Sección Internacional


CONTRA EL MACARTISMO
MANIFIESTO DESDE AMÉRICA LATINA

En Estados Unidos, tras los ataques del 11 de septiembre, el clima de hostilidad y persecución contra intelectuales y profesores de las universidades de ese país anuncia el regreso de cierto macartismo.

Antecedentes

Ya en noviembre de 2001, poco después de los ataques del 11 de septiembre, el clima de hostilidad y persecución contra intelectuales y profesores de las universidades de Estados Unidos se anunciaba como el regreso de cierto macartismo. Un grupo fundando por Lynee Cheney, esposa del ex vicepresidente Dick Cheney, publicaba una lista de 40 académicos que no habían mostrado “suficiente patriotismo” después de los ataques terroristas. Se acusaba a los académicos de “ser el sector más débil en la respuesta norteamericana a los ataques”.

La asociación de Cheney llamada “American Council of Trustees and Alumni” (http://www.goacta.org) dijo en aquel momento que el mensaje que varios de estos profesores e intelectuales habían colocado era “Blame America first” (culpar a América primero)... Citando frases fuera de contexto, de profesores de la Universidad de Nueva York, Massachussets, Princeton, Rutgers, Nuevo México, Texas, entre muchas otras, en un documento titulado “Defendiendo la civilización: cómo nuestras universidades están defraudando a América y qué puede hacerse al respecto”, refirieron un conjunto de “ejemplos” sobre la falta de patriotismo de estos académicos. Se documenta con escándalo el caso de un sitio web puesto en funcionamiento por un profesor de Duke, que fue desactivado por autoridades universitarias por “hacer vigorosos llamados a una respuesta militar ante los ataques terroristas”, se criticó también que en la universidad de Massachussets se autorizó un rally antiguerra, pero se prohibió la realización de uno a favor de la guerra. Así, citando 115 casos de diferentes universidades de todo ese país (lo que implica una sorprendente y enorme capacidad de “observación y registro”, por decirlo suavemente), se pretendió ilustrar y exhibir el antipatriotismo de académicos e intelectuales.

A partir de la guerra intervencionista en Iraq, esta política persecutoria se incrementó: despidos de periodistas, vigilancia extrema sobre ciertos intelectuales, académicos, artistas y activistas, subieron de tono. Los aparatos de inteligencia norteamericanos, bajo el amparo del llamado “Patriotic act” (Acta Patriótica), pueden acceder a la información de las universidades (qué libros consulta un profesor en las bibliotecas, con quiénes conversa, qué correos recibe), situación que ha sido denunciada por varios de estos mismos profesores y por organizaciones de defensa de los derechos civiles. La universidad de Columbia se ha convertido en un foco importante de esta campaña “de conmoción y terror”, según lo ha documentado el profesor Massad y lo ratifica el sorprendente “artículo” de Candace de Russy (miembro del Board of Trustees of the State University of New York and chair on the board’s Committee on Academic Standards), quien acusa al profesor Nicholas de Genova, de Columbia, de antiamericanismo rampante y de radicalismo, y aprovecha su artículo (localizable en http://www.nationalreview.com/comment/comment-derussy040703.asp) para emprenderla contra Edward Said y lo que ella llama sus “acólitos”. Said es uno de los más prestigiosos intelectuales que ha contribuido a la reflexión sobre el imperialismo en Estados Unidos, entre otros temas.

Esta campaña ha colocado en el foco a profesores como Rashid Khalid, Hamid Dabashi y el propio Massad. Marcados (“targeted”) como antiamericanos, la campaña incluye a académicos tan destacados como John Esposito, Juan Cole, entre muchos otros nombres.

Las llamadas “listas negras” se inscriben en la lógica del macartismo y algunos de los profesores “marcados” han denunciado que sus estudiantes son llamados para espiar a sus propios maestros, para reportar comentarios o posiciones antiamericanas en lo general o posiciones “antiisraelitas” en el caso de profesores de origen árabe.

Intelectuales neoyorkinos reportan con preocupación la nueva campaña publicitaria de la Asociación Nacional de Policías, que ha tapizado de carteles barrios como Harlem (mayoritariamente negro, mexicano y dominicano), que muestran a “un policía local con casco y escopeta en mano al lado de un infante de marina listo para el combate, diciendo ‘Apoyemos a nuestras tropas, aquí y en el extranjero’. Todo ello anuncia la reconstitución del aparato de defensa nacional” (Home-land Defense).

