Número 21                                         Época IV                       enero-marzo 2012


LA ESTÉTICA DE ADOLFO SÁNCHEZ VÁZQUEZ:
HACIA LA SOCIALIZACIÓN DEL ARTE

Eduardo Harada Olivares*

(…) el gran enemigo que enfrentamos en ese terreno es la Reforma Integral de la Educación Media superior (RIEMS) que impuso la SEP y que constituye una expresión pura y simple del neoliberalismo y la globalización, puesto que con ella se ha buscado eliminar del bachillerato mexicano la enseñanza de las Humanidades, por ejemplo, de la Filosofía, pero, también, cosa que se suele pasar por alto, del arte y lo estético.

Adolfo Sánchez Vázquez (1915-2011) fue uno de los filósofos mexicanos más importantes de los últimos cincuenta años y el principal representante del marxismo filosófico iberoamericano. Seguramente, su fallecimiento dará lugar a diferentes clases de homenajes, pero creo que el principal debe ser estudiar su obra y tratar de llevarla a la práctica. Sin embargo, una etapa fundamental en dicho proceso debe ser releer sus escritos de manera crítica y con ojos frescos, evitando dogmas y lugares comunes, pues, de hecho, eso fue lo que él mismo recomendó e hizo, por ejemplo, frente a los escritos de Karl Marx y otros marxistas (Sánchez Vázquez, 1965: 17-78; 1970: 13-25; 2006: 43-53).

Este artículo intenta ser una contribución en ese sentido, aunque una contribución muy modesta, pues se limita a tratar de poner de manifiesto lo característico de su Estética y hacerla intervenir en las polémicas sobre el eurocentrismo y el multiculturalismo, pero, también, acerca de la posmodernidad y la educación.

Creo que se puede afirmar que la meta de Adolfo Sánchez Vázquez no fue solamente desarrollar una Estética marxista sino, antes bien, edificar una Estética general, completa o universal, a secas o sin adjetivos (1996: 112; 2006: 54; 2006: 54), que pudiera dar cuenta de todos los fenómenos estéticos en cualquier momento o lugar en el que se presenten (1992: 15; 1996: 113; 1995: 251-256). En efecto, el propósito principal de su Estética fue abarcar las diferentes expresiones estéticas en su desarrollo histórico y social.

Y, en términos concretos, lo anterior significó negarse a reducir lo estético a alguna de sus manifestaciones particulares, por ejemplo, al arte, pues no sólo se puede mantener una relación estética con obras artísticas sino, igualmente, con la naturaleza así como con objetos artesanales, técnicos, industriales y cotidianos (1996: 100-105). Lo estético es, pues, mucho más amplio que lo artístico. Y, por ello, la Estética de Sánchez Vázquez no es igual a una “Filosofía del arte” (1992: 51-53).

Pero la Estética de Sánchez Vázquez también se opone a la reducción de las diversas manifestaciones estéticas a una sola de sus etapas históricas, por ejemplo, restringir todo el arte al arte clásico, esto es, el que se rige por el valor o la categoría de la belleza y, además, concebida ésta de una manera muy restringida (1992: 48, 53 y 176-178). Como sería de esperarse, el autor de Invitación a la estética critica el eurocentrismo clasicista, el cual plantea que el arte europeo u occidental, especialmente, el griego, renacentista y moderno, constituye el único parámetro por medio del cual deben ser juzgadas todas las obras de arte (1992: 33 y 110), lo cual conduce a dejar de lado las obras de otras sociedades, culturas y momentos históricos, por ejemplo, las vanguardistas de finales del siglo XIX y principios del XX (1996: 271-285; 1996: 284).

Sin embargo, también se opuso a otros tipos de reduccionismos históricos, por ejemplo, el realista socialista, esto es, la ideología que pretendió convertir a la representación o reflejo de la realidad, según principios supuestamente marxistas, pero, más bien, estalinistas, en la única meta legítima para los artistas (1965 y 1970), olvidando con ello las infinitas posibilidades que ofrecen, por ejemplo, la pintura abstracta y la poesía surrealista, esta última practicada por el propio Sánchez Vázquez durante su juventud (2005a).

