Número 17                                         Época IV                               Marzo 2010


TEMAS A DEBATE


LOS AVATARES ELECTORALES DEL PANISMO (1939-2009)

La debacle electoral panista, además de la cada vez más evidente incapacidad política de Felipe Calderón y su partido para cumplir con sus compromisos de campaña, también está estrechamente ligada al fracaso del modelo neoliberal.

José René Rivas Ontiveros*/Miguel Sánchez Mayén**

I n t r o d u c c i ó n

En el presente trabajo abordamos una de las temáticas más recurrentes del sistema político mexicano, como lo es sin duda, el comportamiento político electoral de las agrupaciones partidarias, y más específicamente las vicisitudes que en su devenir histórico ha experimentado el Partido Acción Nacional (PAN), el cual, por cierto, hasta el momento es el referente de la derecha mexicana, de más larga duración, de mayor presencia y con solidez político e ideológica de esta tendencia de cuantas han existido en toda la historia independiente del país.

Por tal cuestión, y con el afán de alcanzar nuestro objetivo, en este avance de investigación de un proyecto que pretendemos sea de más largo alcance, nos hemos centrado fundamentalmente en el comportamiento electoral que el PAN ha experimentando a lo largo de toda su historia, esto es, desde 1940, año en que participó por primera vez en unos comicios federales, hasta el mes de julio del 2009.

El analizar la trayectoria electoral del panismo nos permitirá comprobar nuestra hipótesis básica, consistente en lo siguiente: A lo largo de sus primeros sesenta años de existencia el PAN tuvo un paulatino y permanente ascenso político electoral, gracias al cual fue capaz de capitalizar, en gran medida, una serie de fenómenos políticos, económicos y sociales que tuvieron lugar en el seno de la sociedad mexicana, tal y como serían el execrable autoritarismo del régimen, la marginación en todos los ámbitos de los sectores medios, las recurrentes crisis económicas de las últimas décadas y, en general, la crisis derivada del agotamiento del sistema político mexicano hegemonizado por el otrora partido de Estado.

Sin embargo, una vez que en el año 2000 el PAN conquistó electoralmente el Poder Ejecutivo federal habría de constatarse la incapacidad y carencia de un proyecto alternativo de nación capaz de enfrentar y superar todo lo que antes rechazó desde su activa y militante oposición.

De ahí pues, su paulatino e irreversible retroceso político electoral que aunque con sus respectivos vaivenes se ha venido materializando y reflejando en las urnas a lo largo de la primera década del siglo XXI, tras la pérdida de espacios en otros momentos conquistados en alcaldías, gubernaturas, y legislaturas locales y federales. De continuar esta tendencia, podría asegurarse que en los comicios federales del 2012, el panismo sufrirá la mayor de sus debacles electorales y, por supuesto, perderá la presidencia de la República.

1. EL PANISMO Y SUS ORÍGENES

Teniendo como antecesoras más inmediatas a una serie de organizaciones políticas y sociales de carácter confesional o católico que habían existido desde principios del siglo XX,1 los días 15 y 16 de septiembre de 1939 se fundó en la Ciudad de México el PAN.

Es importante anotar que en las postrimerías de los años treinta, cuando el PAN apareció formalmente en la vida pública nacional, México era un país predominantemente rural ya que el 70% de su población se concentraba en el campo, mientras que el 30% restante habitaba en las ciudades. Políticamente hablando, hay que decir que si bien es cierto que afloraban una serie de organizaciones políticas y sociales, tanto de izquierda como de derecha, lo es también que en ese momento en México se carecía de un sistema de partidos lo suficientemente sólido y consolidado, con pesos y contrapesos.

Demasiado distante de aquello, México era gobernado por el partido de Estado que había sido fundado justamente diez años antes, primeramente como el Partido Nacional Revolucionario (PNR), el cual a partir de 1938 se transformo en un partido corporativo y de masas: el Partido de la Revolución Mexicana (PRM), el cual aglutinaba a miembros de la autodenominada “familia revolucionaria”, arropados en los principios político-ideológicos del nacionalismo revolucionario, heredados por la Revolución mexicana.

