ese marco, lo verdaderamente catastrófico, es la ausencia no sólo de ideas, sino de figuras que puedan encabezar las transformaciones que requiere el país. Toda figura política suscita una serie de dudas que opacan su estatura física, tanto como la política; recelos que le dan varias vueltas a su nombre. Cuestionmientos que llegarían a cubrir por completo, hasta el monumento más descomunal si algún día llegasen a tenerlo; aún si fuesen al estilo del socialismo real desarrollado en algunos lugares del extremo oriente.

Los optimistas, dirán que se encuentra la sociedad civil y entorno a ella se invocará algo, para desarrollar alguna idea sobre la salida de la actual coyuntura. Punto en el cual se podrán desarrollar tratados y contratratados, pero eso que llaman sociedad civil y que antes llamaban pueblo, está tan inserta en la coyuntura actual como cada uno de los seres humanos que habitan el planeta.

Y aún cuando se pueda convocar a las masas y hacer de estas el protagonista de los procesos de cambio que requiere el país, la situación actual se encuentra mucho más fértil en el campo de la violencia anómica, que en los procesos de transformación, espontánea si se quiere. El riesgo de que cada quien, cada uno de los habitantes del país, actúe en función de sí mismo y de nadie más, sin preocupación alguna por las consecuencia de tales actos, es demasiado elevado. Tampoco sería extraño, nada extraño en realidad, porque es la forma en que cotidianamente actúan las élites de este país, no sólo las de la política y sin importar la dimensión de los esfuerzos por aparentar algo distinto. El citado riesgo, es mucho mayor que la posibilidad de una salida castrense a la coyuntura actual o que la probabilidad de aglutinar una significativa fuerza electoral al rededor de un proyecto totalitario. Y esta última posibilidad, la de una opción totalitaria, está sumamente fértil. Son estas coyunturas, en donde las élites de la política suelen nadar en el cinismo, prácticamente, cuando tales propuestas encuentran mayor respaldo. Algo que tampoco debe extrañar mucho, porque el apoyo a tales propuestas parte de un enojo, de una ira, de un resentimiento muy fuerte contra quienes disfrutan de la crisis y se esfuerzan por reproducirla para conservar el mentado usufructo; sin importar mucho el argumento que se esgrima para ello.

Ahora bien, hay un obstáculo mayor a todo lo señalado. La imposibilidad de presentar una propuesta de izquierda que aparezca viable y seductora ante los ojos de millones de ciudadanos. Se trata de la imposibilidad de desarrollar la percepción subjetiva sobre la construcción de un futuro que resulte más placentero, más reparador en términos existenciales, que la realidad padecida en el presente. En realidad, el objetivo sería crear las condiciones que permitan el desarrollo, o al menos la germinación, de tal percepción subjetiva. Sin ese componente subjetivo, es prácticamente imposible el triunfo de un proyecto de izquierda, de un proyecto de transformación de la realidad. Más aún, ni si quiera es viable la formulación de tal proyecto, su mera enunciación. Las siglas colocadas a la izquierda del espectro político, sus partidos, sus candidatos, podrán ganar las elecciones en circunstancias muy diversas, pero ese triunfo electoral estará más cerca de ser su colapso, su fracaso monumental, quizás definitivo, que de la probabilidad de transformar las relaciones sociales existentes. Por más que el proceso se pueda repetir en sucesivas citas con las urnas, como lo demuestran una gran cantidad de experiencias históricas; llega un momento en que el mecanismo se agota y terminan por estallar los conflictos incubados en ellos. Algo de lo que nadie puede llamarse ausente, sin la mentada percepción subjetiva, la fuerza social de las propuestas de la izquierda son limitadas y así terminan por ser sus ejercicios del poder.

Las tareas son gigantescas, precisamente porque a los problemas de orden social o natural, se suma un aparato político completamente obsoleto. No sólo porque los mecanismos, las instituciones, los procesos desarrollados a lo largo de la historia del país, lejana y reciente, han sido rebasados como suele decirse; sino porque quienes integran eso que se denomina como la clase política, viven en el cinismo. Que a su vez, es una suerte de defensa ante la crudeza de la realidad; como resulta casi imposible formular propuesta alguna que tenga sentido y que posea el calado suficiente como para atraer el respaldo popular, lo único en que se pueden gastar las energías personales, es en conservar los privilegios alcanzados y en desarrollar las acciones correspondientes.