El antídoto que recomendó Sánchez Vázquez frente a las Estéticas esencialistas, especulativas, abstractas y metafísicas, como las mencionadas, fue una perspectiva histórica, es decir, considerar al arte como un fenómeno múltiple y cambiante y no como una esencia única e inmutable (1965: 327-330; 1992: 71- 72).

Me parece que lo anterior es bien conocido por la mayoría de los lectores de sus escritos, pero creo que algo que incluso éstos suelen pasar por alto es que su Estética no sólo fue histórica sino, también, estructural o sistémica (1992: 72-73): sostiene que no existen objetos o actividades que sean estéticas o artísticas en sí mismas o independientemente de toda relación social, sino que, por el contrario, lo estético y lo artístico sólo son posibles en ciertas condiciones o como parte de estructuras o totalidades culturales concretas, que no se repiten en todo tiempo y espacio (1993: 73-104).

Por supuesto, el estructuralismo de Sánchez Vázquez es humanista (1995: 127-132 y 189-196), es decir, sostiene que las estructuras cambian –aunque no total ni automáticamente– debido a la actividad de los seres humanos, pues son el resultado de los lazos que establecemos con el mundo, nuestros semejantes y nosotros mismos. Pero el hecho es que Sánchez Vázquez aceptó las aportaciones del estructuralismo lingüístico y antropológico que concibe al arte como un lenguaje, es decir, como un conjunto de reglas que determinan el significado de los signos que lo componen (1996: 11-50 y 117-135; 1997: 189-216).

Una consecuencia de lo dicho es el reconocimiento de que el arte solamente fue posible en algunas épocas, sociedades y culturas, especialmente en la moderna y la contemporánea (1992: 51-52), lo cual podría sonar “eurocéntrico” o “presentista”, pero se trata, más bien, de un multiculturalismo estricto que acepta que lo que existe en una cultura no tiene por qué darse en otras culturas y que sostiene que eso no le resta valor a alguna de ellas. Justamente, por eso son diferentes culturas.

Pero, entonces, ¿por qué podemos establecer relaciones estéticas y hasta artísticas con objetos que originalmente no las tenían o no las poseían de manera primordial? ¿Por qué ciertas obras, digamos, de la Grecia antigua, han podido “perdurar” a través del tiempo, como plantea Marx en algunos de sus escritos? (1983: 327)

La respuesta es que la función originaria de un objeto puede ser distinta al consumo o la recepción que se puede hacer de él (1965: 222-227; 1992: 80-81). Por ejemplo, objetos producidos con una finalidad mágica, mítica o religiosa pueden ser contemplados en la actualidad como si fueran obras de arte. Sin embargo, eso no significa que quienes los crearon o sus contemporáneos hayan establecido ese mismo tipo de relación con ellos: no hay que caer en ilusiones retrospectivas.

Ahora bien, hoy día podemos establecer una relación estética o artística con objetos que no la tenían originalmente o de modo principal porque los hemos separado del conjunto de relaciones o de la totalidad cultural de la que formaban parte. En concreto, los hemos colocado en recintos especiales, por ejemplo, museos, donde sólo pueden ser contemplados (1992: 93 y 124). Es verdad, al contemplarlos no sólo apreciamos su forma sino que, además, accedemos a una parte de su significado original, el cual puede consistir en toda una visión del mundo al que pertenecían; sin embargo, no podemos revivir la totalidad de relaciones que los acompañaban.

Pongamos un ejemplo concreto: la Coatlicue (1992: 84-95, 102 y 145; 1996: 271-272). A través de la vitrina en donde se encuentra expuesta en una de las salas del Museo de Antropología e Historia de Chapultepec, podemos contemplarla en tanto que obra de arte, en concreto, como escultura, y apreciar sus formas y otras cualidades estéticas y artísticas e, incluso, podemos comprender su significado primitivo: por lo que podeos suponer, provocar un efecto aterrador de omnipotencia de la divinidad que encarna, aplacar su ira o mantener la armonía con el cosmos.

Sin embargo, no establecemos, para nada, la relación mítico-religiosa que mantenían con ella los mexicas o, incluso, la reverencial que, según se cuenta, todavía conservaban algunos indígenas en el siglo XVIII cuando el monolito fue exhibido en la Real y Pontificia Universidad de la Nueva España.

Ahora bien, ¿qué condiciones permitieron el surgimiento de la relación predominantemente estética y de la artística como parte de aquélla?