Desde su aparición y ante la inexistencia de una oposición partidista organizada, el PRI monopolizaba la totalidad de los cargos públicos de elección popular existentes en el país.

En la constitución del PAN confluirían intelectuales, que en su inmensa mayoría eran de tendencia católica y por supuesto, conservadora, además habían estado estrechamente ligados a las esferas gubernamentales, y a la otrora aristocratizada Universidad Autónoma de México2, importante bastión que la derecha controló por lo menos durante tres décadas (1910-1944) y que por lo mismo, durante todo ese tiempo ésta fue un fuerte foco de resistencia de algunas políticas instrumentadas por los gobiernos posrevolucionarios, tal y como había sido el caso, por ejemplo, de la educación socialista.

En este contexto, pues, un 80% de la militancia original panista provenía precisamente del ámbito universitario y sobre todo de las escuelas de derecho, tanto públicas como privadas. Al respecto, sería la Escuela Libre de Derecho, de carácter privado obviamente, uno de los ámbitos de reclutamiento de los cuadros ideológicos del panismo. La presencia de militantes universitarios en el PAN resultó tan importante que incluso en su fundación participaron cuatro destacados intelectuales que habían sido rectores de la máxima casa de estudios.3

Por tales razones, y dadas las características históricas de sus militantes y de los principales dirigentes que ha tenido a lo largo de sus 70 años de vida, podría decirse que el PAN siempre ha sido un partido de ciudadanos y de cuadros, cuya estructura divergía del entonces hegemónico partido oficial, de carácter corporativo y de masas.

Ideológicamente los panistas son herederos de los grupos centralistas y conservadores del siglo XIX (históricamente derrotados en 1867, en el Cerro de las Campanas, Querétaro) y de la tradición católica mexicana,4 desde su aparición el nuevo agrupamiento manifestó un contundente rechazo a la política gubernamental cardenista, puesto que la consideraban como una: “facción fatua, vacía demagogia destructiva… desenfrenada pasión por el poder…jactancia de la inmoralidad un anárquico, insensato e irresponsable despilfarro de las reservas materiales y culturales del pueblo y una quiebra de las instituciones mexicanas”. (González Graf, 1970: 166).

En este tenor, desde los albores del panismo se declararía abierto enemigo de la reforma agraria cardenista que repartió cerca de 18 millones de hectáreas a miles ejidatarios y les otorgó créditos. De la misma forma, se opuso a la política obrera que se llevó a cabo durante este régimen al auspiciar la organización de los trabajadores en sindicatos y el respeto al derecho de huelga y a la contratación colectiva; igualmente, rechazó la intervención del Estado en la Economía y, por supuesto, la educación pública de carácter socialista.

2. VICISITUDES ELECTORALES DEL PANISMO

Más que un grupo de opinión o de presión, desde su aparición formal el PAN ha sido un partido de ciudadanos que ha vivido de y para las elecciones. De ahí que su actividad en los movimientos sociales, históricamente, haya sido muy esporádica, por no decir, casi nula.

De esta forma, el deseo que desde un principio se plantearon los panistas en el sentido de participar en la construcción del México moderno, no era otra cosa más que las formas estrictamente electorales, lo que implica pues, que desde el primer momento en que surgió el PAN, se superó el dilema que se había presentado en su seno, entre los planteamientos de carácter abstencionista, sostenidos por Efraín González Luna, y los partidarios de participar en los procesos electorales de todo tipo, defendido fundamentalmente por Manuel Gómez Morín, quien al respecto opinaba que: “¿No equivale la abstención a encenagarse en el conformismo reaccionario con el presente o a repetir el gesto inútil de una rebeldía incapaz de fructificar en acción y de crear nuevos valores? […] no concibo que la lógica vital pueda plantearse como una solución la abstención, la total indiferencia […]”. (Gómez, 1940: 32).

Con la finalidad de analizar las vicisitudes político-electorales que el PAN ha tenido en su devenir histórico, nos servimos de la siguiente periodización, que parte de la constitución misma de la organización hasta los comicios celebrados en julio de 2009.

