Temas a Debate


CAMBIO DE PARADIGMAS Y APERTURA HACIA
LA MULTIDIMENSIONALIDAD DEL SABER**

Las tradicionales instituciones de educación superior y postgrado deben impulsar transformaciones en sus estructuras administrativas y académicas, así como en su currícula, para ajustarse a los modelos educativos de la sociedad de la información.

Alfonso Rodríguez Ochoa*

El plan de trabajo de la Comisión de Educación Pública y Servicios Educativos para el año 2005 de la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión, presupone necesariamente una visión de la educación del país que permita diagnosticar el estado actual del Sistema Educativo Nacional, a fin de proyectar las acciones que permitan resolver las actuales carencias y limitaciones, y profundizar y desarrollar las fortalezas para con visión de futuro sentar las bases de una educación de calidad, que responda a las necesidades del desarrollo social, político y económico de la Nación mexicana.

A fin de contribuir a construir esa visión propositiva, me permito someter a su consideración y plantear los siguientes cuestionamientos: ¿Qué tipo de educación superior y postgrado requiere el país?, ¿qué misión tiene en el proyecto de Nación?, ¿cuál es el compromiso social de la sociedad mexicana? Permítanme en forma sucinta comunicar a ustedes las siguientes reflexiones en torno a ello.

En la sociedad moderna, las organizaciones, los avances científicos y la tecnología cambian tan rápido que se ha dicho que el conocimiento científico y técnico tiene un promedio de vida de siete años. En tal sentido, el Sistema Educativo Nacional en sus niveles de educación superior y postgrado deben de egresar personas capaces de asimilar, de adaptarse, pero también de promover ó impulsar frecuentes cambios, de tal forma que los egresados que el país requiere sean aquellos que tengan la capacidad para aprender y desarrollar destrezas y habilidades para cambiar con las necesidades de las organizaciones laborales.

Por ello, la educación superior y de postgrado nacional debe contemplar considerar la participación institucional de representantes de los sectores productivos en los espacios educativos, para la identificación y definición de las necesidades que deben satisfacer los diseños intelectuales en atención no sólo a los conocimientos técnicos, sino también a las habilidades intelectuales fundamentales para el funcionamiento de las organizaciones laborales en estos nuevos escenarios.

En este sentido, la educación superior y de postgrado nacional debe educar para una nueva sociedad, con una visión global y regional al mismo tiempo; apuntar hacia lo sustantivo y trascendental, y sobre todo educar para apropiarse de la historia y la cultura del mundo, pero también preservando y valorando nuestro patrimonio cultural regional y nacional, fundamentalmente teniendo como gran destinatario el servir a la sociedad mexicana.

La educación superior y de postgrado nacional debe generar un cambio de paradigmas y tener apertura hacia la multidimensionalidad del saber, debe asumir el reto de colocarse en sintonía con los avances científicos-tecnológicos y sociopolíticos. Para ello, el educando debe constituirse en actor y autor de su propio proceso de aprendizaje.

Las tradicionales instituciones de educación superior y postgrado deben igualmente impulsar transformaciones en sus estructuras administrativas y académicas, así como en su currícula para ajustarse a los modelos educativos de la sociedad de la información e incorporarse al paradigma que se está configurando hacia el futuro de un modelo educativo para la sociedad del conocimiento.

En el postgrado y educación superior del Sistema Educativo Nacional se hace también necesario introducir cambios curriculares para adaptar los postgrados y licenciaturas, en función de los programas Inter y multidisciplinarios que se están configurando con el surgimiento de nuevas áreas del conocimiento, tales como la biotecnología, las ciencia de materiales avanzados, la tecnología electrónica, la informática, la robótica, las telecomunicaciones, la investigación genética y otros rubros.

No menos importante es que el postgrado y la educación superior del país enfrente el desafío fundamental que debe atenderse y que es el relativo al desarrollo de valores y del componente ético y ecológico, que deben incorporarse como material básico de los contenidos y de los procesos educativos para asegurar la formación de buenos mexicanos, ciudadanos y profesionales con sólidos valores, responsables ante la sociedad y el medio ambiente.

