Número 18                                         Época IV                              Junio 2010


TEMAS A DEBATE


DEMOCRACIA Y SISTEMA ELECTORAL

…el deterioro y la degradación de los partidos políticos, que eran mediación y transmisión indispensable entre los ciudadanos y el ejercicio del poder público, no auxilian en gran parte a esta situación de desconfianza, aburrimiento y desencanto por la política democrática.

Alfonso Viveros Alarcón*

Democracia representativa. Condiciones para su desarrollo y funcionamiento.

Durante los últimos tiempos, el asunto de la democracia ha pasado a un primer plano del debate ideológico y político. Este debate ha involucrado en la práctica política a diversos sectores de la sociedad. De manera generalizada se invoca a la democracia como sustento de los planteamientos y de la praxis política En nombre de la democracia se dicen o se realizan las acciones opuestas entre sí.

Los políticos, como los últimos sofistas que proponían el conocimiento de acuerdo con sus intereses más inmediatos, han defendido con toda pasión los hechos que en nombre de la democracia realizan quienes toman las decisiones más importantes de la nación, así se tratase de las que en el pasado reciente hubieran sido condenadas en forma violenta por considerarse como antidemocráticas.

De manera tal, la democracia como concepto aparece como extraviada en un mar de confusiones por el manejo tan diverso que, de manera particular, se hace de ella.

Tuvieron que pasar varios siglos para que el pensamiento que venía forjándose en forma vigorosa desde el renacimiento italiano, comenzara a sembrar los rasgos iniciales de los principios de libertad que explicaría el rostro de la democracia. Maquiavelo, en su obra Los Discursos sobre la primera década de Tito Livio presentó y defendió sus ideas republicanas, con la pretensión de defender y unificar a su patria.

Montesquieu, quien relacionaba indisolublemente a la forma republicana de gobierno con el régimen democrático, le atribuyó la virtud de una importancia esencial para el mantenimiento del régimen. Entendiéndola como la fuente de una conducta basada en la probidad, en la frugalidad y en el respeto a los semejantes. En esencia, partía de la misma concepción formal de los griegos al plantear que cuando el poder soberano reside en el pueblo, eso es una democracia.1

La tradición democrática en el siglo XVIII plasma la idea de a libertad política y puede ser comprendida bajo las siguientes ideas: que un buen sistema político es una asociación constituida por buenos ciudadanos quienes poseen un gran atributo, la virtud cívica; y esa virtud cívica procura el bien de todos en los asuntos públicos y, por lo tanto, un buen sistema político no sólo muestra la virtud de sus integrantes sino que la anima.2 Las ideas republicanas tenían una enorme tarea, elaborar una constitución para equilibrar los intereses de uno, de pocos y de muchos procurando un gobierno mixto, incorporando fundamentos e ideas democráticos, aristocráticos y la monarquía, a fin de que combinados realicen el bien común dejando al pueblo decidir mediante la elección de individuos congregados para la defensa del interés de la comunidad.

El pensamiento de Jean Jacques Rousseau sostenía la importancia de la sociedad sobre el individuo, criticó las desigualdades sociales y políticas y consideró la superioridad de los intereses generales sobre los individuos y funda a la soberanía en la voluntad de la comunidad, formándose el cuerpo político llamado República. Los miembros del cuerpo deberán someterse a la voluntad general,3 que es indestructible, constante, inalterable y pura, porque proviene de un interés general opuesto al interés particular; busca el bienestar y la justicia general. Así las leyes son expresión de la voluntad general y por lo mismo son también generales, “...la voluntad es general o no lo es”.4 Acepta la tradicional clasificación de formas de gobierno (monarquía, aristocracia y democracia).

Plasmó en su Contrato Social (1762) que la voluntad general era la mayoría, eso era necesario para arribar al bien común: “Para que la voluntad sea general, no es siempre necesario que sea unánime, pero sí es indispensable que todos los votos sean tenidos en cuenta... la voz de la mayoría se impone siempre”,5 y esa mayoría estará respaldada por los votos emitidos, será lo que represente al bien colectivo acudiendo a un individuo (legislador) para velar por los intereses de la colectividad. Resultado del entendimiento y de la voluntad en el cuerpo social, afirmándose la conveniencia de un legislador.