3.1 1939-1961: Despegue y posicionamiento

Durante este largo periodo, que comprende dos décadas, de los setenta años vividos por el PAN, lo que lo caracterizó fue su acentuado afán por posicionarse entre la población nacional y en particular, entre los sectores medios y los distintos grupos de católicos que estaban diseminados en las regiones de la nación.

En este tenor, el panismo aprovecharía cuanto proceso electoral se realizó, aunque no presentara candidatos propios, como ocurrió en las elecciones presidenciales de 1940 y 1946, en las que se sumaron a las candidaturas del general Juan Andrew Almazán y del licenciado Ezequiel Padilla, respectivamente, ambos personajes caracterizados por poseer tras de sí una trayectoria política e ideológica de carácter conservador e incluso, en uno de los casos, como fue en el primero, que fue apoyado por una amplia gama de grupos ultraderechistas que existían en México, identificados con el agresivo Eje nazi-fascista-falangista que actuaba en Europa.5

Aunque es importante destacar que en otros momentos estos dos candidatos habían formado parte activa de la “Familia revolucionaria”, bautizada así por el general Plutarco Elías Calles.

No será sino hasta el año de 1952, esto es, a trece años de su fundación, cuando el PAN se presentó en una contienda presidencial con un candidato propio, recayendo dicha candidatura en el abogado jalisciense Efraín González Luna.6

De nueva cuenta, en 1958, los albiazules determinaron participar en la contienda presidencial celebrada ese año por medio de la candidatura del chihuahuense Luis H. Álvarez. En la primera de estas dos contiendas el PAN logró el 7.2% de la votación total, mientras que en la segunda, con Álvarez, como candidato presidencial, subió al 9.42% de los sufragios. Es de destacar que desde su primera participación en los comicios presidenciales de la República, y por lo menos hasta el año 2000, el PAN siempre tuvo un pequeño pero constante ascenso electoral.

Contrariamente a lo acaecido en el ámbito presidencial, en el mismo período los resultados electorales obtenidos en las contiendas para la renovación del Congreso de la Unión quedaron prácticamente estancadas, luego de que su porcentaje de la votación fluctuó entre un pírrico 2.72% y un 3.73 %. (Reynoso, 2009: 37).

Sería en este mismo período cuando el panismo conquistó sus primeras cuatro curules en la Cámara de Diputados federal,7 así como la primera presidencia municipal en su historia: la de Quiroga, Michoacán (Calderón, 1978: 72 y ss.). Fue también en esta entidad federativa en donde, en 1947, este partido logró su primera curul en una legislatura local a través de Alfonso Hernández Sánchez (Ibid).

De esta manera, y a decir de la politóloga Soledad Loaeza: “Desde 1940 se había logrado mantener una media anual de crecimiento económico del 6%, en un marco de estabilidad que combinaba formas democráticas y prácticas autoritarias, con el apoyo de un consenso modernizador que hacía las veces de opinión pública”. (Loaeza, 1993: 21).

Para decirlo en otras palabras, en todo este lapso no se dieron las condiciones objetivas y subjetivas que permitieran el avance cualitativo y cuantitativo de los grupos conservadores y derechistas en México. Por eso mismo, la presencia del panismo resultaba más simbólica y muy focalizada en algunas regiones del norte, occidente y sureste del país. Todo esto, no obstante que desde su fundación y hasta principios de los años sesenta éste había sido un partido independiente, ya que siempre presentó una real y seria oposición, tanto al régimen en general, como al priismo en lo particular. Aunque claro está desde su particular óptica conservadora.

3.2 1962-1978: El ascenso horizontal

Desde los albores de los sesenta y hasta mediados de la siguiente década, Acción Nacional experimentó un quiebre positivo; dejó atrás el estancamiento y la inercia de las dos décadas anteriores. En los comicios federales de 1964, el candidato de ese organismo político a la presidencia de la República, José González Torres, obtuvo más de un millón de votos que representaron el 10.97% del total de la votación nacional. (Reveles, 2002: 487).

