Número 17                                         Época IV                               Marzo 2010


REPENSAR LA CRISIS Y LA GLOBALIZACIÓN.
EL TIEMPO IMPLACABLE

La forma de Estado, su crisis de legitimidad, ha propiciado la reformulación del esquema de control corporativo en México, mientras que en el mundo de la posguerra se ha expresado en políticas de abandono del Estado de bienestar.

Alejandro Espinosa Yañez1

No podemos comprender la globalización económica si ignoramos algunas razones históricas en las que se funda. Una primera, principal, se encuentra en la crisis, no sólo económica sino con múltiples expresiones y desembocaduras. Entre ellas destaca la crisis del modelo taylorista- fordista, es decir, de procesos de producción en los que se plantea la división tajante entre concepción y ejecución del trabajo; claramente jerarquizados y con dispositivos de vigilancia de los tiempos y movimientos.

El dispositivo del panóptico, así, desborda las fronteras las prisiones y los hospitales, incrustándose en la realidad de los talleres y fábricas en el taylorismo-fordismo. Pero esta forma de organización para la producción coexiste, o mejor todavía, se articula, con propuestas de organización burocráticas. Tenemos de tal suerte una constelación de rigidez organizacional y técnica, de jerarquías visibles, de líneas de mando que se basan en la observancia de reglamentos, pero éstos cuajan en prácticas entre sujetos; de la misma manera, la estandarización, la homogeneidad, y la rutina, serán ingredientes recurrentes en el modelo citado.

Todo lo anterior en una sociedad día con día más compleja; todo lo anterior haciendo que día a día, como señala Cavendish, los trabajadores se las ingenien para hacer más soportable la jornada de trabajo (Cf. Hassard, 1998).

Con lo anterior no pretendemos afirmar que el taylorismo-fordismo, y las prácticas culturales que le acompañan, no formen parte del mosaico de la historia presente; lo único que se puede afirmar hasta el momento, es que las premisas en que se apoya el taylorismo-fordismo se están quebrando, pues la extrema división del trabajo, la compartimentalización de los procesos, las jerarquías, y la producción estandarizada, han sido puestas a prueba y en muchos casos, cada vez más, han sido superadas por otros esquemas organizacionales, por la emergencia de énfasis más que en la uniformidad y rigidez en lo heterogéneo y flexible, y por tecnologías ad hoc a los nuevos saberes y nuevos procesos técnicos del trabajo.

Ahora, a la crisis del taylorismo-fordismo (la producción en masa) debemos articular la crisis de caja del Estado, o crisis fiscal del Estado. No nos detenemos de manera puntual en esta discusión; pero sí es pertinente atender que, al expresarse como un problema para el Estado, pues gasta más de lo que percibe, el hecho principal estriba en que la democracia es costosa, además que, por el deterioro de las instituciones en que se apoya, el déficit fiscal del Estado deviene en disminución de la gobernabilidad por el ensanchamiento de la democracia.

En estos términos se desarrolla el planteo de M. Crozier (et al, 1978), con el agregado de que las instituciones políticas, léase el parlamento, los partidos políticos y los poderes locales había perdido capacidad de representación (en el siguiente apartado nos detendremos nuevamente en este aspecto, confrontando las posturas neoconservadoras de Crozier et al con otros autores). Tenemos, pues, por una parte, la crisis del taylorismo-fordismo, claramente descrita por De la Garza (1993), y por otra parte, la crisis fiscal del Estado.

A esta última podemos emparentarle con la crisis en la forma del Estado de bienestar, mientras que en la manifestación doméstica en México se observa en los problemas del corporativismo para seguir dominando a partir de la descomposición de la matriz cultural corporativa de la revolución mexicana. La crisis en la forma de Estado es una crisis de legitimidad que, entre otras, puede expresarse como disenso y en la magnitud más extrema como levantamiento armado (la sublevación del sur profundo se ubica en esta última tesitura).

En esta mirada retrospectiva debemos ser cautelosos. Hemos afirmado la existencia de la crisis de la forma de Estado, empero el corporativismo sigue siendo un referente en lo cultural, en términos de la construcción de valores, la refuncionalización de las normas, lo que de manera muy sugerente Enríquez designa como “armaduras estructurales”; asimismo, en lo concerniente a lo simbólico, siguiendo en la realidad mexicana, el lugar de la iniciación y el relieve del entramado de mitos y ritos, sigue copado por prácticas corporativistas (la discusión de la exterioridad, como algo ajeno a la cultura obrera, es parte de los mitos de una franja de intelectuales que en su liturgia afirma que de no ser por el peso de los exterior, es decir por las manchaduras que sufren los obreros, la clase obrera podría ir al paraíso).