El legislador se encargará de hacer la ley obligado a rendir cuentas y pudiendo ser destituido en cualquier momento, aunque fuera el pueblo quien la sancionase, pues nunca puede asegurarse que una voluntad particular está de acuerdo con la general. Aquí conviene hacer una aclaración válida también para cuando se hable de gobierno. Rousseau, al elaborar su filosofía política, no estaba pensando en la Europa de su siglo, el XVIII, sino en una ciudad-Estado como las de la antigüedad, donde podía fácilmente expresarse la voluntad general de manera directa. De aquí que la ley la elaborara un legislador pero el Poder Legislativo lo constituyera el pueblo.6

Con su rechazo al sistema representativo, se distancia de ella y contrapone la democracia directa, es decir, la participación de los ciudadanos en los diversos niveles en los cuales se ejerce el poder, no a través de representantes por muy libremente elegidos. En este sentido se resalta el énfasis en el poder político del pueblo. La democracia fue el ideal de Rousseau pues en cuanto se reuniese el “… soberano, cesa toda jurisdicción del gobierno; el poder ejecutivo queda en suspenso […] porque ante el representado desaparece el representante”.7 Fue influyente en las ideas que favorecieron en la Revolución Francesa, en la americana y fue el pensador más importante en los movimientos políticos liberales de España e Iberoamérica.8

En el inicio del capitalismo como clase que empezaba a imponer sus condiciones a la aristocracia y demás sectores sociales, la burguesía con base en sus intereses y con el fin de desplazar totalmente al decadente régimen feudal, comenzó a desarrollar sus ideas acerca de la democracia. Como clase emergente planteaba la democracia como un sistema jurídico pues conocía su capacidad de encarar el futuro de la sociedad moderna. Para conseguir esto, la burguesía emprendió el sometimiento de la clase antagónica: la clase obrera.

El mundo del libre mercado, de la libre concurrencia fueron el sustento real y la razón jurídica de la democracia liberal de los siglos XVIII y XIX. Sin embargo, el capitalismo creó en su seno la inconformidad, la protesta y la lucha de los sectores explotados surge en el siglo XIX una nueva cosmovisión basada en una interpretación objetiva del desarrollo capitalista el Materialismo y concluye que la historia no puede ser interpretada sino a la luz de la lucha de clases, siendo ésta misma el motivo del progreso histórico.

La interpretación marxista, con sus particularidades, le da un contenido diferente a la llamada democracia del bien común, ubicándola como un régimen de la burguesía y ante ella propone la dictadura del proletariado en un régimen socialista como una forma transitoria hacia una sociedad plena sin clases: el comunismo. En sí la plantea como una categoría en una nueva dimensión: con un amplio sentido de justicia social, como corresponde a una época donde la producción masiva de mercancías uniforma en su condición de explotados a una capa cada vez más amplia de asalariados.

Razona que no todos los hombres son con exactitud iguales. En esta tesitura, la sociedad civil –afirma la propuesta marxista- no debe verse en abstracto. Es decir, hay que verla en la manifestación de la división de clases. En función de esta visión hay que examinar la democracia. Marx se refería a ella en el sentido roussoniano tomando como caso ejemplar al gobierno de la Comuna de París, aunque efímero se ensayó un régimen democrático y participativo.9

La democracia pues, de acuerdo con esta sucinta trayectoria histórica, debe verse, en primer lugar, como un producto de un desarrollo histórico, de manera tal que esta categoría social y política debe ser ubicada con toda precisión en el tiempo y el espacio. En segundo lugar, debe entenderse como una expresión de la lucha de clases. En tercer lugar, debe distinguirse en determinado momento los intereses concretos que están detrás de toda expresión que pretenda asumirse como democrática; y en último lugar su expresión jurídica. Por ello ningún concepto ha sido tan cuestionado, debatido y definido en el ámbito de la política como la democracia.

Ha recibido las más diversas connotaciones, aunque está por demás justificado que se seguirá instrumentando un acuoso debate que impondrá modificaciones que sólo a posteriori, registrará y verificará la teoría política.10

Para su funcionamiento la democracia requiere de ciertos hábitos vitales: la habilidad de seguir un argumento, comprender el punto de vista del otro, expandir los límites de la comprensión, debatir los objetivos alternativos que puedan ser perseguidos. También procesar y dar fuerza a la vida política a través de la opinión pública, los partidos políticos o los grupos de presión, las cuales son otras tantas formas de accionar de los ciudadanos para aumentar el peso específico de su voluntad en relación con los asuntos públicos. Es decir, la sustancia de la democracia es la participación.

