Arte y Cultura


ARTE, MULTITUD Y CONTRAPODER

Los comunistas sin partido son los interlocutores principales de Negri. Respetan su pasado de organizador de autonomías y sobre todo sus prisiones resistidas a punta de reflexiones escritas, su exilio interrumpido voluntariamente para ofrecerse como víctima propiciatoria del estado italiano.

Alberto Híjar Serrano*

Multitud es el sujeto histórico y social de la globalización, según Antonio Negri. En él están la sociedad civil decimonónica, cuidadosa de sus derechos y su vigilancia moral del estado; el proletariado de aquella fase industrial del capitalismo y el pueblo y sus luchas de autodefensa heredadas de un pasado heroico. El ser, aquel ser trascendente y metafísico, queda como ser ahí sin la retórica heideggeriana, como un presente caótico, cuando mucho complejo. El zap es la metáfora que lo define en un vertiginoso cambio de canal opuesto a toda reflexión. Un espantoso igualitarismo ha sustituido a la democracia y a toda eficacia sindical. Los trabajadores sub.

El arte ha quedado definitivamente despojado de su aura. La Escuela de Francfort queda corta en su advertencia de la relación de necesidad de la razón y el autoritarismo, ahora asimilados en la globalización gracias a la superficialidad mediática. “Todo lo sólido se desvanece en el aire”, sentenció Marx para satisfacción de Marshall Berman, esa especie de hippie posmoderno actualizado por su tino en el centro del debate post.

¿Por qué ocuparse de Negri exige las citas de otros? Porque evita la instalación en las metáforas post y propone una transformación del marxismo desde dentro. Porque ha logrado una influencia importante en los círculos críticos de la izquierda radical, ciertamente reducida por los pragmatismos oportunistas dominantes. Si no, la multitud no existiera. Pero vayamos a las referencias reconocidas por Negri en eso que los académicos taxidermistas llaman postestructuralismo. Foucalt por supuesto: ¿cómo reconocer, cómo acercarse al individualismo de nuevo tipo propio de la multitud avasallante?, ¿cómo dar cuenta de la contradicción dominadora del igualitarismo con la tenaz reproducción del solitario haciendo.

Nada de lo anterior explica el éxito de Negri. Quizá habría que descubrirlo en su militancia distinta a la del extinto Partido Comunista Italiano. Es, para decirlo con palabras de José Revueltas, un “comunista sin partido”, lo cual parecía un disparate cuando la democracia cognoscitiva y la praxis eran inconcebibles sin el Partido, así con mayúscula. Lo demás eran correas de transmisión y compañeros de viaje. Ahora parece todo lo contrario ante las debacles partidarias, no sólo en el seno de los estados que financian e impulsan a las fuerzas necesarias para la simulación democrática parlamentaria.

Por esto, los comunistas sin partido son los interlocutores principales de Negri. Algunos de ellos respetan su pasado de organizador de autonomías y sobre todo sus prisiones resistidas a punta de reflexiones escritas, su exilio interrumpido voluntariamente para ofrecerse como víctima propiciatoria del estado italiano empeñado en mantener presente el tiempo de las Brigadas Rojas como pretexto para reprimir a combatientes y autores intelectuales. Hay quienes se resisten a utilizar esta épica como argumento de verdad y admiran, en cambio, la puesta al día del marxismo.

La celeridad editorial cuenta en la inevitable subsunción (Marx, dixit, capítulo VI inédito de El Capital). La globalización hay que asumirla para estos tiempos donde el imperialismo como tendencia del capital financiero, ha cedido el paso al Imperio como estructura mundial y para ser mecánicos, con superestructura reproductiva solidaria en la fase de la robótica y la digitalización, donde poco y casi nada tiene que hacer el obrero de la correa de transmisión fordiana o el de los tiempos y movimientos del taylorismo. Cuando se dice calidad total ya sabemos que se fragua.