Por otra parte, en lo imaginario, a pesar de procesos de desindicalización mundial, se pueden apreciar traslados de seguridades de un campo a otro, por ejemplo del territorio sindical al de la organización, en la que se presenta ésta como protectora y, al mismo tiempo, como devoradora, en lo que Enríquez sintetiza como la ansiedad por “ocupar toda la totalidad del espacio psíquico de los individuos” (1992: 37).

En resumen, la forma de Estado, su crisis de legitimidad, ha propiciado la reformulación del esquema de control corporativo en México, mientras que en el mundo de la posguerra se ha expresado en políticas de abandono del Estado de bienestar. Sin embargo, en ambos casos se trata de procesos que aún no concluyen, en los que lo que está naciendo no acaba de emerger y lo viejo se niega a desaparecer.

En esta constelación compleja, que articula distintas dimensiones de lo social (lo cultural lo subsumimos aquí como un constructo social), se encuentran las razones y soportes de la globalización actual.

Casi de manera “natural”, después de revisar la gravitación de la crisis del taylorismo-fordismo, del Estado de bienestar (y sus territorializaciones locales) y de la forma de Estado (de legitimidad, de autoridad legítima en el sentido claro que lo expresa Weber en Economía y Sociedad), lo que obliga la circunstancia es la aplicación de un modelo flexible que estimule la participación, reduzca las hendiduras entre la concepción y la ejecución y, entre otras, construya una red de significaciones distinta.

Repetimos, no se trata de una batalla ganada, pues de nuevo citando a Enríquez, al plantear éste los conflictos que se vivían en una empresa, la respuesta frente al factor de riesgo y división, ubicado en la exterioridad, fue que “el conjunto de directores regresó a la vieja estructura que permite la disposición de zonas de libertad al interior de las zonas de coacción” (1992: 152).

Aquí no es coincidencia que cualquier parecido con procesos de cambio genere temor -en el mismo sentido, Mouzelis y Crozier han sido enfáticos cuando afirman que la desviación de los fines en las organizaciones tienes que ver, primero, con que las organizaciones no son homogéneas y, segundo, con que la propia estructura formal burocrática propicia la desviación de los fines constituyendo a los medios en fines.

Los procesos de globalización, para concretarse, requieren de cambios sociotécnicos. En términos macros, requieren la construcción de un nuevo marco de relaciones laborales; en términos tecnológicos, la articulación entre los distintos saberes (recordemos el lamento de Coriat, cuando hace la remembranza del “peso de la lima” -Cf. 1982) con los nuevos dispositivos tecnológicos; en lo organizacional (es decir, la reformulación de las formas de organización para el trabajo) es donde se encuentra el espacio de mayor incertidumbre.

Por el lado de la gerencia, el relieve de lo organizacional se basa en un reconocimiento: es más fácil cambiar fierros que cosmovisiones, planteaba un cuadro gerencial de Telmex en una entrevista que le realizaba. Por el lado de los trabajadores, en ellos se expresa el gran esfuerzo por hacer que la empresa, la fortaleza de ésta , el involucramiento consciente, no por domesticación, marchen a la par del incremento en la productividad, convirtiendo a la propia productividad en un espacio de disputa, pero acotada por los involucramientos y reconocimientos mutuos. Con esto último nos estamos aproximando a las culturas laboral y gerencial en los procesos de cambio. Hagamos algunas anotaciones más puntuales.

Managers, superwomen y trabajadores reconvertidos. ¿Será?

Mintzberg planteaba que un fenómeno presente en las sociedades postburocráticas era la adocracia, entendiendo por ésta al incrustamiento de normas, valores, creencias y saberes (cf. 1993). Cercano en el sentido, N. Aubert y V. De Gaulejac asistían con sorpresa al descubrimiento de que hay procesos de enamoramiento con las empresas, las instituciones, las organizaciones en general.