Ahora bien, semejantes retos también abren la posibilidad de encontrar propuestas para superarlos. El problema, como se ha dicho, es que nadie está dispuesto a encabezar un proyecto de tal naturaleza, porque ante la incertidumbre que plantea el desarrollo de la realidad, es mejor preocuparse por conservar el usufructo de las condiciones existentes. Desde luego que existe la ambición personal y que esta resulta lícita, más en quienes han optado por dedicarse a la influencia en la orientación del poder del estado, es decir, quienes han optado por la política. Un ser humano que asuma tales proyectos, debe tener un interés significativo por el disfrute de las mieles que proporciona el poder, de lo contrario formaría parte de una asociación civil, de un club deportivo o del club de admiradores de algún Aartista@ como se autodenominan los protagonistas de la televisión. El problema no es la existencia de dicha ambición, de esos deseos por solazarse en los privilegios que otorga la probabilidad de ejercer la voluntad propia sobre otros seres humanos. Lo grave se encuentra en hacer de eso la única razón de su existencia. Habrá quienes sólo se ocupen de sí mismos, quienes no tengan más interés que engrosar sus privilegios y que se conserven en el más descarnado de los cinismos, despreciando al resto de la humanidad. Tras la Revolución (1789), cada quien en libre de hacer lo que desee, razón por la cual cada quien es responsable de las opciones asumidas por su persona. Pero quien ha optado por la política, en especial en un régimen democrático, aunque sea formal, depende del respaldo popular que susciten sus acciones. Si su actividad cotidiana se limita a satisfacer su persona, a acaparar privilegios para él y sólo para él, sea el individuo, la familia, los amigos, el partido, el proyecto, la élite o lo que se quiera, mientras el resto de la población se hunde inexorablemente, dicho político pierde toda razón de ser. Pues de esa forma, no ha alcanzado el poder, cualquiera que este sea, para responder a sus electores, para responder a quienes confiaron en él, sino simplemente para solazarse en la posición de privilegio lograda.

Frente a tal situación, no debe parecer extraño que exista un sector importante del entramado social que se sienta agraviado, humillado y que crezca en él un resentimiento tan fuerte como para apoyar las soluciones totalitarias. Y lo mismo dará si estas proponen la vía electoral o la militar, dentro o fuera de las fuerzas armadas.

La sociedad burguesa ha basado su desarrollo en el esquema de los dos tercios, es decir que dos tercios de la población se hallarán integrados al mentado desarrollo, mientras otro habrá de permanecer al margen del mismo, siendo muy funcional a ese mismo desarrollo y a los otros dos tercios de la población. Sólo en una ocasión se alteró dicho esquema y la economía occidental se empantanó y casi llegó a colapsarse. Pues bien, pasar de una posición de privilegio, de una situación en la cual se goza plenamente del desarrollo del tejido social, a pertenecer al mundo de quienes viven al margen de tal desarrollo, resulta sumamente frustrante y ello genera el resentimiento suficiente como para optar por las propuestas totalitarias. El ejemplo más claro de lo anterior, se encuentra en el sur de Francia; donde las propuestas fascistas encuentran vigoroso respaldo entre quienes antes eran obreros y votaban al partido comunista.

Por ello, la existencia de una realidad estéril, en el campo que se quiera, simplemente piénsese en la cantidad de lamentos que se han expresado ante la carencia de ideas nuevas, suele ser muy peligrosa en términos del desarrollo político de un país.

El citado resentimiento de un sector amplio de la población, más ampio mientras más negras sean las perspectivas personales, sociales o nacionales, se agudiza en sectores como los obreros (el sector laboral, asalariado, en su conjunto), donde a la pérdida de empleo, a la precarización de las formas de trabajo, a la consecuente reducción de la fuerza política de los sindicatos, se suma la existencia de unas burocracias sindicales dueñas de una vida fuertemente disociada de la realidad laboral de la población.
Así, la degradación de las relaciones políticas, pueden tener consecuencias muy graves y mucho más profundas y extendidas de las que se puede pensar en la coyuntura, incluso mucho más grandes de las que se pueden imaginar en dicho momento.