Sin embargo, el avance se haría patente en el poder legislativo al lograr un total de 20 escaños en la Cámara Baja; comparativamente con toda la historia electoral precedente del PAN, que nunca remontó la media docena de diputados.

Empero, dicha situación no fue circunstancial, por el contrario, tuvo como antecedente más inmediato la reforma electoral que un año antes se había efectuado en México, tras la creación de la figura denominada “diputados de partido”,8 cuyo principal objetivo fue abrir en el sistema político mexicano, una pequeña válvula de escape, para favorecer a los partidos minoritarios que contaban con registro formal o reconocimiento oficial.

En esta situación se encontraban, además del PAN, los partidos Auténtico de la Revolución Mexicana (PARM) y el Popular Socialista (PPS), los que a diferencia del primero sólo servían de satélite del gobierno y su partido. Por tales razones, tanto al PARM como al PPS, siempre se les calificaría como partidos comparsa o paraestatales.9

El crecimiento electoral panista continuaría observándose en los siguientes comicios, mismos que se celebraron cada tres años, entre 1967 y 1976; esto fue así, hasta que un año antes entró en vigor la reforma electoral indebidamente denominada “Reforma Política” y de la cual hablaremos más adelante.

Por otro lado, hay que señalar que esta nueva tendencia del ascenso panista no surgió por generación espontánea. Efectivamente, y tal y como lo señala la politóloga Soledad Loaeza, desde 1962 el PAN había venido dejando atrás su carácter confesional que lo estuvo acompañando en los casi cinco lustros anteriores y que políticamente lo había mantenido aislado. A partir de este momento, el PAN comenzó a transformarse en una oposición relativamente moderna, más activa y menos acartonada en el tradicional discurso moralista y católico. No obstante lo anterior, el agrupamiento partidario siguió manteniendo severos problemas de estructuración y consolidación. (Loaeza, 1999: 249).

Por consiguiente, para lograr este proceso de modernización del panismo hubieron de ocurrir varios hechos. Uno de estos elementos y, tal vez el más significativo, fue la urbanización que experimentó el país a raíz del repunte de principios de cuarenta tras el proceso de industrialización. Lo anterior trajo consigo varios aspectos, siendo los principales: emigración del campo a la ciudad, un vertiginoso crecimiento de las clases medias, un importante incremento en los índices de educación y cultura de la población, y la modernización del empresariado mexicano y la relación de éste con el Estado.

Simultáneamente, otros factores que contribuyeron a la modernización del PAN, fueron, además de la reforma electoral de 1963, los cambios generados en los años sesenta dentro de la iglesia católica mundial y, sobre todo, la capitalización por parte de este agrupamiento de los “rompimientos de los equilibrios que había alcanzado el sistema político mexicano, entre los mecanismos institucionales de resolución de conflictos y los no institucionales, de tal suerte que estos últimos se convirtieron en una amenaza para los primeros”. (Ibid: 278)

Por su parte, la crisis política nacional de 1968, tras el estallamiento del movimiento estudiantil que tuvo como objetivo central la democratización de la vida pública nacional (Rivas, 2007: 501-625), fue sin lugar a dudas uno de los eslabones más importantes del siglo de dichos desequilibrios.

La modernización del país compelía a que todos los espacios de la sociedad hicieran lo mismo e igualmente los agrupamientos partidarios y sus dirigentes, he ahí una circunstancia que obligaba a no quedar estancado y el PAN no fue la excepción en esa tendencia.

El periodo que hemos estado abordando en este apartado cierra su ciclo en 1977, con la constitucionalización de la mal llamada Reforma Política,10 considerada por algunos analistas políticos como el punto de inflexión e inicio del proceso de transición democrática de un régimen profundamente autoritario y represivo a uno más flexible, democrático y plural.

Efectivamente, a consecuencia de esta reforma, el sistema electoral mexicano comenzó a observar un cambio cualitativo y cuantitativo, materializado en la Ley de Organizaciones, Partidos y Procesos Electorales (LOPPE), cuyo principal impulsor e intelectual fue Jesús Reyes Heroles.