Aunque está claro que en una democracia los motivos que mueven a los ciudadanos son intereses, emociones y razones confluyendo todos ellos en la práctica democrática, lo cierto es que los peligros que acechan a su funcionamiento hacen más necesario el dotar a los ciudadanos de reglas y procedimientos para tomar decisiones.

La democracia como forma de gobierno es una combinación de distintos principios y experiencias históricas de dominación, cuyo éxito se ha sustentado en el poder de quienes toman las decisiones. Un aparato de poder ordenado jerárquicamente.

La democracia somete a un recuento justo a toda jerarquía, facilita la reconsideración del funcionamiento de las instituciones a través de la labor de la oposición y de esa manera favorece la distribución y el control del poder.

Las instituciones políticas de la democracia liberal, las cuales han sido la base de la construcción del Estado liberal; requieren ciertas condiciones que llegase a favorecer la implantación y consolidación de esas instituciones, algunas de las cuales no se improvisan fácilmente, siendo los derechos necesarios “…mecanismos fundamentalmente procesales que caracterizan un régimen democrático”.11

Ello obliga a una sistemática evaluación de las posibles causas que permanecen latentes y, obviamente, responden a situaciones de índole diversa para saldar la situación de la democracia, es decir, tenemos democracia pero de lo que se trata es mejorar esa democracia, de profundizarla mediante medidas que garanticen un beneficio.12

Por su parte, el deterioro y la degradación de los partidos políticos, que eran mediación y transmisión indispensable entre los ciudadanos y el ejercicio del poder público, no auxilian en gran parte a esta situación de desconfianza, aburrimiento y desencanto por la política democrática. Ante el deterioro de la calidad de la democracia, las posibles reformas se van olvidando, inclusive, perdiendo vigencia. Se extiende la sensación de que las cosas sólo pueden ser como son.

Sin una democracia saludable, la corrupción política existe como un mal que no cesa, ni en América Latina, África, Asia o Europa. El progreso de y en la democracia en el siglo XXI, implica en cualesquiera de las latitudes del planeta, no se referirá sólo a la facultad de poder elegir, sino al poder del control efectivo de los elegidos, hay en la ciudadanía un sentimiento de que la corrupción política ha aumentado y “... ello tiene un grado de deterioro enorme en las instituciones políticas por antonomasia, que vienen a ser los partidos”.13

Por ello, cuando se producen dificultades, pérdida de legitimidad y aumento de ingobernabilidad, sobre todo en las democracias actuales, las causas, presumiblemente, podrán ser en alguna medida debido a las referidas deficiencias en el funcionamiento –insistencia pertinaz- de la democracia y del Estado de derecho.

La permanencia de la democracia representativa

Hoy el problema medular de la democracia no es el contenido impuesto; sino la forma de quién ejerce el poder político y de a quién beneficia la realización de ese ejercicio, ello es indicativo de que ese mismo poder elegido obstaculiza en la relación gobernantes y gobernados la capacidad de influir en las decisiones, se necesita un cambio de sistema político y de gobierno para perfilar una renovación de la sociedad, esto significa asentar un sistema democrático de mayor participación para disminuir desigualdades políticas y sociales.14

Otra cuestión notable que ha incidido en el complejo del ejercicio democrático, ha sido el crecimiento demográfico y la complejidad adquirida por la intervención social. Ello imposibilitó la restitución de la democracia directa en la era moderna, dando paso a la forma representativa.

Ahora bien, en la etapa moderna es pertinente reflexionar acerca de ¿si las formas de representación puestas en práctica han respondido al propósito perseguido? y, sobre todo ¿si quiénes actúan como representantes populares, lo hacen en el interés colectivo o también en su interés o en su beneficio, representando a una clase minoritaria y poderosa o a los de la mayoría?

El régimen democrático suele ser pluralista, entendiendo esto como la diversidad de los grupos y clases, pero en una coincidencia latente en lo fundamental como sociedad, en cuando les une un interés común. La democracia es hoy el elemento organizador del consenso.15

En la democracia se invita a la participación y, dependiendo del punto de vista ideológico, esa participación puede designarse como una actividad política. La participación política es un concepto de gran interés para la vida política en general. Hay formas de participación. Se distinguen entre activa y pasiva, y se puede clasificar en función de su finalidad. Las formas activas incluyen desde la afiliación formal a un partido u organización política hasta presentar candidatura a un puesto de elección.