No se trataba de una operación en la cual los sujetos se presenten como simples receptáculos; así, las referencias a lo que ellos denominan el campo sociomental, que en Foucault se aprecia como campo de conocimiento y que en Bourdieu alude al habitus, apunta que en el interior de los sujetos, y la forma en que éstos se relacionan en lo cultural, lo simbólico, lo imaginario, se generan vasos comunicantes, posibles solamente porque hay condiciones dadas que permiten esas aproximaciones.

En fin, como cuando Marx habla de que el peso de los muertos oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos, del mismo modo aquí apuntamos el relieve de las huellas y las hendiduras en el acotamiento de comportamiento de los sujetos; nos referimos a un habitus en el que al mismo tiempo está presente lo estructural y lo estructurante. No porque no haya posibilidades de cambio, sino porque este cambio influye en los instrumentos y las posibilidades reales de cambio.

De nuevo con Marx, recordemos cuando señala con inteligencia que los hombres sólo se proponen las tareas que pueden alcanzar. Aquí el peso de la estructura lo presentamos no como sentencia, sino como evidencia.

La adocracia, al involucramiento, el enamoramiento, o bien como plantea Fernández (1994), estamos asistiendo a procesos en lo que se está resematizando la trayectoria larga de la humanidad: los hombres se relacionan en marcos que los sujetan a partir de la dialéctica protección/ sufrimiento, una historia interminable de angustia/ placer, señalará Pagès, et al (1979; Cf. Aubert y Gaulejac, 1993). Así, el lugar que se ha ganado la cultura gerencial ha llamado la atención desde diferentes ángulos analíticos.

En el caso de la sociología, es cada vez más importante el enfoque culturalista. En este se aprecian, coincidiendo con Chanlat, dos enfoques: por una parte, la tendencia denominada socioantropológica, en la cual predomina el interés por la comprensión.

Por la otra, que es lo que en este momento nos preocupa, se presenta la tendencia managerial, la cual podría ser tipificada de práctica, de resultados. En la primera se ubica a la cultura como algo no mecánico, mientras que en la tendencia managerial la acción, lo práctico, lo proclive a la minimización de lo teórico, a la par de privilegiar la formalización excesiva, lo cerrado, lo ahistórico y lo que oculta procesos políticos, es lo que la distingue.

Sin detenernos en matices, que los hay, la tendencia managerial, grosso modo, ha tratado de imponer la cultura del ganador, del nacido el 4 de julio, prefiriendo las islas de los hombres solos, más que los archipiélagos, siempre y cuando no alteren el trabajo en equipo y la cooperación. Se trata de una visión mecánica y voluntarista, que oculta el conflicto aunque en realidad lo que hace es trasladarlo a espacios que reduzcan los filos, las erosiones. Las visiones más suaves dentro de la tendencia managerial aceptan distintas expresiones culturales.

Sin embargo, aparte de suaves, todavía se encuentran en desventaja frente a las posturas hegemónicas. En todo caso, algo más que distingue y unifica a la tendencia managerial es que todo puede ser reducido a los “dirigentes”, los ganadores, pues (Chanlat, entre otros, debe consultarse, 1989: 388).

En donde más han avanzado estas posturas manageriales es en los países anglosajones y en Japón. No escapan del influjo otras realidades, por lo que debemos comenzar a estudiar con seriedad los problemas relacionados con la cultura managerial (la de “excelencia”, Cf. Aubert y De Gaulejac, 1993), por sus ya visibles efectos.

Pero por el lado de la cultura laboral, corregimos sin singularizaciones, de las culturas laborales, es donde más se pueden apreciar los cambios. Esto ha ocupado un lugar en la discusión sociológica en lo que se ha denominado la pérdida de centralidad del trabajo. En ese orden, C. Offe señalará que el concepto trabajo ya no es capaz de dar cuenta de los nuevos procesos, de la complejización de la sociedad.

P. Zurla señalará que la crisis de la centralidad del trabajo es por la insuficiencia de nuestros instrumentos culturales, que realmente es por la “decadencia de la ideología del trabajo”, en la que el trabajo se presenta como libertad, fin y nobleza, mientras la condiciones actuales, lejos del embrujo del fundamentalismo disfrazado de cientificidad, ubica al trabajo como necesidad, medio, sentido (Cf. Zurla, 1989/90: 114).