La embestida contra las libertades democráticas y civiles se vuelve un tema preocupante y “Acta Patriótica”, que se ha vuelto la herramienta “legal” que utiliza la administración Bush para limitar el derecho de manifestación y libre expresión, ha hecho mella. Muestra de ello ha sido la brutal represión a los manifestantes en el puerto de Oakland y San Francisco (California), el despido del periodista del San Francisco Chronicle y las repetidas amenazas a trabajadores y estudiantes que participaron en manifestaciones antiguerra.

Cientos de miles de personas se opusieron activamente a la guerra y han manifestado su rechazo a esta política de “conmoción y terror”. Con todo, la población norteamericana que ha manifestado una postura activa crítica es o sigue siendo minoritaria, considerando que en ese país habitan más de 250 millones de personas. Los intelectuales, académicos, periodistas, defensores de los derechos humanos, han sabido expresarse de diversas formas y están luchando por mantenerse en pie en una situación difícil, en un lugar difícil.

El proceso

De acuerdo con toda esta situación y convencidos de que se trata de un asunto de importancia crucial de cara al nuevo orden global, un grupo de intelectuales, periodistas y trabajadores de la cultura en y desde América Latina, preocupados por esta situación, han sostenido durante las últimas semanas un intenso intercambio de opiniones, información, propuestas y debates, cuyo resultado es la conformación de un colectivo “desde América Latina” que, asumiendo la gravedad del momento en que vivimos, ha decidido manifestar no sólo su solidaridad con los colegas que en Estados Unidos están sufriendo las consecuencias de esta política autoritaria, sino asumir de manera decidida la necesidad de replantear el papel del intelectual público y las agendas de investigación, así como de ocupar un lugar de enunciación en el espacio público, convencidos de que fortalecer el pensamiento crítico en el interior de Estados Unidos, entre otras tareas, significa una barrera de contención a los poderes desatados por los afanes de control imperialista que ponen en serio riesgo la continuidad de la sociedad y que, sin duda, tienen una relación directa con el devenir “latinoamericano”.

Iniciativa mexicana, el manifiesto que se da a conocer es la primera etapa de un trabajo que ha convocado a mujeres y hombres de diferentes países de la región, que han decidido unir sus voces, aun en las necesarias discrepancias, para hacerse visibles y dejar constancia de que son muchos los que en las universidades, los centros de investigación, los medios, los museos, las galerías, las calles, se oponen al avance de un proyecto “único” incapaz de aceptar la crítica y la disidencia.

Los firmantes

Entre los firmantes, hay comunicadores, politólogos, filósofos, escritores, sociólogos, antropólo-gos. Cada uno de ellos destaca en su propia rama por su contribución al conocimiento, por trayectorias dedicadas al esclarecimiento de problemas cruciales para la sociedad: Norbert Lechner, el politólogo chileno que ha replanteado la compresión de lo político en el marco de los desafíos actuales; Carlos Monsiváis, destacado analista y ensayista de la cultura; Hugo Achugar, crítico cultural, escritor, destacado profesor en Montevideo; Elizabeth Jelin, una de las más destacadas sociólogas argentinas, estudiosa de los movimientos sociales y de la memoria; Antonio Pasquali, venezolano, uno de los pilares fundadores de los estudios de comunicación; Martín Hopenahayn, analista y filósofo de lo contemporáneo que desde Chile ha configurado un pensamiento renovador; Guillermo Orozco, mexicano, cuyas contribuciones han sido clave para lo que hoy se conoce como “una perspectiva latinoamericana de la comunicación”; Aníbal Ford, destacado ensayista, escritor, profesor y analista de las culturas contemporáneas.

Cada uno de los firmantes merecería un artículo aparte, pero lo sustantivo es que han decidido unir sus voces y sus firmas para sostener una conversación colectiva y hacer patente su voluntad de contribuir en la construcción de una sociedad en la que el derecho al libre pensamiento sea una realidad.

Manifiesto desde América Latina

Diversos acontecimientos posteriores a las atroces acciones terroristas del 11 de septiembre y, de manera especial, el clima mundial que se vive a raíz de la guerra intervencionista en Iraq, han puesto en evidencia procesos estructurales amenazantes. Vemos con preocupación que avanza en el mundo una política autoritaria que no acepta la crítica ni la disidencia y que se abroga el derecho de construir y decretar la inviabilidad de naciones y grupos de personas apelando a la seguridad y haciendo caso omiso de las instancias supranacionales y multilaterales. A su vez, profesores, periodistas y defensores de los derechos humanos en Estados Unidos de América han visto amenazado su derecho a la disidencia en un clima persecutorio contra todas aquellas expresiones consideradas “antiamericanas”. En América Latina, se acrecienta la persecución contra los movimientos sociales y se constata el desmantelamiento de las instituciones y espacios para el ejercicio del pensamiento crítico.

