Número 09                                               Época IV                                     Junio 2006


TEMAS A DEBATE

Sobre la crisis del Estado social y la emergencia del Estado mínimo.
Notas sobre el mundo del trabajo

¿La organización sindical tiene las herramientas para enfrentar esta modernidad, en las diferentes dimensiones que supone?; ¿la relación laboral que al mirarnos en el espejo reconocemos, son las condiciones laborales que queremos alentar, que coadyuvan en la construcción de identidad y sentido de pertenencia?

Para mamá, en su memoria

Alejandro Espinosa Yánez

Resumen

El repliegue del Estado y el pensamiento único no pueden escindirse, como un ensamble complejo de una misma realidad aún insuficientemente estudiada. Con esta dirección reflexionamos sobre la crisis del Estado social y su desembocadura en el Estado mínimo, como una evidencia de una globalización impuesta

Introducción

En la década de los setenta se presenta el Informe de la Comisión Trilateral (Crozier et al, 1978) “La gobernabilidad de la democracia”. Muchos fueron los efectos que produjo el Informe. Un aspecto que destacaba es que la democracia estaba en riesgo, producto de las presiones sociales (fuera por la expansión educativa, por la fuerza de los medios de comunicación, o la débil presencia de los partidos políticos, problemas amplios a encarar con recursos escasos).

El Informe se presentaba en el contexto de la crisis, de hecho el diagnóstico producido apuntaba hacia allá, considerando lo que se denominó la crisis fiscal del Estado y la crisis del propio Estado de bienestar. Desde esos años hasta nuestros días se han apretado las tuercas de la economía y con ellas los cinturones de la población, en particular de los asalariados.

Reflexionando sobre el contexto de los setenta, Aguilar Villanueva plantea: “Lo que a partir de los años setenta, pero sobre todo en la actualidad, está en polémica es precisamente el ‘fracaso del Estado’ (Staatsversagen), ‘la bancarrota de la política’ (polítical Bankruptcy). Y con base en estas metáforas, lo que se inscribe y se apunta críticamente es la crisis del Welfare State, la crisis fiscal del Estado, del Estado asistencial-benefactor, del estado keynesiano, del Estado planificador e interventor, del Estado administración social, hasta los actuales temas de ‘crisis de gobernabilidad’ o de la ‘ingobernabilidad’… Lo que en el fondo se quiere decir es que la relación entre Estado y economía ha entrado una vez más en crisis; que el intervencionismo y la planificación estatal, tan fecundos por medio siglo, ya no son capaces de fundamentar el crecimiento y la pacificación social, ya no tienen la capacidad para la racionalización de la sociedad, para producir sociedad” (Aguilar Villanueva, 1989: 209-210 y 210).

Lo que estaba irrumpiendo en la escena era en torno a la presencia del Estado y sus funciones –con este agudo debate sobre la estatalización de la sociedad o la gubernamentalidad del Estado, como lo enmarcó M. Foucault-. Aguilar Villanueva destaca dos filones de la crisis: los que apuntan hacia la reducción del gobierno, ensanchando el mercado y promoviendo la despolitización (neoliberales), lo que implica que retornar al mercado es una forma de retornar al Estado, asume Aguilar, argumento muy similar al de Nozick, el teórico que acuña el concepto del Estado mínimo; y los que oscilan en las variantes racionalizadora y de izquierda, que enfatizan el relieve de la politización y del ensanchamiento del Estado (cf. 1989: 211 y ss.)

Repliegue del Estado, su tamaño y atribuciones

La discusión sobre el Estado ha sido una constante en las ciencias políticas y sociales, en los espacios propiamente de la política, la academia o la divulgación. Cuando no se le ve como un epifenómeno, superestructura, instrumento de la clase dominante, se le puede observar también como un aparato burocrático, como un devorador sugerirá Weber. Borón sintetiza una discusión bastante más amplia al afirmar que “…podríamos provisoriamente definir a la fortaleza estatal como la capacidad para gobernar a la sociedad civil, que se encuentra dividida en clases antagónicas, y para disciplinar a los mercados y a los agentes económicos, incluyendo principalmente a los grupos dominantes. Un Estado de este tipo requiere a su vez una sólida legitimidad democrática, sin la cual su fortaleza tarde o temprano comenzaría a erosionarse irremisiblemente” (Borón, 2002: 24). Los límites del tamaño del Estado, entonces, se encuentran en su capacidad de gobernar.

