Número 18                                         Época IV                              Junio 2010


TEMAS A DEBATE


EL TRABAJO INFANTIL Y SUS REPERCUSIONES:
 UNA DOBLE FORMA DE MALTRATO
1

Los menores trabajadores son los hijos de la crisis económica, de un modelo de familia que se ha debilitado y de una forma de incorporación social. Es altamente peligrosa la mudanza societal en la que los niños trabajadores asumen roles de adultos

Alejandro Espinosa Yánez2

Para Lichita, en su memoria
Resumen

Ayudar en la reproducción de la familia ha sido el detonador en la incorporación al mundo del trabajo de niños y jóvenes. Las causas que la propiciaron, desde el ángulo que se les vea, expresa las dificultades de una economía y una sociedad que aún buscando el beneficio y la cohesión social no han logrado cumplir plenamente con estas tareas. Las diferentes incorporaciones laborales también implican distintos efectos. El trabajo infantil,3 como un hecho recurrentemente obligado, pone de manifiesto un déficit social frente a los niños: trabajo infantil como forma de maltrato, al apartar al menor de las actividades y redes sociales que permiten su formación sucesiva y la recreación necesaria.

Con el trabajo infantil el almanaque se adelanta en un proceso que, en muchas ocasiones, produce heridas incurables. Se trata de una realidad que pone en su lugar a la sociedad concreta. La pertinencia de estudiarlo es un asunto central en las dimensiones de comprensión del problema y en el campo de lo ético: en relación con el tipo de sociedad que forma parte del imaginario social, el tipo de sociedad al que aspiramos y la caja de instrumentos con que contamos para alcanzarle.

La población infantil trabajadora. Recorriendo el telón

Los niños y adolescentes trabajadores viven la concentración y la exclusión. El trabajo, cualquiera que sea su realización, demanda niveles mínimos de cooperación (disciplina y disposición articuladas). En este sentido, el niño y el adolescente trabajador viven la socialización y a partir de ella generan identidades sociales. Ellos construyen, así, una forma de socialización que se aparta en cuanto al cansancio, peligros, relaciones sociales, de lo que convencionalmente se acepta como adecuado para la población infantil.

Es una convención apoyada en el deber ser, pero no en lo que la realidad presenta como evidencias. De ahí la necesidad de estudiar las condiciones estructurales en que se presenta el trabajo infantil, de una parte, y la forma en que son “intelectualizadas” por los actores de los procesos de trabajo, constituyendo un universo de necesidades, por la otra.

La población infantil trabajadora de la que hablamos se reproduce en condiciones de precariedad en lo socialmente previsto y convencionalmente aceptado como necesario para la reproducción biológica y el desarrollo humano. Su privación cotidiana, que es un dato común en la unidad familiar en que se desenvuelve, se ha convertido en el soporte en que descansa su necesidad de trabajo y de ingresos.4

Sin embargo, no en la historia inmediata aunque sigue estando en el plano de la historia próxima, esta necesidad de trabajo e ingresos se expresará en la afectación en el mantenimiento de su capacidad productiva, de su calificación para competir y de sus capacidades.

La puerta de entrada al mundo laboral es parte de los problemas que se tienen que conocer en la dimensión del análisis, y reconocer socialmente. Un primer paso en este ejercicio implica poner atención en cómo la depreciación individual de los ingresos ha alentado el trabajo infantil, el cual puede incluir al que se realiza en condiciones de alto riesgo, y ha producido una afectación física y moral quizá todavía invisible para la mirada social.

Vale señalar que no necesariamente son “malos” los que incorporan a los niños y adolescentes a los procesos de trabajo, pues en parte se reedita una acción social legítima en las cosmovisiones que ubican como natural el que los chicos trabajen, siguiendo los pasos de lo que fue la historia de los ahora adultos.

Es a partir de estas condiciones de depreciación individual de los ingresos que toma fuerza el proceso de incorporación de más brazos de la familia en el sostenimiento económico. Este encadenamiento de circunstancias ha implicado en el caso de los niños un hecho que va a marcarlos durante toda su vida: el proceso de degradación intelectual, producto de una incorporación a procesos de trabajo con afectación múltiple en las dimensiones físicas y afectivas, y al desaliento de prácticas de crecimiento individual y de generación de autoestima. Esta degradación intelectual toma cuerpo en fenómenos como la deserción, el analfabetismo funcional y la erosión de capacidades.