Dejar pasar la intolerancia, admitir que aun en ámbitos supuestamente democráticos más y más personas sean molestadas por sus opiniones y permanecer silenciosos frente al crecimiento de un “pensamiento único” que no admite crítica ni contestación aumentan el riesgo de un retroceso histórico que vuelva a esclavizar al pensamiento y ate a los intelectuales al poder. En América Latina, hemos experimentado en carne propia las consecuencias de poderes dictatoriales y soberbios, cuya consigna ha sido desmantelar cualquier vestigio de crítica interna y la fabricación de enemigos “domésticos” para justificar sus excesos y su carencia de legitimidad, y no queremos que se repitan.

Frente a esta realidad, juntos mujeres y hombres, intelectuales, periodistas y trabajadores de la cultura de América Latina condenamos un avance militar que no ha respetado vidas ni patrimonios culturales, y conformamos hoy un colectivo que manifiesta:

a) Nuestro compromiso con la sociedad para permanecer atentos y hacer visibles los actos represivos contra aquellos que, en el ejercicio de su derecho al pensamiento libre, sean amenazados y perseguidos. En particular, unir esfuerzos para que nadie sea perseguido por haberse opuesto o haber denunciado esta guerra escandalosa.

b) Nuestra decisión de continuar con el ejercicio cotidiano del pensamiento crítico en las aulas, en las publicaciones, en los foros en que participamos y en los medios electrónicos, proveyendo insumos reflexivos para el ejercicio de una ciudadanía comprometida.

c) Nuestra iniciativa de convocar a las instituciones académicas del continente para revisar y replantear las agendas de investigación en vistas de las nuevas urgencias. Convocar también a la comunidad académica para que asumamos decididamente la tarea de promoción y defensa del pensamiento libre y responsable y del patrimonio tangible e intangible de nuestras sociedades y del mundo.

Firmas:
Alejandro Grimson (Argentina), Aníbal Ford (Argentina), Antonio Pasquali (Venezuela), Benja-mín Arditi (Paraguay), Carlos Monsiváis (México), Carlos Ossa (Chile), Claudia Briones (Argen-tina), Daniel Mato (Venezuela), Eliseo Colón Zayas (Puerto Rico), Elizabeth Jelin (Argentina), Evelina Dagnino (Brasil), George Yudice (EUA), Germán Rey (Colombia), Guillermo Orozco Gómez (México), Héctor Díaz-Polanco (México), Hugo Achugar (Uruguay), Jesús Martín Barbero (Colombia), Jorge Alonso (México), José Manuel Valenzuela (México), Marcial Godoy Anativia (Chile), Marita Mata (Argentina), Martín Hopenhayn (Chile), Mercedes González de la Rocha (México), Mirta Antonelli (Argentina), Muniz Sodre (Brasil), Nelly Richard (Chile), Néstor García Canclini (México), Nicolás Casullo (Argentina), Nora Mazzioti (Argentina), Norbert Lechner (Chile), Raúl Trejo Delarbre (México), Renato Ortiz (Brasil), Rosa María Alfaro (Perú), Rossana Reguillo (México), Silvia Alvarez Curbelo (Puerto Rico), Silvia Delfino (Argentina), Ticio Escobar (Paraguay), Tomás Moulian (Chile).


EL SINDICALISMO SOCIOPOLÍTICO

Ante la globalización, diversas organizaciones se debaten en profundas convulsiones al transformarse los escenarios en que surgieron y se desenvolvieron. En este grupo están los sindicatos, junto a los partidos políticos y las empresas.

Alberto José Robles*

En el crucial año de 1989, el XII Congreso de la Organización Interamericana de Trabajadores (ORIT), rama de la Confederación Internacional de Organizaciones Sindicales Libres (CIOSL), adopta una nueva noción orientadora: el sindicalismo sociopolítico.

Ya en 1987, Julio Godio sostenía "la necesidad de pasar de un sindicalismo combativo pero sólo reivindicativo, a un sindicalismo sociopolítico, reivindicativo, pluralista, participativo y societario" (Godio, 1987). Se trataba de impulsar una "herramienta simbólica" que permitiera a los trabajadores comprender las "razones del marasmo" (OIT, 1997) desencadenado por las mutaciones económicas de finales del siglo XX, y actuar creativamente frente a las mismas.

Poco después, la Conferencia Internacional de la CIOSL-ORIT (San José, 1991) convocada bajo el lema "Integración, desarrollo y democracia", guiada por los principios del sindicalismo sociopolítico, adoptó la trascendente decisión de que el movimiento obrero debía luchar para que se le reconociera un rol protagónico en los diseños y ejecución de los procesos de integración.

