Número 21                                         Época IV                       enero-marzo 2012


EL 68 MEXICANO Y EL IMPACTO EN LA PRENSA ESCRITA
 
Hasta antes de que tuviese lugar el 68 mexicano, la principal característica de los principales diarios y revistas nacionales que en ese entonces constituían la llamada gran prensa, era la de su supeditación casi total a la política o línea informativa del régimen.

José René Rivas Ontiveros*

Introducción

El presente trabajo tiene como objetivo fundamental demostrar que la movilización estudiantil de 1968 constituyó un importante parteaguas en la vida pública nacional, de tal manera que hoy en día ya es posible hablar de la existencia de dos Méxicos: el que existió antes y el que surgió después de ese año axial, mismo que trajo como consecuencia una nueva cultura política que habría de repercutir en todos los ámbitos de la sociedad mexicana.

En este ámbito quedan inscritos precisamente los medios de comunicación masiva y, más particularmente, la prensa escrita, conformada por una amplia gama de periódicos y revistas de amplia circulación.

Para el logro de este objetivo, inicialmente llevaremos a cabo un breve esbozo del panorama sociopolítico que se vivía en el México anterior a 1968, para inmediatamente después adentrarnos en el análisis de la nueva cultura política en el caso específico de la prensa escrita.

I. México antes de 1968

Antes de que estallara la protesta juvenil más importante e impactante del siglo XX, luego de la Revolución mexicana de 1910-1917, México era un país cualitativa y cuantitativamente diferente del que es ahora. Con una revolución institucionalizada que ya había cumplido medio siglo de vida y una supuesta unidad nacional lograda a toda costa; empañada solamente por aislados y efímeros nubarrones que pronto desaparecían del cielo nacional; todo estaba prácticamente bajo control por parte del antiguo régimen que se aglutinaba en la coalición gobernante bajo el pomposo nombre de la “familia revolucionaria”.

Se trataba de un régimen profundamente autoritario y corporativo, que utilizaba la represión, en todas sus modalidades, cuantas veces le era necesario a fin de contener cualquier tipo de expresión pública de descontento social que se presentara en el escenario socio político del país.

Este régimen se sustentaba con el ensamble de dos componentes básicos e imprescindibles uno del otro: por un lado, la figura presidencial o el titular del Poder Ejecutivo en turno, y por otro, el partido de Estado, esto es, la maquinaria política y electoral perfecta.

Así, mientras que el régimen presidencial mexicano, prácticamente era “una monarquía absoluta, sexenal y hereditaria en línea transversal”1 o, lo que es lo mismo, una dictadura constitucional (con) facultades casi omnímodas para legislar (…) transformándola en una especie de árbitro supremo del país”,2 el partido de Estado se caracterizaba por ser un órgano político-electoral-corporativo del régimen, creado desde arriba por una medida muy semejante a la de un decreto presidencial dependiente de la de decisión discrecional del presidente de la República en turno, quien aparecía como su jefe real.3

Simultáneamente a todo ello, la figura presidencial mantenía un poder prácticamente omnímodo en prácticamente todos los factores reales y formales del sistema. Este era el caso del Poder Judicial, de las cámaras de diputados y senadores, el Ejército, la totalidad de gobernadores (a quienes ponía y quitaba a su libre albedrío) y las legislaturas locales de todas las entidades federativas. Igualmente, mantenía una estrecha alianza con la iglesia católica, las agrupaciones empresariales y los concesionarios de las radiodifusoras y televisoras privadas.

Exactamente lo mismo acontecía con la inmensa mayoría de los directores de diarios y revistas de circulación nacional. De esta manera, hasta antes de que tuviese lugar el 68 mexicano, la principal característica de los principales diarios y revistas nacionales que en ese entonces constituían la llamada gran prensa, era la de su supeditación casi total a la política o línea informativa del régimen.

La docilidad de los medios escritos hacía el régimen político no era nada casual ni extraordinario. Tradicionalmente, o por lo menos desde el fin de la lucha armada revolucionaria y hasta antes del 68 mexicano, absolutamente todos los gobiernos habían contado con la casi incondicional colaboración de los principales periódicos y revistas de circulación nacional, independientemente del tipo de propiedad que éstos tuvieran.