Pero es cierto, el relieve de la discusión sobre el Estado es bastante más amplio y complejo. Mirándole históricamente, Wallerstein señala: “…a pesar de esa visión unánimemente negativa del estado en teoría, en la práctica (especialmente después de 1848) los exponentes de las tres ideologías actuaron en múltiples formas para fortalecer las estructuras estatales. Los conservadores llegaron a ver al estado como un mecanismo sustituto para contener lo que para ellos era la desintegración de la moral, en vista de que las instituciones tradicionales ya no eran capaces de hacerlo, o ya no eran capaces de hacerlo sin la ayuda de las instituciones policiales del estado. Los liberales llegaron a ver al estado como el único mecanismo eficiente y racional por medio del cual se podía mantener la marcha de la reforma estable y orientada en la dirección correcta. Y después de 1848 los socialistas llegaron a sentir que jamás lograrían superar los obstáculos a su transformación fundamental de la sociedad sin tomar el poder del estado” (Wallerstein, 1996: 234).

También desde una perspectiva amplia, aunque con otros fines explicativos, González Casanova apuntará que en la teoría del Estado es posible distinguir diversas fuentes: de una parte, al liberalismo conservador, manifiesto en el planteo del Estado mínimo; una segunda apunta hacia la ex URSS, con los planteos del marxismo-leninismo, en gran medida institucionalizado; la tercera vertiente va hacia la socialdemocracia, en tanto una cuarta fuente es la del nacionalismo antiimperialista.

La materialización de esta distinción teórica se aprecia en el principal representante de la teoría del Estado mínimo, como bien apunta González Casanova, adscrito al liberalismo conservador, cuando señala: “… un Estado mínimo, limitado a las estrechas funciones de protección contra la violencia, el robo y el fraude, de cumplimiento de contratos etcétera, se justifica; que cualquier Estado más extenso violaría el derecho de las personas de no ser obligadas a hacer ciertas cosas y, por tanto, no se justifica; que el estado mínimo es inspirador, así como correcto. Dos implicaciones notables son que el Estado no puede usar su aparato coactivo con el propósito de hacer que algunos ciudadanos ayuden a otros o para prohibirle a la gente actividades para su propio bien o protección” (Nozick, 1988: 7).

No solamente las energías teóricas se dirigen a los estatalistas de izquierda, sino también a los propios teóricos del campo liberal conservador, como es el caso de Rawls. En ese sentido Nozick planteará que “…ningún Estado más extenso puede justificarse. Yo procedo argumentando que una diversidad de razones, las cuales pretenden justificar un Estado más extenso, no lo logran. Contra la afirmación de que tal Estado se justifica en tanto establece o trae consigo la justicia distributiva entre sus ciudadanos, opongo una teoría de la justicia (la teoría retributiva) la cual no requiere ningún Estado más extenso. Asimismo, uso la estructura de esta teoría para disecar y criticar otras teorías de justicia distributiva, las cuales, efectivamente, consideren un Estado más extenso; concentro en particular la atención en la reciente y vigorosa teoría de John Rawls. Otras razones que algunos podrían pensar justifican un Estado más extenso son criticadas, incluyendo: igualdad, envidia, control de los trabajadores, así como las teorías marxistas de la explotación” (Nozick, 1988: 9).

Como lo plantean Cabrero y Arellano, en cuanto a las formulaciones de algunos teóricos en cuanto que las tendencias al repliegue estatal se podrían intensificar aún más y desembocar en el modelo del Estado mínimo (prácticamente como un reencuentro con el Estado gendarme), limitando su acción sólo a la impartición de seguridad y justicia. Este sería, a su entender, el perfil del Estado de fines del siglo. Este repliegue del Estado es una propuesta eminentemente de reordenación burocrática y que tiene implicaciones en el campo de la sociedad, fortaleciendo a algunos actores en detrimento de otros, más allá de que se aderece el planteo con formulaciones de orden democrático.

La mano invisible, que no es sino una metáfora con débil poder explicativo, deviene en recurrir al Estado gendarme, como lo interpretan Cabrero y Arellano del propio Nozick: “Puesto que el Estado gendarme es frecuentemente llamado: Estado mínimo, llamaré Estado ultramínimo a este otro orden. Un Estado ultramínimo mantiene un monopolio sobre todo el uso de la fuerza, con excepción del que es necesario en la inmediata defensa propia y, por tanto, excluye la represalia privada (o la proporcionada por una agencia) por daño y para exigir compensación” (Nozick, 1988: 39).