Entendida como elemento esencial, la participación política activa convierte a todos los individuos y a la comunidad política en protagonista de los procesos políticos, en los cuales sus integrantes participan, de forma directa o indirecta. Estas formas abarcan el ejercicio del voto, la búsqueda de información, la discusión y el proselitismo, la asistencia a reuniones, aportación económica.

También la afiliación formal a un partido, preparación de discursos, trabajo en campañas políticas y electorales y presentación de candidaturas a los cargos de partido y públicos, la participación en comicios, el apoyo dado a un determinado candidato.

La participación política está vinculada, en un sistema democrático, a los mecanismos de competición entre fuerzas políticas y están institucionalizadas en los procedimientos del sistema que afectan la renovación de los cargos.

Claro hay formas no partidistas de participación, las referidas en la democracia directa (referéndum, iniciativa popular, etc.) sin embargo, la democracia representativa, querámoslo o no, se mide por espacios obtenidos por grupos de poder. De hecho, la prueba electoral es la expresión del consenso general: la opinión del pueblo.

Por otra parte, sustancialmente puede decirse que amplios sectores reciben insuficientes estímulos de participación política y, en todo caso, estímulos contrarios que inducen más bien a la abstención. Así la cara opuesta de la participación política activa es la abstención, forma pasiva de participación política.

Esa apatía política la constituye quien, por una u otra razón, vuelven la espalda al proceso político. Los motivos que se destacan (puede haber otros ) para identificar este fenómeno son los: 1) temor a las consecuencias que en sus principios o intereses puedan traer consigo la intervención política; 2) creencia en la inutilidad de toda actuación particular, que puede estar motivada, tanto por una efectiva conciencia de que, al fin y al cabo, las fuerzas políticas son inmanejables o bien porque la diferencia entre lo que hay y lo que se desea sea tan notable que produzca desánimo y abstención; 3) ausencia de compensaciones que reduzca la conciencia de los costos del crecimiento económico. Estas causas repetidas, y otras con ligeras variantes, la anomia, la desorganización social y personal, han dado como resultado la respuesta que pueden tener los individuos frente a la despolitización provocada por la apatía.

Con la apatía se deja de participar por indiferencia política o exclusión, o conscientemente se elige la no-participación. Se incluye a los no votantes habituales, con escaso conocimiento de las cuestiones y el suceso políticos.

La apatía de este tipo abunda entre los individuos marginados, así como entre quienes desempeñan papeles en los que la pasividad política se considera lo habitual. Esto indica que la participación política no es natural, sino debe ser aprendida, y para poder aprender, debe haber capacidad, motivación y oportunidad.

La otra clase de apatía, incluye a aquellos que desdeñan la política porque les parece corrompida y egoísta. Algunos adoptan esta actitud como una proyección de su propia hostilidad con su propia vida. Pero, también, quienes determinan que la ocasión para influir en el sistema político es demasiado aislada y no vale la pena invertir tiempo y energía.

Otros creen que el sistema no ofrece alternativas válidas y que todos los esfuerzos para modificarlo serán en vano, aunque se mantuviesen atentos a la cuestión política, y convencidos de su importancia, la encuentran aburrida y sin interés.

En consecuencia, la apatía generalizada aumenta la oportunidad de que la representación esté integrada por personas poco responsables y propensas al aumento de poder. En donde impera la apatía resulta más difícil organizar y mantener una participación política, la cual es un ingrediente esencial de defensa contra el abuso del poder político, en especial con el derecho al voto.16

En la tónica de lo anterior la cultura política deberá definir el ámbito o los límites generalmente aceptados de la política, así como las fronteras legítimas de la participación política entre las esferas pública y privada.

La definición de este ámbito conlleva la definición de los participantes admitidos en el proceso político, en la categoría y funciones propias del proceso en su conjunto, así como de los diferentes organismos o sectores donde se adoptan las decisiones que constituyen, en su conjunto, el proceso político.

La democracia es la conjugación del verbo participar en todos sus modos, tiempos, números y personas. Ella reconoce a los ciudadanos el derecho a tomar parte de la vida política del Estado17 en diversas formas. “El sufragio es una de ellas... defensa de sus intereses.

