Arte y Cultura


“A PABLO NERUDA EN EL CORAZÓN”*

Araceli Zúñiga

“Si yo muriera joven, oigan esto:
nunca fui sino una criatura que jugaba”.

Fernando Pessoa.
Poeta (fragmento)

“El poeta ha escrito Neruda debe ser, parcialmente, el cronista de su época”.

¿El cronista de su época? ¿Cóoomo que “el cronista” de su época?, podríamos preguntarnos, extrañados. Lo común es creer (sobre todo de parte de los propios interesados) que un poeta es un ser humano en contacto con la divinidad, con lo más puro del espíritu humano, un ser casi intangible, casi inasible, casi de otro mundo, casi… Sin embargo, Pablo Neruda en sus memorias “Confieso que

he vivido”, rompe con este esquema convencional acerca de la poesía, de las poetisas y de los poetas y se muestra como un auténtico cronista y testigo de nuestro tiempo.

Si bien “Residencia en la Tierra”, escrita entre 1933 y 1935, es tal vez, para mí, una de sus obras más “sentidas” (en el término de logro literario), en “Confieso que he vivido” se nos muestra entero. A pie firme. A pulmón abierto. Con ternezas y desmesuras a las que hay que acercarse.

Cito: “Estas memorias o recuerdos son intermitentes y a ratos olvidadizos porque así precisamente es la vida. La intermitencia del sueño nos permite sostener los días de trabajo. Muchos de mis recuerdos se han desdibujado al evocarlos, han devenido en polvo como un cristal irremediablemente herido.

“Comenzaré por decir, sobre los días y años de mi infancia, que mi único personaje inolvidable fue la lluvia… Por mucho que he caminado me parece que se ha perdido ese arte de llover que se ejercía como un poder terrible y sutil en mi Araucanía natal. Llovía meses enteros, años enteros. La lluvia caía en hilos como largas agujas de vidrio que se rompían en los techos, o llegaban en olas transparentes contra las ventanas, y cada casa era una nave que difícilmente llegaba a puerto en aquel océano de invierno”.

Y nos aclara: “Las memorias del memorialista no son las memorias del poeta. Aquel vivió tal vez menos, pero fotografió mucho más y nos recrea con la pulcritud de los detalles. Éste nos entrega una galería de fantasmas sacudidos por el fuego y la sombra de su época. Tal vez no viví en mí mismo; tal vez viví la vida de los otros rememora Neruda, con cierta nostalgia de lo ido, de cuanto he dejado escrito en estas páginas se desprenderán siempre como en las arboledas de otoño y como en el tiempo de las viñas las hojas amarillas que van a morir y las uvas que revivirán en el vino sagrado.

“Mi vida es una vida hecha de todas las vidas: las vidas del poeta”.

Pero, ¿quién fue Pablo Neruda? ¿Quién fue este hombre llamado al ver la luz Ricardo Eliezer Neftalí Reyes Basoalto, nacido el 12 de julio de 1904 en Parral, Chile, y quien cambió de nombre por miedo a su padre que no aceptaba su oficio de escritor? ¿De quién es esta voz, potente, amorosa, desgarradora como el viento helado cuando se deja sentir y escuchar?

¿Cuándo, por qué, en qué momento de su vida, al volver la mirada sobre su hombro, tuvo Neruda la pulsión de escribir, como tal vez muchas de nosotros, muchos de ustedes, la tengan ya? ¿En qué recodo de su vida se descubrió a sí mismo en posesión de la palabra? Para responder, vuelvo a Neruda:

“…Qué soledad la de un pequeño niño poeta, vestido de negro, en la frontera espaciosa y terrible. La vida y los libros poco a poco me van dejando entrever misterios abrumadores. No puedo olvidarme de lo que leí anoche: la fruta del pan salvó a Sandokan y a sus compañeros en una lejana Malasia. No me gusta Buffalo Bill porque mata a los indios. Pero ¡qué buen corredor de caballo! ¡Qué hermosas las praderas y las tiendas cónicas de los pieles rojas!

“Muchas veces me han preguntado cuándo escribí mi primer poema, cuándo nació en mí la poesía. Trataré de recordarlo. Muy atrás en mi infancia y habiendo apenas aprendido a escribir, sentí una vez una intensa emoción y tracé unas cuantas palabras semirrimadas, pero extrañas a mí, diferentes del lenguaje diario. Las puse en limpio en un papel, preso de una ansiedad profunda, de un sentimiento hasta entonces desconocido, especie de angustia y de tristeza. Era un poema dedicado a mi madre, es decir, a la que conocí por tal, a la angelical madrastra cuya suave sombra protegió toda mi infancia.

“Completamente incapaz de juzgar mi primera producción, se la llevé a mis padres. Ellos estaban en el comedor, sumergidos en una de esas conversaciones en voz baja que dividen más que un río el mundo de los niños y el de los adultos. Les alargué el papel con las líneas, tembloroso aún con la primera visita de la inspiración. Mi padre, distraídamente, lo tomó en sus manos, distraídamente lo leyó, distraídamente me lo devolvió, diciéndome:

“-De dónde lo copiaste?