La idea de lo "sociopolítico", como forma de percibir una nueva realidad social que se aparece múltiple, heterogénea, intervinculada, se vincula con las nociones de "biopoder" y "biopolítica" desarrolladas por Foucault, y con la idea de "nueva ciudadanía social" que Supiot rescata de Ulrich Mückenberger (Supiot, 1996). En esencia, podría decirse que el sindicato sociopolítico se dispone a derribar las paredes del sindicato, para "salir" hacia la sociedad y la vida, y permitir la "entrada" de la vida y la sociedad al mundo sindical.

El sindicalismo sociopolítico es el sustrato cultural del papel protagónico desempeñado por los sindicatos en los movimientos por democratizar la globalización abiertos a partir de Seattle (1999), la constitución de sindicatos globales, el fenómeno de las fusiones sindicales, la acción expansiva de los Secretariados Profesionales Internacionales (SPIs), la emergencia de la Coordinadora de Centrales Sindicales del Cono Sur (CCSCS) y su notable intervención sindical en el Mercosur empujándolo a asumir la problemática social, todos hechos que deben ser interpretados como manifestaciones de una nueva y pujante dinámica sindical en la globalización.

Peter Drucker, padre de la Ciencia de la Organización (Management), considera que el sindicato es la organización mas exitosa del siglo XX. Pero su futuro está íntimamente vinculado al amplio debate abierto sobre el "nuevo sindicalismo", que tomó estado global en el XVII Congreso Mundial de la CIOSL realizado el año pasado en Durban (Sudáfrica, 2001).

A fin de destacar la importancia del proceso de cambio sindical se ha dicho que "el movimiento sindical no tiene salvoconducto para atravesar la historia" (Cortina, 1998), que los sindicatos se encuentran entre el dilema de innovar o adaptarse (Elgar, 1996), que para los sindicatos ha llegado la hora de la renovación (OIT, 1997), y que "no podemos seguir permitiéndonos el lujo de instituciones del movimiento obrero que se limitan a tratar los síntomas en vez de atacar las causas de los males sociales" (Gallin, 1993).

La crisis organizacional se ha vuelto un fenómeno tan reiterado que ha llegado a instituir áreas especiales de conocimiento para abordarla. El siglo XX ha sido testigo de la obsolescencia y el colapso de diversas organizaciones. Basta pensar en las organizaciones anarquistas o comunistas, así como en las empresas y estructuras fordistas o verticales.

Otras organizaciones se debaten en profundas convulsiones al haberse modificado los escenarios en que surgieron y se desenvolvieron. En este último grupo están ubicados los sindicatos, junto a los partidos políticos y las empresas, entre otras.

No faltan quienes pronostiquen (e íntimamente deseen) el fin del sindicalismo. Sin embargo, en la medida en que se afianza y generaliza un mundo en el que toda la Humanidad depende de obtener un empleo para poder vivir, la razón de ser de los sindicatos no sólo no parece agotada sino que, mas bien, se ve ampliada, cuantitativa y cualitativamente.

Ahora bien, el capitalismo y el trabajo han mutado profundamente. Se han disuelto paradigmas productivos y culturales, y consecuentemente se produjeron transformaciones radicales en la concepción, la acción y las consecuencias del trabajo humano. En la globalización, las barreras que separaban y mantenían aisladas las diferentes manifestaciones de la actividad creativa humana han desaparecido.

Es evidente, entonces, que se están incorporando y seguirán incorporándose al accionar sindical nuevos desafíos respecto a su gestión, nuevas instancias de comprensión de las problemáticas actuales de la sociedad del trabajo y, por supuesto, nuevas lecturas sobre su futuro, para que su vigencia pueda legitimarse en el marco de estas transformaciones.

Si estas cuestiones son asumidas con audacia e inventiva creadora, los sindicatos profundizarán una mutación genética que los llevará a protagonizar las nuevas realidades. En cambio, si los desafíos son minimizados, desestimados en bloque o relativizados, los sindicatos se enfrentarán, cara a cara, con la cuestión de su obsolescencia y el colapso.

Las estrategias meramente defensivas (que hemos dado en llamar Estrategias de Masada), en una época de cambio profundo y acelerado, ubican a los sindicatos mas cerca de su colapso que de su mutación evolutiva. Por el contrario, las estrategias de "tomar el toro por las astas" y "duplicar la apuesta", a pesar de los riesgos de incursionar en terrenos desconocidos, ubican a los sindicatos en una dinámica transformadora, hacia adentro y hacia fuera, que les permite decodificar las nuevas realidades, para instalarse como protagonistas.