En la nueva normatividad electoral se flexibilizaron los requisitos para la conformación y el registro de nuevos partidos políticos; se introdujo un sistema mixto de representación, según el cual 300 curules serían atribuidas por mayoría relativa y otras 100 adicionales de acuerdo al principio de representación proporcional a partir de listas regionales; se otorgaron prerrogativas a los partidos para su promoción, organización y consolidación de los mismos, a través del acceso permanente a los medios de comunicación y el otorgamiento de subsidios cuyos montos se determinaban por los votos recibidos en las últimas elecciones; se reconoció el derecho de los partidos a fundar coaliciones y frentes, etc. (Junquera, 1979: 17 y ss. y 167-207)

Si bien es cierto que la supuesta intención de dicha reforma y, en particular de la LOPPE, era dar más cabida y mayor participación a los partidos políticos minoritarios, lo cierto es que el objetivo más importante, para el régimen era buscar su legitimación, después del serio deterioro que había sufrido por la crisis política del 68 y más particularmente del uso de los fusiles en Tlatelolco y por todas las demás acciones derivadas de aquello, como fue el movimiento guerrillero, que se desarrolló fundamentalmente durante la primera mitad de la década de los setenta.

3.3 1979-1988: Del rezago a la acumulación de fuerzas

Teniendo como base referencial a la Reforma Política de 1977, en el decenio de los ochenta el panismo llevó a cabo una intensa movilización político-electoral, tanto en el centro como en la periferia del país, lo cual le propició crecer vertiginosamente haciéndolo un partido con una importante presencia y, por ende, cada más competitivo, por lo menos que en los años anteriores.

En esta perspectiva, producto de los comicios federales de 1979, el PAN conquistó un total de 43 asientos en el Congreso, de los cuales cuatro fueron de mayoría relativa y los restantes 39 por el principio de representación proporcional, ya que logró obtener un millón 527 mil 223 sufragios, que le representaron el 11.13% del porcentaje total de votos emitidos (Castellanos, 1997: 419-422).

Sin embargo, un ascenso todavía más notorio que el anterior, en cuanto al número de votantes por este partido, fue el observado en las elecciones federales de 1982 al registrar 3 millones 786 mil 348 votos en lo correspondiente a diputados de representación proporcional. (Gómez, 1990: 52-56). De esta forma, muy bien puede observarse que en un lapso de tres años el PAN había incrementado en un poco más del cien por ciento su número de votantes.

Es importante percibir que la efervescencia electoral panista estuvo enmarcada por una serie de circunstancias, principalmente de carácter socioeconómico. Así, en los primeros años de la década de los ochenta el país sufrió una de las crisis económicas más severas de su historia. Además, a partir de entonces comenzó a implementarse en la nación el modelo neoliberal. Se trató de un nuevo modelo de acumulación de capital que más pronto de lo esperado empezó a causar una serie de estragos entre los grandes sectores de la población, profundizando la ya de de por sí vasta desigualdad social e incrementando considerablemente la pobreza en este país.

La restricción de las políticas sociales por parte del régimen priista, hegemonizado ya para entonces por los tecnócratas, así como su inclinación cada vez mayor a las políticas privatizadoras y de economía de mercado, empezó a provocar serias fisuras y enfrentamientos en el seno de la coalición gobernante, permeando también en los distintos sectores de la sociedad mexicana.

En esta dirección, las políticas sociales generadas por el Estado benefactor que se habían venido instrumentado a lo largo de todo el período posrevolucionario, se vieron seriamente mermadas para los distintos grupos de la sociedad mexicana: educación, salud, vivienda y salarios; al mismo tiempo, se aceleró el desmantelamiento del Estado y la política de privatización de las empresas paraestatales.

En otras palabras, el viejo pacto social que históricamente fue suscrito recién concluida la fase armada de la Revolución mexicana, a partir de los ochenta comenzó a ser violentado por la nueva élite política gobernante de carácter tecnocrático, que poco a poco venía desplazando a la antigua coalición gobernante de tendencia nacionalista. Tal situación provocaría a partir de entonces una serie de manifestaciones sociales y políticas de los diferentes sectores de la sociedad mexicana.