Por eso, desde que estalló el movimiento de 1968 y en cuanta manifestación callejera tuvo lugar entonces, una de las consignas más recurrentes por parte de los manifestantes, que por lo general partieron del Museo de Antropología al Zócalo, pasando por Reforma en donde se encontraban ubicados como hasta la fecha los diarios Excelsior y El Universal, fue en contra de la “prensa vendida”.

Un factor que sin lugar a dudas, habría de ser determinante en este tipo de comportamiento de los medios hacía los diferentes gobiernos, sobre todo a raíz del sexenio cardenista, fue la existencia de la empresa paraestatal denominada Productora e Importadora de Papel, S.A. (PIPSA), creada específicamente para controlar la entrega de papel a los medios impresos.

Por lo consiguiente, si había un “buen comportamiento” de éstos hacía el régimen se les hacía una buena entrega de papel y hasta con facilidades. Empero, en caso contrario, los periódicos y revistas que “se portaban mal”, esto es, que no aceptaban la censura gubernamental y que tampoco se autocensuraban como lo hacía la mayor parte de éstos, se las veían negras para subsistir puesto que se les negaba o restringía la venta de papel periódico por parte de esta empresa gubernamental.

En otras ocasiones, simple y sencillamente distintos vehículos de la Secretaría de Gobernación recorrían los estanquillos de periódicos de la capital a fin de recoger determinada publicación en donde se publicaba alguna información “delicada” según el criterio de los funcionarios encargados de llevar a cabo la censura gubernamental.4

Al respecto, uno de los casos más célebres de este tipo de censuras fue el sufrido por la revista Política, que empezó a circular a partir del 1º de mayo de 1960, dirigida por el ingeniero Manuel Marcué Pardiñas. Efectivamente, tras el arribo al poder del presidente Gustavo Díaz Ordaz, dicha publicación, con muchísimas dificultades, apenas logró sobrevivir tres años los diferentes embates del régimen, hasta que finalmente se vio obligada a desaparecer el último día de diciembre de 1967.

Toda esta situación nos lleva a la conclusión de que el régimen en el que se gestó la protesta estudiantil de 1968, además de autoritario también era absolutamente insensible a recibir cualquier tipo de crítica. Era pues, un régimen que exigía incondicionalidad, orden y disciplina. Y, por lo mismo, salirse de estos cánones significaba un reto imperdonable, que muy bien se podía pagar con la libertad y hasta con la muerte.

2. La nueva cultura política pos sesentaiochera
 
El 68 influyó en todas las esferas de la vida pública y aún privadas del México contemporáneo. A raíz de entonces, la nueva cultura política se desarrolló totalmente fuera de los controles corporativos del gobierno y su partido, misma que desde un principio se encaminó directamente a cercenar al silencio, el conformismo, la despolitización y la atomización que autoritariamente se habían impuesto en todos los ámbitos de la sociedad mexicana.

Se trató de una cultura política radicalmente diferente a la que había existido siempre en el país y que empezaría a desarrollarse dentro de los múltiples parámetros discursivos de la izquierda mexicana de ese entonces. Esta nueva cultura habría de permear fundamentalmente en las organizaciones y movimientos sociales independientes, la guerrilla, los partidos políticos, la universidad y el periodismo. Para decirlo en otros términos, como principal protagonista del 68 mexicano, la izquierda resultó la heredera natural de las acciones y espíritu de esa movilización.

En lo que respecta a los movimientos sociales, hay que decir que desde los albores de los setenta, además de las tradicionales acciones estudiantiles que se siguieron suscitando en diferentes partes de la nación, también hicieron su aparición las primeras movilizaciones obreras independientes luego de un largo periodo de reflujo generado por la brutal represión con que se había acallado la insurgencia sindical de finales de los cincuenta.

También sería durante los años setenta cuando los habitantes de las colonias populares de diversas ciudades del constituyeron el movimiento urbano popular, una inédita forma de organización social cuya finalidad inicial sería meramente reivindicativa, como es el hecho de lograr de las diferentes instancias del poder la creación o mejora de los servicios urbanos más elementales que requiere una comunidad para desarrollarse (vivienda, agua, luz, escuelas, pavimentación, seguridad, transporte, etcétera). Empero, a medida en que esta formación social se fue ramificando y consolidando en distintas partes del país, se convirtió en un rico vivero que dotaría a las organizaciones políticas de izquierda de una buena parte de su base social.5

En otro contexto, será después de Tlatelolco cuando se fortaleció entre algunos núcleos la tesis que afirmaba que para lograr el cambio que México requería necesariamente debería de pasarse por la total destrucción del Estado mexicano, comprobadamente autoritario y represivo. Gracias a esta tesis un significativo número de jóvenes influidos por las tendencias guerrilleras desarrolladas luego de la Revolución cubana, consideraron que la vía pacífica y de masas se había agotado totalmente optando por las armas y la clandestinidad.

