Número 14                                               Época IV                                     Agosto 2008


FORO HISTÓRICO

16 de septiembre, 1968
Grupo de Intelectuales

Perspectivas del Movimiento Estudiantil:
ahora es el momento del gran debate nacional

LOS ESTUDIANTES TIENEN LA MEJOR BANDERA

Contra el movimiento estudiantil, transformado en amplia y viril campaña política en defensa de los derechos y libertades democráticos de todo el pueblo mexicano, se ha volcado la calumnia e intentado todos los recursos para hacerlo fracasar. Se le ha atacado una y otra vez utilizando cuerpos policíacos y del ejército; se han cometido atropellos contra líderes y participantes y se han empleado la fuerza del poder público, la prensa, la radio, el correo y la televisión para perseguir su rápida derrota. Se inventó que los estudiantes habían profanado la Catedral, para malquistarlos con la grey católica; y que habían cometido agravio a la bandera nacional en el Zócalo, para estimular un malsano patrioterismo.

Aquellos infundios y el empleo del monopolio de la propaganda falaz no lograron destruir el movimiento. Por lo contrario, se ha robustecido y atrajo y retiene la simpatía y adhesión de vastas capas del pueblo mexicano en la capital y en provincia. Por ello se intentó aniquilarlo en su esencia política, y por eso uno de los ataques que con mayor insistencia se le han lanzado consiste en afirmar que carece de banderas defendibles y por lo tanto es un movimiento artificial, producto de una conjura o de una aspiración anárquica tendiente a "subvertir el orden público" y a "desquiciar las instituciones", sin ninguna meta concreta cuya solución sea viable. Se pretende desvirtuar la naturaleza del movimiento, crear confusión en la opinión pública y llevar a los estudiantes al aislamiento respecto a las luchas de amplios sectores populares.

Las demandas sostenidas por el movimiento corresponden a realidades de la vida nacional que urge cambiar, si México ha de vivir en un régimen democrático en el que se respeten las libertades consagradas por la Constitución y el pueblo no se halle a merced de las arbitrariedades del poder público.

Los estudiantes piden concretamente la libertad de los presos políticos y se les dice que éstos no existen, cuando se conocen los nombres de decenas de personas recluidas en las cárceles del D. F., además de las que hay en los estados, acusadas del delito de "disolución social" cómo Demetrio Vallejo y Valentín Campa, o de haber participado en expresiones de protesta contra la situación del país, incluyendo no pocas detenidas durante el presente movimiento estudiantil. Muchas otras han sido encarceladas por su calidad de dirigentes de partido o por ser de izquierda.

Los estudiantes demandan la abrogación del artículo 145 del Código Penal, por ser violatorio de los artículos 6°., 7°., 9°. y 14 de la Constitución y romper el orden jurídico; por tener una redacción imprecisa y ambigua que se presta a una aplicaci6n injusta y, sobre todo, porque sirve al Estado para mantener la rigidez de las estructuras económicas y políticas, impide el ejercicio de la soberanía del pueblo consagrada en el artículo 39 constitucional, y representa una amenaza para los ciudadanos de pensamiento independiente. Tan es justa esta demanda que el movimiento alcanzó un gran triunfo al lograr que se esté discutiendo públicamente la conveniencia de reformar o suprimir ese precepto anticonstitucional.

Los estudiantes defienden la autonomía universitaria, concebida no como el aislamiento y la aristocratización de los estudios superiores, ni sólo como la independencia en materia administrativa y la libertad absoluta de cátedra e investigación, sino como cumplimiento cabal de las funciones señaladas por la Ley Orgánica de la UNAM de proyectarse hacia la resolución de los problemas del pueblo y como garantía de existir sin peligro de intervención de las fuerzas represivas. La autonomía fue violada por la policía y el ejército, y el movimiento estudiantil ha levantado la lucha por el respeto irrestricto a esta conquista.