“Y siguió conversando en voz baja con mi madre de sus importantes y remotos asuntos.
“Me parece recordar que así nació mi primer poema y que así recibí la primera muestra distraída de la crítica literaria.”

Y reflexiona sobre su propia obra: “si me preguntan qué es mi poesía debo decirles: no sé; pero si le preguntan a mi poesía, ella les dirá quién soy yo”.

En el ensayo “Una tercera vuelta de poesía”, del también poeta José Javier Villarreal, nos comparte a “su” Neruda: “es cosa inequívoca que Pablo Neruda es un poeta que exige una segunda y tercera vuelta. Quizá, hasta una cuarta. En un primer encuentro nos deslumbra y seduce.

“Nos 'nerudiza'. Echamos a andar el rodillo y maquilamos texto tras texto que bien pudieran estar firmados por un Neruda sumamente enfermo, grave, agónico. Ni siquiera se trataría del joven autor de los Cuadernos de Temuco. Ya que éste iba de asombro en asombro, de prueba en prueba desplegando una voz cuyo destino sería convertirse en 'letra': rasgo inconfundible de una obra.”

De este primer encuentro seductor pasamos al segundo encuentro, dice Villarreal. Ya hemos husmeado nuestra tradición. Nos sabemos parte de un portentoso concierto que se multiplica en calidad y cantidad (José Juan Tablada, López Velarde, Oliverio Girando, César Vallejo, Vicente Huidobro, Jorge Luis Borges, Carlos Pellicer, José Gorostiza, Javier Villaurrutia). Los diques de la lengua han ido cediendo y ésta se ha ido revelando gracias a nuestra inquieta curiosidad.

Neruda aparece entonces como un Enorme poeta.

Ahora será el autor de los Veinte poemas de amor y una canción desesperada, será el autor de Residencia en la tierra, de numerosos fragmentos del Canto general. Y aquí Javier Villarreal nos propone ser sumamente críticos con respecto a la obra que él llama panfletaria. “Sobre los poemas panegíricos a José Stalin, a la Unión Soviética y a la Cuba de Fidel Castro”.

Quizá porque yo pertenezco a una generación que quiso cambiar al mundo y que apostó, con todo, a este cambio, allí encuentro a Neruda. Entonces no le entro tan fácilmente a esta actitud sumamente crítica para este gran poeta. Era otro tiempo y era otro el mundo. Me quedo con la obra extraordinaria que, a pesar de, es.

Hernán Loyola, compilador (con la asesoría de Saúl Yurkiévich de la nueva edición de las Obras Completas. Círculo de lectores/Galaxia Gutenberg) lo dice bien: “Establecer una frontera neta, aséptica, entre el poeta y el ciudadano, entre el escritor y el político, es como separar la poesía y la fe en San Juan de la Cruz. En ambos casos no es indispensable compartir la ideología de los textos para medir el valor poético, pero en cambio no se le puede ignorar o desechar si se pretende una inmersión total y a fondo en sus textos, si se quiere leerlos de veras”.

Al contrario, mencionaré, en su ensayo sobre Poética Americana, al crítico de arte Alberto Híjar en la referencia que hace sobre Neruda y su afinidad con Siqueiros, concretada en y por el Canto General. Ambos trataron toda su vida de dar lugar al lirismo asociado, como militantes comunistas, a la ideología en imágenes necesaria para el internacionalismo proletario y las luchas de liberación nacional antiimperialista.

Ambos también fueron impactados de manera definitiva por la guerra civil española. Sobre esto, Neruda diría, entre 1936 y 1939, que “había pensado en todos los mundos pero no en el hombre”. Precisaba: “a las primeras balas que atravesaron las guitarras de España, cuando en vez de sonidos salieron de ellas borbotones de sangre, mi poesía se detiene como un fantasma en medio de las calles de la angustia humana y comienza a subir por ella una corriente de raíces y de sangre.

“El horror de la poesía fue salir a la calle decía Neruda- y tomar parte en este y otro combate. No se asustó el poeta cuando le dijeron insurgente. La poesía es una insurrección”.

Y Siqueiros (nuestro “Coronelazo”), comunista militante de todas las formas de lucha menos la parlamentaria, lanza en Chile su manifiesto En la guerra, arte de guerra, en 1934, para convocar a todos los profesionistas de los medios de comunicación a integrar equipos de propaganda y agitación contra el nazifascismo.

Ambos, Siqueiros y Neruda, coincidían, sin saberlo quizá, en la convicción que hace decir a Neruda: “la sociedad socialista tiene que terminar con la mitología de una época apresurada en la cual las esencias fueron dejadas de lado. Al poeta debemos exigirle sitio en la calle y en el combate, así como en la luz y en la sombra”.

Ante las muy diversas posiciones que sobre el realismo se expresaban (y que representa, tal vez, el punto ciego donde Neruda es vulnerable y vulnerado; esto es, en su poesía realista socialista) Neruda afirma “en cuanto al realismo, debo decir, aunque no me conviene hacerlo, que detesto el realismo cuando se trata de poesía”.