De esta forma, durante la primera mitad de los setenta aparecieron alrededor de una treintena de grupos guerrilleros, que paulatinamente fueron aniquilados a través de una intensa ofensiva policíaco-militar conocida como la guerra sucia, dejando en ese entonces un saldo aproximado de 1,500 guerrilleros y otro número nunca precisado de policías y militares muertos,6 así como cerca de medio millar de desaparecidos.

Contrariamente a la lucha antisistémica, muchos otros grupos optaron por la vía de la democratización y la búsqueda del poder por medio de las organizaciones y los partidos políticos. En este nuevo contexto, el viejo Partido Comunista Mexicano (PCM), que desde su nacimiento en 1919 había estado prácticamente proscrito, después de 1968 se vio cualitativa y cuantitativamente fortalecido con la llegada de nuevos militantes que engrosaron a sus filas y propiciaron su vertiginoso crecimiento.

Otros participantes en aquel histórico movimiento escogieron la fundación de nuevos referentes partidarios. En esta dirección, se constituyeron, entre algunos otros, los partidos Socialista de los Trabajadores (PST), el Mexicano de los Trabajadores (PMT) y el Revolucionario de los Trabajadores (PRT). Más tarde, todas estas organizaciones fueron desapareciendo paulatinamente para unificarse con otras más de la misma tendencia. El resultado sería la conformación de nuevos referentes partidarios, como fue el caso del Partido Socialista Unificado de México (PSUM), en 1981, el cual seis años después se transformó en el Partido Mexicano Socialista (PMS), hasta desembocar, en mayo de 1989, en el actual PRD.

Como era obvio, la nueva cultura política también penetraría profundamente en los centros educativos superiores, precisamente en los ámbitos en donde se había gestado y desarrollado la movilización juvenil. Por eso, cuando los estudiantes regresaron de su protesta, se encontraron con una universidad muy distinta de la que habían dejado antes de que ésta se iniciara. Ahora era una universidad totalmente divorciada del Estado; ya no existían las viejas organizaciones corporativas estudiantiles denominadas sociedades de alumnos o federaciones; ya tampoco se realizaban las novatadas, ni se elegiría reinas de la belleza y la simpatía; todo esto ya era parte de la historia que el 68 mexicano se había llevado para siempre.

Por lo menos en la década de los setenta habría una comunidad universitaria muy politizada y dispuesta a cuestionarlo absolutamente todo: a los maestros y autoridades; a los contenidos y formas de estudio, etcétera. En esta perspectiva, surgieron movimientos universitarios reformistas que pugnaron por la implantación en sus respectivas escuelas del cogobierno y el autogobierno; se reformaron los planes, programas y métodos de enseñanza; se crearon nuevas carreras; se impulsaron significativamente a las ciencias sociales; se institucionalizó el estudio del marxismo, desde el bachillerato hasta el posgrado y se creó el sistema de universidad abierta.

El 68 mexicano tuvo un profundo impacto en el cambio experimentado por los medios de comunicación masiva y más particularmente en los de carácter impreso. Así, luego de la proliferación de una prensa marginal que durante mucho tiempo fue casi el único medio de expresión de las múltiples organizaciones sociales y políticas de la izquierda mexicana que aparecieron después de la protesta, las grandes publicaciones comerciales comenzaron a abrir sus páginas a distintas expresiones disidentes provenientes tanto de izquierda como de la derecha.
Igualmente, desde mediados de los años setenta, surgieron nuevas tribunas periodísticas de amplia circulación nacional identificadas con la nueva cultura política y de izquierda, que poco a poco irían desplazando a los impresos marginales, convirtiéndose de hecho en los principales voceros de cuanta protesta social ha tenido lugar en por lo menos las últimas cuatro décadas en México.7

3. Las repercusiones del 68 en la prensa mexicana

Desde el 22 de julio de 1968, fecha en que se suscitó el primer enfrentamiento entre dos pandillas juveniles mejor conocidas como Los Araños y Los Ciudadelos, provenientes de la escuelas preparatoria particular “Isac Ocheterena” y de la Escuela Vocacional número 5 del Instituto Politécnico Nacional y hasta el 4 de diciembre del mismo año, cuando las bases estudiantiles acordaron el regreso a clases y la disolución oficial del Consejo Nacional de Huelga, hubieron de transcurrir 134 días. A partir de entonces millones de mexicanos de todas las clases sociales se vieron involucrados voluntaria e involuntariamente en el conflicto.