Ello no implica dar la espalda a la historia del movimiento obrero, sino, todo lo contrario, profundizar su histórica capacidad de invención y respuesta frente a las transformaciones económicas, tecnológicas y sociales.

El sindicalismo sociopolítico y la construcción permanente de nuevas solidaridades

El mundo en que vivimos se está construyendo como una continuidad indiferenciable de lo económico, lo político, lo social, lo laboral y lo cultural. La sociedad se vuelve heterogénea, desarticulada, formada por culturas y subculturas. Lo público y lo privado se imbrican. El trabajador se fragmenta en infinitas tipologías. Desaparece el "obrero masivo" que fue la base del fordismo, el Estado de Bienestar y los sindicatos masivos, y comienza a perfilarse la figura del "trabajador social", abarcativa de todos los ámbitos de creación humana, manual, intelectual y afectiva, en todos los ámbitos de la cooperación social.

En este nuevo escenario, los sindicatos se constituyen como ámbitos de comunicación y articulación de demandas diversas y contrapuestas.

En esta línea, el sindicato deja de ser una representación automática del colectivo de trabajadores incluidos en su ámbito de actuación (como sucedía cuando la idea de "clase obrera" expresaba a un conjunto social homogéneo), para transformarse en una organización que deberá constituirse permanentemente, actuando como bisagra de diferentes expresiones, construyendo entendimiento y tolerancia, en una función eminentemente comunicativa, orientada a la construcción de la solidaridad y a la formulación de un consenso normativo básico sobre la asignación o distribución de recursos entre grupos sociales.

El porvenir del sindicalismo parece reposar en esta cuestión central: resolver una construcción de la solidaridad basada en criterios diferentes de los que emanan de una simple identidad. La solidaridad ya no puede construirse por la agregación de situaciones particulares semejantes. Se requiere partir de las diferencias, de situaciones inéditas, de nuevos problemas sociológicos, de nuevas relaciones sociales. Esto implica concebir lo colectivo, no como una totalidad, sino como punto de reunión de las singularidades.

Supone también un cambio de la cultura sindical: abandonar una cultura exclusivista de movilización y confrontación fundada en la subyacencia de intereses homogéneos y una dinámica de conquista social, hacia otra cultura basada en una noción de construcción permanente.

Tres objetivos y una actitud para constituir un nuevo sindicalismo

Las tendencias que pone en evidencia el nuevo sindicalismo sociopolítico sintetizan un esquema de tres objetivos y una actitud:

  • Objetivo uno: ir hacia la empresa
  • Objetivo dos: ir hacia la sociedad
  • Objetivo tres: ir hacia lo global
  • Una actitud: incorporar la perspectiva de género

Objetivo Uno: ir hacia la empresa

El sindicato debe "apropiarse" del mundo de la empresa.
Es allí donde están en ebullición las mujeres y los hombres de carne y hueso enfrentados a las nuevas realidades de la producción y el consumo, donde se generan y aplican las nuevas tecnologías, donde se están gestando nuevos diálogos y escenarios de relación entre el capital, el trabajo, el consumo y el ambiente. Desde la empresa se construyen las nuevas solidaridades, vivencias y culturas que determinarán el carácter futuro de la nueva gestión sindical.

La instalación del sindicato en la empresa, multiplicando el diálogo paritario y la negociación colectiva permanentes, en red, con una organización sindical descentralizada, anuncia no sólo la ubicación del contrato colectivo como fuente directa de un nuevo Derecho del Trabajo, mas abarcativo y con su perfil protectorio sustentado en la participación, sino la reforma misma de la empresa, a partir del principio de participación de los trabajadores.

"La empresa" deja de identificarse exclusivamente con el patrón y el empresario, para incluir a los trabajadores y a los consumidores y usuarios. Desplaza a un segundo plano su condición de cosa sujeta a propiedad, para fortalecer su condición de organización cooperativa de personas. Posterga la "ganancia" como finalidad última, para adelantar la finalidad de "servicio al público". Modifica su relación con el medio ambiente, abandonando la idea de dominio por la idea de "desarrollo sostenible". Reordena el tiempo de trabajo teniendo en cuenta todas las necesidades de tiempo de la sociedad.

Habrá que estar muy atento a la evolución de los embriones: orientación a la empresa, a las comisiones paritarias permanentes, a los comités de colaboración en materia de higiene y seguridad en el trabajo, a los sistemas de información y consulta, a los consejos de empresa.