Continúa mi cita de Alberto Híjar: “no le convenía decirlo cuando crecía su solidaridad con los comunistas, hasta conducirlo a su ingreso al Partido Comunista de Chile en 1940, pero debía manifestarlo como condición de militante poeta para precisar su tesis de Cuando Chile, en 1950, 'el partido me bajó del caballo y me hizo hombre'”.

Este humanismo se da a entender en lo que Neruda llama “Poetas populares”.

Vidas paralelas las de Siqueiros y Neruda. Sin duda. Vidas paralelas también las de México, Chile y todos los pueblos americanos, amerindios, latindoamericanos, américolatinos, incluyo yo. Ambos fueron artistas que se toparon con el poder de modos distintos.

Neruda ciertamente es otro a raíz de su estancia en México: “México florido y espinudo, seco y huracanado, violento de dibujo y de color, violento de erupción y de creación con su sortilegio y su luz sorpresiva”. Palabras que ejerciendo su misterio lo dibujan también a él mismo en una suerte de búmerang poético: Neruda florido y espinudo, seco y huracanado, violento de dibujo y de color, violento de erupción y de creación con su sortilegio y su luz sorpresiva.

Neruda se va de México tras recibir el doctorado Honoris causa de la Universidad Nicolaíta de Morelia, Michoacán, y un homenaje multitudinario en el Frontón México, para finalmente salir del país el 1º de septiembre de 1941. Después será condecorado en México y se repetirán sus visitas a nuestro país. Por todo esto, Neruda define a México como un pueblo bravío, “el último de los países mágicos”.

Sigo y termino con esta especie de vuelta de tuerca sobre la obra de Neruda con la valoración de mi querida amiga, poeta visual y sonora, Rocío Cerón: “Cuando un poeta levanta el vuelo de su 'inteligencia sensitiva' y logra tomarle el pulso al sentido nuclear de un hombre con estos versos:

Crujen minutos en tus pies naciendo/
tu sexo asesinado se incorpora/
y levantas la mano en donde vive/
todavía el secreto de la espuma.

Su vigencia es atemporal y definitiva. A su mirada inquisitiva y a su escritura caudalosa y continental, le estoy agradecida. La columna poética levantada por Pablo Neruda, incluidas sus fugas y excesos, es central para comprender la poesía hispanoamericana del siglo 20”.

Con esta percepción de Neruda, que comparto plenamente, doy término a esta breve semblanza de un hombre, cronista de su época y mestizado hasta los huesos por esta América nuestra. Neruda, junto con José Martí, con Miguel Hernández, con algunos momentos de Vallejo, en “Aparta de mí este cáliz”, con Rafael Alberti, y ¡cómo no! con el cocodrilo Efraín Huerta, con Nicolás Guillén, con Jorge Amado, con Aurora Reyes, con Gabriela Mistral, con Rosario Castellanos.

El 18 de enero de 1946 es condecorado por nuestro gobierno con la Orden del Águila Azteca y el 21 de octubre de 1971 obtiene el Premio Nobel de Literatura, siendo así el sexto escritor de nuestra lengua y el tercero latinoamericano que recibió tan alta distinción.

Hoy, a cien años de su nacimiento y a 31 de su muerte, lo recuerda México y lo recuerdan sus casas de Valparaíso, en su casa La Sebastiana, en Isla Negra, donde, a la entrada, se encuentra una frase tallada en un tablón: Regresé de mis viajes, navegué el espíritu que le da vida a esa casa, y la de Santiago, con su casa La Chascona, homenaje a su última esposa Matilde Urrutia, porque Chascona quiere decir despeinada, como le llamaba él en forma cariñosa. dónde, dicen las voces del pueblo, habita su fantasma, el cual recorre estas tres casas con la pipa en una mano y el bolígrafo con tinta verde en la otra.

Sí, lo recuerda la prensa mexicana. A Neruda le gustaba dividir la vida en tres mujeres, en tres casas y en tres ciudades chilenas. Casas que hoy son museos y centros culturales y donde se encuentra la mayor parte de sus libros. Neruda decía: Los hombres son las casas que habitan y las casas quienes las moran.

Terminemos recordando a Rafael Albertí, ese viejo rojo cabrón, como él mismo se definía, con: A Pablo Neruda en el corazón. Lo considero el mejor homenaje que podemos hacerle.

“No dormiréis malvados de la espada
Cuervos nocturnos de sangrientas uñas
Tristes cobardes de las sombras tristes
Violadores de muertos. No dormiréis.
Su noble canto, su pasión abierta
Su estatura más alta que las cumbres,
Con el cántico libre de su pueblo os ahogarán un día.
No dormiréis. Venid a ver su casa asesinada
La miseria fecal de vuestro odio. Su inmenso corazón pisoteado.
Su pura mano herida. No dormiréis.
No dormiréis porque ninguno duerme.
No dormiréis porque su luz os ciega
No dormiréis porque la muerte es sólo vuestra victoria.
No dormiréis jamás porque estáis muertos”.