Otro gran reto de la educación superior y de postgrado de la educación nacional es el desempleo de sus egresados. Si bien es indudable que es un problema de carácter multifactorial variable, agravado por las actuales circunstancias y variables económicas nacionales e internacionales, permítanme señalar que con el logro de una adecuada circulación de la educación superior y de postgrado con el sector productivo nacional se establecerá un puente orientado hacia el beneficio mutuo, el mejoramiento continuo, la excelencia, la competitividad, la productividad, y la solución de los problemas de desempleo de egresados, que en contraste y en ironía se da a la carencia de recursos humanos calificados que demandan algunos sectores productivos del país.

La humanidad se encamina hacia una sociedad global y una nueva economía global, donde los cambios constantes son esenciales para poder competir exitosamente. Esto coloca a la educación superior y el postgrado del país y a nuestro sector productivo en un escenario donde las alianzas estratégicas son de fundamental conveniencia para enfrentar las fuerzas que regulan y modelan tanto la actividad económica como las de naturaleza social, política, científica y educacional en los espacios internacionales, nacionales y regionales.

La educación superior y de postgrado constituye el capital intelectual de la Nación. Como parte de su activo constituye el principal factor de esfuerzo para competir efectivamente en el mercado mundial. Por ello debemos desde la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión impulsar el fortalecimiento, el crecimiento de la conciencia pública, de que la revitalización de la economía del país puede ser solamente lograda si todos los sectores de la sociedad actúan conjuntamente impactando estructuralmente en el Sistema Educativo Nacional.
La educación superior y de postgrado debe participar en el impulso del desarrollo económico, el valor de este activo está en el uso estratégico de los recursos basados en el conocimiento para sustentar el desarrollo de las economías, municipal, estatal, regional y nacional.

La función que debe de cumplir la educación superior y postgrado del país en el proyecto de desarrollo de la sociedad mexicana, requiere de su concepción y funcionamiento como organizaciones proveedoras de un conjunto de conocimientos útiles en las tomas de decisiones y gestiones que dinamicen la economía del país.

Así mismo, es urgente para la nación la utilización efectiva del conocimiento generado a través de un proceso sistemático de investigación, donde los mejores talentos y recursos humanos estén al servicio de las verdaderas y reales expectativas del país, para asumir el reto planteado por las exigencias del desarrollo científico y tecnológico; por ello, es también urgente replantear no sólo el aspecto presupuestal destinado a investigación, sino, aunado a ello, el papel y forma de organización y administración de la investigación que se lleva a cabo en la educación superior y postgrado en México.

En este sentido, la realidad científica, social y económica actual demanda el establecimiento de vínculos estrechos entre los centros generadores de conocimientos y los sectores productivos que los transforman en tecnología; se trata de que la educación superior desarrolle en sus egresados las habilidades, para continuar aprendiendo a través de su vida laboral.

Todo lo anterior supone que debe hacerse un gran esfuerzo de todos los sectores de la sociedad mexicana a fin de ver no sólo los recursos aplicados hacia la satisfacción de las necesidades de expansión o cobertura de los servicios educativos, permitiendo así a todos el acceso al saber, y con ello corregir las graves desigualdades existentes, sino también, y allí lo fundamental, que todos nos enfoquemos a lograr la excelencia del Sistema Educativo Nacional y específicamente del subsistema educativo superior y de postgrado, no sólo para educar sino para hacerlo con calidad.

Estamos ciertos que ello favorecerá el programa social y económico del país, así como la democratización de la sociedad mexicana. Con ello estaremos atendiendo las prioridades sociales más importantes para elevar la calidad de vida de todas las familias mexicanas.

* Diputado por el XI Distrito del Estado de Nuevo León

** Reunión de Trabajo de la Comisión de Educación, 17, 18 y 19 de enero del 2005, Puebla, Puebla


MÁS ALLÁ DEL CAOS…

GLOBALIZACIÓN,
TECNOCIENCIASY DESAFÍOS A LA IZQUIERDA

Vivimos una segunda gran mundialización a partir de la autorrevolución del capitalismo, llevada a cabo a través de una tercera revolución tecnológica con base en la informática, que transforma a las empresas y las condiciones del trabajo.

César H. Espinosa V.*

El último tramo del siglo XX trajo consigo una fuerte mutación del panorama económico y político mundial. Es un hecho que el capitalismo tejió una inmensa red global, construida con la ayuda decisiva de los avances científicos y tecnológicos en computación, genética, conductores, etcétera. La globalización es la nueva mundialización.