Objetivo Dos: ir hacia la sociedad (el sindicato "social")

El sindicato acrecentará su posibilidad de futuro si supera el terreno específico del mundo laboral, y se dota a sí mismo de lo que Bruno Trentin denomina "estructuras de movimiento", de lugares públicos accesibles a todos, y si se abre al debate, a las acciones comunes y a la alianza con otros movimientos.
Esto implica discutir el nuevo universo del movimiento sindical. En esta tendencia, el sindicato impulsa su acción hacia nuevas temáticas que son comunes a su función y también al conjunto de la sociedad (ecología, derechos humanos, feminismo, sexualidad, juventud, niñez, ancianidad, derechos del consumidor, movimientos campesinos, minorías nacionales, etc.).

El crecimiento de una sociedad civil global altamente diferenciada impulsa la necesidad y la emergencia del nuevo tipo de sindicato sociopolítico, para abrir el mundo del trabajo a la vida.

Un ejemplo de ello es el debate sobre la reducción y la reordenación del tiempo trabajo, concebida no sólo como una medida "laboral" sino como un proyecto de civilización, que tenga en cuenta toda la actividad humana, la vida social misma.

La constitución del sindicato "social" implica una profunda mutación de su naturaleza y una concepción radicalmente nueva de su papel, porque lo abre a la construcciones de un nuevo tipo de solidaridades, que muchas veces son más sólidas que la relación laboral, y que generarán una proliferación de conexiones entre el mundo del trabajo y los múltiples mundos que constantemente genera y regenera la sociedad civil, que expresan las nuevas organizaciones y movimientos sociales.
Esto implica también reubicar al sindicato, dejando atrás las nociones de vanguardia y columna vertebral de una sociedad civil escuálida, para asumir el rol de un par dentro de una rica sociedad civil que ha estallado en mil mundos, dispuesta a producir una nueva civilización.

Objetivo Tres: ir hacia lo global
(la irrupción de estrategias regionales, continentales y globales)

Finalmente y tan importante como las dos actitudes anteriores constituyentes del nuevo sindicalismo, se ubica la acción sindical en el campo regional, continental y mundial.

En el sistema mundo que se ha construido en la última década del siglo XX, aislarse es morir de inanición. Seattle ha puesto de manifiesto que ya existe una sociedad civil global movilizada, de la que los sindicatos de todo el mundo son parte, que debe comunicarse, entenderse y articularse.

Una de los procesos mas interesantes de esta tendencia son las "fusiones sindicales gigantes", como la sucedida en Alemania en 2001, cuando cinco grandes centrales de rama se unieron para formar el VERDI (Unión de Centrales Sindicales de Servicios) y constituir el sindicato mas grande del mundo. "Los trabajadores tratan de representar un papel mundial", dice analizando la tendencia Werner Thoennessen (Thoennessen, 2001).

La misma tendencia expresa el fortalecimiento de los 15 Secretariados Profesionales Internacionales (CIOSL) y la constitución de los Sindicatos Globales (www.global-unions.org), y a nivel regional la constitución de la Coordinadora de Centrales Sindicales del Cono Sur, en 1988.

El MERCOSUR es un capítulo clave para los trabajadores del Cono Sur de América Latina. Una política activa del movimiento obrero en su construcción podrá aportar a la consolidación de las estructuras económicas y políticas del bloque regional y, asimismo, le permitirá tomar una posición supranacional en el proceso de interpenetración veloz de los mercados de los países miembros. La presencia sindical es una contratendencia al proyecto de un Mercosur orientado unilateralmente al libre comercio. Las organizaciones sindicales están en condiciones de imprimirle jerarquía a la política de integración y sostener allí una impronta "formateadora" del MERCOSUR, en el sentido de priorizar en las agendas de discusión la cuestión social.

La adopción de estrategias de inserción en la región, en el continente y en el mundo, le imprimen al sindicato dinámicas transformadoras, constituyéndolos como actores en la globalización.

Una nueva actitud: incorporar la perspectiva de género

La cuestión de género está ubicada en el epicentro de la crisis del mundo del trabajo y de la civilización, a partir de la ruptura de la localización milenaria de la mujer en el mundo privado familiar "reproductivo" y del hombre en el espacio público "productivo". El desplazamiento masivo y unilateral del tiempo, del ámbito doméstico y el cuidado de los hijos al laboral, representa uno de los cambios culturales más decisivos de nuestro tiempo, y cae con todo su peso en las mujeres trabajadoras que suelen desempeñar jornadas de trabajo familiar/laboral de mas de 80 horas semanales.

El nuevo sindicato sociopolítico no podrá constituirse si no cuenta con las mujeres en su interior actuando protagónicamente, no sólo porque constituyen la mitad de la población sino, y sobre todo, porque sólo la incorporación del punto de vista de género permitirá penetrar en los aspectos esenciales del nuevo paradigma, como se pone en evidencia en la cuestión de la distribución del tiempo de trabajo y la emergencia del "trabajo afectivo".