Tomando distancia de este argumento, y con la exigencia de mostrar atributos del Estado mínimo, al menos desde una posición crítica, González Casanova planteará: “De las grandes corrientes del pensamiento contemporáneo sobre la teoría del Estado, la que corresponde al liberalismo conservador en boga entre los círculos intelectuales más próximos al gobierno de Reagan sostiene, a la vez, la tesis del Estado mínimo y la política de poder. Complementada con la teoría de la ‘seguridad nacional’ de Estados Unidos, ha logrado configurar el derecho a la intervención militar en distintas partes del mundo, en especial en el Caribe y Centroamérica. Estado mínimo frente a trasnacionales, política de poder frente a potencias enemigas y frentes a ‘rebeldes o terroristas al servicio de éstas’, derecho de intervención en puntos neurálgicos del mundo neocolonial, configuran un síndrome de extrema agresividad que se ostenta como defensor de la democracia y los derechos del hombre. La teoría del Estado mínimo es la que más permite racionalizar la lucha contra el socialismo y los países socialistas en los que, según se afirma, existe el Estado máximo, el Estado totalitario…La utopía del Estado mínimo como forma de la libertad universal es la base humanitaria de la intervención militar contra los demás” (González Casanova, 1990: 19).

En el plano del conservadurismo, pero distinguiendo su postura de la del estado mínimo, Crozier señalará que “Un Estado arrogante, omnipresente y omnicompetente es por necesidad impotente, pues sólo sabe ordenar a partir de principios abstractos y de perspectivas generales. Sólo un Estado modesto puede en verdad mostrarse activo pues es el único capaz de escuchar a la sociedad, de comprender a los ciudadanos y por consiguiente de servirles ayudándolos a realizar por sí mismos sus objetivos (Crozier, 1989: 9).

“La nueva moral política que necesita el Estado modesto consiste en primer lugar en reconocer ese estado de hecho: la política no puede cambiar al hombre, sino que el hombre cambia continuamente por sí mismo. La política modesta no será conservadora en la medida en que se imponga como tarea ayudar al hombre a ser más libre, a elegir con mejor conocimiento de causa y, por consiguiente, a cambiarse mejor” (Crozier, 1989: 267-268).

Pero las realidades pueden dar un mentís al tipo de planteos como los expuestos de Crozier. Los ejemplos recientes en la realidad mexicana, entre una franja de la clase política y el gran capital, son una expresión descarnada y evidencia de la realidad realmente existente, valga la expresión: “Las estrechas relaciones que se tejen entre los grupos económicos dominantes y las agencias estatales pone en tela de juicio la idea misma de una autonomía siquiera relativa del Estado respecto de las clases sociales. Lo que surge de estas nuevas relaciones es más bien la reducción del Estado y sus agencias a herramientas cautivas no sólo de la clase empresarial, sino de segmentos extremadamente reducidos y particulares de esa clase. Estamos en presencia de algo más que la privatización de activos que antes fueron propiedad del Estado: son las propias políticas y los funcionarios que las enuncian y ejecutan los que están siendo objeto de privatización. En nombre de la modernidad, se regresa a la concepción liberal capitalista original de la relación entre política y sociedad: el gobierno del país en manos de los dueños del país (Smith en Vilas, 1996: 352).

Siguiendo con este autor, creemos que los términos de la discusión se plantean adecuadamente por Vilas, cuando señala que “…la cuestión realmente importante no es ‘cuánto’ Estado y ‘cuánto’ mercado, sino el tipo de acomodos que tiene lugar entre Estado y mercado, y su impacto en las clases sociales y en sus intereses específicos (Ibarra, 1990; Lichtensztejn, 1990). Las transformaciones en las relaciones entre Estado y mercado en la América Latina contemporánea no son simplemente un resultado del ‘adelgazamiento’ del Estado y el consiguiente ensanchamiento del mercado –como en un juego de suma cero-. Son, ante todo, resultados de la rearticulación internacional y de la subsiguiente reestructuración económica, así como de las clases particulares y actores sociales que se benefician o perjudican en las políticas y estrategias estatales” (Vilas, 1996: 351).

