Número 19                                         Época IV                              Octubre 2010


A 100 AÑOS DEL NACIMIENTO DEL FUTURO:
LA UNIVERSIDAD NACIONAL

Arturo Meza Mariscal*

El marco general en el que se inserta la celebración del Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución, es el de un profundo descrédito de las instituciones, debido principalmente a su ineficiencia y a los escándalos en los que cotidianamente zozobran.

Todas las áreas del Estado mexicano –la salud pública, la economía, la seguridad, la asistencia, la previsión social, la gestión del desarrollo, la diplomacia, la educación...– se encuentran agobiadas por tal marasmo, que muchos pensadores e intelectuales hablan de la existencia de un Estado fallido, concepto utilizado en ciencia política, que refiere la existencia de un Estado débil, que tiene poco control sobre su territorio. Si nos atenemos al análisis realizado por la revista Foreing Policy del año 2009 que de acuerdo a su Índice de Estados Fallidos, coloca al de México en el nivel de Alarma, o a el creciente cuestionamiento de gobiernos extranjeros sobre la capacidad de actuación del gobierno mexicano, se termina por confirmar –por si nos hiciera falta el hecho– que el gobierno es completamente ineficaz para hacer cumplir las leyes de cualquier rubro. El amplio abanico que va de las faltas al reglamento de tránsito, hasta la comisión de los crímenes más condenables tiene como común denominador la casi certeza de que el responsable no recibirá castigo alguno. Las elevadas tasas de criminalidad, la corrupción generalizada, una burocracia paralizante, la intencionada ineficacia judicial, la existencia de poderes paralelos al poder formal, la perversión de las organizaciones gestoras del cambio político –los partidos–, el advenimiento de la democracia en un negocio de monopolios, el desprecio del sistema hacia las necesidades de la población que le da sustento, son algunos de los factores que han tornado la situación del país francamente preocupante y peligrosa.

En medio del fracaso generalizado del gobierno de Calderón no existe prácticamente ninguna área que presente un saldo positivo. Continúa sin embargo a la celebración de los centenarios, sin saber realmente, qué celebrar.

El estridente festejo afirma en la propaganda oficial que celebramos 200 años de ser mexicanos; sin embargo, es bien sabido que el triunfo de la Independencia –el inicio de nuestro ser mexicanos– no aconteció en 1810, sino en 1821; y que en todo caso, el movimiento de Hidalgo de 1810, derrotado en 1811, no es el mismo movimiento victorioso de Iturbide y Guerrero de 1821. Así, en 2010 celebramos 200 años de haber iniciado la lucha por la independencia; no 200 años de ser mexicanos. A esta auténtica muestra de ignorancia de la historia patria, ha de sumarse el desconocimiento, -quizá intencionado- de otro centenario, casi olvidado por el oficialismo panista.

La Universidad de todos los mexicanos celebra 100 años de su fundación. En este caso no cabe duda de que son 100 años, ni de que existen gran cantidad de logros y triunfos qué celebrar. Si su sola existencia sería ya motivo de orgullo, mucho más lo es el que esta universidad sea tenida como quizá la única institución mexicana que logra a cabalidad los propósitos para los cuales fue creada.

La Universidad Nacional de México, fundada en 1910 como parte de los festejos del Centenario de la Independencia, surge al siglo XX mediante un acto de rompimiento ideológico con el pasado. Su fundador, Don Justo Sierra concebía a la nueva institución como una labor educadora y no sólo productora de ciencia. En el discurso inaugural de la Universidad Nacional de México –auténtica acta de nacimiento de nuestra institución–, el maestro Sierra insiste en señalar que nace sin pasado, sin continuidad con la Real y Pontificia Universidad de México, que desligada de las necesidades de la realidad social, vuelta hacia su interior sin estar interesada en generar nuevo conocimiento, identificada con ideas que la hacían inútil para el progreso del país, en donde se enseñaba “cómo discurrir indefinidamente siguiendo la cadena silogística para no llegar ni a una idea nueva, ni a un hecho cierto; aquéllo no era el camino de ninguna creación, de ninguna invención; era una telaraña oral hecha de la propia sustancia del verbo y en donde el lo que se quería probar no probaba sino lo que ya estaba en la proposición original(1).” Esta técnica que se aplicaba a los estudios canónicos, jurídicos, médicos, y filosóficos hacía de la ciencia, la esclava de la teología. Nada más lejos de el método propuesto para la nueva Universidad, en donde el nacionalizar la ciencia y mexicanizar el saber sería la misión a realizar por parte de los obreros intelectuales –los nuevos universitarios– a los que se dirigía Sierra, por medio de sendas premisas fundamentales: “La verdad se va definiendo, buscadla” y “Sois un grupo en perpetua selección dentro de la sustancia popular y tenéis encomendada la realización de un ideal político y social que se resume así: democracia y libertad”

La Universidad Nacional de México nace en los inicios del siglo XX, con un proyecto modernizador, científico y nacionalista que sorprende por su plena vigencia y viabilidad, 100 años después. En este siglo XXI, la necesidad de un proyecto como el otorgado por Sierra a la Universidad Nacional deviene indispensable, si se alberga la creencia de que una ciencia y un conocimiento surgido en las aulas, los laboratorios y los talleres mexicanos, desempeñan algún papel en la construcción de un México que celebre su independencia, declarando haberla alcanzado.

Quizá de ahí el olvido de los celebradores oficiales de centenarios, de los 100 años de la Universidad Nacional Autónoma de México. De la misma manera que el siglo XX mexicano no puede explicarse sin la Universidad, el siglo XXI insiste en contar con la memoria de esta institución sembradora de futuro.

(1) Del discurso pronunciado por Don Justo Sierra, en la Sesión Inaugural de la Universidad Nacional, el 22 de septiembre de 1910.
*Profesor de asignatura definitivo, en el plantel 1 de la ENP, UNAM.