Lenin insiste en el hecho de que por democracia, en verdad, debe entenderse siempre una forma de Estado. Forma quiere decir configuración particular del carácter separado del Estado y del ejercicio formal de la soberanía. Al declarar que la democracia es una forma de Estado, Lenin se inscribe en la filiación del pensamiento político clásico [...] según la cual ‘democracia’ deber ser pensada en última instancia como una figura de la soberanía o del poder [...] La política, para Lenin, tiene como objetivo o como idea, la caída del Estado, la sociedad sin clases y, por lo tanto, la desaparición de toda forma de Estado, inclusive la forma democrática...”18

Es precisamente con la aparición de las formas modernas de Estado, cuando se habla de la participación electoral, de las más recurrentes para establecer análisis políticos, es la relación estrecha con los derechos políticos, en especial con el derecho al voto.19

El sufragio es una de ellas, a través de la cual los ciudadanos ejercen su derecho a elegir a sus representantes al Congreso y a sus gobernantes para la defensa de sus intereses, aunque existe en la democracia representativa y moderna un gran individualismo de los grupos de poder, una persecución y reivindicación de los intereses particulares, persistencia de las oligarquías, la inacabada democratización en el ejercicio del poder, o sea, la democracia no ha cumplido con su cometido, sucediéndose una serie de obstáculos poniéndola, ante las transformaciones de la sociedad, en un momento crítico. Frente a esto está la propuesta de la incorporación de mecanismos de decisión directa

Así lo que anima el devenir democrático son dos principios fundamentales: el reconocimiento de los derechos individuales y la constitución de poderes limitados, de aquello considerado como la división de poderes, que según Montesquieu es la garantía más importante y efectiva a favor de la libertad política (XI, 3; XI, 4).

En dicha división de poderes, el Poder legislativo es el poder con mayor relevancia, ya que es donde se dictan las normas y se determina el contenido material de leyes,20 debiese estar en manos del pueblo donde reside la soberanía, pero por su gran tamaño es imposible que actúe en consecuencia, ante esto delega su poder en representantes vía el voto. “Uno de los mayores inconvenientes de la democracia (representativa) es que el pueblo no es capaz de discutir las cuestiones de interés. Sus representantes en sí.

Recuérdese que casi todos estamos facultados para elegir pero no para ser elegidos, según Montesquieu. De ahí una ventaja adicional de contar con diputados. Éstos fueron elegidos para hacer leyes y fiscalizar las existentes, no para tomar resoluciones activas”.21 Esos representantes o “gentes distinguidas”22 serán en el ámbito local, puesto que cada uno de ellos conoce, bien a bien, los problemas de su ciudad.

Las razones que justificaban la división de poderes, revelaban una finalidad, el evitar la opresión, la tiranía, impedir el abuso de la autoridad, sobre todo, haciendo que los poderes se limitasen unos a otros, con su propio peso y su propia fuerza.
En tanto apreciación histórica, hoy parece que la democracia necesita y requiere no sólo mayoría de votos. Aunque la idea de la democracia directa tenía y quizá tenga para muchos indudables atractivos. Pero el desarrollo de la democracia liberal se apoyaría en el mecanismo de la representación para mostrar y reforzar el sustento valorativo de su superioridad. Entre sus distintivos políticos se observan:

  1. Los ciudadanos tienen los mismos derechos;
  2. Los ciudadanos tienen libertad para asociarse, difundir sus ideas, votar y ser votados;
  3. Autorización para elegir a quienes decidan por nosotros;
  4. Obligación de los representantes de dar cuentas y asumir responsabilidades;
  5. Tener la sensibilidad hacia las demandas de los electores, y
  6. La inclusión de todos, es decir, tener la opción para participar en la defensa de sus intereses.
  7. Se considera a la sociedad civil el lugar, en condiciones de igualdad, donde se puede cuestionar o enfrentar decisiones;
  8. La esfera de lo público como el factor determinante de retroalimentación del proceso democrático.2

Sin embargo, debido a circunstancias novedosas de la actividad política y democrática, la representación ha resultado ser la institución más vulnerable y amenazada, sin más por las élites políticas que se sienten completa y prácticamente a salvo en sus puestos y en los cuales la exigencia de responsabilidad se muestra inerte.