El retraimiento del Estado no es una dinámica que produzca una estática. Su repliegue es ocupado, es decir, se trata de porosidades en disputa que se llenan de contenido. Por ello, cada vez que el Estado se retira el análisis tiene que volcarse a ver quién ocupa ese espacio vacío, mejor, esa porosidad en disputa. En la evidencia latinoamericana, el gran capital es el que ha ganado el premio a su paciencia, a su crítica al Estado, en el cambio en las reglas del acomodo político, que se traduce en desmantelamiento estatal, aparejada de la destrucción del mercado interno. Desde este observatorio, el repliegue estatal no solamente es un indicador de un estado de cosas sino un problema teórico y un objeto de disputa política. En ambas dimensiones, Borón señala:

“Contrariamente a lo que opinan los expertos del FMI y el BM, y a lo que hacen los gobiernos de América Latina, no existe ni un solo caso en la historia económica internacional que demuestre que el desarrollo haya sido alcanzado mediante la perversa combinación de auge exportador y mercados internos deprimidos, desempleo de masas y bajos salarios. Esa fórmula es una ruta segura para la perpetuación del atraso y el subdesarrollo” (Borón, 2002: 20).

Si miramos hacia dentro de los países desarrollados, sus exigencias de repliegue estatal en otras latitudes no son coherentes con sus políticas internas: “Estos datos demuestran cómo en los ‘capitalismos realmente existentes’ (y no en el universo ilusorio que imaginan los ideólogos neoliberales) el tamaño del Estado, medido por la proporción del gasto público total en relación con el PIB, no cesó de crecer. Lo que efectivamente ocurrió en la década de los 80 fue una desaceleración en el ritmo de crecimiento del gasto público, y no un radical desplome del mismo” (Borón, 2002: 22).

No es solamente un problema de tamaño del Estado, es cierto. El abandono del Estado de ciertas áreas, por ejemplo el relieve de lo privado en la educación, la salud y en especial las telecomunicaciones, pensando en el caso mexicano, tuvo efectos inmediatos negativos en la masa salarial y en la distribución del ingreso (cf. Vilas, 1996).

La capacidad explicativa de la teoría del Estado mínimo no nos permite hacer una lectura comprensiva de la realidad del mundo. Los países más poderosos siguen protegiendo sus mercados. Los salarios en los países ricos son marcadamente diferentes para sus trabajadores de lo que ocurre en los países del Sur, tercer mundo, dependientes, los condenados de la tierra, en fin las categorías múltiples para hablar de los excluidos.

En los países pobres, donde se siguen al pie de la letra las indicaciones neoliberales, las cosas no marchan bien, si se revisan los indicadores de desempleo, informalidad, satisfacción en el trabajo, construcción de proyectos de vida. Más que la debilidad del Estado, lo que deja ver la realidad latinoamericana es la exigencia de un Estado fuerte, como citábamos de Borón, con capacidad para gobernar a la sociedad civil, para intervenir en los mercados –esa expresión difusa e impersonal para referirse a las clases económicamente dominantes.

Frente a esta realidad contundente, el planteo de Nozick pareciera desvanecerse: “El defensor del Estado ultramínimo, grandemente interesado en proteger los derechos contra su violación, hace de ésta la única función legítima del Estado y proclama que todas las otras funciones son ilegítimas porque implican, en sí misma, la violación de derechos. Puesto que concede un lugar preponderante a la protección y a la no violación de derechos ¿cómo puede apoyar el Estado ultramínimo que, pareciera, deja desprotegidos algunos derechos de las personas? ¿Cómo puede sostener esto en nombre de la no violación de derechos?” (Nozick, 1988: 40).

Los planteos hasta aquí citados están en el centro del debate. No se quiere un Estado obeso, pero tampoco una pobreza gigante, además sin puentes en el horizonte. Es un contexto de perplejidad y pesimismo. Más aún cuando vemos que aparte de la dimensión económica es necesario reparar en las narrativas culturales dominantes sobre las formas de entender el mundo e intervenir en él, es decir lo que se refiere al sentido común.