Los estudiantes reclaman el castigo de los culpables de la represión, el cese de funcionarios policíacos, la supresión del cuerpo de granaderos y la indemnización a las familias de heridos y desaparecidos durante el movimiento, y el fin de toda agresión a quienes luchan por derechos que no sólo son estudiantiles sino de todos los ciudadanos. ¿Pueden calificarse de excesivas demandas que no representan sino la justa satisfacción por las afrentas recibidas? Afirmamos que, lejos de ser peticiones deleznables, corresponden al derecho del pueblo a ejercer la potestad que la Constitución le otorga frente al gobierno y los funcionarios que se consideran a sí mismos intocables e infalibles.

La lucha política encauzada por los estudiantes no sólo no deriva de concepciones anárquicas o contrarias al orden público sino que se dirige a restaurar –en tanto el pueblo no la altere– la letra y el espíritu de la Constitución de 1917. Es una lucha que se propone crear un clima donde las exigencias populares se satisfagan en vez de agredirse a quienes las sostienen; donde el desarrollo del país se finque en el mejoramiento real de las masas obreras y campesinas, y permita entrar a la nueva etapa de transformaciones que el mundo en su conjunto vive: único clima que evitará mayor violencia y sombrías consecuencias para el futuro de México.

Las justas banderas del movimiento estudiantil son legítimas, auténticas y valederas y deben sostenerse sin desmayo para conducir la lucha al triunfo. Una lucha denodada, capaz de arrancar la reparación de agravios al pueblo, es ejemplo que otros sectores sabrán apoyar y seguir; una batalla cuyo desenlace justificará o condenará la historia al evaluar su trascendencia económica, política y social.

EL PELIGRO MAYOR ES LA INACCIÓN

El movimiento estudiantil no será condenado. Todo lo contrario. Los estudiantes encabezan una lucha que si ha podido abrirse paso e incorporar a decenas de miles de ciudadanos, a pesar de la presión ominosa, la abierta amenaza y las persecuciones desatadas contra ellos, es porque responden a una causa justa y mantiene en alto una bandera que sólo con generosidad y alteza de miras es posible enarbolar: la defensa de los derechos democráticos de nuestro pueblo, que no son dádiva graciosa de ningún gobierno sino conquistas arrancadas en una lucha sangrienta y secular.

El movimiento no pone en peligro lo que resta de esos derechos y libertades, como pregonan sus abiertos enemigos, lo mismo que los voceros del oportunismo y los augures de la derrota, o como temen incluso algunos partidarios de buena fe. El empleo de la violencia por el poder público, la opresión del movimiento sindical y campesino, la obturación de los canales democráticos, la invención de "conjuras comunistas" atribuidas a toda lucha popular independiente, son parte de un proceso de entronización de una burguesía más y más subordinada al imperialismo, a la que sólo interesa defender sus privilegios, mantener la explotación del pueblo trabajador, cerrar el paso a cualquier reforma democrática y genuinamente nacionalista y reprimir por la fuerza toda manifestación de inconformidad.

No es la lucha de estudiantes y maestros la que pone en peligro la autonomía de las universidades, ni su defensa vigorosa de esa autonomía, esencial para el cumplimiento de sus funciones y que forma parte de las libertades constitucionales, la que acerca el peligro de supresión de subsidios gubernamentales, clausura u ocupación castrense de sus instalaciones.

Las represiones policíacas y militares contra los estudiantes universitarios y técnicos hace mucho que entraron al escenario nacional. Y sólo la acción decidida, enérgica, tenaz y sin contemporizaciones podrá evitar que las universidades sucumban ante la fuerza bruta, lograr una genuina autonomía y extenderla a los centros de educación superior que aún no la han alcanzado.