Desde luego que plantear una alternativa viable, más allá de la necesaria y hasta indispensable protesta en las calles, resulta muy difícil; porque las mismas relaciones de interdependencia obligan a los seres humanos a actuar conforme actúan todos los otros seres humanos en una sociedad. Formas que son impuestas por las clases altas de un entramado social cualquiera. En la actualidad, desde hace tiempo ya, los equipos de futbol se dedican a gastar sumas millonarias en la adquisición de nuevos jugadores. Esas sumas están respaldadas por otras de magnitud similar proporcionadas por quienes lucran con dicho deporte, desde la industria de la publicidad hasta la de la televisión. Si algún equipo se decidiera por invertir esas sumas en la formación de jugadores, carecería de los contratos millonarios y de las entradas que ellos le suponen. Por ende, no habría suma para invertir en el mentado proyecto. El ejemplo resulta ilustrativo y se puede extrapolar hacia cualquier ámbito del quehacer humano. Los privilegios alcanzados, en cualquier sitio, son fruto de ese tipo de desarrollo que se ha adoptado en los últimos decenios, precisamente en respuesta al empantanamiento de la economía occidental. Si alguien se dispusiera a utilizar en cosas más productivas las sumas millonarias destinadas a la especulación de cualquier clase, se enfrentaría al cierre o la desaparición de las vías, los mecanismos, los procesos, por los cuales aglutinó semejantes volúmenes de efectivo (o de simples papeles que dicen valer cierto monto). Y en el caso del quehacer político, la realidad varía muy poco. Ante una realidad estéril, necrosada, prácticamente muerta, o se reproducen las formas más obscenas de dicho quehacer o se pierden las posibilidades de disfrutar de los privilegios amasados.

Este tipo de realidad se ha presentado muchas veces a lo largo de la historia de la humanidad. Y en todas ellas, las posibilidades de cambio no sólo han germinado en los conflictos más fuertes entre diversos sectores del tejido social, sino también en la existencia de ciertos espacios dentro de las élites, sobre todo las de la cultura o en los espacios más ilustrados de otras élites, que a través de su quehacer cotidiano, de su reflexión sobre la realidad, abren posibilidades de transformar, o al menos de influir, en el entramado de las ideas dominantes. Ahora que estas élites, tampoco son ajenas a la realidad en la que viven, por ello existen momentos en que también las cúpulas culturales o ilustradas de un país se encuentran agotadas o entrampadas en mecanismos de sobrevivencia que les impiden dedicar su imaginación a reflexionar sobre la realidad experimentada. La expresión más clara de ello, es la obsesión por evaluar, esa suerte de evaluacionitis que en que se ha hundido el mundo académico, desde las escuelas primarias hasta el quehacer universitario, desde hace cerca de tres decenios. A cada crisis, se responde con un nuevo programa de evaluación, como si la metafísica de la competencia, algo muy adorado en esto tiempos, fuese suficiente para superar los rezagos propios del ámbito cultural, o en específico del educativo. Simplemente en términos prácticos, se obliga a los integrantes del espacio cultural del país a gastar más tiempo en atender dichas evaluaciones que en actividades indispensables para su formación.

Del desastre en que se ha convertido la realidad nacional, existen varias salidas, desde las que podrían proponer algunos círculos de las élites de la cultura, hasta la imitación de las tradicionales asonadas militares en América Latina. Dependerá de los esfuerzos que los ciudadanos realicen en sus propios ámbitos de existencia. Ahora bien, no es posible menospreciar uno solo de los problemas señalados, de los retos, de las advertencias de inviabilidad que va acumulando el país, pues existen evidencias alarmantes sobre el deterioro, la erosión, la infertilidad por la que atraviesa o a la que se acerca toda la sociedad: la economía lleva un cuarto de siglo sin crecer, los recursos naturales se agotan, el campo se despuebla, la población envejece, los alimentos deben comprarse en el extranjero, el entorno ecológico, que permite una de las grandes entradas de divisas a la nación mediante el turismo, se degrada al punto de hallarse ante el riesgo de colapsar dicha actividad económica; incluso muchas más (el mismo modelo adoptado para desarrollar la llamada industria sin chimeneas, acelera tal degradación). Sin obviar, entonces, el agotamiento de los recursos naturales de la nación, el problema que podría levantarse como eje, como principal, como prioritario, sería el de la extinción de los mantos petrolíferos. Algo que no es privativo del país, los estudios han señalado que en el mundo entero quedarán menos de diez estados privilegiados con reservas energéticas significativas. Por ello, no sólo es necesario ahorrar la energía existente, moderar el consumo de la mismas, sino encontrar substitutos para unas sociedades construidas a partir del consumo de la energía fósil del planeta. A diferencia de lo ocurrido en el pasado, cuando se encontraba una solución que parecía perfecta y se desarrollaba hasta su extinción sin reparar en las consecuencias de tal solución y de su desarrollo, las posibilidades futuras deben basarse en una multiplicidad de soluciones. Algo que parece ir abriendose paso en el tema de la energía. Se busca aprovechar la energía eólica, la solar, la biomasa, los combustibles ecológicos, desde el aceite usado en las actividades culinarias hasta la producción de energéticos de origen vegetal, la fuerza de las mareas, entre otro ejemplos. Hay quienes buscan rescatar la energía atómica, que es un buen ejemplo de las condiciones que ha adoptado la realidad de nuestros días. Generan mucho más desperdicios, desperdicios peligrosos, que además duran muchos más años de los que un ser humano puede imaginar que vivirá, que la energía que podrían producir. Además, si se sumasen los costos del tratamiento y almacenamiento de tales desperdicios, la energía generada en los reactores atómicos sería económicamente inviable. Eso sin contar los costos del impacto ambiental, el calentamiento de los mantos acuáticos cercanos a las centrales, la existencia de planes de emergencia, la construcción de una infraestructura sanitaria que pueda atender a los afectados.