Los seres humanos siempre hemos poseído, aunque sea difusa, cierta conciencia del “trabajo bien hecho” o de la “buena forma” que excede las funciones y finalidades puramente prácticas o utilitarias y que, sobre todo, expresa nuestro trabajo o praxis creadora (1992: 196-100), de la cual habló magistralmente Sánchez Vázquez, desde principios de los años sesenta, partiendo de los Manuscritos económico-filosófico de Marx (1961; 1965: 228-235; 1995: 63-78 y 137-156; 2006: 43-52).

Sin embargo, el arte en tanto que esfera relativamente autónoma, sólo fue posible, dicho en términos marxistas, gracias al modo de producción, la estructura de clases y la división del trabajo que se dieron a partir del Renacimiento en Europa, esto es, como parte del desarrollo del capitalismo (1965: 166-178; 1992: 73 y 78).

Además, la aparición del arte autónomo estuvo ligada a la aparición de una “ideología humanista” que proclamó el poder creador del ser humano (1992: 52). En efecto, junto con la automatización de las obras de arte, los artistas se “personalizaron”, esto es, se separaron de los artesanos y demás trabajadores y empezaron a ser vistos como creadores, inclusive como “genios”, cosa que no sucedía antes o acontecía de manera muy esporádica en otras sociedades, culturas y épocas.

La universalización de lo estético y el arte, es decir, el reconocimiento de lo estético y lo artístico en todo momento y lugar en los que se presentan, aunque no cumplan la función principal, es un fenómeno reciente, ni siquiera moderno sino, particularmente, contemporáneo: fue asomándose gracias a las vanguardias artísticas de finales del siglo XIX, las cuales pusieron en cuestión el arte clásico europeo u occidental y se abrieron a lo nuevo, sorprende y diferente, es decir, al arte otro o a los otros tipos de arte (1992: 91 y 1996: 277).

A su vez, la Estética, en tanto que disciplina filosófica, sólo pudo emerger cuando su objeto de estudio, no sólo el arte sino, ante todo, lo estético, se autonomizó y esto sólo ocurrió en la Época Moderna, aunque desde la Grecia antigua haya habido algunos antecedentes, por ejemplo, en los escritos de Platón y Aristóteles (1992: 79 y 96).

Por otro lado, no hay que olvidar que la aparición de los museos públicos dedicados a la historia “universal” del arte es un fenómeno característico de la Modernidad (1996: 275) y, desafortunadamente, ligado a la colonización europea, es decir, a la apropiación o saqueo por parte de esa cultura de los objetos procedentes de otras sociedades. Así, aunque para nosotros resulte muy natural hablar de “historia universal del arte”, no deberíamos olvidar que esa “universalidad” es reciente y resultado de un proceso histórico muy complejo, no siempre pacífico (1992: 94) y que, de hecho, no se interrumpió con la descolonización, sino que prosiguió a través de las diversas expresiones del nacionalismo, el cual también trajo cierta desaparición de la diversidad cultural.

Por todo lo dicho, creo que la estética histórico-estructural de Sánchez Vázquez no sólo permite poner en cuestión 1) el eurocentrismo, llamémosle ingenuo, directo o explícito, de quienes rechazan todo lo que no sea semejante a lo europeo y occidental, sino que también nos puede ayudar a desenmascarar 2) el eurocentrismo sofisticado, indirecto u oculto, de aquellos que se presentan como “críticos” del eurocentrismo o hasta como “multiculturalistas”, pero que, en el fondo, se empeñan en probar que en todas y cada una de las culturas premodernas o no occidentales existió o existe lo mismo que en Europa y Occidente, por ejemplo, arte y artistas, borrando así todas las diferencias que separan a unas culturas de las otras, diferencias que, de hecho, provocan que haya múltiples culturas y no una sola que se manifestaría, accidentalmente, de distintas maneras.

Entiendo que al sostener que en culturas premodernas y no occidentales, como las prehispánicas, precolombinas u originarias de “América”, sí había “arte” con el mismo valor que el europeo u occidental, moderno y contemporáneo, lo que se busca es, de manera “estratégica”, por decirlo así, utilizar las “armas del enemigo” en contra suya o a favor de otras culturas, pero no hay que olvidar que, de todas maneras, siguen siendo armas, sus armas.

