Número 13                                               Época IV                                     Febrero 2008


REFORMA UNIVERSITARIA

Nuestra institución universitaria del futuro debe seguirse reformando

La nueva administración universitaria debe hacerse de recursos para crear programas de recuperación salarial para los académicos y administrativos; dentro de este rubro, deben configurarse políticas que incentiven y premien el trabajo docente, no solamente a través de programas de estímulos económicos, llamados en la jerga universitaria como “tortibonos universitarios”

Alberto Pulido A.

Con la designación del Dr. José Narro Robles como rector de la UNAM se deben abrir nuevos caminos, para que entre todos los sectores universitarios se discuta y apruebe una reforma universitaria que arme a la institución con opciones administrativas y académicas de trascendencia para asumir los retos que viene marcando el siglo XXI.

Narro Robles, como ex integrante de la Comisión Especial para el Congreso Universitario (CECU) y participe del Congreso General Universitario de 1990, conoce y entiende la problemática por la que atraviesa la UNAM; ante tal situación, se nos hace lógico que el nuevo funcionario le entre al reto de seguir transformando a la Máxima Casa de Estudios. Los temas son diversos, en principio es urgente reformar el Estatuto General que contiene los mecanismos y formas de cómo se eligen a los funcionarios y administradores universitarios; las formas de elección deben cambiar para poner en sintonía a la UNAM con los avances democráticos que se vienen dado en nuestra nación. Está claro que nuestra institución no puede seguirse conduciendo con métodos autoritarios, debe abrir espacios para que la comunidad universitaria participe en los asuntos de la UNAM.

Los universitarios todos debemos tener las más amplias libertades para involucrarnos de lleno en las acciones reformadoras de sus planes y programas de estudios, para que propongamos las medidas necesarias que inyecten eficiencia al funcionamiento de la UNAM; que el manejo de los asuntos universitarios, como viene sucediendo actualmente, no repose en la conducción de unos cuantos “iluminados” o de los pesados aparatos burocráticos hoy existentes, que lo único que han propiciado es lentitud en las respuestas a la problemática.

La UNAM se encuentra transitando entre las cien primeras universidades del mundo; esto es una realidad no gracias al trabajo de unas cuantas personas, sino al esfuerzo de todos los universitarios. Los pasos para alcanzar mas altas posiciones mundiales deben ser firmes y constantes; es necesario tomar el parecer de muchos y no conformarse solamente con el de pocos; este método armará solidamente a la institución para sortear los vendavales neoliberales que pretenden vulnerar el peso que hasta hoy ha obtenido la UNAM en el ámbito educativo del país y del mundo.

La lógica neoliberal, que se encuentra claramente plasmada en el TLC, pretende crear las condiciones para que universidades de otros países entren con el mínimo de restricciones a México a competir con nuestras universidades públicas, muy desatendidas económicamente por el gobierno federal. Políticas de ese corte vienen impulsando los gobierno panistas neoliberales con el propósito de que el Estado mexicano, con el paso del tiempo, se vaya desentendiendo de financiar a la educación pública mexicana, ubicándola sólo como un negocio más y no como un servicio obligatorio que el Estado debe proporcionar a la sociedad.

Es necesario que los universitarios argumentemos y ganemos el contenido de una ley de educación superior, a fin de que en ésta se plasme claramente la responsabilidad del Estado de dar educación superior gratuita, laica y de calidad a la población mexicana, sin distingos. Debe quedar clara la garantía del uso de la autonomía como la potestad para los universitarios de conducir con libertad y apertura los destinos de sus instituciones educativas, a fin de reformarlas, sin el involucramiento de partidos políticos, iglesias y gobierno.

La UNAM debe dejar de lado aspectos autoritarios que todavía subsisten y convertirse en una instancia incluyente, tolerante y propiciadora de la apertura de puertas, para que entren nuevas formas de conducción de sus destinos y crear las condiciones adecuadas para que a su interior continúen las actividades creativas de la academia y la investigación, para que sigan elaborando modelos alternativos de país en los planos políticos, económicos y culturales.

Las acciones e instancias que hasta el momento han venido abordando la problemática de la reforma universitaria y que se han conquistado invirtiendo esfuerzos de la comunidad universitaria deben subsistir y reforzarse, como es el caso de la Comisión Especial para el Congreso Universitario (CECU), que hasta el momento viene abordando de manera permanente temas concernientes a la reforma; su integración debe seguir siendo como hasta hoy lo es: con la representación de consejeros universitarios y de sectores no representados en el CU. La CECU debe seguir siendo el espacio de reflexión sobre la problemática universitaria y de ésta deben salir ideas reformadoras para que sean analizadas en el CU y por la comunidad universitaria.

Otro asunto que permanentemente debe ser abordado es el referente al financiamiento suficiente y oportuno que debe asignar a la universidad el Estado mexicano; este asunto no debe ser, como hasta el momento ha sido, un asunto que se aborda cada fin de año en el Congreso de la Unión, cuando al conocerse las disminuciones a los presupuestos a las universidades públicas que hace el poder ejecutivo se dan enfrentamientos entre los universitarios y el gobierno. Para evitar estos choques, debe quedar patente en la Constitución la obligación del Estado mexicano de financiar de manera clara, suficiente y oportuna a la educación pública, y en especial a la media superior y superior.

La nueva administración universitaria debe hacerse de recursos para crear programas de recuperación salarial para los académicos y administrativos; dentro de este rubro, deben configurarse políticas que incentiven y premien el trabajo docente, no solamente a través de programas de estímulos económicos, llamados en la jerga universitaria como “tortibonos universitarios”, los cuales no se integran al salario al manejarse sólo como complementos y, por ende, son ingresos que se pierden a la hora de darse las jubilaciones. Existen incluso casos de docentes que al jubilarse pierden hasta las dos terceras partes de sus ingresos. Tal anomalía está cerrando la puerta para que se dé una efectiva renovación del personal académico en la UNAM y de otras universidades públicas.

Por ello, es necesario que se incentiven los ingresos económicos de los académicos, con premios por el servicio docente, cuando éstos lleguen a las edades de jubilación. La labor docente debe catalogarse como bien de interés nacional y debe ser recompensada por el Estado mexicano.

La razón de ser de las universidades es el preparar a las nuevas generaciones para que se inserten en el aparato productivo, desde los terrenos de la investigación, la innovación y la operación, dotándolas de una educción de calidad; por ende, el estudiante debe ser visto como algo central a fin de dotarlo de lo indispensable para que se eduque y supere. Deben abrirse aún más las dotaciones de becas estudiantiles para sustento general y alimenticio de manera particular; la dotación de créditos blandos para la adquisición de computadoras y de otra tecnología de apoyo educativo.

Hoy en día, el sector estudiantil se encuentra apático y disperso, lo cual propicia que en su contra se cometan abusos de diversa índole, tales como el trato burocrático y autoritario ante su problemática por parte de autoridades académicas y administradores dentro de sus escuelas. Al sector se le debe dotar de todos los medios y espacios para que puedan crear instancias de representación que sean capaces de negociar con las administraciones sus condiciones de estudio y permanencia en la universidad, como sucede en universidades europeas y norteamericanas.

Sin duda la universidad pública moderna y de alta calidad educativa debe irse creando sin sobresaltos, abriendo espacios de reflexión para impulsarla y llevarla a buen puerto. Este tipo de acciones deben ser emprendidas en este nuevo periodo de la UNAM; hoy hemos alcanzado niveles de excelencia educativa. Ahora falta fortalecer a la institución en sus estructuras internas, abriendo paso a la comunidad universitaria toda para que se involucre en impulsar cambios.