Una de las expresiones, sin duda las más nítidas y evidentes de este descontento social, se comenzó a percibir en el terreno político electoral y más particularmente en los comicios federales de 1982, cuando sorpresivamente el candidato presidencial del PAN, Pablo Emilio Madero, capitalizó en gran medida ese descontento al obtener el 15.68 % del total de la votación.

Lo anterior no implicaba otra cosa más que el electorado comenzaba a ver en el gobierno y su partido al responsable inmediato de todos sus males y al PAN como la principal opción a través de la cual podría canalizar la repulsa a tal situación. Desde nuestro punto de vista, éste fue el primer síntoma serio de un permanente ascenso electoral de la derecha mexicana aglutinada en el panismo y el inicio del descenso político electoral del partido de Estado.

Independientemente de que las elecciones federales de 1982 fueron significativas para el panismo, no sería sino hasta el verano del siguiente año cuando este referente político obtuvo resonantes triunfos en las elecciones municipales realizadas en los estados de Chihuahua y Durango.

Efectivamente, en 1983 el PAN conquistó las capitales de ambas entidades federativas, así como los municipios más importantes de la primera de éstas, como fue el caso de Ciudad Juárez, la cual históricamente ha sido uno de los ámbitos geopolíticamente más relevantes del país dada su colindancia geográfica y la fuerte influencia política, cultural y económica que tiene de los Estados Unidos.

Tres años después, además de ratificar su triunfo en varios municipios chihuahuenses, el PAN ganó la gubernatura de ese estado norteño. Sin embargo, y pese a la gran movilización social y acciones de resistencia civil realizadas por los panistas de Chihuahua y otras partes de la República, esa victoria nunca les fue reconocida por el régimen priista. Se habló entonces del célebre “fraude patriótico”, tendiente a evitar que una entidad federativa de la importancia de Chihuahua y que colinda con los Estados Unidos, cayera en manos del partido que representaba a la reacción en México.

Con los triunfos electorales de Durango y Chihuahua, así como el significativo avance observado antes en Sonora y Coahuila, el panismo comenzó a posicionarse cada vez con más fuerza en las zonas urbanas del norte del país. Así pues, iniciaba su espectacular ascenso hacia la gloria electoral que habría de tener su culminación al finalizar el siglo XX o, si quiere ser más precisos, al principio del nuevo milenio con la llegada de Vicente Fox Quesada a la presidencia de la República, tal y como lo veremos más adelante.

Es de destacar que una de las razones, sino es que la principal, del ascenso del panismo en las zonas urbanas norteñas del país fue el decidido apoyo político dado tanto por la Iglesia católica como por una serie grupos empresariales y financiero descontentos con algunas políticas del Estado instrumentadas por los gobiernos de Luis Echeverría y José López Portillo, a quienes, paradójicamente, ellos consideraban “populistas y socializantes”, entre otras cosas por la expropiación de tierras en Sonora y Sinaloa en 1975, por parte del primero, y por la inesperada “nacionalización” de la banca anunciada por el segundo en su último Informe Presidencial, leído el 1º.de septiembre de 1982.

Fue así como la clase empresarial, que históricamente se había mantenido prácticamente al margen de la política militante, pero eso sí siempre apoyando al Estado y su partido, ahora volteaba sus ojos y, por supuesto, con la bandera de sus intereses, a depositar su capital político y financiero en pro del panismo.

Pero si bien es cierto que en la década de los ochenta el panismo observó un marcado crecimiento cuantitativo, más que cualitativo, lo es también que a partir de entonces es cuando el viejo partido de carácter doctrinario, que había sido impulsado desde su fundación, en septiembre de 1939, comenzó a ser paulatinamente desplazado por un sector más pragmático y totalmente ajeno a la doctrina original del panismo que se había sustentado, teórica e ideológicamente, en el humanismo, el bien común e, inclusive, hasta en el solidarismo.

