Número 19                                         Época IV                              Octubre 2010


EN EL BICENTENARIO DE LA GUERRA DE INDEPENDENCIA
CALDERÓN “OLVIDA” EL EXPANSIONISMO
Y EL INTERVENCIONISMO NORTEAMERICANOS

(Parte 1, de 2)
A Juan Pérez de Arze, Felipe Santiago Xicoténcatl, José Azueta y Félix U. Gómez, caídos bajo el fuego del enemigo norteamericano

Gerardo Peláez Ramos

La descomposición política del gobierno de Felipe Calderón Hinojosa es gigantesca y sin precedentes; ni siquiera los gobiernos de Antonio López de Santa Anna y de Victoriano Huerta pueden compararse con el calderonato y su antecesor inmediato, el sexenio del inepto Vicente Fox Quesada. Felipe Calderón los supera en proyanquismo, en abatimiento de la soberanía nacional y en seguidismo de los monopolios y administraciones gringos. Con sus posiciones y actitudes, FCH demuestra estar al servicio de la potencia al norte del río Bravo.

Para vergüenza de los mexicanos, de los miles de caídos en las intervenciones militares de Estados Unidos en México y de los chicanos expropiados por los capitalistas estadunidenses; de los países de América Latina, víctimas de las agresiones de los yanquis; de los pueblos de Corea, Vietnam, Camboya, Afganistán e Irak masacrados por el imperialismo norteamericano, y de las amenazas usamericanas e israelíes en contra de Irán, Siria y Venezuela, Felipe Calderón vende la soberanía nacional por unos millones de dólares, al suscribir la llamada Iniciativa Mérida; rinde homenaje en el Cementerio Nacional de Arlington, en Virginia, EU, a los asesinos de mexicanos, e invita a desfilar en la capital federal a tropas yanquis con motivo del bicentenario del inicio de la Guerra de Independencia de México.

Es grande la desvergüenza de Calderón, porque no hay la menor duda de que Estados Unidos es el país campeón en el robo de territorios, el intervencionismo y el asesinato de mexicanos, latinoamericanos y asiáticos; en la destrucción del ambiente, la implantación de bloqueos ilegales y la imposición de tratados desiguales; en el impulso del terrorismo contra Cuba y Nicaragua, la creación de conflictos bélicos artificiales, el desarrollo de acciones violentas en contra de gobiernos defensores de su independencia y la promoción de dictaduras ultraderechistas; en el control del negocio del narcotráfico y en el apoyo militar a las corporaciones multinacionales. El mejor ejemplo de estas prácticas es la historia de las relaciones yanqui-mexicanas.

Objetivos expansionistas

Los creadores de la gran frontera entre México y el Estado de los gabachos, fueron los franceses con la venta de la Luisiana y los colonialistas españoles con el tratado de venta de la Florida entre España y Estados Unidos, que entregó Oregon a los gringos, territorio que a su vez refrendaron como norteamericano los ingleses en la definición de la frontera con Canadá.1

En 1783, el conde de Aranda dirigió al rey Carlos III el siguiente dictamen: “Esta República Federativa ha nacido, digámoslo así, pigmea, porque la han formado y dado el ser dos potencias como son España y Francia, auxiliándola con sus fuerzas para hacerla independiente. Mañana será gigante, conforme vaya consolidándose su constitución y después un coloso irresistible en aquellas regiones. En este estado se olvidará de los beneficios que ha recibido de ambas potencias y no pensará más que en su engrandecimiento”.2

Los objetivos de Estados Unidos eran claros desde el principio: dejar que España se debilitara, que creciera el movimiento independentista de las colonias latinoamericanas sin meter las manos a su favor y proceder, tan pronto las condiciones lo permitieran, a apoderarse de territorios de México, Cuba, el Caribe y Centroamérica, para, de ser posible, dominar el continente entero.
Escribía, a propósito, Luis de Onís, ministro plenipotenciario español en Washington, a Francisco Xavier Venegas, virrey de Nueva España: “Cada día se van desarrollando más y más las ideas ambiciosas de esta república, y confirmándose sus miras hostiles contra España. V. E. se haya (sic) enterado ya por mi correspondencia que este gobierno se ha propuesto nada menos que fijar sus límites en la embocadura del río Norte o Bravo, siguiendo su curso hasta el grado 31, y desde allí, tirando una línea recta, hasta el mar Pacífico, tomándose, por consiguiente, las provincias de Texas, Nueva Santander, Coahuila, Nuevo México y parte de la provincia de Nueva Vizcaya y la Sonora. Parecerá un delirio este proyecto a toda persona sensata; pero no es menos seguro que el proyecto existe, y que se ha levantado un plano expresamente de estas provincias por orden del gobierno, incluyendo también en dichos límites la isla de Cuba, como una pertenencia natural de la república”.3