En esta situación se encontraron no únicamente los principales protagonistas del mismo, estudiantes, autoridades gubernamentales, policías y soldados, sino también los periodistas de todos los géneros, los directivos de los grandes y medianos diarios y revistas de circulación nacional. Fue en esta dirección en donde retrospectivamente se pueden encontrar por lo menos cinco tipos de modalidades en las que el multicitado movimiento social impactó a los trabajadores y empresarios dedicados a la noble tarea de la información.

3.1       La politización de los periodistas

El movimiento de 1968 afectó a un considerable número de periodistas nacionales y extranjeros que como reporteros, fotógrafos o articulistas políticos estuvieron al tanto de infinidad de eventos ocurridos en las escuelas, auditorios, plazas, calles, agencias de los ministerios públicos, cárceles, cámaras de Diputados y Senadores, entre otros tantos lugares.

Este contacto permanente y directo con la realidad le dio a los periodistas la posibilidad de ver, escuchar, y sentir muchas de las acciones que se efectuaron en torno al movimiento; sin duda alguna, todo ello logró impactar, sensibilizar, concientizar y politizar a no pocos de ellos, pertenecientes a los diferentes medios de difusión, aún de los más conservadores como entonces lo eran El Sol de México perteneciente a la cadena periodística que entonces tenía el coronel José García Valseca,y El Heraldo de México del empresario poblano Alarcón y quienes de alguna u otra forma manifestaron su simpatía con las posiciones de los sectores movilizados, al mismo tiempo que también rechazaron y hasta posiblemente se indignaron con algunas las acciones represivas del gobierno.

Al respecto, resulta muy ilustrativa aquella famosa carta que durante la tercera semana del mes de septiembre de 1968 suscribieron un total de 180 periodistas de diferentes medios capitalinos y que representaban aproximadamente al 20 por ciento de los reporteros y redactores de la prensa impresa de la ciudad de México,8 misma que hubo de circular en forma de volante en las diferentes redacciones de los periódicos toda vez que ninguno de ellos lo quiso publicar ni siquiera como inserción pagada.

Dicha misiva, dirigida indistintamente al presidente de la República, al Congreso de la Unión y a la Suprema Corte de Justicia de la Nación, contenía el siguiente texto: “Los que suscribimos, reporteros y redactores que los diarios de esta capital, que somos la base de la información y orientación de la opinión pública, y que durante mucho tiempo hemos vivido en estrecho contacto con los sectores de nuestra sociedad y mantenemos relación permanente con funcionarios del Estado en todos sus niveles, con políticos o representativos de todas las corrientes y con dirigentes de nuestras instituciones de cultura y de educación superior, como observadores directos e imparciales de los acontecimientos que están afectando a la vida nacional, respetuosamente solicitamos:
1. El restablecimiento del orden constitucional.
2. El respeto absoluto a las garantías individuales, traducido en:
a) Retiro de las tropas que ocupan la Ciudad Universitaria y los planteles del Instituto Politécnico Nacional y su retorno a los sitios y funciones que señala la Constitución General de la República.
b) Cese de los actos de represión.
c) Respeto al derecho de reunión, asociación y expresión.
3 .Que cese la campaña de desprestigio que se ha desatado en contra de la Universidad Nacional Autónoma de México y la elevada investidura de su rector.
Finalmente, tenemos la convicción de que es inaplazable se profundice con serenidad en las causas que han originado el conflicto y se busque sinceramente solución política, civilizada y justa a esta peligrosa situación”.9

3.2       El nuevo giro periodístico

El 68 mexicano remarcó el cambio que en no pocos medios impresos empezó más por necesidad que por propia convicción, comenzó a darle un nuevo giro a la información de los reporteros, así como a los contenidos de las columnas y artículos de fondo elaborados por analistas o especialistas en distintas temáticas nacionales e internacionales.