El movimiento estudiantil ha reivindicado el valor de las acciones de masas. Su paso por las grandes avenidas de la capital es acogido con creciente simpatía, como también las brigadas políticas de jóvenes que llevan su mensaje a un gran número de solícitos oyentes y recogen la modesta pero copiosa aportación económica de incontables manos. Sus manifestaciones no tienen precedente: contrastan con las procesiones domesticadas que en México se nos han presentado por años como testimonio de "superación cívica". De una a otra aumentan en fuerza de convicción y, como lo demuestra la marcha del 13 de septiembre, la inolvidable manifestación silenciosa –aplaudida como ninguna otra por el público– los estudiantes y amplios sectores del pueblo no se dejan sorprender por las campañas de amedrentamiento. Con todo esto han demostrado que la represión sólo puede contrarrestarse con la fuerza de la unidad, la comprensión del momento, la decisión y el sentido de oportunidad de las acciones que cuentan con el apoyo del pueblo.

Con sus claras y firmes declaraciones, con sus actos serenos, entusiastas y valerosos, con cinco extraordinarias manifestaciones públicas, los estudiantes han demostrado lo que el gobierno y los trasnochados críticos de la juventud no debieron olvidar nunca: que ellos no son irresponsables, agitadores profesionales y sin objetivos generosos, ni simples comparsas de una conjura antipatriótica con que se ha pretendido denostarlos frente a la opinión pública.

Todo lo contrario. El movimiento estudiantil ha comenzado a exhibir la conjura antipopular de los funcionarios corruptos, los líderes venales y los negociantes enriquecidos que explotan al pueblo; y a hacer frente a la conjura antinacional de los prestanombres, los abogados de monopolios internacionales y los agentes policíacos de un gobierno extranjero, que enajenan cada vez más nuestra patria al imperialismo. Los estudiantes han demostrado que no es la acción política contra las fuerzas reaccionarias de dentro y .fuera del país y el ejercicio decidido de los derechos constitucionales lo que lleva al retroceso, a la injusticia social y a la profundización. de la dependencia del exterior, sino la pasividad, la división, el silencio y el conformismo.

No es, en fin, el movimiento estudiantil el que con la defensa intransigente de sus justas demandas acerca los peligros de la dictadura abierta de una oligarquía en contubernio con intereses extranjeros, más o menos a la manera de otros países latinoamericanos, o de un endurecimiento aún mayor del sistema político nacional por los caminos del anticomunismo, la cacería de brujas, el control asfixiante del pensamiento, la expresión, la manifestación pública o la asociación de los ciudadanos, y la represión sistemática y generalizada de todas las libertades.

El verdadero peligro reside en la intransigencia del Estado ante las necesidades de diálogo con el pueblo; en la terca defensa de los intereses de las minorías detentadoras del poder económico y político; en la obstinada resistencia para abrir paso a nuevas corrientes y nuevas realidades que sólo la presión organizada del pueblo, como los estudiantes lo han comprendido, podrá romper. La acción estudiantil ha surgido como un poderoso freno a las tendencias antipopulares y antinacionales en vigor durante tantos años, como un brote renovador, como una prueba estupenda de la potencialidad democrática de nuestro pueblo. Por ello debe triunfar. No es la acción política: es la inacción la que pone en peligro lo que queda de libertad en México.

HACIA UN GRAN DEBATE NACIONAL

El movimiento estudiantil vive una fase decisiva. En la última semana se han acentuado las presiones, y todo hace suponer que en los próximos días se multipliquen las instancias para que el paro concluya y los estudiantes regresen ayuden con su inacción a restablecer la "normalidad".

A estas horas nadie discute la significación del movimiento, salvo los necios, los guardianes del orden existente y los oportunistas de siempre, que en cada lucha auténtica del pueblo ven graves peligros para el país. Con su movilización masiva, consciente, extraordinaria, la juventud está contribuyendo a que millones de mexicanos abran los ojos, descubran problemas que ignoraban o suponían resueltos y comprendan que los derechos no se heredan de nadie sino que se conquistan. Los estudiantes incorporados a las brigadas políticas están adquiriendo mayor preparación y ligándose al pueblo y a sus más justas aspiraciones, en vez de pensar en recurrir a algún influyente para iniciar el viacrucis de una carrera burocrática mediocre y rutinaria. Muchos de los logros obtenidos son ya irreversibles y quedarán como testimonio permanente de las grandes jornadas cívicas de estos días. Pero la importancia de un movimiento político no sólo radica en lo que logra en cada episodio sino en lo que consigue al final, como saldo de todo el esfuerzo desplegado.