Respecto a ese proceso expansionista de la potencia del norte, apuntaba Servando Teresa de Mier: “España -dice refiriéndose a los sucesos de 1820-, para contentarlos y que permanezcan indiferentes, les cedió el año pasado las Floridas, de que están ya en posesión, metiéndolos así en nuestro seno mexicano. Ya obtenían la Luisiana, que sin arreglo de límites regaló Carlos IV a Napoleón, y éste vendió a los angloamericanos. Con este país, tan vasto como la Nueva España, quedaron contiguos a nosotros, y Clairborne y el Misuri envuelven a nuestras fronteras internas de Oriente y Poniente, amenazando a absorbernos con su población que crece asombrosamente; al mismo tiempo que la guerra a muerte de los españoles desuela la nuestra, y su gobierno tiene tomadas mil medidas directas e indirectas para impedir su progreso. Todas estas cesiones son agravios nuestros, no sólo por los derechos de nuestras madres que todas fueron indias, sino por los pactos de nuestros padres los conquistadores (que todo lo ganaron a su cuenta y riesgo), con los reyes de España, que como consta en las Leyes de Indias, no pueden, por ningún motivo, para siempre jamás, enajenar la más mínima parte de América: y si lo hicieren, la donación es nula”.4

El caso de Texas

El pastor protestante William Elery Channing, jefe de la Iglesia Universal de los EU, señalaba acerca de la independencia texana: “...La primera causa grande fue el espíritu ilimitado, inmoral de especulación sobre tierras, que una presa tan tentadora como Texas inflamó fácilmente en multitudes de los Estados Unidos, donde toda clase de juego es un vicio demasiado común...”5

Más adelante, expresaba el mismo autor: “...Texas debe arrancarse al país a quien debe fidelidad, para que su suelo pase a manos de extranjeros estafadores y estafados. He aquí una explicación del celo desarrollado en los Estados Unidos a favor de la causa texana. Desde este país se ha dado el gran impulso a la revolución de Texas, y el principal motivo ha sido la sed insaciable de tierras texanas. Por todo nuestro país se ha extendido interés real o ficticio en aquel suelo. De manera que el celo general por la libertad, que ha movido y armado a tantos ciudadanos nuestros a pelear por Texas, resulta ser una acción por injusto pillaje.

“Paso a otra causa de la rebelión y ésta fue el proyecto de abrir las puertas de Texas a los esclavos y sus señores. México, apenas sacudió el yugo español, dio un noble testimonio de su fidelidad a los principios libres, decretando que en lo sucesivo nadie nacería esclavo en los estados mexicanos, ni podría ser introducido en ellos como tal, y que todos los esclavos existentes entonces recibieran jornales estipulados y no estuvieran sujetos a castigo alguno, sino por sentencia de un juez...”6

Los filibusteros eran gente proveniente de Estados Unidos, avituallados por el gobierno norteamericano y organizados en bandas armadas al servicio de esta potencia extranjera. Decía Santa Anna: “...Los soldados de Travis en el Álamo, los de Fanning en el Perdido, los rifleros del Dr. Grant y el mismo Houston y sus tropas de San Jacinto, con pocas excepciones, es notorio que vinieron de Nueva Orleans y otros puntos de la República vecina, exclusivamente para sostener la rebelión de Tejas, sin haber pertenecido antes a las empresas de colonización”.7

La leyenda negra del Álamo

De la derrota total que las tropas mexicanas les infligieron a los filibusteros esclavistas de EU en la fortaleza del Álamo y en todos los combates anteriores a San Jacinto, los gringos, que forman parte de los mayores tergiversadores de la historia en el mundo,8 han construido un mito que han difundido, difunden y seguramente seguirán difundiendo por medio de películas, series televisivas, periódicos, revistas, libros e Internet. Es una historia a modo, elaborada por profesionales de la falsificación histórica y propagandistas de las acciones ilegales, intervencionistas y criminales de Estados Unidos a lo largo de su desarrollo como Estado.