Pero si el desarrollo del planeta ha llegado hasta este punto, donde los residuos ya no pueden dejarse libremente en la atmósfera, es fundamentalmente por el uso de los combustibles fósiles en los últimos cien o 150 años. Un tipo de energía que se ha extendido por casi todo el planeta y que costaría mucho substituir, pues habría que crear toda una estructura paralela a la existente, para aprovechar las energías novedosas. Es decir, se podrá generar energía solar, pero su eficiencia es mucho mayor en ámbitos distinto al transporte, por ejemplo.

Ahora bien, el tipo de infraestructura existente, puede ser aprovechada si la transformación energética se centra en la substitución de los combustibles fósiles por el hidrógeno. Mecanismo que se aplica mediante celdas de combustible o a través del hidrógeno congelado, como ocurre con la firma de vehículos de Bavaria; quien ya comercializa automóviles que consumen hidrógeno almacenado en tanques similares a los que hoy almacenan gasolina en la mayoría de los vehículos. El proyecto es más ambicioso y consiste en generar el combustible nuevo a través de la disociación de los componentes del agua mediante la energía conseguida por mecanismos fotovoltaícos o termosolares. Podrá parecer ciencia ficción, pero es algo que se desarrolla en el país que ocupa el primer sitio a nivel mundial, en tecnología ecológica.

En un país como este, donde los niveles de insolación son apreciables, mientras los recursos hídricos aún son aprovechables, se puede transformar el agua en hidrógeno sin mayores complicaciones. No tanto para substituir los vehículos actuales por los de la firma alemana, sino con la intención de innovar substituyendo el combustible fósil de las centrales eléctricas por hidrógeno.

Las ventajas del consumo de este combustible son conocidas, van desde un 33 por ciento de mayor eficiencia en su combustión, hasta la posibilidad de contar con un ciclo energético perfecto; pues el hidrógeno se obtendría del agua y produciría vapor de agua al ser quemado. Pero sobre esa realidad técnica, existe la posibilidad de construir una realidad política distinta, una realidad donde las propuestas de izquierda, de transformación de la realidad y de construcción de unas condiciones existenciales más reparadoras, de unas percepciones subjetivas con semejante orientación. Porque una vez embarcados en el proyecto de substitución de combustibles, sería posible arrancar un sinnúmero de proyectos con la misma orientación y en esta materia la realidad actual parecería interminable. Sobre todo en el campo de la reutilización de los residuos. Algo que en su conjunto implicará una extensión de la división del trabajo, pues se crearía toda una industria nueva, desde la recolección de residuos hasta su procesamiento final, así como la posibilidad de utilizar esta nueva fuente energética en casi la totalidad de la industria existente o de la que podría crearse a partir del hidrógeno y del procesamiento de los residuos.

A ello, sin embargo, habría que agregar una nueva relación laboral, que reduzca la jornada de trabajo a unas 35 horas semanales, como ya se ha propuesto en algunos sitios y, posteriormente, a unas treinta horas por semana, de forma tal que aumente los espacios de esparcimiento de la gente y, de ese modo, se desarrolle al mismo tiempo la industria del entretenimiento en su más ampio sentido. En el fondo, esta medida sería una nueva expansión de la división del trabajo.

La posibilidad de construir dicha extensión, resultaría escasa si sólo se implementase el proceso de transformación energética, pero este puede ser el detonador de dicha ampliación en otros ámbitos; no tanto en términos objetivos, la posibilidad de contar con un número determinado de nuevos puestos de trabajo o de nuevas inversiones, sino en el desarrollo de una percepción subjetiva diferente a la que existe en la actualidad; una percepción muy optimista. Piénsese que sería la manera más eficaz de combatir el proceso de cambio climático, incluso la posibilidad de revertirlo y quizás, incluso de divisar los resultados de tal combate.