La discriminación sexual que los propios militantes sindicales practiquen en el interior de los sindicatos consolida las estrategias de discriminación general, en tanto facilita la parálisis de este sector esencial de los trabajadores.

La cuestión de la participación de la mujer en la acción sindical debe ser materia no sólo de "lucha cultural", sino un asunto orgánico, esto es, debe establecerse en los estatutos la obligatoriedad de la representación femenina en los órganos de dirección.

Las nuevas formas de la organización sindical

A partir de los cambios funcionales reseñados se están produciendo profundas transformaciones organizativas en la vida sindical. Las organizaciones toman la forma de la función. No es igual un equipo que se forma para jugar al fútbol, que otro que se forma para jugar al básquet.

En el mundo, ya no se concibe un sindicalismo fuertemente centralizado. Por el contrario, el sindicato en la era de la globalización debe ser profundamente descentralizado: hacia los lugares de trabajo, hacia los diferentes "mundos" de la sociedad civil, hacia el sistema mundo, con poderosos mecanismos de articulación.

Deberán estar en condiciones de actuar, reaccionar y modificarse rápidamente.

Requerirán una apertura decisiva hacia el concepto de aprendizaje y capacitación. No hay ninguna posibilidad de producir las transformaciones que el sindicalismo actual necesita, sin una modificación estructural del rol que ocupa hoy la capacitación de dirigentes, delegados y afiliados. El nuevo sindicato sociopolítico debe constituirse como una organización de aprendizaje. La insistencia en este punto es crucial. A tal punto llega la profundidad de esta demanda de transformación sindical que Pierre Bourdieu sostenía que el movimiento social no tenía ninguna posibilidad de ser eficaz, si no reunía tres componentes: sindicatos, movimientos sociales e investigadores (Bourdieu, 2001).

Ha perdido vigencia el dirigente sindical reclamacionista, que "delega" la elaboración de estrategias económicas, políticas y jurídicas en los especialistas, para luego "ajustar" sus propuestas. Ya no es "funcional" ningún tipo de dirigente (sindical, empresarial, político, cooperativista, etc.) que tenga una vaga información teórica general y encargue a los especialistas la elaboración de informes (Godio, 1986). Si bien se trata de un déficit del sindicalismo mundial, es preciso decir que en las organizaciones sindicales latinoamericanas la preocupación por la educación gremial es patrimonio de cuadros aislados y sólo raramente de la organización sindical en su conjunto (Klein, 2000).

La descentralización articulada de la convención colectiva debe construirse a partir de lo que los alemanes denominan "el sistema de macrorientación", esto es, la necesidad de que la negociación colectiva exceda el marco de los intercambios rígidos y atienda a una labor de construcción social, política y económica, que es, por naturaleza, lenta y producto de una dinámica de práctica e incorporación cultural.

Las representaciones y la estructura

Del mismo modo que el sistema de partidos políticos debe resolver el envejecimiento del esquema de representatividad, para el mundo sindical es urgente abordar la reforma de los mecanismos de representación.

La clásica figura del delegado "de base", exponente de una solidaridad automática construida a través de identidades homogéneas, está en crisis, a partir de la desaparición de aquella homogeneidad de la fuerza laboral. Hoy las y los trabajadores son mujeres, hombres, pasantes, estables, jóvenes, contratados, precarios, informales, desocupados, con deberes y sin deberes familiares, estudiantes, inmigrantes, grupos culturales, etcétera.

Frente al cambio tiende a aparecer un nuevo tipo de delegado, que no llega "hecho" sino que debe hacerse permanentemente a partir de un nuevo tipo de actividad sindical que:

a) construya permanentemente nuevas solidaridades capaces de vertebrar la heterogeneidad del mundo del trabajo, respetando y preservando las diferencias;
b) establezca puentes con la heterogeneidad de la sociedad civil, capaces de vincular los diferentes "mundos" que constituyen la vida de los trabajadores (trabajo y familia, ecología, salud integral, capacitación y educación, amor, cultura, participación sociopolítica, etc.)
c) se "apropie" de la empresa, mediante la participación de los trabajadores y la negociación colectiva, haciendo operativo el derecho de información y consulta.

Este delegado de nuevo tipo precisa un alto nivel de capacitación que deberá impulsar el sindicato. Por otra parte, la organización sindical para expandir su acción hacia otros ámbitos de la sociedad ("estructuras de movimiento"), necesitará nuevas áreas de servicio, formación, información y acción. Unidades de "extensión sindical", de "relaciones con la comunidad", de "microemprendimientos y asociacionismo sindical", de inserción del trabajo informal, de acción ecológica, etc., se tornarán funcionales para poner en marcha un sindicalismo dinámico y abierto hacia la sociedad y que, al mismo tiempo, pueda recuperar credibilidad y legitimidad.