El chico que es subsumido en sus actividades por el trabajo se aparta de las condiciones para las que emocionalmente cuenta con herramientas, ordenándolo en una red social y en condiciones de trabajo en las que el estudio y el desarrollo personal serán asignaturas pendientes a lo largo de la vida.

De tal suerte, cuando se alude a la “recreación” como un problema, en el sentido planteado por Dumazedier de entenderla como “conjunto de ocupaciones a las que el individuo puede entregarse con pleno consentimiento, ya sea para descansar, para divertirse, para desarrollar su participación social voluntaria, su información o su formación desinteresada, después de haberse liberado de todas sus obligaciones profesionales, familiares o sociales”, es con el objeto de revisar la franja social de los niños trabajadores sujetos al círculo virtuoso de la depreciación individual de los ingresos condiciones mínimas para la reproducción biológica-degradación intelectual-aminoramiento y/o no desarrollo de las capacidades.

La incorporación laboral temprana

De acuerdo a la información que se recabó, encontramos a menores de edad (niños y jóvenes desde los 11 a los 17 años) que estaban vinculados al trabajo, la mayoría teniendo al trabajo como la actividad central de sus vidas, al menos por el tiempo que consume diariamente. De la población total de niños y jóvenes en las edades señaladas (1160), encontramos que 193 menores realizaban actividades laborales remuneradas, que en porcentajes implica que un 16.6% de los menores de 11 a 17 años son trabajadores.

Estamos hablando de una franja poblacional que se ubica en la línea de la pobreza: viven en colonias o barrios populares; se trata de una población en la que la marginalidad no es un hecho extraordinario (sin agua potable, tal vez sin drenaje o sin la posibilidad de que al apretar un botón se haga la luz) y los ingresos de la población trabajadora, en la que los menores participan, oscilan entre uno y dos salarios mínimos (en promedio se indicó percibir 1,654 pesos al mes).

Estos datos referidos a la incorporación temprana al trabajo son una expresión de lo que ocurre con los sectores sociales más débiles económicamente, pero no están presentes en otros grupos y clases sociales; al menos, no en su extensión y fuerza.
Si bien encontramos que desde los once años hay menores que trabajan, es a partir de los 14 años que comienza una aceleración en la incorporación de los niños y adolescentes al trabajo, que se expresa en un 10.4% de adolescentes trabajadores, considerando el total de menores de la misma edad, pasando al 19.7%, a los 15 años, enseguida al 32% a los 16 años, hasta llegar a los 17 años, con una tasa contundente de 42.9% de incorporación laboral.

De los 193 menores, el 62.1% son del sexo masculino y el 37.8% corresponden al sexo femenino.5 Imaginemos a una quinceañera, que aparte de preocuparse por su aniversario tiene que destinar parte de su energía creadora al trabajo. No es una construcción ideal en este segmento poblacional. La distribución de la población infantil trabajadora en la entidad ilustra sobre la dinámica relación población-trabajo.

Asimismo, deja ver que la riqueza y la concentración económica en un municipio o en el conjunto de los municipios centrales en la entidad no se han traducido en una cascada de beneficios que lleguen de manera homogénea a la población; de manera principal, destaca la desigual distribución de los recursos.

Por ello, a pesar de su fortaleza como municipio, Aguascalientes concentra un 58.7% de los menores que trabajan. Le siguen, proporciones aparte, los municipios de Calvillo (9.7%), Jesús María (6.7%) y Rincón de Romos (5.6%). El resto de los municipios se encuentran en la línea del 4% para abajo.

Esta desigual distribución de los chicos trabajadores en la geografía estatal se explica, en parte, por la acumulación poblacional diferenciada en el conjunto estatal, pero al mismo tiempo se presenta un hecho que podría mirarse como paradójico: en los municipios con mayor acumulación de riqueza, emerge el trabajo infantil de una manera más visible y consistente, lo cual hace suponer que la distribución de la riqueza continúa realizándose de manera desigual a la par de que el empleo está subremunerado, como se ya se había planteado.

Por otro lado, si bien hay diferencias en la incorporación al trabajo por sexos, están se van diluyendo conforme avanza el calendario individual de los menores. A más edad, más incorporación de ambos sexos a las actividades laborales; a más edad, más incorporación de la mujer al mundo del trabajo; a más edad, dejan cada día de ser niños, habiendo vivido la etapa infantil con las porosidades de las jornadas de trabajo en su piel.6

En familia

Los planteos sobre la familia en general parten del supuesto tradicional de una sola cabeza de familia, ignorando las condiciones concretas en que se reproducen muchas familias a partir de construir una red de estrategias en las que la incorporación de más brazos al trabajo es la mejor solución frente a los recursos escasos, aun cuando esta necesidad de encarar el presente soslaya el futuro.