 Con sobrada razón, escribía un autor mexicano: “Matar prisioneros y rematar heridos no tiene justificación; pero sí explicación en el caso del Álamo, donde al soldado mexicano lo cegó el furor del combate contra insolentes aventureros alzados para despojar a su patria de una parte de su territorio. No fue la matanza del Álamo una matanza a sangre fría. Todo ocurrió en una hora y minutos, bajo el estruendo de los cañones, sin que las tropas mexicanas, que habían recorrido más de mil kilómetros para someter a los agresores, tuviesen un instante para reflexionar. Herían y mataban poseídos por la saña cegadora del que se ve injustamente agredido en su derecho, por un enemigo que tampoco tiene piedad”.9

Otro compatriota señalaba: “La conquista de Texas no fue obra de los tejanos, sino de los angloamericanos. Así lo reconoce francamente Lewis Nordyke, en su obra ‘The Truth About Texas’ (‘La verdad acerca de Texas’). ‘Si dijéramos -como lo hizo un ex residente de Kansas cuando fue electo gobernador de Texas- que ni un solo tejano murió en El Álamo, nos mirarían con incredulidad hasta que comprendieran que cuando se registró el pequeño episodio de El Álamo, Texas era apenas una criatura chillona. La mayoría de los tejanos por nacimiento, estaban todavía chupándose los dedos’”.10

Más adelante, indicaba Trujillo: “Si la agitación de Texas era una misión confiada a Houston; si oficialmente el gobierno americano se declaraba ajeno a aquel movimiento, el hecho es que el plan de despojar a México de la provincia de Texas sacudía de entusiasmo a todo el país americano. Se celebraban reuniones y manifestaciones, se hacían colectas públicas y se reclutaban soldados. De Nueva York, Philadelphia, Boston, Nashville, Lexington, Natches, Nueva Orleans y otros muchos puntos, se enviaban a Texas hombres, dinero y provisiones. Muchos voluntarios emprendían el camino en pequeños grupos; pero en otras partes -Louisiana, Alabama, Missouri, Tennessee, Kentucky- se formaban compañías completas. Como se ve, no fue la de Texas una sublevación local de veinte o treinta mil colonos, sino un movimiento militar en el que participaron todos los estados que entonces componían la Unión Americana”.11

Precisaba el ya citado historiador: “Esta síntesis de la batalla final, cuyos datos hemos tomado del libro de Tinkle, que los defensores de El Álamo murieron combatiendo, y no asesinados después de haberse rendido. No hubo rendidos ni supervivientes. El brillante y notablemente documentado historiador se ha encargado de borrar la leyenda negra que ha pretendido hace hacer aparecer a los mexicanos como carniceros salvajes. Sin embargo, si hubiese habido supervivientes y éstos hubieran sido fusilados, aun sin formación de causa, las autoridades militares mexicanas hubieran quedado plenamente justificadas en obrar así, ya que los vencidos no eran soldados de otro país con el cual México estuviera en guerra, sino piratas como ellos mismos lo reconocían, según las declaraciones de Travis y de Houston arriba citadas”.12

William Barret Travis, James Bowie y David Crockett pertenecían a la escoria de la sociedad: peleoneros de cantina, asesinos y traficantes de esclavos, que la historiografía imperialista ha convertido en héroes y luchadores de la libertad. Tales héroes para semejantes delincuentes culpables de crímenes de guerra y genocidio, de manera intermitente desde 1846.

LA GUERRA DE RAPIÑA DE 1846-1848

Una guerra de pillaje y deshonor en la que el Dios de los Cielos se olvidó de defender al débil y al inocente, en tanto que permitió que una poderosa banda de asesinos y demonios salidos del infierno mataran hombres, mujeres y niños, dejando la desolación y la ruina en la tierra del justo
                                                                                  Abraham Lincoln
Por lo que a mí mismo se refiere, me oponía resueltamente a esta medida, y aún hoy considero la guerra que de ella resultó, como una de las más injustas que haya empeñado jamás una nación fuerte contra una débil. Era el caso de una república siguiendo el mal ejemplo de las monarquías europeas, al no tener en cuenta la consideración de la justicia en sus deseos de adquirir mayor territorio
                                                           Ulysses S. Grant

El primer historiador norteamericano de California, Hubert H. Bancroft, sostenía con claridad: “La guerra de los Estados Unidos contra México fue un negocio premeditado y determinado de antemano. Fue el resultado de un plan deliberado de asalto que el más fuerte organizó contra el más débil. Los altos puestos políticos eran ocupados en Washington por hombres sin principios.