Entre las transformaciones organizativas que requiere el nuevo sindicalismo sociopolítico deberá contemplarse la necesidad de destinar más recursos a las actividades internacionales sindicales. En el presente, pocos son los sindicatos, incluso entre las centrales sindicales de los países industrializados, que tienen departamentos internacionales, y cuando los hay están subequipados, normalmente con sólo dos o tres personas (Gallin, 1993).

Vínculos institucionales: tripartismo, concertación y diálogo social

Puede decirse que las organizaciones sindicales "fueron chocadas" por la globalización. En todas partes sufrieron de la crisis de los Estados de Bienestar que los incluía como sujetos del trato sobre el que habían sido fundados.

En Argentina, el modelo sindical, que estaba "acostumbrado" a ubicar al Estado como un espacio de acción propio, se encontró con que el propio Estado (dirigido por el Partido Justicialista) concretó en los '90 un proceso de autoeliminación y desguace del Estado de Bienestar, único en el mundo por su velocidad y profundidad, que produjo inexorablemente la ruptura del cordón umbilical que lo unía al sindicalismo.

Los reflejos derivados del viejo modelo sindical impulsaron una estrategia de gestiones políticas superestructurales, o protestas y movilizaciones, dirigidas hacia los máximos niveles del Estado nacional, que dejaron a los sindicatos aislados y girando en el vacío, en una acción meramente defensiva.

Entretanto, el deterioro progresivo del sistema político, debido al abismo creciente entre los reclamos de la población y los resultados de la democracia, impulsa una tendencia a profundizar los mecanismos democráticos mediante el establecimiento de una cultura del consenso sociopolítico y participación de la sociedad civil, en una institucionalidad que establezca la concertación y el diálogo social en el centro de la política.

En 1960, la OIT adoptó la Recomendación 113 Sobre la Consulta y la Colaboración entre las Ramas de Actividad Económica y el Ámbito Nacional, en la que se aboga en favor de la consulta y colaboración tripartitas, sobre diferentes cuestiones, y en particular la elaboración y aplicación de planes de desarrollo económico y social. En 1973 publica la obra "La participación de los empleadores y trabajadores en la planificación", en la que se muestra optimista ante los mecanismos institucionales creados a tal efecto en numerosos países. Recientemente, se han producido experiencias participativas tripartitas en España e Italia, como ensayo de cogestión en la economía en épocas difíciles, que han dado en llamarse "pactos sociales" a causa de su trascendencia (Lorenzo, 2000).

Se ha dicho que "los sindicatos necesitan la democracia, pero la democracia también exige sindicatos fuertes, independientes y representativos" (CIOSL, 2000). La perfección y profundización de la cultura del "tripartismo" (Gobiernos, Sindicatos, Empresarios) que incorporó la OIT a la cultura mundial, se constituye en un mecanismo central de democracia.

La experiencia mundial indica que el rol del sindicato en este sentido es insustituible. Pero su capacidad de gestión en la construcción, elaboración y gestión de políticas públicas, con los demás actores sociales, requiere de una fortaleza sustantiva del movimiento sindical y del respeto a su capacidad de acción, formación y representación, y el abandono de las adhesiones automáticas y estáticas, de corto efecto.

Conclusión

Los sindicatos de hoy deben ser pensados como organizaciones sociopolíticas:

· que puedan desplegar su protagonismo en contextos sumamente cambiantes;
· con capacidad para movilizar pero también para construir sistemática y regularmente acciones y gestiones cualitativamente nuevas;
· de lucha pero con conciencia que la misma se desarrollará en pluralidad de escenarios y con sujetos de conformación y experiencia heterogénea;
· dúctiles para penetrar situaciones conflictivas y transformarlas en realidades de avance,
· que perfeccionen la prestación de servicios;
· que se comprometen con una política de empleo y empujen por un sistema de relaciones laborales nuevo con eje en el que el trabajo estable, en blanco y por tiempo indeterminado;
· que se asuman como participantes de una realidad social en construcción y no sólo como una institución reguladora externa.

La globalización obliga a asumir con audacia la crisis del sindicalismo, para construir un nuevo andamiaje estructural y de contenidos, para funcionar en un mundo distinto, más complejo, y menos lineal. Abril, 2002

Bibliografía

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* Abogado laboralista. Profesor de Derecho del Trabajo en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, Argentina.