En los hechos, se trata de una crítica a la desigual distribución del ingreso y a la insuficiencia del salario para enfrentar los requerimientos familiares, en el entendido de que la depreciación individual del ingreso no es sino la evidencia de la imposibilidad de reproducir las condiciones de vida de los dependientes a través de un ingreso.

En nuestra evidencia empírica nos encontramos con información muy sugerente. En nuestro estudio llegamos a abarcar a 6,978 personas. De éstas, señalaron explícitamente trabajar 2,352 personas (el 33.7%). Del conjunto de la muestra, destaca la presencia de 1,390 jefes de familia claramente identificados. De estos 1,390, el 76.5% son del sexo masculino, en tanto el 23.5% son jefas de familia (326 mujeres). Asimismo, en este ejercicio de decantación, el 27.6% de las 326 jefas de familia hicieron explícita la observación de recibir una remuneración por desempeñar una actividad laboral.

Ahora, respecto a la relación menores trabajadores-jefes de familia, encontramos que los que son jefes de familia donde hay menores trabajadores asciende a 173 jefaturas, las cuales se dividen en 133 hombres y 40 mujeres, que en porcentajes tiene plena correspondencia con la forma en que están divididos los jefes de familia en general. Esta correspondencia entre jefes de familia y menores trabajadores, nos hace tomar distancia del planteo de que donde hay jefas de familia es más frecuente la depreciación económica y por ella, la incorporación de los menores al trabajo.

La información numérica se mantiene más o menos en el mismo orden. Veamos en la siguiente gráfica el peso que han asumido las mujeres en la dirección de los hogares:

 

Otro aspecto en el que vale reparar: no son extraordinarios los casos de que en una misma familia laboran varios niños, lo que pone en evidencia que una parte de las responsabilidades de los adultos respecto a la manutención se ha trasladado a los menores trabajadores. En distintos filones de la discusión se plantea que los padres están tan preocupados y angustiados con sus propios problemas que “es improbable que estén disponibles para sus hijos, hasta pueden volverse dependientes de ellos” (cf. Juárez, 1994: 166).

En una postura aún más polar se plantea la posibilidad de la explotación de los hijos o bien al “maltrato pasivo expresado en abandono” (...) “desprendimiento total del menor” que puede ser el factor de irradiación del “fenómeno del ‘niño en la calle y de la calle’” (González, 1995: 113).

Con la información que se dispone se pueden trazar algunas ideas: 1) en la familia se expresan de manera visible e inmediata la situación económica degradada que ha jugado el papel de productora de la incrustación en el mercado de trabajo de los “dedos finos”; 2) sin embargo, atribuir a la estructura familia la acción o conjunto de acciones que tienen como objeto simplemente sobrevivir, deja de lado que los salarios no son definidos en las unidades domésticas, que la calificación laboral desborda las fronteras de la familia y que las oportunidades de seguir estudiando no se abren o cierran unilateralmente (no como un fenómeno recurrentemente significativo) por los jefes de familia: “El empeoramiento de la situación económica de las familias ha llevado a que el número de perceptores de ingreso por hogar aumente y, por lo tanto, la participación de la población infantil en las actividades económicas también crezca”.7

Los “dedos finos” y las condiciones de trabajo

Poniendo atención en los detalles, en la generación de los menores trabajadores de once años encontramos que de las dos niñas que realizan actividades laborales, una de ellas señala tener como prestación vacaciones pagadas. Es un dato, ciertamente, que si lo tomamos aisladamente no explica nada. Por su parte, en la franja de los menores de 12 años, ninguno de los niños trabajadores recibe algún tipo de prestación.

En el caso de la generación que tiene 13 años de edad, de los nueve menores que tienen esta edad solamente en un caso se señaló contar con prestaciones, por cierto el conjunto completo, a saber, vacaciones pagadas, aguinaldo, reparto de utilidades, servicio médico y el Sistema de Ahorro para el Retiro (SAR)

En la generación de los catorce años, de los 19 menores que reciben ingresos por su trabajo, cinco tienen prestaciones, las cuales incluyen cuatro aguinaldos, un reparto de utilidades, tres servicios médicos y un ahorro para el retiro. Vale señalar que hasta esta generación, ningún menor trabajador señala estar sindicalizado.