Todo esto tiene un ingrediente estético. Asombra que Negri y sus interlocutores, ignoren al buen Marcusse que propuso “la dimensión estética” como algo más que la artisticidad, todo subordinado a la “sublimación represiva”, ese recurso ideológico descrito por el Che como jaula invisible: los artistas creen liberar por y con sus acciones y sólo consiguen maní en respuesta dentro de los barrotes que no se notan pero se sienten, en lo efímero de las famas y los prestigios. En la tradición de Kant y Hegel, atendidos por el clan Negri, “el libre juego de las facultades de la Crítica del juicio” resulta representación de lo sublime como desmesura libertaria.

Los casos del cinetismo como ruptura con la contemplación y por una especie de democracia plena, son pertinentes pero se quedan en el umbral de la frase de Fannon: “todo espectador es un cobarde o un traidor”. Quizá de esto se trata con la práctica artística porque nada pasará el umbral del acceso a la plenitud mientras el Imperio exista y se reproduzca.

Toni Negri no es un teórico del arte ni de la estética, esa gelatinosa ideología cada vez más elusiva. Pero Raúl Sánchez, dice la solapa del libro Arte y multitud, ocho cartas (Mínima Trotta, Madrid, 2000), de 91 páginas media carta, “rastrea las huellas de un materialismo adecuado a la corporeidad colectiva posmoderna”. Las cartas a un filosofo consciente de la necesidad política procuran no extraviarse en trivialidades. La cárcel educa para encontrar en la abstracción, reconoce Negri, un recurso de distanciamiento de la infamia cotidiana.

La biopolítica es el punto donde se articula el imperio. Cuerpo social y cuerpo individual son construidos de tal manera, que no parece haber poder humano distinto a ellos. Pero ahí está el cinetismo como principio de una activación imaginaria con los antecedentes del puro cuadro en el impresionismo decimonónico, harto de cánones académicos y por una sensoriedad activa, cuando el capitalismo consolidaba los estados-nación garantes de su poder. El expresionismo fue un tránsito de afirmación subjetiva a la abstracción. La tesis de Worringer dio sentido a este tránsito aunque no la reconozcan los amigos de Negri, en esta periodización de los movimientos artísticos europeos, sólo europeos.

Lo cierto es que el cinetismo rompe con el espectador contemplativo. Julio Le Parc y el Grupo de Investigación Visual de los sesenta, citado en una de las cartas, no sólo concreta un colectivo como respuesta al individualismo extremo de los artistas, sino lo politiza con propuestas conceptuales como la instalación de un colchón en una banqueta de París en 1968 para obligar al transeúnte a la participación lúdica. En 1970, la exposición de juegos de feria de Le Parc en La Habana, acompañada de un manifiesto propositivamente liberador, dio sentido político al tiro al blanco y tiro al negro (¡siempre el negro!) con los rostros de criminales de estado como Bush padre.

De la biopolítica hay las experiencias dadá, eternas como sentenciara Tzara. Fluxus y sus juegos, sus burlas a la acumulación ordenada de posesiones, montón de maletas en carro de supermercado cuyo espectador es sorprendido por la activación de un televisor con su sola presencia, como cuando alguien pregunta en un plácido hogar de la multitud sobre la programación en zapping, ¿qué hay?, para recibir la respuesta de nada y sin embargo se enciende y permanece. Cuerpo social/cuerpo individualizado, roto por Iris México empeñada en jugar con el erotismo incluyente, más allá de la red electrónica.

Emma Villanueva, auxiliada por su compañero Eduardo Flores hasta formar Edema, se desnudó en la salida de una estación del metro para invitar a los transeúntes a escribir en su cuerpo sus comentarios sobre la represión en marcha en 2000 contra el Movimiento estudiantil. En el año I del nuevo milenio, las amenazas policíacas no impidieron la marcha explicada todo el tiempo hasta la Ciudad Universitaria ocupada por la policía de donde rápido se desprendió un filmador del desnudo para ser respondido por Emma cámara en mano ante la estupefacción del cuerpo represivo. Edema ofreciendo lección de dibujo de desnudo en las plazas públicas, incluyendo la del centro histórico de México durante el tradicional plantón de profesores en defensa.