Vivimos la segunda gran mundialización de la economía, generada por una autorrevolución del capitalismo. Ésta se lleva a cabo a través de una tercera revolución tecnológica con base en la informática, que transforma a las empresas y aumenta la productividad del trabajo; la nueva gran mundialización tiene sus bases históricas en la reorganización del sistema capitalista a partir del fin de la segunda guerra mundial. Su culminación cristaliza a mediados de la década de los ochenta, a través de un proceso multifacético que incluyó cinco aspectos centrales:

• la "auto revolución" económica y tecnológica en los países del G-7;
la crisis y desaparición del llamado "socialismo real" en Europa, con el desmantelamiento y extinción de la U.R.S.S. y el bloque socialista del Pacto de Varsovia;
• el agotamiento del Movimiento de Países No Alineados (que culminó la fase de establecimiento de Estados-nación en el Tercer Mundo);
• la desarticulación del Estado de Bienestar en los países industrializados y en algunos países periféricos, lo que incluye el deterioro de los mercados laborales;
• el final de la Guerra Fría, cuando Estados Unidos queda como la única potencia mundial hegemónica y combina su participación en bloques regionales con la autonomía suficiente para imponer unilateralmente iniciativas político-militares sin consulta a la comunidad internacional(1).

A finales del siglo, el panorama mundial aparece como un proceso complejo integrado por acontecimientos con significados múltiples y contradictorios. Se redefine el rol de los estados nacionales, se generalizan acuerdos institucionales supranacionales y de valores comunes entre pueblos y naciones. Tales tendencias se registran tanto en los países del centro como de la periferia.

Vemos la integración de un nuevo sistema-mundo donde el comercio crece más rápidamente que la producción. Los procesos productivos se internacionalizan; esto impulsa procesos de interdependencias comerciales, de mercados de capitales y de innovaciones tecnológicas y productivas. Pasa a ser central el comercio entre y dentro de los consorcios y el comercio de servicios

Lo anterior propicia que el capital financiero se autonomice del capital productivo y que se consolide el control de los mercados por las empresas multinacionales; las economías de escala se vuelven más importantes que las ventajas comparativas de las naciones, o bien se imponen ciertas combinaciones como en el caso de China en la actualidad. Y los países del ex Tercer Mundo quedan subsumidos bajo las reglas una mundialización regulada del comercio, impuesta por las agencias financieras internacionales, en beneficio de la gran propiedad sobre los bienes "intangibles" (flujos financieros, patentes y servicios en general).

En ese nuevo contexto global, el control de las tecnociencias digitales viene a ser la base de nuevas formas de hegemonía económica, militar, geopolítica y cultural, neocolonial o neoimperialista. Pero, al mismo tiempo proliferan las consecuencias negativas y trastornos a escala mundial que han desembocado en la llamada sociedad del riesgo: en las crisis, los conflictos y las confrontaciones sociales, culturales e internacionales relacionadas con dichos procesos.

Hoy, la amenaza más grande del desbocado poder neocapitalista radica en el ininterrumpido ecocidio que está propiciando, la amenaza del Armaggedón que desencadena sobre la humanidad entera.

Un resultado de la movilidad del capital transnacional y la nueva distribución de los incrementos de la productividad aparece en el extraordinario impulso que adquieren los llamados "trabajadores del conocimiento", especializados en tecnologías de la investigación, en detrimento de los tradicionales trabajadores productores de bienes y servicios. Y con ellos viene la oleada de los “trabajadores simbólicos”, los operadores y guardianes de los nuevos artilugios biocibernéticos.

La anterior sociedad industrial -cuyo cenit podemos ubicarlo en los años 50 del pasado siglo- forjó un estilo de producción a base de organizaciones optimizadas, que contaban con procedimientos y rutinas estandarizados. Fue el momento de culminación del "fordismo" como el eje dominante del desarrollo.

Cada individuo realizaba una pequeña porción de la producción total y estaba circunscrito a una tarea específica en el engranaje de la maquinaria productiva. La mano de obra, en este marco, era un costo variable provisto por el mercado y los trabajadores se encontraban vinculados a puestos bien definidos, centrados en la disciplina laboral como su principal virtud.