Diseñar la realidad futura, o hacer un esbozo de ella, o simplemente enlistar las posibilidades que podría tener el desarrollo de la humanidad, es un ejercicio que resulta siempre incompleto. Embargados en el optimismo que permite exponer el libre flujo de la imaginación, existirán aspectos, conflictos, contradicciones, deficiencias, efectos secundarios (colaterales le dicen en el ámbito militar) o cualquier otra característica que se escapará a la mente del iluso, del pensador, del filósofo, de quien quiera que exponga sus ideas sobre el futuro de la humanidad. La transformación del consumo energético desde los combustibles fósiles, desde el petróleo y el gas, al hidrógeno, podrá generar el mentado ciclo energético prefecto y todos los beneficios esbozados, pero también nuevas realidades cuyos conflictos resultan por ahora desconocidos; incluso inimaginables.

Asimismo el impulso de tal proceso, de tal substitución, provocará un aumento más que significativo de la fuerza social de los países pobres, los más insolados del planeta, así como de la inmensa masa de seres humanos cuyos pensamientos, cuyos deseos, se orientan al cambio. Ahora, iniciar dicho proceso será muy costoso, porque los primeros perdedores de las transformación de la realidad en la que vivimos, serán precisamente aquellos que son capaces de acumular enormes sumas de dinero en una sola operación financiera. Todo ese ámbito de la realidad social, hoy sobredimensionado, atrofiado de hecho, verá caer su protagonismo, su prestigio, su poder actual, en beneficio de una distribución menos desigual del poder económico. Un impulso técnico, una transformación eminentemente técnica, como la propuesta, puede desatar una serie de transformaciones en ámbitos muy diversos como los señalados, porque dicho proceso de transformación de carácter técnico, generará la posibilidad de desarrollar una percepción subjetiva en la cual el futuro resulta más reparador que el presente. Imaginar la posibilidad de contar con un combustible que no contamina, que además puede representar un ciclo energético perfecto, prácticamente inagotable, abre el camino para imaginar muchos más cambios en espacios muy diversos, que a su vez provoquen el impulso para transformar toda una gama de aspectos que hoy resultan impensables.

Algo que también implica a las élites políticas locales, cambiar las características de la realidad actual, promover las ideas de cambio y edificar la percepción subjetiva en la que dichas ideas son viables; lleva inexorablemente a la pérdida del poder alcanzado por las vías utilizadas hasta ese momento, a la obligación de cambiar las formas que se escogieron para hacer política. A medida que las ideas de cambio cobren fuerza, los damnificados serán aquellos que se solazan en la coyuntura actual al usufructuar los privilegios logrados, tanto como al desarrollar las formas más obscenas de ejercicio del poder, del quehacer de la política. La misma posibilidad que los países pobre puedan ganar fuerza y prestigio en el ámbito de las relaciones internacionales, como ocurrió durante un tiempo nada despreciable con la idea del tercer mundo, alienta otra serie de cambios al interior de las naciones; muchos de ellos nos parecen hoy imposibles o inimaginables. Desde luego que no es un proceso mecánico, como muchos creen ver en las relaciones sociales, pero abre la posibilidad para desarrollar esos procesos de cambio; porque cambian los equilibrios de poder tanto dentro de las sociedades, como entre los estados. El desarrollo del hidrógeno como combustible principal en el planeta, es un proceso largo, durará entre cien y 200 años aproximadamente, tomando como inicio las primeras experiencias de substitución de los combustibles fósiles, por lo que muy pocos de quienes vean el inicio de tal proceso alcanzarán a ver su consolidación, su plenitud. No es por tanto, un proyecto que arroje resultados antes de la próxima sesión bursátil, ni antes del vencimiento del próximo pagaré bancario, ni antes de la próxima quincena, ni antes de las próximas elecciones o del próximo periodo de gobierno. Se trata de un proceso de cambio a largo plazo, de un impacto muy profundo en la humanidad entera. Dado su longevidad, es difícil pensar que el mentado proceso desate un periodo de cambios acelerados como los ocurridos alrededor del año de 1968 ó lo ocurrido 120 años atrás con las revoluciones de 1848 en Europa. Además, a diferencia de esta, no será un cambio político, ni cultural como aquella, pero subsistirá un hecho irrefutable: el inicio de ese proceso técnico, requiere de un fuerte respaldo político.