Seguir los conceptos de Negri para ilustrarlos, resulta distinto a proponerse la dialéctica compleja y no lineal como método abstracto. La articulación entre lo abstracto y lo concreto exige ocuparse de casos donde la complejidad es punto de partida del descubrimiento subjetivo, activo, de dominios y determinaciones. Un caso más es necesario para ilustrar la pertinencia del concepto de multitud, no como entidad estática sino como proceso contradictorio con la formación de la sociedad civil cumplidora de derechos y exigente de soluciones de estado. Pero la autoridad moral frente a éste, sólo puede realizarse más allá del mero cumplimiento del contrato social, esto es, con la perspectiva no constitucionalista ni parlamentaria.

La cuestión nacional actualizada parece punto a tratar en los asuntos generales sin consideración de Negri y sus compañeros de ruta. En este punto concreto se anudan las contradicciones del desarrollo desigual y combinado para exigir un tratamiento no lineal como si no quedara más que el progreso positivista, la evolución de estadios sucesivos con rezagos superables y despreciables. Carlos Salinas de Gortari llamó “rezago histórico” a los indios de Chiapas en 1994, cuando debía empezar el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá. Tuvo que corregir para no volver a usar el término esperanzado en la extinción natural de los excluidos.

De todo y con todo esto, Toni Negri conmociona los rancios y renacentistas paradigmas del Arte para procurar una dimensión estética absolutamente necesaria. Absolutamente necesaria por universal. Entremos al caso ilustrativo: la obra musical y visual de León Chávez Teixeiro. Mucho más conocido como músico desde 1968, ganó en 1966 una mención en la fallidamente histórica Confrontación 66 donde el estado acogió a un grupo intelectual cosmopolita, para enfrentar el nacionalismo socializante a la no figuración y el expresionismo de la llamada Generación de la Ruptura empeñada en tapar el sol con un dedo. León Chávez ha producido un repertorio aparentemente cerrado como “potencia constituyente de nuevo poder” en los límites de su resistencia.

León Chávez Teixeiro pinta y dibuja. A brochazos, a golpes y escurrimientos, con gestos que representan a la multitud como líneas sintetizadoras de cuerpos trazados a manera de los niños. Grandes cuadros donde la zona industrial de Xalostoc, por ejemplo, es una sucia complejidad de humos, paredes maltratadas y caminos en estado de desastre. El cuerpo yerto de una violada con los acentos rojos de su desgracia, la serie de camas en cuartos estrechos, los utensilios de cocina como soportes de dibujos alusivos al trabajo doméstico, túneles reducidos a sus entradas o salidas oscuras, muros con caligrafías rabiosas, un espejo roto y viejo como ira testimoniada, en fin, el expresionismo como grito de una humanidad doliente y desesperada.

Hay una contradicción evidente en los medios enajenantes. El caso Michael Moore es el más destacado entre los miles de videoastas que han encontrado en esta tecnología el recurso testimonial necesario para alentar el contrapoder, mientras la mano invisible del mercado es incapaz de contener la socialización espontánea del copiado pirata de discos y videos. La frase-consigna de Marx del consumo como “un objeto para un sujeto y un sujeto para un objeto”, adquiere un sentido liberador de la ley del valor, suprema ley de conversión de mercancía-dinero-mercancía. El que Moore se haya enriquecido con sus películas no les resta contrapoder a pesar de su reducción electorera más que electoral.

* Investigador del Centro Nacional de Investigaciones sobre Artes Plásticas (Cenidiap), INBA.
carlosbgm@correo.cnart.mx


EL IMPERIO DESPUÉS DEL IMPERIALISMO

El Imperio es simplemente capitalista: es el orden del "capital colectivo", esa fuerza que ha ganado la guerra civil del siglo XX. Luchar contra el Imperio en nombre del Estado-nación pone de manifiesto una total incomprensión de la realidad del mandato supranacional, de su imagen imperial y de su naturaleza de clase: es una mixtificación.

Toni Negri*

Dos ideas fundamentales están la base de Imperio, el libro que he escrito a cuatro manos con Michael Hardt, entre la guerra del Golfo y la de Kosovo. La primera es que no existe un mercado global (en la forma en que se habla desde la caída del Muro de Berlín, es decir, no solamente como paradigma macro-económico sino como categoría política) sin forma de estructura jurídica, y que el orden jurídico no puede existir sin un-poder que garantice su eficacia. La segunda es que el orden jurídico del mercado global (que nosotros llamamos "imperial") no enmarca simplemente una nueva figura del poder supremo que tiende a organizar: registra también nuevos potenciales de vida y de insubordinación, de producción y de lucha de clases.