En concreto, considero que se le hace un flaco favor a una cultura o época cuando se trata de probar que en ella había o hay arte y artistas, igual que en el Occidente, la Modernidad y el Mundo contemporáneo, como si estas épocas y culturas fueran el centro o la culminación de toda la historia o forma de vida humana.

Sin embargo, el multiculturalismo histórico-estructural no equivale a un relativismo ingenuo que sostendría que “todo vale”, es decir, que todo lo que existe en una cultura, sociedad o momento histórico posee el mismo valor que lo que se da en cualquier otro momento y lugar, pues eso, en el fondo, implicaría que, en realidad, nada posee valor: todo sería in-diferente.

Así, aunque Sánchez Vázquez aprecia la integración del arte a la vida, como se daba en las culturas premodernas o todavía se da en algunas sociedades no occidentales, no quiere que renunciemos a la autonomía relativa del arte y lo estético ganada durante la Modernidad. En efecto, en esta época y cultura se separó lo que había estado unido tradicionalmente, en el pasado o fuera de Occidente. Por ejemplo, se apartó al arte de la religión y, después, de la política (1996: 272-275).

Sin embargo, la solución para esa desintegración no es un regreso, conservador y reaccionario, al pasado o a una situación premoderna, por lo demás, imposible, debido a las condiciones históricas y sociales que privan en el mundo actual. Tampoco debemos conformarnos con mezclar, de manera acrítica y complaciente, fragmentos de tradiciones heterogéneas, como proponen algunas corrientes posmodernas (1996: 282).

En el mundo contemporáneo el arte, presuntamente autónomo, liberado de las sujeciones tradicionales de la religión y la política, ha caído en una nueva servidumbre: la de mercado, que busca convertir todo lo existente en una mercancía o en algo que solamente posee un valor de cambio (1992: 66 y 93; 1996: 279). No obstante, frente a ello, a Sánchez Vázquez tampoco le satisfacían las propuestas de solución de la posvanguardia: para evitar que lo artístico sea museificado y mercantilizado, abstenerse de producir objetos permanentes o, incluso, cualquier clase de objeto, es decir, la empresa que pretendieron llevar a cabo, sin mucho éxito, los representantes del arte efímero y conceptual (1996: 281).

Más bien, la propuesta de Sánchez Vázquez es, como sería de esperarse, revolucionaria y socialista: concluir el proyecto emancipatorio o liberador de la Modernidad, pero, específicamente, el de las vanguardias artísticas en su etapa “heroica” (1996: 283-284), cuando buscaban conseguir, como queda evidente en algunos de sus manifiestos, que el arte formara parte de la vida de todas las personas, pero sin perder su autonomía relativa.

Se trataría sólo de una autonomía relativa porque Sánchez Vázquez creía que no es posible un arte que sólo tenga su “fin en sí mismo” o que sea totalmente “desinteresado” (“arte por el arte”), como pretendió ser el arte romántico y formalista, ya que los fenómenos artísticos y estéticos siempre son y serán una materia sensible cargada de alguna clase de significado, el cual reciben de sus relaciones con otros fenómenos y con los propios seres humanos (1992: 155-157).

Lo que deseaba Sánchez Vázquez era, más bien, una socialización del arte (1996: 187-203): que todos los seres humanos participemos de él y que no quede en manos de algunas personas o grupos privilegiados. Claro está, lo anterior sin caer tampoco en la masificación del seudoarte que trasmiten los medios de los medios masivos de comunicación y que distribuye la industria del entretenimiento y el espectáculo (1965: 216-221 y 236-262; 1996: 190-193).

Igualmente, Sánchez Vázquez recomendó (2005b y 2006: 55-56) no sólo prestar mayor atención al público del arte y de las experiencias estéticas, como sostiene la Estética de la recepción de Robert Hans Jauss (1992), sino, sobre todo, pasar de una Estética de la recepción pasiva a una de la participación activa; es decir, llegar a una Estética en la que, como en la “obra abierta” de la que habló Umberto Eco (1992), el consumo artístico sea concebido como un acto creativo. Se trataría pues, como en la filosofía de Marx, de superar la enajenación y de que todos los hombres y mujeres recuperemos, desarrollemos, mejoremos y perfeccionemos nuestras capacidades creativas, es decir, propiamente humanas (1965: 277-282).