Ante ciertos peligros, serios en ocasiones, el funcionamiento de la democracia ha tenido en el mecanismo de la representación uno de los pilares esenciales, ante tales eventos no cabe otro recurso que refinar los mecanismos o el mecanismo del control (democrático). Y ello garantizará recursos y derechos que proporcionen certidumbre y la capacidad básica para que los representantes actúen en función de metas e intereses más allá de los meramente individuales o de conveniencia política.

Para ello se hace conveniente proponer incentivos de trascendencia para la participación de los interesados en el proceso de toma de decisión. Porque si no, las posibilidades de entrada en el ambiente y el espacio de la política resulten ser muy limitadas, entonces la democracia se vuelve excluyente en vez de incluyente. Requiere de la existencia del gobierno representativo. Este deberá ser elegido por todos los electores de entre distintas opciones las cuales compiten entre sí y utilizando mecanismos para poder exigir responsabilidad política y rendición de cuentas.

En este tema la cultura política dominante alimenta una sociedad irresponsable en lo que hace al ejercicio de la democracia, y, con base en la autonomía individual, ésta mina el soporte para su propio florecimiento, pero observando cómo pasivamente avanza de forma absoluta una clase política con suficiente cinismo, lo cual concurre como un elemento consustancial para que esta última se aleje de todo indicio de cumplimiento ante su compromiso como clase dirigente para inculcar una cultura política de responsabilidad.

La sociedad contemporánea inspirada en los principios del liberalismo y la república necesita de una cultura política con el ingrediente de la virtud.24 Principio esencial de la democracia.

Una sociedad donde la formación y la educación de los ciudadanos sirvan para alimentar y sostener las instituciones de una sociedad que enarbole la libertad25, precise de la creación de una vida social y política activa, y su propio desarrollo de esas virtudes será de un compromiso público más allá de la jurisdicción del Estado.

Estos valores o virtudes deben proporcionar a los representantes una acción y una posibilidad como individuo socialmente político, aprovechando mediante su participación la oportunidad de incidir en la toma de decisiones públicas y políticas.
No obstante la tendencia dominante de y en la sociedad de nuestros días, se encamina hacia la atomización, el individualismo y el debilitamiento de la responsabilidad política para con sus integrantes.

Consecuentemente la democracia se ha empleado para designar una forma de gobierno de ejercer el poder; sus características, ventajas y desventajas, su preferencia o no y su desarrollo histórico, así como indicar sus avances en cuestiones como la práctica o no de la alternancia en el poder, sobre el derecho a sufragar, el respeto a los votos emitidos, sobre el número de partidos existentes se puede evaluar a partir de tres aspectos: el descriptivo, prescriptivo e histórico.26

También existen otros indicadores: los de carácter social los que muestran el nivel determinante del avance democrático. Uno de ellos es la forma como se distribuye el producto social, cómo puede ocurrir el beneficio para quien ejerce el poder soberano, porque se reconoce que la política liberal ha desarrollado su capacidad y su personalidad otorgando la abundancia en manos de grupos minoritarios, de este modo se vuelve un sistema para servir a las necesidades de pocos y a la escasez de muchos,27 orillando a una limitada participación social y política, y entonces se hace evidente la incompatibilidad entre la democracia representativa y los sectores numerosos de la población padeciendo pobreza y marginación.

Otros indicadores alternativos de carácter social que reflejan el estado de la democracia y del sistema político imperante son, sin duda alguna, el analfabetismo, educación, el propio nivel de vida, la relación empleo / desempleo, así como los cuales pueden posibilitar el acceso real de las masas populares a la cultura.

Indudablemente en la actualidad en que las instituciones del sistema democrático no gozan de confianza, diversos mecanismos de participación ciudadana que permitan el voto directo y universal pueden ser considerados como una opción válida para mejorar la representación, aumentar la participación y ponderar la estabilidad del sistema político.

Justamente ello se debe considerar como cuestión medular para señalar a la democracia como algo más que una forma de gobierno, debe representar para nuestra democracia representativa latinoamericana y para la redefinición de la democracia mexicana, no “... sólo un sistema de gobierno sino también una forma de vida social, una forma de sociedad.”28

Significa edificar una sociedad más equitativa para remontar la desigualdad social y económica, para ello hace falta una sociedad participativa. Sería difícil establecer en qué medida debe darse un cambio de sistema, lo cierto es que se carece de una participación política para procurar la satisfacción de necesidades sociales.