Fue así como el PAN sería hegemonizado fundamentalmente por un significativo núcleo de empresarios que venían rompiendo su antigua alianza, con el también antiguo régimen priista, para arribar a un partido con el cual, por cierto, encontraban más coincidencias políticas e ideológicas que con el anterior.

Será justamente en este nuevo contexto en el que se dio pauta al surgimiento y conformación, de lo que a partir de los años ochenta, se conocería como el neopanismo, al que otros consideraron como la emergencia del grupo denominado con el jocoso mote de Los barbaros del norte (Nuncio, 1986: 197 y ss.),dentro del cual el extinto empresario y candidato presidencial panista, Manuel J. Clouthier, sería uno de los representantes más prominentes e influyentes.

Por lo demás, en esta nueva oleada de dirigentes y militantes se observaba un conjunto de características, como era no solamente el de estar estrechamente ligados a la clase empresarial, sino también de ser acérrimos enemigos de la intervención del Estado en la economía, entre otros rasgos. (Reynoso, 2009: 41)

Concomitantemente a la afluencia del sector empresarial, también llegó a las filas del panismo un conjunto de grupos de carácter eminentemente ultraderechista, estrechamente ligados tanto a sectores empresariales como religiosos, por no decir reaccionarios de la sociedad mexicana y cuyo principal objetivo ha sido la defensa a ultranza de sus respectivos intereses económicos, más que los ideológicos.

Con la nueva conformación del panismo se dio pauta para que en su seno aflorara un conjunto de expresiones y prácticas que distaban mucho de las que había enarbolado el PAN en sus primeros 40 años de vida. Así, mientras que en aquel periodo los principales rasgos políticos e ideológicos que lo nuclearon fueron el hispanismo y el antinorteamericanismo, a partir los años ochenta esa orientación en mucho sería radicalmente diferente y contrapuesta a todo aquello, una vez que sus posiciones comenzaron a coincidir y simpatizar con la derecha norteamericana.

Tal situación trajo consigo una mayor supeditación de este agrupamiento con las orientaciones imperialistas del país del norte, independientemente de que en éste haya estado gobernando por el Partido Republicano o el Demócrata.

En esta misma etapa de surgimiento y efervescencia del neopanismo y a la par con la crisis económica y el descontento social provocado por ésta, lo que se observó en el sistema político electoral mexicano fue una fuerte tendencia al bipartidismo, aunque en gran medida, fomentado por los propios panistas muy envalentonados con la serie de triunfos logrados en las urnas de los estados del norte del país.

Empero, a partir de la segunda mitad de esta misma década el escenario político nacional comenzó a cambiar drásticamente tras la aparición de fenómenos naturales y movimientos sociales que evidenciaron la gran incapacidad del régimen para enfrentar la profundidad de la crisis. En esta dirección se ubican, por una parte, los sismos de septiembre de 1985 y, por la otra, un importante repunte del movimiento urbano popular y, sobre todo, la efervescencia estudiantil en la UNAM, que buscó preservar las históricas conquistas de otros movimientos universitarios, que el Estado, a través de la Rectoría, les quería conculcar.11

Un acontecimiento que en la segunda mitad de los ochenta resultó determinante para la vida política nacional fue el rompimiento que se suscitó en el seno de la coalición gobernante, tras la aparición de la célebre Corriente Democrática del PRI en la cual participaban Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, Porfirio Muñoz Ledo, Ifigenia Martínez y muchos otros priistas que defendían los principios ideológicos del nacionalismo revolucionario emanados de la Revolución mexicana y que se oponían a la nueva orientación política e ideológica de corte neoliberal, tecnocrática y pro-imperialista que prácticamente se venía imponiendo en el seno de la élite política del régimen y su partido.

Con posterioridad al rompimiento experimentado en las filas del partido de Estado, la Corriente Democrática se convirtió de facto en un importante polo de atracción para un buen número de organizaciones políticas y sociales de centro izquierda que paulatinamente se le fueron sumando, para luego dar paso a la conformación del Frente Democrático Nacional (FDN),12 que tuvo a Cuauhtémoc Cárdenas como su candidato a la presidencia de la República.