En esta tesitura, la seriedad, objetividad y profundidad periodística se fueron imponiendo sobre la manipulación, la censura y autocensura practicadas por las agencias gubernamentales y/o las direcciones de los propios diarios. Al respecto de esta nueva tendencia, habría de destacar precisamente al periódico Excélsior, el cual a partir del 1º. de septiembre de 1968, tras el arribo a la dirección del mismo del periodista Julio Scherer García, comenzaría a tener un cambio en su línea editorial e informativa, sin duda alguna más avanzada y crítica que la que había tenido en tiempos pasados.

Aunque es justo reconocer que cuando este diario empezó asumir dicha línea, ya otros medios habían ejercido un periodismo más o menos crítico e independiente del gobierno y su partido, pero en condiciones menos difíciles que las que comenzaron a darse a partir del mes de septiembre de 1968 debido a la radicalización de la represión gubernamental en contra del movimiento estudiantil, misma que finalmente desembocó en Tlatelolco..

Al respecto de ese tipo de periodismo crítico e independiente que se venía observando con anterioridad habrían de destacar entre la revista Siempre y su suplemento La Cultura en México, dirigido por José Pagés Llergo y Fernando Benítez, respectivamente; la revista semanal Sucesos dirigía Gustavo Alatristey, por supuesto, la prensa marginal de izquierda La Voz de México, órgano oficial del ya desaparecido Partido Comunista Mexicano.

3.3       La pluralidad en las páginas editoriales

Sería a partir del 68 mexicano cuando una serie de medios periodísticos empezaron a abrir sus páginas editoriales a las más variadas expresiones político-ideológicas actuantes en la sociedad mexicana, anteriormente relegadas a sus efímeras publicaciones marginales, particularmente de izquierda.

Aunque hay que decir que existieron algunas excepciones puesto en el sentido de que nunca quisieron variar ningún ápice la línea ideológica adoptada desde el primer día que aparecieron a la vida pública. En este caso se inscriben, entre otros, El Día que desde 1962 y hasta mediados de los noventa en que apareció aún con regularidad, siempre tuvo una política informativa oficialista revestida de un tinte pepinosocialista-lombardista que no admitía en sus páginas (principalmente las editoriales) a ninguna expresión perteneciente o coincidente con la derecha política y clerical.

Igualmente, El Heraldo de México, periódico que en toda su existencia siempre vio en el comunismo y el socialismo los mayores males de la humanidad, nunca jamás admitió en ninguna de sus secciones a persona alguna que se identificara y reivindicara estas tendencias.

3.4       La proliferación de la prensa marginal

El 68 dio pauta para que surgiera en diferentes ámbitos político, sindicales, estudiantiles, populares, culturales, etcétera, una gran cantidad de publicaciones marginales de diferente calidad, periodicidad, influencia y tendencia ideológica.10 Sin embargo, siempre predominó la prensa de izquierda.
A partir de 1968, la importancia de la prensa marginal sería indiscutible, no solamente como órgano informativo de diferentes ámbitos de la sociedad civil mexicana, sino como una importante escuela de formación o consolidación de cuadros periodísticos. Efectivamente, para numerosos reporteros, columnistas, articulistas, caricaturistas, fotógrafos, editores y hasta funcionarios de los grandes medios nacionales, la prensa marginal fue una especie de escuela donde aprendieron y practicaron técnicas informativas y editoriales. En la actualidad, es raro aquel diario o revista nacional que no tenga dentro de sus páginas a alguna persona que en otro momento haya tenido cierta relación con un órgano marginal.11

3.5       El sensacionalismo político como negocio

Será justamente a raíz de 1968 cuando algunos medios periodísticos descubrieron que el sensacionalismo que se derivó de los acontecimientos estudiantiles también podía convertirse en un importante negocio, no únicamente de carácter económico sino también político.
El caso más nítido en esta línea lo constituyó la revista semanal ¿Por qué?, la que después de ser una publicación poco conocida y sin lectores luego de su número extraordinario de finales de agosto y que repetiría la primera semana de octubre,12 se convertiría en uno de los medios más buscados y vendidos de aquel entonces.