Ésta no es una hora que justifique la duda o el pesimismo. Los estudiantes tienen a la vista la posibilidad de capitalizar sus triunfos y de asegurar las mejores condiciones para llevar la lucha adelante. El que, hasta estos momentos, ninguna de las demandas del movimiento haya sido satisfecha, no es motivo para dejarse ganar por la confusión y el desencanto. Sería mejor que esas legítimas demandas hubiesen sido aceptadas, pero la lucha política nunca se libra en condiciones ideales, sino frente a obstáculos difíciles de vencer, y que más que derivar de caprichos y veleidades de algunos funcionarios, responden a hechos y fuerzas que es preciso descubrir y vencer.

La nación está en espera de un debate político trascendental, como no se ha producido en México en muchos años; lo que interesa de ese debate no son, naturalmente, las disquisiciones especulativas o meramente legalistas, ni tampoco la perspectiva de largos regateos, que a la postre lleven a soluciones que a nadie satisfagan. Lo que importa es que el debate sea público, que garantice a quienes en él participen absoluta libertad y respeto a sus posiciones, y que permita que los graves problemas que se ventilan y que el propio movimiento estudiantil ha llevado al primer plano, sean cabalmente comprendidos por el pueblo. Lo demás, si el examen de esos problemas ha de ser oral o escrito, en un sitio o en otro, es secundario. Son asuntos de procedimiento en los que conviene ser flexible, sobre todo, cuando –como ocurre en este caso– no se está dispuesto a negociar con los principios.

El diálogo con el gobierno puede abrir el cauce para una discusión indispensable y fundamental. y si el gobierno no acepta en definitiva ese diálogo, el movimiento deberá encontrar otros canales para debatir con el pueblo y demostrarle que sus exigencias son legítimas.

Con frecuencia se escuchan opiniones que sugieren que el diálogo es imposible porque hay desacuerdos inzanjables entre las partes, sin reparar en que esos desacuerdos son, precisamente, los que lo vuelven necesario. El gobierno asegura que no hay presos políticos, que el artículo 145 del Código Penal tiende a proteger la integridad territorial de la República y su vida democrática, que los granaderos son un cuerpo de la policía preventiva del D. F., cuya principal misión es salvaguardar el orden público y las libertades de los ciudadanos. Este es el momento de demostrar que las consignas estudiantiles no son inventadas y que cada demanda del pliego petitorio se apoya en realidades indiscutibles.

Probablemente algunos estudiantes piensen que sus demandas son tan claras y precisas, que es innecesario explicar los fundamentos en que descansan. Acaso otros consideren que el diálogo con el gobierno es ocioso, porque las burocráticas respuestas dadas ya por varios oficiales mayores parecen indicar que el gobierno no cederá en un solo punto. Posiblemente, en efecto, no se consiga nada por ese camino, aunque habrá que esperar a que los hechos lo confirmen. Pero la importancia política de recorrerlo consiste en que, si algo se logra, ello será positivo, y si nada se obtiene, se tendrá entonces una sólida base para reforzar la lucha, para transformar el movimiento, para pasar de una fase a la siguiente, para actuar con apoyo en realidades y no en temores o buenos deseos, y para ayudar decisivamente a desvanecer muchas viejas y funestas ilusiones en torno al carácter supuestamente progresista de la burguesía, que tantos males ha acarreado a la izquierda mexicana durante tantos años.