En la generación de los quinceañeros, de 37 jóvenes que se encuentran en condición de trabajadores, nueve de ellos tienen prestaciones: vacaciones pagadas (cuatro), aguinaldos (seis), con reparto de utilidades (cuatro), con la prestación de los importantes servicios médicos (nueve) y con el SAR (tres). Del conjunto de los menores trabajadores que cuentan con prestaciones, dos de ellos contaban con el conjunto completo de prestaciones.

En la generación de los jóvenes trabajadores que tienen 16 años (49 menores), 23 de éstos reciben algún tipo de prestación. Doce de los chicos tienen vacaciones pagadas, 18 cuentan al fin y principio del año con el aguinaldo, así como otros 12 señalan recibir el reparto de utilidades.

El servicio médico, que se presenta como la prestación más consistente, es recibido por 19 trabajadores, mientras que el SAR forma parte de las condiciones de trabajo de 13 menores. Del conjunto de menores trabajadores con prestaciones, en el caso de 6 personas se recibió el abanico completo de prestaciones.

En la generación de los chicos de 17 años, nos encontramos con que de los 76 de los que se contó con información, 31 reciben algún tipo de prestación. De éstos, 15 jóvenes tienen derecho a disfrutar de vacaciones pagadas, 20 del aguinaldo, 13 de ellos cuentan a su salario el reparto de utilidades.

En lo que hace a la seguridad social, concretamente los servicios médicos, 25 señalaron contar con esta prestación y 11 afirmaron aportar para el SAR. De los 23 jóvenes trabajadores que reciben prestaciones, el 30% de éstos cuenta con el ensamble completo de prestaciones (siete menores).


Veamos gráficamente a la población infantil trabajadora que recibe algún tipo de prestación:

Destacan las ausencias: nadie señaló contar con el servicio de guardería. Asimismo, se pone de relieve el bajo perfil de los sindicatos en estas franjas de trabajadores, lo que encuentra correspondencia en la ausencia de un discurso sindical que incorpore a los jóvenes, sus problemas y expectativas.

No obstante, en general, los pocos chicos trabajadores que señalaron estar sindicalizados (once menores) cuentan con prestaciones -proporcionalmente más que los que no cuentan con órganos de representación laboral formal-, lo que indica que los sindicatos garantizan una cobertura de condiciones mejor que la que está presente en la población no sindicalizada.

Sin embargo, como se indicó, del conjunto de los niños y adolescentes solamente una pequeña proporción señaló estar sindicalizada. Pero lo más significativo es que de los 193 niños trabajadores, un 64% (123 menores) no cuentan con ninguna prestación; más todavía, conforme se avanza en la escala de las edades se tienen más prestaciones, lo que indica que hay más vulnerabilidad en los trabajadores con menor edad: menor regulación, menor control institucional y social de situaciones lesivas.

Asimismo, tienen menos instrumentos para defenderse y son menos exigentes. Pongamos atención en la siguiente gráfica, en la cual se aprecia la forma en que se distribuyen las prestaciones en el ensamble de los menores trabajadores:

 

Generaciones y escolaridad

Viendo de manera puntual a las distintas generaciones, en el almanaque que alude a los 14 años (182 menores), todos saben leer y escribir, con excepción de una analfabeta (mujer, que cuando encontramos analfabetas, fue lo frecuente). El porcentaje promedio de escolaridad en esta franja generacional es de 6.21 años (primaria).

Del bloque de 182 niños, 126 continúan estudiando (el 69%), mientras que 55 menores dijeron haber dejado de estudiar (30%). Hasta aquí hay una historia común en la que se distingue el horizonte que se habían planteado las generaciones proveedoras y que cristalizó en las conductas de los hijos.

Pero donde el problema adquiere una dimensión alarmante y expresa fehacientemente el efecto negativo del vínculo al trabajo en esta generación, es que de los 19 niños que laboran, solamente uno de ellos continúa estudiando. Hay que poner atención en que estos 18 menores hacen un 32.7% respecto a los que no estudian en general en esta franja de edad y una abrumadora mayoría en la franja de los menores de 14 años que trabajan. Así, en este grupo de edad la gran mayoría dejó de estudiar, historia que antes habían vivido sus padres.