Viéndolo en retrospectiva, no se sabe realmente cuáles fueron las razones que entonces influyeron en ¿Por qué? para que haya tenido este cambio tan brusco. ¿Por convicción ideológica?, o simplemente por conveniencia a fin de salir del anonimato y la indiferencia en la que se había encontrado durante los seis meses anteriores al estallamiento del conflicto.

Independientemente de cualesquiera que hayan sido las causas de esta mutación, lo cierto es que a partir del movimiento estudiantil ¿Por qué? y la publicación que más tarde le sucedió: ¡Por esto!, hicieron del sensacionalismo, por no decir que del amarillismo político de izquierda, una especie de modus vivendi, así como más recientemente lo serían los pleitos y chismes de la familia priista yucateca, de la que ahora Mario Menéndez Rodríguez (director de la revista) es uno de sus más importantes integrantes, como antes lo dijo ser de la extrema izquierda de los años setentas.

A manera de conclusión

Si bien es cierto que el movimiento estudiantil de 1968 resultó militarmente derrotado, que desde el punto de vista político sería históricamente triunfante a mediano y largo plazo al poner en el centro de la discusión una serie de problemas nacionales antes totalmente silenciados o relegados de la agenda pública. Este fue el caso precisamente de los medios de comunicación masiva y más específicamente de la prensa escrita constituida por diarios y revistas.

En efecto, a partir de este histórico movimiento social se fincaron las bases para que la prensa escrita tuviera un cambio cuantitativo y cualitativo que ha estado presente en los últimos cuarenta años. Por supuesto que dicho cambio no ha sido nada casual ni mucho menos gratuito, sino producto de las exigencias de una sociedad civil más activa y participativa en los asuntos públicos, en otro momento reservados casi específicamente para un pequeño núcleo de la población.

*Doctor en Ciencia Política por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Profesor Titular “C” de Tiempo Completo con PRIDE Nivel “C” en la Facultad de Estudios Superiores Aragón. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores.

Cosío Villegas, El sistema, Daniel, 1972, p.38.
2 Leal, Juan Felipe, La burguesía, 1974, p.177.
3 Garrido, “La transición”, 1992, p.153.
4Aunque hay que aclarar que esta práctica aún no ha sido erradicada del todo, ya que en esporádicas ocasiones se ha seguido observando en entidades federativas del interior de la República, por parte de gobernadores que se sienten incómodos con cierta información dada a conocer sobre todo en un periódico o revista de circulación nacional, en donde les es más difícil mantener un control directo sobre éstos, como de facto ocurre con los publicados en el ámbito que gobiernan.
5 Así, por ejemplo, el hecho de que desde 1997 y hasta la fecha, el Partido de la Revolución Democrática mantenga el control político y electoral de la Ciudad de México, en gran medida se debe a la importante influencia que tiene entre diversas organizaciones sociales emanadas del movimiento urbano popular.
6 Semo, “La izquierda”, 1993, p.136.
7 En este caso se inscriben, fundamentalmente, la revista Proceso, cuyo primer número apareció en el mes de noviembre de 1976, así como el diario La Jornada que apareció en 1984, sustituyendo de hecho al periódico unomásuno, mismo que entre los años de 1977 y 1983 cumplió con aquella función.
8 Al respecto puede consultarse a Trejo, La prensa, 1980.
9 Jardón, De la Prensa, 1993, pp. 7 y 8.
10 Este texto, reproducido por Raúl Jardón inicialmente apareció en la Revista de la Universidad de México, Septiembre-Octubre de 1968. Asimismo, lo reprodujo textualmente el extinto profesor de la Escuela Nacional ahora Facultad de Economía de la UNAM: Ramírez, El movimiento, T.,I, 1969., pp. 348 y 349.
11 El propio Raúl Tejo Delarbre, entre muchos otros, podría ser uno de los ejemplos más nítidos en este sentido. Dicho periodista, ex director de la revista Etcétera, participó en los años setentas en el periódico estudiantil 27 de agosto que se publicaba en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAMy más tarde en SPAUNAM y UNION, órganos del Sindicato del Personal Académico de la UNAM y el STUNAM, respectivamente.
12 En el mes de junio de 1971 y con posterioridad a la masacre de estudiantes por parte del grupo paramilitar Los Halcones, ¿Por qué? publicaría el que sería su tercer número extraordinario. Al igual que los editados en 1968, también tuvo un gran éxito comercial.
 
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