El cumplir esta misión política tiene una importancia enorme: ayudará a deslindar campos, a incorporar nuevas fuerzas a la lucha, a crear conciencia en quienes aún no la tienen, a exhibir a los enemigos del pueblo, a preparar lo que deba hacerse en la siguiente etapa, y a demostrar, a través de un alegato vigoroso, directo y esclarecedor, que aun para alcanzar objetivos tan concretos y que no amenazan a la clase en el poder, es preciso alterar la relación de fuerzas políticas existente e incluso transformar radicalmente la estructura socioeconómica de la nación.

La fase del conflicto que ahora se inicia, lejos de ser meramente defensiva y menos aún de retroceso, puede ser la más propicia para avivar y enriquecer el contenido político de la lucha, para preparar el regreso a las labores académicas cuando ello sea viable y oportuno, y para proyectar, no como tarea de gabinete sino en la acción misma, una genuina reforma universitaria, pues es obvio que tras de las experiencias de estas últimas semanas, la educación superior no podrá ya desenvolverse dentro de los marcos academizantes, caducos e ineficaces que viejos estatutos y, sobre todo, viejos prejuicios y mezquinos intereses, mantienen anacrónicamente en vigor.

En torno a cada una de sus justas demandas el movimiento estudiantil está en condiciones, porque lo ha logrado con su esfuerzo y sus éxitos, de abrir nuevas perspectivas a la vida democrática de México. Con la imaginación y arrojo que los jóvenes han demostrado, ahora es el momento de abrir el gran debate nacional, de pasar del trabajo informativo al formativo, de esgrimir los argumentos de fondo, de multiplicar los contactos, las demandas de adhesión, los actos públicos, las reuniones más diversas, en el Distrito Federal y en la provincia, en las ciudades y en el campo, en las escuelas y fuera de ellas, para explicar el por qué de las exigencias estudiantiles y lograr que muchos otros mexicanos las hagan suyas.

Los estudiantes han conquistado con su decisión un puesto de vanguardia y están luchando valientemente del lado del pueblo. Demostrémosles que también el pueblo está firmemente con ellos.

México, D. F., a 16 de septiembre de 1968

Ermilo Abreu Gómez, Alonso Aguilar M., Ignacio Aguirre, Jerjes Aguirre, Sol Arguedas, Rodolfo Alfara, Arturo Azuela, Ángel Bassols Batalla, Arturo Bonilla S., Guillermo Bonfil B., Alicia Bonfil C., Consuelo Bonfil C., Guadalupe Bonfil C., Juan Brom O., Fernando Carmona, Julio Carmona, Jorge Carrión, Roberto Castañeda R. C., Bernardo Castro Villagrana, Elizabeth Cattlet, Héctor A. Castro, Rogelio Castañares, Daniel Cazés, José Luis Ceceña, Ismael Cosió Villegas, Isaías Cervantes, Félix Córdoba, Víctor Flores Olea, Pablo Fong, Rosa L. P. de Franco, Arturo García Bustos, Alfonso García Ruiz, Gloria González Salazar, María Luisa Guerrero, Eulalia Guzmán, Alberto Háuser Y., Eugenia Huerta, Sara Jiménez, Lulio Labastida, Araceli Luébano, Jorge Maksabedián, Guillermo Millán, Francisco Millán, Carlos Monsiváis, Julio Molina, Guillermo Montaño, Francisco Mora, Dámaso Murua B., Mario Orozco Rivera, Rogelio Orozco Zapata, Arturo Ortiz W., OIga Pellicer, Ricardo Pozas, Isabel H. de Pozas, Luis Prieto, Adolfo Quintero, Huberto Quiñónez G., Fany Rabel, Basilio Ramírez, José Revueltas, Samuel Salinas, Narciso Sosa B., Fausto Trejo, Luis Velázquez, Selma Veraud, Arturo Warman, Alfredo Zalce

[Excélsior, 19 de septiembre de 1968]

* Ramírez Ramón, El movimiento estudiantil de México, Julio-Diciembre de 1968, Edit. Era, 1969, pp. 287-293