En cuanto a los menores de 15 años, del conjunto de adolescentes de quienes se tiene información (187 menores), 37 realizan actividades laborales (19.7%). De estos niños que trabajan, el 16.2% continúa estudiando, mientras que el 83.7% abandonó cualquier esfuerzo relacionado con la educación. Su escolaridad promedio es de 7.08 años de escolaridad (primer año de secundaria). En su conjunto, de los 187 menores, 113 de ellos asisten a la escuela, es decir continúan estudiando (60.4%), mientras que 71 menores cancelaron su cita con la educación (37.9%).

De estos 74 menores que dejaron de ir a la escuela, 31 son menores trabajadores, lo que quiere decir que un 42% de los menores que dejaron de ir a la escuela quizá vivieron la presión de trabajar por sobre el compromiso escolar (la necesidad coyuntural se impone a un proyecto de largo plazo). A estos menores no se les preguntó por qué dejaron de ir a la escuela, sin embargo lo no dicho es evidente.

Veamos ahora un trozo de historia de los menores de 16 años. De un total de 153 menores, 49 manifestaron trabajar (32%); 77 (50.3%) de los menores continuaron su cotidianidad escolar, mientras que 75 (49%) del conjunto de los 153 menores (trabajadores o no) marcaron en su hoja indeleble personal que no continuarían estudiando. La escolaridad promedio en esta franja generacional es de 7.10, en un segundo año de secundaria que está casi recibiendo su boleta escolar.

Si solamente nos referimos a los menores que trabajan, el 94% dejaron de ir a clases. Esto quiere decir que de los 75 muchachos y muchachas que dejaron de ir a la escuela, el 61.3% fue aportado por los niños trabajadores, por lo que podemos afirmar, como se hizo páginas arriba, que la razón principal por la que se dijo adiós a las aulas encuentra su sustento en el trabajo.

En el caso de los chicos de 17 años, encontramos 177 jóvenes. De este conjunto, 76 (42.9%) señalaron trabajar. Asimismo, de los 177 menores, 65 personas señalaron continuar estudiando (36.7%), pero 109 (61.5%) no miraron ni visualizaron a la escuela como un espacio a cultivar en el futuro próximo. Las únicas dos personas sin instrucción (analfabetas) de esta generación son mujeres y no trabajan.

En lo que se refiere a los menores trabajadores, de los 76 casos, un 89.4% (68 chicos) concluyeron su actividad escolar, mientras que una pequeña franja de esta generación aún no ha puesto un punto final a su desempeño como estudiante. La escolaridad promedio se sitúa en 7.77, es decir rozando un segundo año de secundaria.

Como se puede observar, conforme avanzan en el calendario las generaciones de trabajadores, se define y consolida al trabajo como actividad vital, al tiempo que la escuela va perdiendo centralidad. Esto se relaciona estrechamente con lo planteado por J. Padua, respecto a la evolución en las trayectorias escolares: si se observan las trayectorias de la cohorte 1991-2010, de cada mil niños que ingresen a la escuela, éstos irán enfrentando los distintos niveles, en una imagen que sugiere filtros, teniendo una participación de 427 que no completarán su instrucción primaria, y continuando en esta ruta, el número de estudiantes que recorra toda la pirámide será muy inferior al que originalmente se planteó la aventura de la educación.

De ahí el crudo argumento de Padua, que se planteó hace tiempo pero sigue vigente (casi epitafio): “Si la habilidad de la escuela básica en México para atraer, retener, sostener el interés de estudiantes y garantizar igualdad de resultados es una medida de su calidad, la deficiencia en la organización escolar del país es extremadamente grave” (Padua, 1994: 493).

En este sentido, respecto a los niños que adolecen de una formación escolar y que a la par comienzan a vivir procesos de descalificación laboral, Muñoz y Suárez afirman: “La falta de escolaridad es un obstáculo prácticamente insalvable para tener una remuneración que permita la sobrevivencia de una familia... Es común que quienes no logran ingresar al sistema educativo provengan de familias con un origen social muy bajo y tengan que desempeñar, desde muy jóvenes, ocupaciones precariamente remuneradas” (cf. 1994).8

Por ello, en un nivel de reflexión más elaborado, Muñiz y Rubalcava plantean una tesis que es compartida en sus alcances, y se articula a lo que nuestra evidencia empírica deja en claro: “El trabajo infantil puede constituirse en un momento dado en una fortaleza del hogar, en particular cuando se usa para generar ingresos.