Nos dan un buen pretexto para abordar esto las dos siguientes citas, ambas de conservadores con prestigio académico diferenciado: 1. “No necesitamos enredar nuestra explicación de aquí con la anterior sobre agencias de protección dominantes, aparte de hacer notar que cualesquiera que sean las conclusiones a las que las personas lleguen sobre el papel de una autoridad central (los controles sobre ella, etcétera), conformarán la forma y estructura (internas) de las agencias de protección de los que escojan ser clientes” (Nozick, 1988: 319); 2. “La educación se ha desviado por el camino burocrático corporativo hasta imponer en nuestra cultura la idea de que quien enseña es el superior y quien es enseñado el subalterno; de que la corporación de lo profesores constituye una especie de mentor de la República; de que esa corporación puede valerse –por su saber- del derecho de formar a la generación futura según la idea que profeso de lo que está bien o mal. Ha empezado la decadencia de este modo de pensar dominante, haciendo posible el restablecimiento de la relación fundamental de todo maestro, la de una relación de servicio en que el enseñado es un cliente” (Crozier, 1989: 138-139).

En ambos casos, hablando de problemas distintos, hacen referencia a los “clientes”. En esta nueva visión del Estado, los ciudadanos dejan de tener esta condición y devienen en clientes (los nuevos súbditos del mercado), como si la vida política y social fuera una relación de simple intercambio económico. Esa forma de nominar las cosas, aparte de la insistencia en que no hay otras opciones, que han ocupado un lugar significativo en el sentido común, son objeto de reflexión en el próximo apartado.

Notas sobre la “única mejor forma” y el “pensamiento único”

Borón señala: “El ‘pensamiento único’ requiere como contrapartida una opinión pública igualmente única. Gramsci subrayó la importancia de este asunto en repetidas oportunidades al decir que ‘las creencias populares…tiene la validez de las fuerzas materiales’” (Gramsci en Borón, 2002: 18).

F. Taylor, el ingeniero que revolucionará el mundo del trabajo al comenzar el siglo XX, en la denominada Administración Científica del Trabajo, planteaba que había una “única mejor forma” para hacer las cosas, lo que pone en evidencia su carácter logocéntrico, por su capacidad excluyente y exclusivista. Pero los alcances del modelo taylorista-fordista rebasarían las fronteras laborales, el piso de la fábrica, tejiendo su red en la cotidianidad obrera.

A fines del siglo XX, es decir cien años después, G. Ritzer, con otra altura de miras y otro sentido, planteará que la sociedad vive un proceso que denomina la “macdonaldización”, destacando cómo los principios que funcionan en la elaboración de la comida rápida se incrustan en múltiples aspectos de la sociedad norteamericana, y del resto del mundo (cf. Ritzer, 1996). Así, no se trata de un problema solamente de dieta, sino de cosmovisión, o bien como señala Gramsci, al referirse a Feuerbach: “el hombre es lo que come”.

Entre la aparición de Taylor y el proceso de la macdonaldización es importante acercarnos a Gramsci, el de la crítica a B. Crocce. En su elaboración, Gramsci parte de una premisa: todos los hombres somos filósofos por el simple hecho de tener una concepción del mundo. En esa misma línea, Gramsci ponía énfasis en el papel del lenguaje en la edificación del sentido común, por lo que los hombres en su intento de hacer historia tenían que llegar justamente a éste, al sentido común, a la necesidad de transformarlo o mantenerlo. Cuando se refiere al americanismo (fordismo), lo hace con esta idea en la cabeza, en cuanto al relieve del americanismo en la introducción de lo cotidiano en la historia, en la forma en que el americanismo atraviesa la epidermis social y se incrusta en los planos del sentido común, de ese andamiaje que permite la desenvoltura social.

Esta aportación de Gramsci, que aclara el planteo sobre la hegemonía y la cultura, se apoya en el proceso de homogeneización cultural que forma parte de la historia del capital. No es una historia nueva, aunque nos cueste trabajo leerla. La forma en que se habla y en consecuencia se entiende el mundo no es un hecho de la generación espontánea: y cuando despertó, las palabras estaban ahí, con su significación y sentido. No es así. De acuerdo a Bourdieu, “…no podemos hacer una ciencia de las clasificaciones sin hacer una ciencia de la lucha de las clasificaciones ni sin tener en cuenta la posición que en esa lucha por el poder de conocimiento, por el poder mediante el conocimiento, por el monopolio de la violencia simbólica legítima, ocupa cada uno de los agentes o grupos de agentes comprometidos” (Bourdieu, 1990: 298).