Desde la caída del Muro de Berlín, la experiencia política internacional ha confirmado ampliamente esta hipótesis. Ha llegado pues el momento de abrir una verdadera discusión y de verificar de forma experimental, los conceptos (mejor, las denominaciones) que nosotros proponemos, con el fin de renovar la ciencia política y jurídica a partir de la nueva o organización del poder global. Habría que estar loco para negar que actualmente existe un mercado global.

Basta pasearse por Internet para convencerse de que esta dimensión global del mercado no representa solamente una experiencia originaria de la conciencia económica, o incluso el horizonte de una amplia práctica de la imaginación (como nos cuenta Fernand Braudel a propósito del final del Renacimiento), sino una organización actual. Más aun: un nuevo orden. El mercado mundial se unifica políticamente en torno a lo que, desde siempre, se conoce como signos de soberanía: los poderes militar, monetario, comunicacional, cultural y lingüístico. El poder militar por el hecho de que una sola autoridad posee toda la panoplia del armamento, incluido el nuclear; el poder monetario por la existencia de una moneda hegemónica a la que está completamente subordinado el mundo diversificado de las finanzas; el poder comunicacional se traduce en el triunfo de un único modelo cultural, incluso al final de una única lengua universal. Este dispositivo es supranacional, mundial, total: nosotros lo llamamos "Imperio".

Pero todavía hay que distinguir esta forma imperial de gobierno de lo que se ha llamado durante siglos el "imperialismo". Por ese término entendemos la expansión del Estado-nación más allá de sus fronteras; la creación de relaciones coloniales (a menudo camufladas tras el señuelo de la modernización) a expensas de pueblos hasta entonces ajenos al proceso eurocentrado de la civilización capitalista; pero también la agresividad estatal, militar y económica, cultural, incluso racista, de naciones fuertes respecto a naciones pobres.

En la actual fase imperial ya no hay imperialismo -o, cuando subsiste, es un fenómeno de transición hacia una circulación de valores y poderes, a escala del Imperio. Lo mismo que ya no hay Estado-nación: se le escapan las tres características sustanciales de la soberanía -militar, política, cultural-, absorbidas o reemplazadas por los poderes centrales del Imperio. Desaparece o se extingue así la subordinación de los antiguos países coloniales a los Estados-nación imperialistas, al igual que la jerarquía imperialista de los continentes y de las naciones: todo se reorganiza en función del nuevo horizonte unitario del Imperio. ¿Por qué llamar "Imperio" (insistiendo sobre la novedad de la fórmula jurídica que el término implica) a lo que podría considerarse simplemente como el imperialismo norteamericano posterior a la caída del Muro de Berlín?

Sobre esta cuestión, nuestra respuesta es clara: contrariamente a lo que sostienen los últimos defensores del nacionalismo, el Imperio no es norteamericano; además, en el transcurso de su historia, Estados Unidos ha sido mucho menos imperialista que los británicos, los franceses, los rusos o los holandeses. No, el Imperio es simplemente capitalista: es el orden del "capital colectivo", esa fuerza que ha ganado la guerra civil del siglo XX. Por tanto, luchar contra el Imperio en nombre del Estado-nación pone de manifiesto una total incomprensión de la realidad del mandato supranacional, de su imagen imperial y de su naturaleza de clase: es una mixtificación. En el Imperio del "capital colectivo" participan tanto los capitalistas norteamericanos como sus homólogos europeos, lo mismo quienes construyen su fortuna sobre la corrupción rusa como los del mundo árabe, de Asia o de África, que pueden permitirse enviar sus hijos a Harvard y su dinero a Wall Street.