Así, coincidiendo con Offe, en los tiempos actuales, donde de manera más clara los hijos se parecen todavía más a su tiempo que a sus padres, somos testigos de que se “pierde la calidad subjetiva de ser el centro organizador de la actividad vital, de la valoración social de uno mismo y de los demás así como de las orientaciones morales” (cf. Offe, 1992). En realidad, el planteo de Offe, no sólo el que se expresa en el trabajo que se referencia, ha sido insistente de que los planteos estructuralistas que se apoyaban en el discurso de clase hoy se han vaciado, por la “desradicalización ideológica, desactivación de los militantes y erosión de la actividad colectiva” (Colom y Mas, 1988: 238).

Los trabajadores cambiaron y la propia naturaleza del trabajo ha tenido vuelcos. Los hombres ya no se valorizan a través de él. De ahí que, siguiendo un argumento planteado, el discurso managerial no cae en terreno inhóspito, pues las propias condiciones sociales, más allá de la fuerza discursiva de los managers, han cultivado condiciones de desencantamiento con los campos de seguridades.

Resumiendo el planteo, con la cultura managerial ya no podemos hablar de las misiones cristianas, pues ahora la nueva parroquia se encuentra en la empresa, en el vínculo gerencia-trabajadores. Ya se eluden las reglas escritas y la rigidez visible, en aras de que predomina la observancia de normas interiorizadas, adheribles, asumibles y pegajosas. Y lo que es mejor, dirían los fans, que al portarse en el cuerpo se pueden llevar a cualquier lado. Por eso, las ironías de que en una sociedad masificada en sus procesos fundamentales pueden distinguirse entre las muchedumbres.

Estamos jugando. Si bien la tendencia managerial ha avanzado, se enfrentan, sin embargo, a posturas refractarias frente al discurso integrador. Los análisis sobre la cultura mucho pueden aportar en la comprensión de los problemas del mundo moderno. En consecuencia, no le estamos dando aquí a la cultura el atributo del explicar todo; tampoco la ubicamos como un dato residual para explicar lo que no claramente puede ser explicado con otros instrumentos de la sociología. Avancemos en este sentido.

La cultura y lo inefable

De manera común, en los planteos sobre la cultura destaca la dificultad de ubicar la naturaleza del objeto: múltiples significados; casi ubicado como metaconcepto, por lo tanto útil para explicar lo que no se puede explicar de otra forma y, en consecuencia, presa de la frivolidad del analista.

Temiendo los riesgos, nuestro recorrido se ha situado en una de las decantaciones teóricas: la cultura del trabajo, que en su dualidad alude a lo laboral y lo managerial. La hemos ubicado como constructora de lo normativo y observable, de lo que cuaja en iniciación, ritos y mitos, así como en imaginarios, en cosmovisiones que repiensan el adentro y el afuera, esas fronteras difusas en las que nos movemos como sociedad.

En este sentido, y recuperando un viejo planteo señalado por Galenson y Lipset, y creemos poco reflexionado en su momento y hoy rebasado porque lo que señalaban apuntaba que el discurso de la responsabilidad, propio de la gerencia, preñaba la acción sindical (Cf. 1969).

Hemos utilizado el planteo estructuralista, en cuanto a que la sociedad construye modelos de comportamiento y de vida; que en ese sentido, la cultura como conexión de normas disputadas e integradas, al mismo tiempo que los modos de vida, si bien distintos, se apoyan en matrices culturales de iniciación, sometimiento, retornos.

No es que no haya nada de nuevo, pero las miradas con las que lo percibimos, los códigos con que creemos descifrarlos se encuentran en la sociedad, como algo dado que no implica necesariamente lo fijo para una discusión en este sentido (Cf. Giménez, 1987 y 1994).

El dividir lo antropológico de lo sociológico es útil en aras de cierto énfasis. Sin embargo, no podríamos haber trazado una sola idea si no hubiéramos aceptado que la cultura (lo cultural, como concreción) alude los códigos, las normas y la observancia. Pero en esta definición también subyacen visiones que ubican lo cultural como lo cognitivo (“la voz y la mirada”, reclama Touraine), lo modelístico o pauta originaria.

Pero si la cultura, como la leche, se mama, justo es reconocer los orígenes posibles (lo otro, la reconstrucción del árbol histórico, es imposible, o tarea de vida, también imposible, para lo que quieren descubrir el “origen original”).

