Número 08                                               Época IV                                     Marzo 2006


Reforma Universitaria

¿Quién se atreverá a reformar el Estatuto General de la UNAM?
Lo que sí interesa en estos momentos, cuando se vuelve a abrir la idea de entrarle a reformar el Estatuto General (EG), es analizar el método para hacerlo. Y con ello superar los diversos obstáculos que antaño se impusieron a las generaciones de universitarios que pretendieron reformarlo.

Alberto Pulido A.

El Estatuto General de la UNAM, que dentro de su contenido establece las formas de dirección y poder en la Máxima Casa de Estudios de nuestro país y las reglas del juego a que se deben someter los integrantes de la comunidad universitaria, en la elección o selección de los aspirantes para ocupar puestos de mando, hoy vuelve a salir a la luz ya que se han presentado intenciones en Rectoría y entre integrantes del Consejo Universitario para reformarlo.

La historia de las reformas al Estatuto ha sido muy tortuosa y a final de cuentas solamente han quedado patentes las puras intenciones de concretarlas. Recordemos que durante la última década de los años 70 del pasado siglo, el doctor Guillermo Soberón presentó al Consejo Universitario un proyecto de reformas, que al ser conocido causó un gran revuelo entre diversos sectores y en mayor medida entre los estudiantes, que todavía se encontraban inmersos en movimientos que levantaban la democratización de la enseñanza, y de manera particular estaban todavía muy sensibles por las secuelas que había dejado la represión del 10 de junio de 1971. Misma que, cabe recordar, se dio como producto de un movimiento que se levantó en Nuevo León y en México ligado a peticiones de reformas universitarias. Debido a las reacciones y en particular a los temores de sectores de derecha, a final de cuentas el proyecto fue retirado.

Ya en los años 80, Jorge Carpizo, presionado por movilizaciones y agitaciones estudiantiles, hizo publico un diagnóstico acerca de cómo se encontraba la institución, que intituló Fortalezas y Debilidades de la UNAM. Éste generó reacciones diversas y introdujo a la comunidad universitaria en un terreno de discusiones, lo cual devino en el movimiento y el estallido de una huelga encabezada por el Consejo Estudiantil Universitario.

Esas acciones determinaron, en 1990, la realización del Congreso General Universitario, en donde los delegados electos por los diversos sectores de la comunidad universitaria discutimos temas mil, entre éstos el contenido y vigencia de ordenamientos como la Ley Orgánica y los estatutos general y del personal académico.

Tres reglas del juego universitario que, políticamente hablando, generaron choques de trenes en el congreso; a final de cuentas los sectores ultras de derecha e izquierda desplazaron a las posiciones reformadoras con tradición que sí teníamos propuestas de reformas. No permitieron que se llegara a consensos y, como resultado de este amasiato de posiciones extremas, la UNAM perdió una oportunidad de oro para reformarse.

La historia más reciente ya se conoce. Se encuentra bien asimilada y aquilatada. También se dio a raíz de planteamientos de reformas propuestas desde la rectoría de Francisco Barnés de Castro, principalmente en el rubro del Reglamento de Pagos y que tuvo como consecuencia el estallido en 1999 de un movimiento estudiantil encabezado por en Consejo General de Huelga, el cual tuvo paralizada por un año a la UNAM, sin que se dieran posibilidades de articular discusiones serias y coherentes entre la comunidad en temas de reformas.

El resultado todavía hoy lo padecemos y se manifiesta en desconfianzas entre los sectores de la comunidad y crecimiento del desinterés hacia todo lo que huela a reforma universitaria.

En este ambiente, el Consejo Universitario y su comisión especial, mejor conocida como CECU, hoy se encuentran trabajando en impulsar reformas. La del EPA (Estatuto del Personal Académico), a través de un Claustro Académico, y en estos últimos meses las discusiones y los métodos para abordar reformas al hasta hoy intocado Estatuto General de la UNAM. Las intenciones han traído consigo diversos comentarios en el sentido de si ya estamos inmersos o no en un congreso, y que si éste es por etapas o solamente se trata del desarrollo de acciones aisladas.

Lo que sí interesa en estos momentos, cuando se vuelve a abrir la idea de entrarle a reformar el Estatuto General (EG), es analizar el método para hacerlo. Y con ello superar los diversos obstáculos que antaño se impusieron a las generaciones de universitarios que pretendieron reformarlo.

Hoy debemos, en primer lugar, partir de la base de que el Consejo Universitario y la CECU deben ser quienes organicen los espacios “para promover, procesar, analizar… y aprobar” las reformas al EG. Éstas deberán partir de lo que expresó la Comunidad Universitaria interesada y que ya se manifestó en el diagnóstico intitulado Una visión sobre la UNAM. Aportaciones para el proceso de reforma.

Allí se encuentran expresadas con claridad muchas visiones y peticiones de reformas que se expresaron en todas las instancias universitarias, desde la enseñanza media hasta el postgrado. A partir de este documento, la CECU debe organizar –ya tiene por cierto experiencia en estos menesteres– una serie de talleres donde participen integrantes de los diversos sectores y especialistas para que aborden los cambios al EG. Mismos que deberá sistematizar la CECU y, posteriormente, presentarlos al Consejo Universitario con el fin de que los analice y tras previas consultas con las comunidades los apruebe e implante.

En lo particular no veo otra salida para el tema. Pero lo fundamental es vencer temores y desconfianzas abordando de manera abierta y puntual las formas de cambiar y abrir las instancias de dirección, poder y hasta control que hasta hoy existen en la UNAM. Esto con el fin de abrir mayores espacios para que los universitarios nos expresemos más abiertamente en la designación de autoridades.