Un orden más eficaz, más totalitario

Está claro que las autoridades norteamericanas no podían rechazar su papel de gobierno imperial. Sin embargo Michael Hardt y yo pensamos que habría que matizar esto. En adelante, la propia formación de las elites norteamericanas dependerá ampliamente de la estructura multinacional del poder. El poder "monárquico" de la presidencia norteamericana sufre la influencia del poder "aristocrático" de las grandes empresas multinacionales, financieras y productivas, lo mismo que ha de tener en cuenta la presión de las naciones pobres y la función movilizadora de las organizaciones de trabajadores, en resumen, del poder "democrático" de los representantes de los explotados y excluidos. De ahí la reactualización de una definición del poder imperial "a lo Polibio"(1), que daría a la Constitución norteamericana una expansión que le permitiera desarrollar, a escala mundial, una multiplicidad de funciones de gobierno e integrar en sus propias dinámicas la construcción de un espacio público mundial.

El famoso "fin de la historia" consiste, precisamente, en este equilibrio de las funciones real, aristocrática y democrática, fijado por una Constitución norteamericana ampliada de manera imperial al mercado mundial. En realidad, muchas de las pretensiones dominadoras del Imperio son completamente ilusorias. Lo que no impide, sin embargo, que su orden jurídico, político y soberano sea sin duda más eficaz (y, desde luego, más totalitario) que las formas de gobierno que le han precedido. Porque se arraiga progresivamente en todas las regiones del mundo, influyendo sobre la unificación económico-financiera como un instrumento de autoridad del derecho imperial. Y lo que es peor, profundiza su control sobre todos los aspectos de la vida. Por eso subrayamos la nueva cualidad "biopolítica" del poder imperial, con el acontecimiento que ha significado su emergencia; a saber, el paso de una organización "fordista" del trabajo, a una organización "postfordista", y del modo de producción manufacturero a formas de valorización (y de explotación) más amplias: formas sociales, inmateriales; formas que invaden la vida en sus articulaciones intelectuales y afectivas, los tiempos de producción, las migraciones de los pobres a través de los continentes...

El Imperio construye un orden biopolítico porque la producción se ha hecho biopolítica. En otras palabras, mientras que el Estado-nación se sirve de dispositivos disciplinarios para organizar el ejercicio del poder y las dinámicas del consenso, construyendo así, a la vez, cierta integración social productiva y modelos de ciudadanía adecuados, el Imperio desarrolla dispositivos de control que invaden todos los aspectos de la vida y los recomponen a través de esquemas de producción y de ciudadanía que corresponden a la manipulación totalitaria de las actividades, del medio ambiente, de las relaciones sociales y culturales, etc. Si bien la deslocalización induce a la movilidad y a la flexibilidad sociales, aumenta también la estructura piramidal del poder y el control global de la dinámica de las sociedades afectadas. Este proceso parece ahora ya irreversible, bien se trate del paso de las naciones al Imperio, del desplazamiento de la producción de la riqueza de las fábricas a la sociedad y del trabajo a la comunicación, o bien de la evolución de modos de gobierno disciplinarios hacia procedimientos de control.

¿Cuál es la causa de esta transición? En nuestra opinión, es el resultado de las luchas de la clase obrera, de los proletarios del Tercer Mundo y de los movimientos de emancipación que han atravesado el antiguo mundo del socialismo real. Se trata de una aproximación marxiana: las luchas que generan el desarrollo, los movimientos del proletariado producen la historia. Así, las luchas obreras contra el trabajo taylorizado aceleraron la revolución tecnológica que, a su vez, condujo a la socialización y a la informatización de la producción. Igualmente, el irreprimible empuje de la fuerza de trabajo en los países post-coloniales de Asia y África engendró a la vez sobresaltos en la productividad y movimientos de población que han convulsionado las rigideces nacionales de los mercados de trabajo. Finalmente, en los países llamados socialistas, el deseo de libertad de la nueva fuerza de trabajo técnica e intelectual hizo saltar la vetusta disciplina socialista y, por lo mismo, destruyó la artificial distorsión estalinista del mercado mundial. La constitución del Imperio representa la reacción capitalista a la crisis de los viejos sistemas que servían para disciplinar la fuerza del trabajo a escala mundial. Al mismo tiempo inauguró una nueva etapa de lucha entre los explotados y el poder del capital.