De la democracia directa

El tránsito de la democracia en las recientes décadas se caracterizó por un desagrado hacia la representación de la política y de los partidos políticos, lo cual remontó a través de reformas constitucionales en algunos casos o la utilización de mecanismos de democracia directa en otros. Mecanismos cuya importancia se concretiza en el proceso de la formación de la voluntad política.29

La referencia a estos mecanismos se entiende a las diversas formas de participación política que se realizan y han realizado mediante el ejercicio del voto directo y universal.

La participación directa de la población como factor de decisión en los asuntos que le toca resolver al poder legislativo y ejecutivo se puede expresar en varias formas. En general se aceptan en las Constituciones tres formas como las más conocidas y utilizadas, diferenciadas para las decisiones y adoptadas socialmente. Estos son: el referéndum, el plebiscito y la iniciativa popular.

En el caso del sistema político mexicano se establecen algunos mecanismos de participación ciudadana no directa, los cuales no son tan determinantes ni tiene trascendencia como el referéndum, el plebiscito o la iniciativa popular. La Constitución mexicana establece en su artículo 8° Constitucional el derecho de petición el cual es presentado por cualquier ciudadano, siempre y cuando lo formule por escrito. Tal petición se refiere a requerir a la autoridad que deje de efectuar algún acto de la esfera de su atribución que supone lesiona los intereses ciudadanos, al cual la autoridad deberá contestar por escrito tal petición.

Otro caso de participación ciudadana se puede encontrar en el artículo 26° Constitucional, en el cual para elaborar el Plan Nacional de Desarrollo, se faculta al Ejecutivo para establecer los procedimientos para una consulta pública para integrar dicho plan. Sin embargo, no presenta los requerimientos propios señalados como un mecanismo de participación ciudadana directa.30

En materia electoral, el Poder ejecutivo ha establecido consultas dirigidas a partidos políticos y a sectores especializados para consensuar sus proyectos y producir así iniciativas legales. Su carácter selectivo y restringido ha sido su característica predominante, no se han mantenido por parte del Ejecutivo los canales de comunicación con los ciudadanos.

En apoyo a estas formas de participación directa debe señalarse que en la sociedad mexicana se ha experimentado un desarrollo en su cultura política. En el ambiente político la participación ciudadana, salvo la electoral, ha sido moderadamente notoria.

Los fenómenos políticos requieren de reformas políticas, necesitan de procesos de participación para garantizar la legitimidad de los cambios y la gobernabilidad. Conviene plantear formas de participación directa con requisitos y modalidades claras y diferenciadas para producir efectos deseables, como imparcialidad, transparencia, credibilidad, efectividad, reflejando el apoyo de la población sobre asuntos de trascendencia.

De hecho puede ser tiempo de adoptar las formas de participación directa –pensadas y evaluadas- conforme a nuestra legislación, no se trata de sustituir ni dejar de lado la representativa, se puede poner en práctica una combinación de la democracia representativa con la democracia directa, se trata de devolver la credibilidad y confianza hacia las instituciones políticas del sistema político y electoral mexicano. Una reformulación de la iniciativa popular y del referéndum, confiando su organización a un órgano estatal, cuyos resultados incidirán en la toma de decisión sobre determinadas cuestiones políticas, sin abusar, pues ello sería nada democrático.31

* Profesor de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales. Licenciado en Sociología y Maestro en Ciencia Política por la UNAM