De ahí que en el transcurso del trabajo privilegiamos de lo que en el campo de la disputa social se interioriza por condiciones dadas, o por lo observable en el escenario inmediato. Así, pues, sin dudar de la utilidad de la concreción, no encontramos dificultades en aceptar, con Geertz, que el hombre es un animal inserto en tramas de significación que él mismo ha tejido, considero que la cultura es esa urdimbre y que el análisis de la cultura ha de ser, por lo tanto, no una ciencia experimental en busca de leyes, sino una ciencia interpretativa en busca de significaciones” (Geertz, 1989: 20).

En lo general, cuando hacemos referencia a las dimensiones decantadas de la cultura del trabajo como cultura laboral y cultura managerial, lo hicimos distinguiendo la red de significaciones en que se apoyan ambas.

En la concreción del análisis, aunque no fue planteado textualmente, sugerimos que la cultura managerial, como la todavía cultura laboral que ha venido resistiendo los efectos de la pérdida de centralidad del trabajo, con la red de significaciones que supone, ambas han sido excluyentes en sus trayectorias, pues como indica E. P. Thompson, al lado del capital emergió el trabajo.

Sin embargo, a partir de los parteaguas históricos (desvanecimiento de los paradigmas), de procesos de culturalización que han estratégicamente intentado influir en la significación, la disputa está pasando a desarrollarse en el terreno cultivado (con los accidentes de la confrontación) del capital. No en vano flexibilidad, productividad, alianzas para confrontar los nuevos enemigos ha movido al terreno y a los actores. Si esto es cierto, ¿cómo encararlo?

Nosotros contestamos en las primeras dos partes del trabajo, al menos lo intentamos, esta pregunta. Nos apoyamos en Cirese (1987), teórico italiano que apunta el relieve del etnocentrismo (y su carga de significaciones), cuando plantea la existencia de distintos estratos subalternos y periféricos, reconociendo la pluralidad de las culturas (su estandarización es pura ideología), y que en estos desniveles hay comportamientos y concepciones.

Hemos acudido, pues, a distintos matices sobre el análisis cultural, pues el encarar un objeto concreto implica una operación metodológica necesaria. O dicho de otra manera, quizá para entender la complejidad del objeto tenemos que reconocer su naturaleza múltiple. En fin, se trata de un debate no recién inaugurado, pero muy lejano en su conclusión.

Consideraciones finales

Hemos avanzado en el planteo de la importancia de los estudios culturales en el marco de la globalización. Elegimos una ruta, aunque es claro que había múltiples caminos de abordaje. A pesar de tratarse de una arbitrariedad cualquier elección, lo importante es que pueda justificarse. En el desarrollo del trabajo se relacionó a la globalización con el problema clave del ascenso de nuevas formas de organización para encarar el trabajo que requieren, y esto es algo ineludible, de la construcción de nuevos sedimentos culturales, en reglas que acoten la acción de los sujetos, no importando si esto se aleja de la formalidad burocrática o de la rigidez toyotista.

Los nuevos procesos de trabajo y la intencionalidad estratégica por cambiar las bases sociotécnicas se constituyen en un reto para la globalización. Pero el reto principal, al menos desde el ángulo que nos ubicamos, es que no podrá avanzar la globalización si no cuenta con un apoyo en los trabajadores.

La globalización, así, como la regionalización, podrán formar parte de la historiografía si no avanzan en este reto. Aquí los trabajadores también enfrentan un reto de tamaño mayúsculo cómo reconocer las brisas de los nuevos tiempos y los nuevos territorios de confrontación.

El hurgar en las cajas de instrumentos, el atender su acervo cultural, su construcción simbólica y su imaginario es el principal reto. Quien avance en este sentido, jugando el papel activo en la configuración de los símbolos y los imaginarios, en la edición de ritos y mitos en la que siempre hay exclusiones, quien avance en esto no podrá decir que la historia le pertenece, pero sí quizá el próximo siglo en la dirección de la obra. O dicho con la elegancia de R. Barthes: sea capaz de construir el “imperio de los signos”.2

Profesor en el Departamento de Producción Económica, UAM Xochimilco.

2 El imperio de los signos es el título de un texto de Barthes, que en su propio trabajo plantea lo que en esta ocasión quisimos enfatizar. Pensándolo con cuidado, quizá es la huella de su impronta.