“En esta categoría estaban los senadores y diputados. No hablemos del presidente ni de los miembros de su gabinete. Había, además, la gran horda de los demagogos y politicastros que se complacían en satisfacer los instintos de sus partidarios. Estos últimos eran los propietarios de esclavos, los contrabandistas y los asesinos de los indios, que con sus impías bocas manchadas de tabaco, juraban por los sagrados principios del 4 de julio que habían de extender el predominio angloamericano del Atlántico al Pacífico. Y esta gente, desposeída de las nociones de lo justo y de lo injusto, estaba dispuesta cínicamente a disponer de todo cuanto pudiese saquear, invocando para ello el principio único de la fuerza.

“México, pobre, débil y luchando por alcanzar un puesto entre las naciones, va a ser humillado, desmembrado, invadido y devastado por la brutalidad de su vecino del Norte. ¡Y éste es un pueblo cuyo mayor orgullo se cifra en su libertad cristiana y en sus antecedentes puritanos! Veremos cómo empezaron entonces los Estados Unidos a emplear toda su energía en descubrir pretextos plausibles para robar a un vecino más débil una vasta extensión territorial. ¿Y para qué? Para establecer allí la esclavitud”.13

Con esta guerra de rapiña de los expansionistas gringos, se definió en gran parte el futuro de EU, México y América Latina: “Para México la guerra resultó infructuosa en todos los órdenes. Además de haber perdido más de la mitad de su territorio, los lugares en que se realizaron las batallas, tanto en el campo como en la ciudad, sufrieron pérdidas incalculables. Sólo en el bombardeo realizado por los americanos en Veracruz, este puerto tuvo daños por más de cinco millones de dólares; a esto hay que sumar los daños en las poblaciones grandes y chicas, así como los pequeños villorrios y ranchos que verdaderamente eran arrasados por las tropas americanas, principalmente los voluntarios y las fuerzas texanas, quienes fuera del control de los principales mandos, desquitaron su odio contra la población civil y sus propiedades. Se calcula que las pérdidas en hombres del Ejército Mexicano fueron similares a las norteamericanas, aunque claro está, las bajas en general se supone fueron muy superiores; entre ellas, las bajas por hospitalización fueron menos, pues el clima causaba muchas enfermedades, pero en menor escala que en los americanos”.14

México fue obligado a firmar el Tratado de Guadalupe Hidalgo, el 2 de febrero de 1848, que legalizó el mayor robo territorial de este continente. Como resultado de la guerra, México perdió California, Nuevo México, Arizona, Nevada, Utah, y fracciones de Colorado, Wyoming, Kansas y Oklahoma, a los que si se agrega Texas, abarcan más de 2’100,000 kilómetros cuadrados, lo que representó más de la mitad de su territorio a la sazón.

Sin negar las diferencias en el desarrollo económico y social de México y Estados Unidos, en el armamento de las tropas, en el avituallamiento en parque y otros implementos a los combatientes, en la capacidad de dirección de los ejércitos, y, algo que es preciso no olvidar, en la preparación política, económica, militar y psicológica para la resolución de las contradicciones mediante el uso de las armas.

La guerra se perdió, asimismo, por la inexistencia de una fuerte conciencia nacional, retrasada por los interminables conflictos internos, el rol reaccionario y antinacional del alto clero católico, la oposición de la oligarquía a cambios indispensables, la división interna, el golpismo de la reacción, la no organización de la resistencia popular por parte del gobierno y el Ejército mexicanos, la falta de organización e impulso a la creación y desarrollo de guerrillas populares en las zonas más pobladas y la incapacidad militar de Santa Anna y de gran parte del generalato y la oficialidad.

Así como la animosidad contra México de algunos Estados europeos y el Vaticano, y, naturalmente, el trabajo de espionaje, corrupción y provocación organizado, dirigido y bien pagado por el enemigo yanqui. Mao Zedong, Zhu De, Josip Broz Tito, Ho Chi Minh, Vo Nguyen Giap y el Che Guevara han demostrado, en sus obras militares15 y su acción, cómo un pueblo débil puede derrotar a las fuerzas armadas de un Estado más poderoso, si está organizado, conducido y armado por una dirección patriótica adecuada, si toma las medidas necesarias y si golpea al enemigo en sus puntos más vulnerables.