“Estas ventajas son sólo aparentes pues se convierten en ‘debilidades’ en el futuro: niños y niñas con bajos niveles de escolaridad, serán trabajadores mal remunerados que den origen a más hogares vulnerables y reproduzcan las condiciones de pobreza en nueva generación” (Muñiz y Rubalcava, 1996: 22).

En el mismo tenor, y con el objeto de ubicar el nivel de la discusión en México sobre este asunto, se plantea: “Con su inclusión en el mercado laboral los niños y jóvenes de hogares más desfavorecidos, se encuentran en condiciones de enorme desventaja, pues trabajar para contribuir al ingreso familiar, les impide asistir a la escuela. Esta falta de preparación se convierte en un obstáculo para superar, en el futuro, sus precarias condiciones de vida”.9 Véase en el siguiente cuadro parte de lo enunciado:

Costos de la incorporación laboral de los menores

Generaciones

Horas de trabajo (semanal)

% de menores que trabajan

Dejaron de estudiar %

Escolaridad promedio total

14

50

10.4

94.7

6.2

15

48

19.7

83.7

7

16

48.9

32

94

7.1

17

47

42.9

89.4

7.7

Cuadro 1. Fuente: Encuesta Déficit Social, 2001.

A pesar de las diferencias en edades, de haber estudiado en escuelas distintas y de provenir de colonias, barrios y/o municipios diferentes, hay un eje que aproxima a todos los niños trabajadores: la debilidad de la escuela, como una atracción para la continuación de los estudios, lo que permite una lectura sobre la deserción escolar como condición que garantiza la inserción y la permanencia del menor trabajador en el mercado de trabajo.

El trabajo infantil es así la expresión de la fragmentación y la exclusión. Hay otro hecho que desnuda, desde una perspectiva crítica, los alcances de las políticas sociales: ninguno de los niños y adolescentes trabajadores señaló haber recibido una beca.10 A esta dimensión problemática hay que agregar un argumento que plantea Boltvinik con acierto: “Los hogares pobres tienen una baja capacidad de inversión en la educación de los menores, sobre todo porque los ocupados tienen percepciones muy bajas y no tanto por su alto número de hijos” (1996: 18).

Consideraciones finales

El trabajo y la forma en que en la unidad familiar se han incorporado otros brazos a los procesos de trabajo, en especial a los remunerados, da a entender que la cooperación familiar se asume como necesaria. En ese sentido la adscripción al empleo es un motivo de orgullo, no tanto la forma en que se realice la actividad. Empero, en la evidencia empírica se destaca la fragilidad del saber hacer, lo que implica repensar los caminos para construir especialidades y oficios.

En cuanto a la incorporación activa (y en parte estratégica) de las mujeres y los miembros jóvenes de las familias, tiene que ver con el reconocimiento de la necesidad de proveer los recursos económicos para la reproducción de la familia, lo cual puede contribuir en la construcción de responsabilidad, cohesión y compromiso familiar, reconstruyendo un sentido de pertenencia a la unidad básica de la sociedad. Estos son valores positivos. Sin embargo, las condiciones que propiciaron el ensanchamiento de los trabajadores en la unidad familia (que encuentra su origen en la degradación individual de los salarios) puede producir en el corto plazo más problemas que las soluciones tangenciales que se resuelven vía trabajando, y trabajando más, ya que el ensanchamiento de la fuerza de trabajo no está acompañado del ensanchamiento en la calificación laboral, lo que mantiene una situación de subempleo, visto como empleo precario y sin posibilidades de construir orgullos laborales (el tránsito de una situación extraordinaria que se “normaliza”).

Aun con la existencia de un repertorio de recursos para hacer soportable la jornada de trabajo, la duración extensa de las jornadas de trabajo, la presencia limitada de la seguridad social y la formalidad del trabajo, se constituyen en límites reales para el desarrollo personal. En este sentido, la inserción pujante al trabajo tiene costos sociales.

Destinar la energía a lo laboral, disminuyendo la recreación, el tiempo para la familia y para el desarrollo personal, puede contribuir en el vacío de contenidos en lo que hace a la vida familiar, social y comunitaria. Así, al asumirse una actitud responsable en la participación económica, paradójicamente se pueden estar construyendo las condiciones para afectar la vida en familia y en la comunidad.