El Estado-nación, que encerraba la lucha de clases, agoniza, como lo hicieran antes que él el Estado colonial y el Estado imperialista. Atribuir a los movimientos de la clase obrera y del proletariado esta modificación del paradigma del poder capitalista es afirmar que los hombres extraen su liberación del modo de producción capitalista. Y es tomar distancias respecto a los que derraman lágrimas de cocodrilo por el final de los acuerdos corporativistas del socialismo y del sindicalismo nacional, como los que lloran por la belleza del tiempo pasado, nostálgicos de un reformismo social impregnado del resentimiento de los explotados y de los celos que -a menudo- se disfraza de utopía. No, nos encontramos dentro del mercado mundial, e intentamos ser los intérpretes de esa imaginación que soñó, un día, con unir a las clases explotadas en el seno de la Internacional Comunista.

Porque vemos cómo de ahí nacen fuerzas nuevas. ¿Las luchas pueden convertirse en lo suficientemente masivas e incisivas como para desestabilizar, e incluso desestructurar la compleja organización del Imperio? Esa hipótesis incita a los realistas de todo pelaje a la ironía: ¡El sistema es tan fuerte! Pero, para la teoría critica, una utopía razonable no tiene nada de raro. Además, no hay otra alternativa porque estamos siendo explotados y dirigidos en este Imperio, y no en otro lugar. Imperio que representa la actual organización de un capitalismo en plena reestructuración, después de un siglo de luchas proletarias sin equivalente en la historia de la humanidad. Nuestro libro supone, por tanto, cierto deseo de comunismo.

De hecho, el tema central que aparece a través de todos estos análisis se reduce a una sola cuestión: ¿cómo puede estallar, en el Imperio, la guerra civil de las masas contra el capital mundo? Las primeras experiencias de batallas, declaradas o subterráneas, en este nuevo territorio del poder, proporcionan tres índices preciosos. Estas luchas exigen, aparte de un salario garantizado, una nueva expresión de la democracia en el control de las condiciones políticas de reproducción de la vida. Se desarrollan en los movimientos de poblaciones más allá del marco nacional, aspirando a la supresión de las fronteras y a una ciudadanía universal. Comprometen a individuos y multitudes que intentan reapropiarse de la riqueza producida gracias a instrumentos de la producción que, a causa de la revolución tecnológica permanente, se han convertido en propiedad de los sujetos; más aun: en auténticas prótesis de sus cerebros.

La mayor parte de estas ideas nació durante las manifestaciones parisienses del invierno de 1995, aquella "Comuna de París bajo la nieve" que exaltaba mucho más que la defensa de los transportes públicos: el autorreconocimiento subversivo de los ciudadanos de las grandes ciudades. Nos separan algunos años de aquella experiencia. Sin embargo, en todos los lugares en que se han llevado a cabo luchas contra el Imperio, han puesto de manifiesto un fenómeno por el que se han empleado a fondo: la nueva conciencia de que el bien común es tan decisivo en la vida como en la producción, tanto más que el bien "privado" y el "nacional", por utilizar términos envejecidos. Sólo el "común”(2) se dirige contra el Imperio contra el imperio.

Publicado en Le Monde Diplomatique, Enero 2001.

1. Nacido entre el año 210 y el 202, Polibio, exilado en Roma tras el hundimiento de la potencia macedonia, se convirtió en el principal historiador de la victoria de Roma sobre Cartago, y de la expansión romana hacia Oriente. Pragmático, intentó explicar las causas de los acontecimientos históricos que presenció. Murió alrededor del 126 antes de J. C.
2. El "común" es un concepto en el que trabaja Toni Negri. No es el "bien común" sino el "común", en referencia a Spin
oza.

* Antiguo dirigente histórico del grupo Pottere Operaio, Negri cumple actualmente, en la cárcel de Rebibbia (Roma) una pena de treinta años de prisión por 'insurrección armada contra el Estado" y de cuatro años y medio por "responsabilidad moral" en los enfrentamientos entre militantes y policía en Milán, entre 1973 y 1977. Tiene derecho a salir durante el día. En su exilio de catorce años en París (antes de su reingreso en prisión) fue agregado de cursos en la Escuela Normal Superior y profesor en la Universidad París VIII, así como en el Colegio Internacional de Filosofía.