Número 18                                         Época IV                              Junio 2010


LIBROS


LAS FORMAS QUE HA TOMADO LA VIOLENCIA
 DE ESTADO EN MÉXICO

Alberto Pulido A.

Una búsqueda en archivos recientemente abiertos al público -tanto en los Estados Unidos como en México- y el haber realizado una detallada sistematización de los ensayos producidos por autores diversos sobre la represión de Estado en nuestro país, llevaron al recientemente fallecido Carlos Montemayor a desarrollar un libro intitulado “La Violencia de Estado en México. Antes y después de 1968”.

En dicha publicación, el autor nos demuestra que por medio de los órganos represivos y de inteligencia del Estado se golpeó y desmanteló a los movimientos estudiantiles y de carácter guerrillero; estas acciones dieron como saldo variadas listas de muertos y cientos de personas que sufrieron cárcel.

Para llevar a cabo su trabajo, Montemayor toma como premisa metodológica el análisis objetivo de los sangrientos hechos políticos acaecidos en nuestro país -previos y posteriores al movimiento estudiantil popular de 1968-, lo que lo lleva a desmentir, por ejemplo, aquella idea que tanto se nos vendió en el sentido de que esos movimientos fueron patrocinados y financiados por la Unión Soviética o Cuba.

Uno de los autores intelectuales y materiales de esas cruentas represiones –Montemayor lo documenta a detalle- fue el ex presidente Luis Echeverría Álvarez (LEA), quien utilizó a sus brazos represores como lo fueron varios miembros de las diversas policías mexicanas y del ejército mexicano, encabezados -entre otros- por Fernando Gutiérrez Barrios, Mario Arturo Acosta Chaparro, Alfonso Martínez Domínguez, Mario Ballesteros Prieto, Alfonso Corona del Rosal y Manuel Díaz Escobar. Este último, por cierto, se caracterizó por ser uno de los personajes de todas las confianzas de Echeverría, por estar ligado a agencias norteamericanas como la CIA y por haber sido uno de los formadores, entrenadores y mandos del grupo represivo conocido como Los Halcones.

El trío formado por Luis Echeverría Álvarez, Fernando Gutiérrez Barrios y Manuel Díaz Escobar, fue el que de manera central planeó y ejecutó las matanzas y represiones del 2 de octubre de 1968 y del 10 de junio de 1971, así como las campañas anticomunistas que sirvieron como pretexto para señalar y acusar de “agitadores profesionales financiados desde la Unión Soviética y Cuba” a cientos de luchadores sociales. Así, estos personajes se convirtieron en los desarrolladores de aquella –cínicamente- llamada “guerra sucia”, que produjo cientos de asesinatos, desapariciones y detenciones de personas del campo y la ciudad.

El libro demuestra claramente que quienes verdaderamente estuvieron ligados a personeros del exterior fueron los integrantes del trío macabro ya mencionado en el párrafo anterior; inclusive se demuestra -con documentos de archivos norteamericanos- que hubo una serie de reuniones entre Luis Echeverría y Richard Nixon en las que se urdieron tácticas para cerrarle el paso a influencias cubanas que se pudieran dar en países de América Latina.

Dentro de esa estrategia se planteó que el propio LEA pudiera navegar con dos banderas: una de incondicionalidad con los EUA y otra artificiosa, que diera una imagen de progresista y antiyanqui. Esa doble cara sí se mostró en la realidad, pues así se desempeñó el ex presidente mexicano desde 1970, año en que tomó posesión del cargo de presidente, hasta más allá de su conclusión.

Al terminar la lectura del libro queda claro que el Estado mexicano -y de manera particular el existente en las décadas de los años 60 y 70 del pasado siglo- ha jugado en todo momento con una posición arteramente violenta hacia sus opositores y detractores; utilizando las herramientas represivas directas y las más sofisticadas a fin de evitar sea trastocado aquello que ellos mismos han llamado “orden institucional”; por esa razón se baleó y asesinó gente en Tlatelolco, se masacró a jóvenes en San Cosme, y se desapareció a activistas guerrilleros y a dirigentes sociales.

De tal suerte que los gobernantes que han encabezado el Estado mexicano han echado mano de la aplicación de las leyes a su conveniencia, de la manipulación política, de la compra de conciencias y, cuando ello no ha resultado efectivo, han echado mano de la represión y el asesinato. Este es el México sangriento prohijado por el propio gobierno mexicano, caracterizado hasta nuestros días como una entidad violenta que viene aplicando la política del “ojo por ojo, diente por diente”.