En California, las tropas mexicanas, bien dirigidas, derrotaron a los gabachos de Kearney. Decía Valadés: “Engolosinado por la fácil ocupación de Nuevo México, y confiando en sus buenas armas marcha Kearney sobre el suelo califórnico, cuando al paso le salen los mexicanos que traen como jefe al general Andrés Pico. Éstos no portan otros instrumentos ofensivos que lanzas; pero encendidos por el patriotismo se arrojan, audazmente, sobre la columna de Kearney; y es tal su fiereza, que ponen en fuga a los norteamericanos, y persiguiéndoles han de causarle una derrota. Kearney mismo, y Gillespie también, resultan heridos en el ataque de aquellos esforzados mexicanos”.16

En la batalla de Monterrey, el 21 de septiembre de 1846, los caídos mexicanos y norteamericanos quedaron casi empatados. Las bajas nacionales fueron un jefe, cinco oficiales y 117 de tropa muertos, y dos jefes, 21 oficiales y 221 de tropa heridos y 63 de tropa dispersos; las bajas estadunidenses fueron 12 oficiales y 108 de tropa muertos, un jefe, 31 oficiales y 337 heridos, de acuerdo con los datos proporcionados por Leopoldo Martínez.

Escribe el ya citado investigador: “En muchas ocasiones, los ataques a los convoyes americanos se realizaron en forma coordinada entre los diferentes grupos que merodeaban en la zona de guerrillas. Por ejemplo, un convoy fue atacado desde su salida de Santa Fe hasta Loma Alta por la guerrilla de Manuel García; luego, entre Tolomé y Paso de Ovejas fue hostilizado por Juan Aburto, reforzado por Manuel García; después, en la cuesta de la Calera volvió a ser atacado por la guerrilla de José Juan Martínez; posteriormente, desde lo alto de Plan del Río fue atacado por el Cap. José Llorca. Generalmente, el Tte. Cor. Rebolledo llevó a cabo la coordinación de los ataques que se realizaban en su zona de acción”.17

Además de las guerrillas en el territorio que permaneció siendo mexicano, se produjeron levantamientos patrióticos en contra del “gobierno” de Texas 18 y de la ocupación norteamericana de Nuevo México y California.19

La venta forzada de La Mesilla

Estados Unidos jamás respetó el Tratado de Guadalupe Hidalgo, por lo que Ángela Moyano Pahissa le dedica en su obra ya citada cinco capítulos a las violaciones norteamericanas a dicho tratado, en las que incluye cambios de la frontera, expulsión de mexicanos en California, repatriación de nacionales, tribus indígenas e invasiones filibusteras.

Con base en el Destino manifiesto y sus supuestos designios “cristianos”, los gringos se creían con el derecho de apropiarse de territorios mexicanos como si éstos carecieran de dueño. El comportamiento de estos aventureros y ladrones era típico de expansionistas sin ley. Eran intervencionistas y saqueadores, como lo siguen siendo hoy.

El Tratado Gadsden o de La Mesilla, “resolvía tres cuestiones fundamentales: a) Anulaba la estipulación pactada en favor de México y a cargo de los Estados Unidos en el artículo XI del Tratado de Guadalupe Hidalgo, en virtud de la cual este gobierno cargaba con la obligación de vigilar y contener las incursiones de los indios bárbaros sobre la frontera mexicana; b) Cedía a los Estados Unidos el territorio de La Mesilla, limítrofe con Sonora y Chihuahua, a efecto de que, a su través, se diera paso al ferrocarril del río Grande al Pacífico; y c) Ajustaba definitivamente las reclamaciones que hasta ese momento, y en consecuencia del incumplimiento de la garantía pactada en el artículo XI del Tratado de Guadalupe, pudiera ejercer México en contra de los Estados Unidos”.20

Acerca de la venta forzada de La Mesilla, un territorio de 76,845 kilómetros cuadrados, Moyano plantea: “…A las protestas de México, Washington había llamado al gobernador Lane y reprochado su conducta. Las siguientes noticias, sin embargo, informan que el gobierno de los Estados Unidos de América ordenó al general Garland entrar con sus tropas al territorio de La Mesilla...”21