Poniendo énfasis en un hecho que se desprende de lo anterior, para la población trabajadora en condiciones de depreciación individual de los salarios e incorporación de nuevas manos laborales como su materialización, lo urgente e inmediato se ha constituido en un obstáculo en la edificación de proyectos de más largo plazo. Una dimensión humana tan importante como es la capacidad de proyectar, se ve frenada por las urgencias.

Tratando de ordenar las evidencias recabadas y pensando en los pendientes, enlistemos aspectos que son de primer orden:

1. La capacitación, el uso de equipo de protección para la realización del trabajo, en especial del producido en condiciones peligrosas, las prácticas para enfrentar la monotonía, la rutinización y la sobrecarga en tensiones, la organización sindical, entre otras, son parte del arsenal de trabajadores con experiencia, pero no de los “dedos finos” más propios para el dibujo con crayones que para tomar las herramientas del trabajo. No obstante, muchos niños trabajan en condiciones que por la falta de regulación suelen ser más peligrosas que aquellas desplegadas por los adultos.

2. Los niños y adolescentes se incorporan al mundo laboral con el objeto de apoyar a la familia. Lo que en un primer momento es una salida inmediata frente a la depreciación individual de los ingresos, se constituye históricamente en un valladar que obstaculizará la acción y desenvoltura social del menor trabajador en su futuro adulto. De la precocidad laboral a la descalificación, como proceso que vacía de contenido cualquier horizonte en el que se ubique la necesidad de construir generaciones de trabajadores.

3. El espacio del trabajo se ha constituido en central para el menor trabajador. Es un espacio pedagógico, de protección y de valorización, no por el orgullo de la actividad sino porque el trabajo es un medio para atender las urgencias cotidianas de la familia. Hay que desalentar al trabajo infantil por sus implicaciones negativas, pero esto a su vez implica revisar los salarios y las condiciones en que se realiza el trabajo de amplios destacamentos de trabajadores adultos. Intentar desactivar el trabajo de los menores sin resolver al mismo tiempo las condiciones de los ingresos y del trabajo de los adultos es poner más atención en las ideas sobre el problema, y las disposiciones dominantes que le acompañan, que atender el problema en sí.

4. Los menores trabajadores son los hijos de la crisis económica, de un modelo de familia que se ha debilitado y de una forma de incorporación social. Es altamente peligrosa la mudanza societal en la que los niños trabajadores asumen roles de adultos, se establece una relativa dependencia de los ingresos aportados por los menores trabajadores, así como se observa y comprende esta situación como un hecho “normal” (de que el niño trabaje, aporte y se responsabilice), convirtiendo en ordinaria una situación que en sus inicios puedo haber tenido, dependiendo de los casos, visos de extraordinaria.

5. El reconocimiento social del paso por instituciones escolares como condición importante para la admisión y la “movilidad social”, excluye desde ahora y más en el futuro mediato a una franja importante de menores trabajadores. Revisar los propósitos de la escuela y sus diferentes niveles sigue siendo una asignatura por cumplirse.

6. La población infantil trabajadora que deja de jugar para dedicar su tiempo principal a actividades laborales, diluye en este hecho un aspecto central: el desarrollo personal. Se condena a crecer demasiado rápido sin desarrollarse, lo que obliga a repensar el tipo de sociedad que se busca y necesita.

En esta franja poblacional es que pusimos atención, bajo el supuesto de que los procesos de trabajo en general tienen implicaciones negativas en el desarrollo psíquico y físico. De entrada, como plantea Dumazedier, el contar con un tiempo reducido para el crecimiento personal es una primera señal que debe alertarnos; una segunda es que tratándose básicamente de procesos de trabajo que demandan jornadas de tiempo considerables, su propia extensión contiene al menor trabajador.

7. Hay una línea de conducción en la que todos los procesos de trabajo convergen: aceptando que todo proceso de trabajo es un proceso de producción y de valorización, pensemos que los chicos trabajadores también son sujetos de la triple jornada por requerimientos que les exigen cumplimiento de una actividad laboral (aunque estén al lado de los padres realizando la actividad), actividades dentro de la casa y actividades escolares y/o de recreación).

8. Para los teóricos del proceso laboral, la uniformidad de las actividades, la rutinización y los procesos de trabajo, con operaciones controladas en su carga física y en su contenido intelectual, son productivas pero al mismo tiempo propician descalificación. Si todo proceso de trabajo es un proceso de valorización, es decir hay una dimensión en que sin que nos percatemos, la actividad se realiza porque hay acatamiento a un mandato, este acatamiento se expresa en la imposición de cadencias laborales sin contenidos que permitan el crecimiento personal, la adquisición de habilidades.

