Número 21                                         Época IV                       enero-marzo 2012


LEER A FEDERICO NIETZSCHE.
“ENSAYO DE INTERPRETACIÓN”

Miguel Bautista* y Aurelio Cuevas**

Nietzsche criticó la Modernidad de su tiempo enfilando sus líneas contra una sociedad seducida por la búsqueda del confort material, sumergida en una moral pacata y que masifica el conformismo social, y –en consecuencia– pugnando por la formación de individuos con una existencia plena, auténtica y desprejuiciada.

*Escritor y periodista.
**Sociólogo y profesor universitario.

Hay autores cuya lectura nos sacude hondamente. Es el caso de Federico Nietzsche (n. en 1844–m. en 1900), que nos conduce a alturas insospechadas y de una intensidad indecible. La lectura de este filósofo está impregnada de una pujanza de espíritu y un gran estilo literario. Damos nuestras impresiones de parte de su obra convencidos de que los llamados hombres prácticos encontrarán en él un motivo de acción, y los teóricos una vía de reflexión.

Leer a Nietzsche es un ejercicio exultante. Deja la impresión de un escritor de altos vuelos; como hombre, se diría que se hallaba al borde de un acoso permanente de sus fantasmas. Escribió:

“Tengo una pregunta para ti solo, hermano mío. La voy a arrojar como una sonda dentro de tu alma: quiero saber cuán profunda es ésta.
Eres joven, y deseas para ti una mujer e hijos. Mas yo te pregunto: ¿Eres un hombre al que sea lícito desear un hijo?
¿Eres el victorioso, el domeñador de ti mismo, el dueño de tus sentidos, el señor de tus virtudes? Tal es mi pregunta”.

Nietzsche dialoga consigo mismo y con el lector de su libro Así habló Zarathustra –al cual pertenece la anterior cita– a partir de un irracionalismo vitalista que exalta los valores vinculados al sentir humano integral. Así como Marx recorría el afelpado piso de su sala reflexionando acerca de esa acumulación de capital que es la base de la explotación obrera, Nietzsche criticó la Modernidad de su tiempo enfilando sus líneas contra una sociedad seducida por la búsqueda del confort material, sumergida en una moral pacata y que masifica el conformismo social, y –en consecuencia– pugnando por la formación de individuos con una existencia plena, auténtica y desprejuiciada. Tomemos sus propias palabras:

 “¡Huid del mal olor! ¡Alejaos de las ciegas idolatrías de los superfluos!

¡Huid del mal olor! ¡Alejaos del humo de esos sacrificios humanos!

Aún está la tierra a disposición de las almas grandes. Todavía quedan muchos puestos vacantes para eremitas solitarios o en pareja, puestos saturados del perfume de mares silenciosos. Todavía queda abierta, ante las almas grandes, la posibilidad de una vida libre. En verdad quien menos posee, tanto menos es poseído”. (F. Nietzsche, Así habló Zarathustra, Planeta-Agostini, pág. 69)

Aunque no tuvo un pensamiento ordenado, Nietzsche criticó a la sociedad moderna a través de los ideales de la cultura clásica, a la que consideró como la síntesis del ideal humano con el ideal estético en pos del hombre perfecto. A pesar de este asidero en un individualismo aristocrático Nietzche extiende sus premisas hacia el campo de la vivencia, la existencia concreta que se arriesga precisamente a existir. Sus derivas en Así habló Zaratustra son eso: una sabiduría menuda y al mismo tiempo aguda, veteada de ironías, exclamaciones y conjuros. ¿A qué, o a quién?

Tiene en mente el autor una guía efectiva del Amor y de la Ética, de sus temas, como disciplina filosófica que plantea el “para qué” de la vida humana. Aquí se muestra Nietzsche como un agudo crítico de la vida moderna: Volcados a competir los hombres han olvidado la sabiduría y no tienen por horizonte sino una vida opacada por la mediocridad. El autor reivindica al individuo con una fuerte voluntad de ser y de conquistar la más elevada libertad subjetiva.

De ahí que los pasos de este filósofo –su vida toda tan signada por la tragedia y el dolor– se identifiquen con los pasos de la “Filosofía a la intemperie”, la cual atañe a pensar la vida sin las anteojeras limitadas de los sabios que prefirieron el cubículo a la plaza pública, encerrándose en un academicismo estéril; el “Caso Sócrates” sería el ejemplo más prístino de la identificación de Vida y Verdad implicados en tal vertiente filosófica.

Nietzsche dio lecciones de vida y razón, frenesí y discreción, y con su temperamento desbordado y pasional se dio a la tarea de ajustar cuentas con las ideas complacientes de la vida moderna, al señalar que los atractivos e incitaciones de la sociedad burguesa tienden a uniformar las voluntades y anhelos de los seres humanos.

El filósofo es hoy el gran motivador e intermediario de la cultura. Su tarea no es la del historiador sino la del crítico y descodificador, la del seleccionador y motivador de actitudes. El acto de leer la sociedad de su tiempo a través de ciertos valores nodales es la labor medular de quien ejercita el pensamiento filosófico.

Hacer filosofía es situarnos ante el mundo, en el tiempo y en el espacio, con ideas que orienten y den sentido a nuestra vida. He ahí el quid central de la tarea reflexiva a la que se entregó con denuedo Nietzche.

La filosofía, como tarea permanente de aportación de ideas y actitudes, se nos revela en nuestro tiempo como una necesidad del ser social: Sociedad sin cultura y sin filósofos es ciega, al ser incapaz de producir individuos cuya presencia en la vida porte un sello electivo. El llamado “fin de la historia” es solo el de los grandes paradigmas filosóficos y sociales signados por un determinismo implacable, pero no la cancelación de la historia como exploración de horizontes flexibles, novedosos e inciertos de vida futura. Así, en el contexto actual la lectura de Nietzsche es bienvenida porque implica un ejercicio de ensanchamiento de nuestra percepción y conocimiento interior.