En ese sentido, Sánchez Vázquez vio en los productos de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (NTICs), por ejemplo, los videojuegos y la realidad virtual, una posibilidad de socializar no sólo el consumo y la distribución del arte y las experiencias estéticas sino, ante todo, su descubrimiento e invención, aunque estimó que hasta el momento esas tecnologías empobrecen la participación del usuario, pues limitan las ideas, la reflexión y el significado a favor de la “acción” pura (2005b: 90-98).

Como vemos, la Estética de Sánchez Vázquez apunta a la instauración de una socialización de la producción, distribución y consumo estéticos y artísticos e, incluso, a una transformación radical de las condiciones económicas y políticas de nuestra sociedad, esto es, a una auténtica revolución.

En efecto, si bien es cierto que se puede intentar renovar la vida individual y colectiva por medio del arte, haciéndolo partícipe de ella, dicho cambio difícilmente será posible de manera profunda y duradera en condiciones materiales de explotación e injusticia como las que privan en nuestro país (2006: 97-98). No obstante, una transformación radical de esas condiciones podría sonar en estos momentos “utópica”, en el peor sentido de esta palabra.

Afortunadamente, la Estética de Sánchez Vázquez no sólo ofrece una crítica o una utopía (2008 y 2003: 545-566), sino algunas propuestas concretas acerca de cómo incluir el arte en nuestras vidas, algunas de las cuales giran en torno a la educación estética (1996: 95-106).

Se dirá que el gran enemigo que enfrentamos en ese terreno es la Reforma Integral de la Educación Media superior (RIEMS) que impuso la SEP y que constituye una expresión pura y simple del neoliberalismo y la globalización, puesto que con ella se ha buscado eliminar del bachillerato mexicano la enseñanza de las Humanidades, por ejemplo, de la Filosofía, pero, también, cosa que se suele pasar por alto, del arte y lo estético.

Pero el problema es más complicado de lo que parece: en los sistemas educativos en los que, por casualidad o por una inercia histórica, como la Escuela Nacional Preparatoria (ENP) de la UNAM, se imparte la asignatura filosófica Estética, la formación que se suele ofrecer en ella es muy pobre, pues los programas de estudios de esta materia no sólo se centran en cuestiones puramente teóricas sino que, por lo regular, las clases sobre ella se limitan a la mera exposición de algunas doctrinas filosóficas sobre el arte, dejando de lado muchas otras cuestiones estéticas, teóricas y prácticas, no sólo de interés para los alumnos sino objeto de reflexión y debate entre los especialistas, por ejemplo, la que se refiere al arte producido o creado con computadoras, del cual, como ya he dicho, incluso Sánchez Vázquez su ocupó en su vejez (2005b: 90-95).

Debo insistir en algo que he señalado en otras ocasiones, principalmente, respecto a la enseñanza de la Lógica en el bachillerato: el “origen de la tragedia” no sólo se encuentra en las decisiones equivocadas de algunos políticos y directivos insensibles a la enseñanza de las Humanidades y la Filosofía, sino, igualmente, en que, durante mucho años, los profesores que nos dedicamos a ella no hicimos lo que nos correspondía y en que, por supuesto, la mayor parte de los profesores de licenciatura, posgrado e investigadores, que hoy se presentan como sus más decididos paladines, en el pasado casi no mostraron interés alguno al respecto.

Me parece que junto con las “defensas” de la Filosofía, las Humanidades y las Artes –defensas en su mayoría abstractas y puramente especulativas o muchas veces basadas en lo que plantean instancias extranjeras e internacionales, como la UNESCO–, también se debería investigar en nuestro propio medio cómo enseñar mejor las asignaturas filosóficas que impartimos, por ejemplo la Estética, lo cual han sido descuidada de manera sistemática.
Y un buen punto de partida para ello sería releer, de manera crítica y comprometida, la obra de Adolfo Sánchez Vázquez (2006), la cual, como he tratado de mostrar en este trabajo, va mucho más allá de una Estética marxista o sobre las relaciones entre el marxismo y el arte, como podría sugerir el título de sus primeros libros (1965, 1970 y 1983), aunque nunca dejó de ser revolucionaria y socialista (1996: 285).

* Profesor de Tiempo completo Titular B Definitivo en el Plantel 8 de la ENP (UNAM).

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