Número 17                                         Época IV                               Marzo 2010


ARTE/CULTURA

NARRAR LA GUERRILLA 

Alberto Híjar

Para ponerme en situación recordatoria del operativo militar del 13 y 14 de febrero de 1974 contra un grupo de Monterrey, una casa en Nepantla donde fueron masacrados cinco, mi secuestro y tortura y la persecución en los alrededores de Ocosingo del dirigente de las FLN César Yañez y otros compañeros al fin ejecutados y desaparecidos, leo historias de guerrilla. Consigo La sangre vacía (1982-1987 SEP, Oasis) de Rubén Salazar Mallén y encuentro una narración telegráfica a saltos continuos entre situaciones y personajes donde la violencia arbitraria conduce secuestros y ejecuciones por estudiantes universitarios protegidos en casas de seguridad que salvo una a cargo de un cuidador que no entiende mayor cosa por ser trabajador del campo y otra que alquilan al final, son sus propios departamentos.

Van cayendo uno a una y el jefe cada vez más desalmado, se enreda con la esposa de un profesor victimado a quien asfixia para terminar con sus deslices burgueses. Él mismo termina asesinado por uno de sus subordinados enfurecido ante la sarta de errores de la organización. Se atribuye, pese a no ser mencionada, a la Liga 23 de Septiembre este comportamiento furioso dispuesto a la inmolación justificante sin más.

En excelente prólogo Evodio Escalante responde a la pregunta sobre la actualidad de la obra de Salazar Mallén explicada por su paso del vasconcelismo al comunismo partidario, al fascismo como oposición radical al socialismo, todo lo cual construyó rabiosas denuncias literarias desde Cariatide (1932) luego titulada Camaradas (1959) hasta toda su obra periodística, novelística y de cuentos e incursiones tabernarias con los amigos que le decían La Suástica por la hemiplejia que lo marcó de por vida. Quien sabe como habrán sido sus clases en Ciencias Políticas de la UNAM. Prestigiado como escritor maldito y anticomunista de tiempo completo, logra verosimilitud por la vía de ocultar la verdad.

La violencia gratuita no llega a ser señal de la supuesta formación marxista-leninista ni cometiendo el anacronismo de citar como fuente de inspiración de los conjurados la novela de Andreiev, Saschka Yegulev cargada de disposición al martirio justificante de los sacrificios como en las mentirosas vidas de santos y vírgenes.

Tampoco en un voluminoso escrito inédito de prisión sobre la 23, hay más que un sabroso montaje de personajes con formaciones escolares y familiares reales, lo mismo del guerrillero que del agente federal. La precisión de los datos y los procesos organizativos diversos resultan peligrosos cuando incluyen a combatientes actuales. Lo     verosímil

apoyado en la verdad histórica reduce la literatura a incursiones estilísticas donde los usos del lenguaje sofisticado o rural según el caso, concretan una dialéctica narrativa riesgosa para los sobrevivientes por lo que tiene de registro testimonial con nombres y apellidos oficiales.

Otra cosa sería aclarar los mitos y mentiras, los yerros policíacos como el del parte militar de la masacre de Nepantla por las partidas militares y policíacas que creyeron enfrentar a la 23 que recién había atacado un tren en Xalostoc, a 100 kilómetros de Nepantla. Debió haber reprobado el curso de lectura de mapas el oficial a cargo.

El problema es asumir la dialéctica narrativa como contradicción entre lo verosímil y lo verdadero con la condición de preservar nombres, apellidos, lugares, fechas ante el peligro de que sirvan a la represión. Aquí no es cosa de afirmar como lo hace Enrique González Rojo al poetizar un operativo revolucionario, que se tiene la seguridad de que los policías no leen poesía.

Ahora con el CISEN es otra cosa porque en el trabajan universitarios, escritores y profesores. Algunos son tan tontos como Alan Arias, un exapuesto bolchevique post68 quien no supo descifrar entre las bromas del Subcomandante Marcos su origen universitario. Me telefoneó con insistencia cuando salí libre bajo fianza y nunca le contesté. Seguro quería lavar su tontería lo cual logró al participar del lado enemigo en los diálogos de San Andrés.

En fin, de los años filosóficos, dos líneas aparentemente irreconciliables fueron activadas por el innovador y muy efectivo discurso del Sub. Una es la Filosofía como arma de la revolución (1968), según titularon los editores a una famosa entrevista a Louis Althusser. El izquierdismo implícito del título se vuelve otra cosa al reivindicar la praxis para dar lugar al encuentro del discurso de la acción revolucionaria teórico-práctica.

La otra clave es la microfísica del poder de Foucault, esa aparente sutileza concretada en la vida cotidiana que pareciera disolver la lucha de clases cuando en realidad la concreta. El sarcasmo y la ironía son exigencias del deslinde de las abstracciones filosóficas vacías, las pseudoconcreciones contra las que alerta Karel Kosik y las referencias a las marcas y logos de la ideología mercantil y a las figuras y figurillas advertidas por Julius Fusik mientras esperaba la muerte en el campo de concentración, dan lugar a la dialéctica justa entre verosimilitud y verdad.

El Taller de Arte e Ideología hizo un cartel sobre este punto con todo y el texto de Fusik al centro. La dialéctica deseable es justa porque no entrega a la injusticia burguesa a nadie para lo cual hay una esforzada producción de noveletas, literatura disminuida y pequeña según los eurocentristas, con una tradición tan insurgente como la de Fernández de Lizardi, Guillermo Prieto, Riva Palacio, donde habría que encontrar la verdad verosímil de temas tan malditos y maltratados como el bandolerismo y la guerrilla.

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