Y cuando se habla del monopolio de la violencia simbólica legítima se alude al Estado, en una recuperación weberiana, como “detentador del monopolio de la nominación oficial, de la clasificación correcta, del buen orden” (Bourdieu, 1990: 298). Las palabras y lo que se encierra en ellas de sentido común, de concepción del mundo, forman parte lo mismo de la “física de las costumbres” en Durkheim (coacción incluida), del habitus en Bourdieu o del peso de los muertos que oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos (Marx). Si le damos esta dimensión, la lucha por las palabras, por la “nominación”, se inscribe en la lucha por la hegemonía.

Si articulamos al fordismo con la nueva fenomenología de la globalización, podemos coincidir con Borón: “Siguiendo las precoces observaciones de Gramsci sobre este asunto, podría pensarse que la ‘macdonaldización’ del mundo viene a rubricar el audaz proyecto de reforma intelectual y moral lanzado por la burguesía norteamericana con el ‘fordismo’. Esta creciente homogeneización cultural ha sido un instrumento poderosísimo para la creación de un ‘sentido común’ neoliberal que exalta las oportunidades que ofrece el mercado, lo que tal vez constituye el triunfo más notable de la reestructuración regresiva del capitalismo actualmente en curso” (Borón, 2002: 18)

Podemos estar en contra de este proceso, lo que es difícil es negarlo. Si se encara, esto implica una postura frente al modelo hegemónico de civilización, que desde nuestra rendija analítica implica la elaboración de una premisa: en el capital no se encuentran de manera principal las posibilidades de cambiar, coincidiendo con Zemelman: “El poder es en principio la capacidad para reproducirse como sujeto, predominando esta lógica sobre la de su transformación” (Zemelman, 1998: 35).

En esta reflexión metamos otro eje de análisis: el taylorismo-fordismo enfatizó el sometimiento corporal (el trabajo en línea, rutinario, según Braverman -1974-, expresión de la degradación del trabajo) junto con el principio de la máxima prosperidad (el sueño de tener un Ford en cada casa americana, o como en Jumanji, poseer cada integrante de la familia un par de tenis). Se trata de una disciplina (como esquema de orden y observancia) que se modificará con la emergencia de la denominada Escuela de las Relaciones Humanas, y su énfasis en un comportamiento social inducido, junto con el principio de la satisfacción en el trabajo. Hablamos de otro mecanismo disciplinario.

Ya no es como en el taylorismo la vigilancia externa evidente, bajo el supuesto de la simulación obrera y la necesidad de destruir al obrero de oficio –el paso de la subsunción formal a la real (cf. Coriat, 1984); ahora, en el comportamiento informal inducido se trata de una vigilancia no percibida por los sujetos. Sobre esto, a mediados del siglo pasado, M. Crozier apuntaba, lo citamos ampliamente, refiriéndose al big business: “A partir de los preceptos de Mayo, concentró su estudio en la cuestión de la lealtad obrera ¿Por qué adhieren los obreros a los sindicatos? ¿Por qué están dispuestos a luchar y a sacrificarse por ellos? ¿Por razones materiales? En muy pequeña escala. Es, sobre todo, por razones psicológicas. El obrero tiene su dignidad personal. En la fábrica moderna se siente burlado y frustrado. Sufre de un complejo de inferioridad. Si nos aplicamos a revisar los métodos de mando en función de un estudio serio de la psicología obrera, conseguiremos seguramente reemplazar la lealtad obrera por una lealtad de fábrica, un espirit de corps…El programa de acción patronal se desarrolla en dos direcciones principales. Por una parte, la propaganda destinada a compartir la influencia sindical por medio de la presión de un público ganado para las tesis patronales: ésta corresponde a las ya célebres Public Relations. Por otra parte, las reformas interiores, que se agrupan bajo el sugestivo título de Human Engineering, o sea técnica industrial de lo humano, fabricación de hombres. Su originalidad esencial consiste en considerar a todos los oponentes como enfermos, y tratar las opiniones refractarias y el espíritu de revuelta como una forma de neurosis.” (Crozier, 1954: 24).