Son trabajos funcionales que detienen la elaboración mental, la construcción de capacidades y la construcción de instrumentos para el quehacer laboral. Asimismo, poco influyen en la construcción de un orgullo laboral. Solamente éste surge en donde hay condiciones que lo hacen posible. Hay entonces también una producción de una patología laboral, lo que nos obliga a revisar los procesos laborales en los que participan los menores y la forma en que han enriquecido el catálogo de enfermedades en los infantes.

Este trabajo forma parte de una elaboración más amplia que se realizó para el gobierno estatal de Aguascalientes, llevando como título La pobreza y sus manifestaciones en Aguascalientes. Estudio diagnóstico del déficit social, Seplan, 2001. Los datos que se presentan son el producto de la aplicación de una encuesta realizada en Aguascalientes, en la que se aplicaron 1400 entrevistas en el conjunto de las cabeceras municipales de la entidad. Agradezco la colaboración de Ana María Medellín Sánchez, colega con la que he compartido distintas experiencias académicas.

2 Profesor del Departamento de Relaciones Sociales de la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Xochimilco y en la Maestría en Ciencias de la Educación de la Universidad del Valle de México, Programa Extramuros, Campus San Ángel. Coordinador de la Unidad de Servicios de Información Estadística y Geográfica de la Cámara de Diputados. Correo electrónico: alexpinosa@hotmail.com

NOTAS:
3 Vamos a hablar indistintamente de niños y adolescentes trabajadores, población infantil trabajadora, jóvenes trabajadores o simplemente niños o chicos.
4 Fuera de nuestras fronteras este asunto ha sido abordado: “Una creciente parte de la población, vive hoy en día en un estado de marginalidad social y política. Más allá del problema de los derechos sociales, esta situación causa una inseguridad fundamental con respecto a las condiciones de vida de cada uno de los afectados, asegurar la sobrevivencia se vuelve el objetivo primordial de los actores sociales”, enfatiza Von Haldenwang (1992: 69). En este sentido se sitúa como una convención la experiencia del empleo infantil informal, en que para los menores la subsistencia diaria es la principal preocupación. Los niños, de esta manera, ingresan al mercado de trabajo por contar con un medio de subsistencia, así como por la presión que ejerce la familia (los adultos) sobre el o los menores. En la discusión en México, STRASS, una agencia de consultoría que realizó un trabajo sobre menores trabajadores en vía pública patrocinado por el DIF estatal de Aguascalientes, planteaba: “la presión económica, algunas veces es esencial para que el niño trabaje; y por otra parte está la presión familiar y social, que obligan al niño a seguir las actividades de sus padres, hermanos y amigos para incorporarse a actividades que le generen una remuneración económica sin ser ésta algo imprescindible” (STRASS, 2000: 32).
5 Infancia, mujeres y familia en México. Estadísticas seleccionadas, DIF-BANAMEX-UNICEF, México, 1999.
6 No nos apartamos del supuesto de que la educación formal es un factor de movilidad social con restricción también social, aunque a más escolaridad más posibilidades de trazar puentes de salida a los problemas de pobreza y exclusión.
7 DIF-BANAMEX-UNICEF, Infancia, mujeres y familia en México. Estadísticas seleccionadas, 1999, 32.
8 En el estudio ya citado sobre la población infantil trabajadora en condiciones urbanas de informalidad, cuando se inquirió a los niños respecto de que si las cosas marchaban mejor estarían dispuestos a regresar a la escuela, no hubo dudas. “Pensando en una historia más mediata, sin embargo no debe desdeñarse que si se brindaran las condiciones para su retorno a las aulas, un 68% señalaron explícitamente que estarán dispuestos a regresar, es decir, los niños que dejaron de estudiar por razones económicas tienen dentro de sus venas el interés por seguir educándose; otros no irán a la escuela porque jamás fueron (11%). Los que cumplen la doble jornada (27%) ya están camino a la escuela” (cf. Espinosa, 1997: 69). Si no se desalienta el trabajo vía recursos materiales, reconociendo la estrategia de construir acciones para sobrevivir que está en la base del trabajo de los menores, se recorrerán los caminos de la utopía o la retórica.

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