Éste, a su vez, tuvo como principales contendientes al ex secretario de Programación y Presupuesto, durante el sexenio de Miguel de la Madrid, Carlos Salinas de Gortari, por el entonces partido oficial, y a Manuel J. Clouthier, por el PAN, también ex priista y ex presidente del ultraderechista Consejo Coordinador Empresarial (CCE).

 Fue así como en unas elecciones ampliamente competitivas, pero también altamente cuestionadas, realizadas el 6 de julio de 1988, estos tres candidatos se enfrentaron en las urnas registrando -al menos oficialmente-, 13 los siguientes resultados: Salinas de Gortari, 9’641,329 votos (50.36%); Manuel J. Clouthier, 3’267,159 sufragios (17.07%), y Cuauhtémoc Cárdenas, 5’911,133 votos (30.88%). (Castellanos,1997: 226)

De la lectura de estas cifras se deduce, entre otros aspectos, un marcado descenso electoral del priismo, un importante ascenso del candidato de centro izquierda y un inesperado relegamiento del PAN, a una tercera posición, luego de que desde 1955 se había mantenido como la segunda fuerza política nacional. (Reynoso, 2009: 44 y ss.)

Contrariamente a la debacle de la candidatura presidencial panista, en 1988, este agrupamiento obtuvo un vertiginoso ascenso tanto numérico como porcentual en lo concerniente a las diputaciones. Así, habría de observarse que de 38 escaños que había tenido en el trienio 1985-1988, para los años de1988-1991 ascendió a 101, lo cual le representó el 20.2% del total de los integrantes de la Cámara Baja (Ibid).

Paralelamente al ascenso electoral panista también los diferentes núcleos de centro izquierda aglutinados en el FDN lograron un significativo crecimiento al registrar un total de 139 diputados, aunque a diferencia del PAN y del mismo PRI que siempre aparecieron orgánicamente unificados, éstos se encontraban totalmente dispersos entre los cuatro partidos que lo conformaban.

Dada esta situación de atomización, la izquierda como fuerza unificada muy pronto se vería seriamente menguada entre otras razones por la fuerte labor de acoso y cooptación realizadas por el gobierno salinista tanto en el seno de los nuevos congresistas como de las organizaciones sociales y políticas que habían conformado dicho frente. Todo ello en detrimento del ambicioso proyecto de unificación de la izquierda que entonces giró en torno de la aún prestigiada y reconocida figura de Cuauhtémoc Cárdenas, así como del Partido de la Revolución Democrática (PRD), formalmente constituido el 5 de mayo de 1989 y que sustituyó al Partido Mexicano Socialista (PMS).

Vistos los resultados de los dos bloques partidistas anteriores, habría que destacar que en este proceso el gran perdedor fue el régimen priista, que vio descender de 292 el número de diputados que tenía en el trienio anterior, a 260 a partir de 1988; al tiempo que también su porcentaje descendió de un 73% logrado en el periodo anterior, al 52% que registraba en esta nueva legislatura. Todo esto, no obstante que a partir del multicitado proceso electoral de 1988, el número de escaños en la Cámara Baja había incrementado de 400 a 500.14

Por lo demás, las elecciones federales del verano de 1988 fueron un hito, un parteaguas, en el sistema electoral mexicano, no únicamente por la debacle sufrida por el régimen y su partido, en otro momento prácticamente único e invencible, sino por la consolidación de la derecha electoral y la emergencia de organizaciones políticas y sociales de izquierda que abandonaron su antigua tendencia abstencionista y buscaron el cambio por la vía electoral.

Igualmente, será a partir de entonces cuando comenzó a configurarse en el país un nuevo sistema de partidos de carácter tripartidista, lo que implicó dejar atrás el bipartidismo, el cual se había venido observado a lo largo de la década de los ochenta, cuando parecía que las únicas fuerzas partidistas realmente existentes y competitivas eran el PRI o el PAN, más no la izquierda, entonces atomizada en por lo menos cuatro agrupamientos partidarios formalmente reconocidos,15 razón por la cual cada vez se le veía más dispersa y por ende incapaz de convertirse en opción real ante el electorado mexicano.

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