NOTAS:
Montesquieu. El espíritu de las leyes. México, Porrúa, II, Cap. II, p.8 1975, 6ª edición.
2 Dahl, Robert A. La democracia y sus críticos. España, Ediciones Paidós, 1992, p. 35-46.
3 Rousseau, Jean Jacques. El Contrato Social. México, Porrúa, 1977, II, I.     
4 Ibid. II, II.
5 Ibíd., IV, II.
6 Suárez-Iñiguez, Enrique. De los clásicos políticos. México, FCPyS-UNAM- Miguel Angel Porrúa, Editor, 1993, p. 172.
7 Rousseau. Op. Cit. III. XIV
8 Suárez- Iñiguez, Enrique, Op. cit. p. 169.
9Marx, Carlos. La guerra civil en Francia en Marx C. Y Engels F. Obras Escogidas. Madrid Editorial Ayuso, Tomo 1, 1975. pp: 460-472
10 Cardiel Reyes, Raúl. Curso de Ciencia Política. México, Porrúa, 1978. p. 135-137.
11 Bobbio, Norberto. El futuro de la democracia. México, FCE, 2003, p. 26.
12 Alcántara S., Manuel. Calidad de la democracia, factores e indicadores. Apuntes Electorales, año 1, no. 8, abril-junio 2002, Estado de México, p. 107-119.
13 Alcántara S., Manuel. op. cit., p. 119.
14 Macpherson, C.B. La democracia liberal y su época. Madrid, Alianza Editorial, 1987, pp: 130-138
15 Badiou, Alain. Razonamiento altamente especulativo sobre el concepto de democracia en Metapolítica, Vol. 4, núm. 14, pp. 11-21.
16 “La participación electoral es sólo una de las modalidades posibles de participación política, pero también es cierto que, en especial en los regímenes democráticos, sus consecuencias son inmediatas y significativas, en términos de influencia sobre la selección de los gobernantes a distintos niveles...”. Pasquino, Gianfranco (comp.). Manual de Ciencia Política, Madrid, Alianza Universidad, 1988 en especial el capítulo sobre Participación política, grupos y movimientos, pp. 179-213.
17 Lenin tenía sobre este punto una argumentación. Esta consistía en distinguir, según el análisis de clase dos formas de democracia: la burguesa y la proletaria. Afirmaba que la segunda vencía a la vez en expansión y en fortaleza a la primera.
18 Badiou, Alan. Op. cit,, p. 12; véase también Puga, Cristina. La concepción marxista de la democracia, Estudios Políticos, no. 7, julio-septiembre 1976, México, pp. 17-37.
 19 Bobbio plantea un contraste entre los ideales que dieron origen a la democracia y la ruda esencia de la democracia real. Ante los ideales y la triste realidad, señala la existencia de las promesas no cumplidas por la democracia, Cfr. González, J. M. y Quezada, Fernando, Teorías de la democracia, Barcelona, Anthropos, 1992, pp. 42-54.
20 Cardiel Reyes, op. cit., pp. 135-139.
21 Suárez-Iñiguez, Enrique. De los clásicos políticos, México, FCPyS-UNAM, Miguel Angel Porrúa, 1993, p. 155.
22 Montesquieu, op. cit., XI-VI.
23 cfr. Cansino, César. La crisis de la democracia representativa y la moderna cuestión social en Revista de la Universidad Nacional Autónoma de México, ene-feb 2000, No. 588-589, México, pp. 45-47; Silva-Herzog Márquez, Jesús. Esferas de la democracia, México, IFE, 1996. 20-22.
24 Cfr. Montesquieu, op. cit., III, VI. También se puede remitir al texto de Suárez-Iñiguez, op. cit., en el capítulo dedicado al propio Montesquieu, donde desarrolla excelentemente en forma sintética la riqueza y enseñanzas y aportes de la obra de Montesquieu.
25 Hermosa A., Antonio. El camino de Rousseau. De la democracia directa a la
 democracia representativa, en Revista de Estudios Políticos, no. 50, marzo-
 abril 1986, Madrid, España, pp. 123-134.
26 Bobbio, Norberto. Estado, gobierno y sociedad. Por una teoría general de la política. México, FCE, 2005. p. 29
27 Botwinick, Aryeh y Bachrach, Peter. Democracy and scarcity en International Political Science Review, vol. 4, no. 3, 1983, England, pp. 361-373.
28 Cancino, César, op. cit., p. 46.
29 Zovatto, Daniel. Las instituciones de democracia directa a nivel nacional en América Latina –un balance comparado: 1978-2001 en Justicia Electoral no.16, 2002, México, D. F. pp.27-30
30 Cfr. Para ambos artículos constitucionales Constitución política de los Estados Unidos Mexicanos. Comentada. México, UNAM- IIJ, 1985
31 Macpherson, C. B. Op. cit. Pp: 113-130

Bibliografía
Bobbio, Norberto. El futuro de la democracia. México, FCE, 2003, p. 26.
Bobbio, Norberto. Estado, gobierno y sociedad. Por una teoría general de la política. México, FCE, 2005.
Cardiel Reyes, Raúl. Curso de Ciencia Política. México, Porrúa, 1978.
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