A fin de cuentas, nos indica un Crozier poco conocido, que las Relaciones Humanas de Mayo tenían una fuerte dosis también logocéntrica, como en el caso del taylorismo-fordismo. El último eslabón de esta cadena, cuya fuente original se encuentra en Ibarra (1994), hace referencia a la flexibilidad y la excelencia, a un nuevo marco disciplinario en la vigilancia, como hecho colectivo o como autocontrol: de la vigilancia exterior visible al autocontrol, es decir a la producción del orden desde adentro. Tenían razón Aubert y de Gaulejac: “La empresa pasa a ser así generadora de la identidad: se habla de ella como la ‘nueva parroquia’” (1993: 34). No es erróneo ubicar el problema desde este ángulo, si se reconoce, como lo hacen Aubert y De Gaulejac, que este discurso “conlleva una cultura empresarial, un proyecto, unos valores clave... una ética determinada que será la plataforma común del conjunto de trabajadores de la empresa” (1993: 23).

Insistimos en este aspecto, a partir del sugerente trabajo de Bourdieu a propósito de la huelga y la acción política: “Habría que analizar las conveniencias colectivas, es decir, el conjunto de normas, evidentemente muy variables según las épocas y las sociedades, que se imponen a los dominantes en un momento dado y obligan a los trabajadores a imponerse límites por una especie de deseo de respetabilidad que lleva a aceptar la definición dominante de la lucha conveniente (por ejemplo, la preocupación por no estorbar al público con la huelga). Resultaría interesante recoger de manera sistemática los llamados a ‘lo conveniente’. Y también sería interesante ver todos los mecanismos, como las censuras lingüísticas, que actúan en este sentido” (Bourdieu, 1990: 272).

Sobre esta parte de la exposición, Borón llega a dos conclusiones: “(a) el discurso mistificante de la ‘globalización’ ha desembocado en la exaltación de un ‘pensamiento único’ que clausura con su falso realismo y su resignado posibilismo la capacidad de pensar políticas alternativas y de ‘ver’ las perniciosas consecuencias económicas, sociales y políticas de aquellas que se están implementando. Al ‘pensamiento único’ corresponde la ‘política única’; (b) este nuevo determinismo resulta altamente funcional a los intereses de la nueva coalición dominante del capitalismo internacional, que ha obtenido un rotundo triunfo al convertir al neoliberalismo en un verdadero sentido común epocal” (Borón, 2002: 27).

Una lectura distinta a la de Borón, de este triunfo del neoliberalismo, es la que sugiere Wallerstein, cuando señala: “El verdadero significado de la caída de los comunistas es el derrumbe final del liberalismo como ideología hegemónica. Los últimos que creyeron seriamente en la promesa del liberalismo fueron los partidos comunistas a la antigua del ex bloque comunista. Sin ellos que continúen defendiendo la promesa, las capas dominantes del mundo han perdido toda posibilidad de controlar a las clases trabajadoras del mundo a no ser por la fuerza. El consentimiento se ha desvanecido; y el consentimiento se ha desvanecido porque el soborno se ha desvanecido. Pero la fuerza sola, como sabemos por lo menos desde Maquiavelo, no permite a las estructuras políticas sobrevivir mucho tiempo” (Wallerstein, 1996: 241).

Pero el escenario que dibuja este autor es aún más complejo: “El año 1989 representó el fin de una era agonizante. La presunta derrota de las fuerzas antisistemáticas fue en realidad una gran liberación. Eliminó la justificación liberal-socialista de la economía-mundo capitalista y por lo tanto representó el colapso de la ideología liberal dominante. La nueva era que hemos entrado es sin embargo aún más traicionera” (Wallerstein, 1996: 249).

Pensar que el capital, problematizando a Wallerstein, no cuenta con una caja de herramientas para encarar la urgencia de las nuevas formas de dominación implica despojarnos de un problema presente, la subordinación simbólica del trabajo al capital, así como sugiere que el peso de la exterioridad era lo fundante en la dimensión cultural del capital. Creer, como Borón, que el neoliberalismo ha obtenido un rotundo triunfo en lo que se refiere a la construcción de un “sentido común epocal” es leer al Gramsci que piensa en la hegemonía, pero cerrarlo cuando se refiere al acto histórico, es decir a los hombres que nacen en condiciones históricas no elegidas pero que pueden ser transformadas por ellos mismos, edificando con su praxis una nueva forma de mirar e interpretar el mundo, de hacerlo, incluyendo lo más común de su sentido.