Las conclusiones a que llega un historiador mexicano acerca del tratado del 30 de diciembre de 1853, son: “a) Que la presión estadunidense se desató arrolladoramente con objeto de adquirir el territorio de La Mesilla; b) Que para alcanzar este objeto, y según era costumbre en la diplomacia norteamericana, exigía de más, para obtener las extensiones territoriales que se había propuesto; c) Que Santa Anna y su ministro Díez de Bonilla vendieron territorio nacional a los Estados Unidos; d) Que Santa Anna y su ministro Díez de Bonilla otorgaron a Norteamérica la servidumbre de paso por el istmo de Tehuantepec; e) Que esos dos personajes procuraron cubrir con el silencio la información que ineludiblemente debían a la nación sobre aquella venta y esa servidumbre, y f) Que el Tratado de 1853 tuvo entre nosotros validez de ley constitucional y todas las características de obligación internacional, pues consumó la venta del territorio de La Mesilla y dejó viva la servidumbre de Tehuantepec”.22

Tendría que ser el gobierno patriótico del general Lázaro Cárdenas el que liberara a México del tutelaje yanqui sobre el istmo de Tehuantepec, al firmarse un tratado en Washington el 13 de abril de 1937, que puso punto final a esa afrenta impuesta por los políticos bandoleros de Estados Unidos.

El filibusterismo gringo en el norte de México

La gran frontera mexicano-norteamericana, los desiertos y la poca población nacional en los estados septentrionales, así como la inestabilidad política en el país, permitieron a los gobiernos, aventureros y filibusteros yanquis organizar expediciones armadas con el propósito de robar territorios mexicanos, sobre todo en Baja California y Sonora.23

Para ilustrar el fenómeno del filibusterismo en el norte de México, basta con transcribir un texto sonorense sobre el último de los filibusteros: “La expedición de Henry Alexander Crabb denominada "The Arizona Colonization Company", era más bien una empresa bélica, ya que sus elementos eran militares de lo más escogido. Arribaron a Sonora, supuestamente para establecerse bajo el amparo de las leyes de colonización, cuando la intención real era independizar el territorio. Ante esto,

“El Gral. Ignacio Pesqueira, gobernador del Estado, movilizó contingentes armados para la defensa de Caborca, bajo la proclama de ¡Viva México! ¡Mueran los filibusteros! Los filibusteros iniciaron el ataque el día 6 de abril, continúan los escarceos, hasta las once de la noche del 6 de abril, cuando todo concluyó con la victoria de los mexicanos. La madrugada del 7 de abril (de 1857), Crabb y todos sus acompañantes fueron fusilados, con excepción de Charles Evans, un joven de 17 años”.24

La huelga de Cananea

La huelga de Cananea fue una importante lucha reivindicativa y antimperialista de los mineros sonorenses, en junio de 1906. Rafael Izábal, gobernador del estado de Sonora, se hizo acompañar de 20 hombres del 11er. Cuerpo de Rurales bajo el mando de Luis Medina Barrón; al pasar por Villa Magdalena incorporó a 20 rurales y 30 agentes fiscales, con el teniente coronel Emilio Kosterlitski a la cabeza; luego viajó a Naco, Arizona, y después a Cananea, por la mañana del 2 de junio, acompañado de un grupo de gabachos armados, entre los que se encontraban 275 rangers jefaturados por el coronel Thomas Rynning. El delito de traición a la patria se configuró plenamente.

Los miembros del Partido Liberal Mexicano denunciaron la violación de la soberanía nacional, en tanto la tienda de raya, el banco, la fundición, la concentradora de metales y el domicilio del asesino gringo William Cornell Greene fueron ocupados por las fuerzas de matones de la compañía, empleados usamericanos armados y rangers.

En la tarde de ese día, los mineros efectuaron otra gran manifestación, con la intención de hablar con Izábal. Empero, no había disposición por parte de las autoridades y los empresarios de negociar y darle una salida política al conflicto. Se produjo una nueva agresión por parte de los rangers y los pistoleros de la burguesía. El combate se generalizó. Kosterlitski amagó a los mineros por la espalda.

Los gringos cazaban trabajadores por las calles. De esta suerte, intervinieron en la represión antiobrera elementos militares y policíacos del Estado mexicano, rangers estadunidenses, empleados gringos y pistoleros al servicio de la compañía imperialista. El saldo fue de 23 muertos y 22 heridos. Los norteamericanos se regresaron, a las 10 de la noche, en el mismo tren en que habían arribado a la ciudad sonorense.25 (Continúa)