Consideraciones finales

El debate sobre el Estado continúa. El abanico de tensión va desde el Estado mínimo hasta la presencia de un Estado fuerte y que reconfigure las relaciones sociales. En este orden, la globalización en general, y el Estado neoliberal en particular, se han materializado en la conformación de un nuevo marco de relaciones laborales e inéditos procesos organizacionales. En el escenario internacional, se concreta en la supresión de empleos tradicionales a la par de la creación de nuevos empleos, el relieve de los flujos financieros en todo el planeta, la construcción de “un espacio capitalista universal” (Borón, 2002: 17).

Así como apuntábamos notas sobre la disputa en la nominación de las cosas, el teletrabajo comienza a influir en la recategorización de lo que entendemos por trabajo, en especial en espacios laborales en los que comienza a prevalecer aquél. En su conjunto, las relaciones laborales se presentan fragmentadas. Es difícil pensar estas relaciones, por ejemplo el teletrabajo, con las anteojeras del taylorismo, del fordismo, de la especialización flexible, es decir, de lo que implica cooperación sujeta a espacios y tiempos laborales. En los últimos años, no obstante el déficit de herramientas analíticas para estudiarlo a profundidad, se ha prestado atención en este “problema”, como forma de organización laboral cuyo uso creciente es un indicio claro de una tendencia hacia un espacio más flexible y móvil.

Como problema, las organizaciones del trabajo se han encarado a sí mismas: ¿la organización sindical tiene las herramientas para enfrentar esta modernidad, en las diferentes dimensiones que supone?; ¿la relación laboral que al mirarnos en el espejo reconocemos, son las condiciones laborales que queremos alentar, que coadyuvan en la construcción de identidad y sentido de pertenencia?

Como apuntábamos, la globalización tiene efectos negativos entre los trabajadores. Hay evidencia empírica suficiente: flexibilidad laboral aplicada de manera unilateral, incremento de la terciarización, la posibilidad de que el teletrabajo se incruste de manera gradual en la vida laboral, condiciones no homologadas en los destacamentos de trabajadores de las diferentes ramas de la economía, a la par en la experiencia vernácula mexicana de lo que el gobierno entiende como “nueva cultura laboral”.

No se trata de mirar al pasado con benevolencia, y afirmar que todo tiempo fordiano fue mejor. Como plantean Aubert y de Gaulejac (1993), parafraseándoles, respecto al fordismo-taylorismo, ubicado como la no excelencia, sus efectos lesivos son parte de la historia obrera mundial. La terciarización, el teletrabajo, la subcontratación, formalmente se apartan de la rigidez fordista, sin embargo poca atención se ha dirigido a reflexionar sobre sus costos, las heridas que pueden producir individual, organizacional y socialmente.

En lo laboral, hay tendencias hacia la contratación individual, sin regulación que medie entre las partes. De otra parte, parece una paradoja, pues en lo que hace a las nuevas formas de trabajo, en concreto el teletrabajo, la subcontratación y la terciarización, pueden observarse visos de alejamiento de los procesos de subordinación formal y real del trabajo al capital: lejos del espacio laboral, sin control aparentemente formal del tiempo (aunque la concreción de éste en la tecnología mete la dimensión del tiempo de manera imperceptible) y con la autonomía para dirigir su proceso de trabajo. En todo caso, se trata de una porosidad que está llenándose de contenidos.

Retos de diferente tamaño se erigen frente a los trabajadores: 1) sin ser aún significativa, la disminución del centro de trabajo como un espacio laboral-social, que había concretado el tránsito de lo doméstico al centro laboral, para vivirse el proceso contrario: el tránsito del espacio laboral al espacio doméstico como un espacio socio-laboral; 2) la globalización exige una forma global también de encarar el conflicto laboral: en el futuro se asistirá a despliegues organizacionales que en lo cibernético encontrarán una materia de lucha sindical, es decir, los sindicatos deben lanzar ofensivas tecnológicas que les lleven a encarar la lucha por la hegemonía de la globalización. 3) la exigencia de nuevas formas de cooperación salta a la escena. Deviene pues la necesidad de pensar en un marco de nuevas relaciones de trabajo, apoyado asimismo en un marco jurídico acorde con los tiempos modernos; 4) la disputa en el marco de lo simbólico y de su posible impacto en el sentido común.

Bibliografía
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