En el marco macroeconómico, los supuestos básicos de esa organización de la producción y del trabajo eran los de una demanda estable, sin bruscas alteraciones en el corto y mediano plazos, como consecuencia de asignarle al Estado ("de bienestar") la tarea de mantenerla en movimiento y solvente. Se aspiraba así a economías de escala para la producción en masa y el objetivo central era lograr productos estándares para clientes masivos.

Poco de esto subsiste hoy en las economías desarrolladas. Al calor del cambio tecnológico, la sociedad posindustrial -que es también del conocimiento y de la información- ha dado forma a un mundo del trabajo completamente diferente (si bien no a igual velocidad en todos los lugares, ni con las mismas consecuencias).

La producción ya no se orienta hacia una demanda básicamente estable, sino que busca adecuarse a preferencias cambiantes, lo que implica la segmentación y acortamiento de los procesos productivos. El consumidor (selectivo y ya no estándar) es el destinatario de este modelo y la tecnologización del proceso productivo posibilita atender esa fragmentación, al mismo tiempo que abarata los productos. Estas innovaciones necesariamente han alterado los vínculos de los hombres con las máquinas y entre sí.

Al mismo tiempo -al acortarse los ciclos, reducirse los costos y abaratarse los precios- la barrera principal de acceso al mercado deja de ser la inversión y pasa a corporizarse en las personas y el conocimiento. Así, en los sectores avanzados de la economía encontramos consumidores exigentes enclavados en un mercado que muestra una permanente (y conflictiva) ampliación, servidos por trabajadores con una alta exigencia de capacitación. Estos son los términos de una nueva ecuación entre tecnología y mundo del trabajo(2).

En escena: tecnociencias y ciencias de la complejidad

El origen del complejo de Ciencia, Tecnología y Sociedad (CTS) hay que remontarlo a los finales de la II Guerra Mundial y al principio de la Guerra Fría. La organización estatal y militar de la investigación científica durante la guerra condujo a resultados decisivos, entre los cuales el más espectacular fue, con toda su carga espeluznante, la construcción de bombas atómicas en el proyecto Manhattan.

Las tecnociencias y ciencias de la complejidad forman cada vez más el núcleo reproductor del capitalismo organizado, que actúa aprovechando los elementos del orden y del caos, observa el doctor Pablo González Casanova. En esta autorrevolución del orden dominante constituyen su primera línea de defensa, al ser la piedra de toque para la construcción de sistemas autorregulados y adaptativos, autopoéticos, mismos que se reestructuran en formas interactivas.

Autor de un importante libro sobre las nuevas tecnociencias, en donde resalta el paso de la academia a la política(3), González Casanova establece que en las corrientes de la investigación tecnocientífica más avanzada, uno de los más importantes es el que mira como una sola unidad a la organización y al caos. A diferencia del concepto clásico de caos, el actual no opone la idea de éste a la del orden establecido, sino más bien analiza cómo se pasa de la organización al caos y cómo del caos emerge la organización.

Dentro del nuevo conocer-hacer, la filosofía de las “respuestas flexibles” en los negocios y en la guerra se practica en complejos integrados por unidades relativamente autónomas. Esta filosofía corresponde a lo más avanzado en las prácticas de organizaciones y estrategias, a partir de conocimientos emergentes como la cibernética, la teoría de la información o la de juegos. La reestructuración de algunos de sus componentes y procesos son tareas propias de la “reingeniería” y las tecnociencias que operan en la producción y los mercados, tanto como en los escenarios políticos, militares, económicos, sociales y culturales.

Desde este cambio de paradigma del saber-hacer, las grandes compañías se orientan a desmantelar, o lo han hecho ya, sus viejas estructuras para establecer “centros de utilidades” (profit centers) o “centros de coordinación” y “mando” (coordination and managing centers), con una enorme diversidad de alianzas estratégicas, de “riesgos empresariales compartidos” (joint ventures), de asociaciones y consorcios, la mayor parte transnacionales.

Menciona González Casanova, en este escenario de conocimientos por objetivos, el uso “de comandantes de campo” con autonomía de mando cuya acción se aplica en forma parecida a los “gerentes” periféricos de las unidades transnacionales y a los “presidentes” asociados de los países dependientes. Dentro de líneas generales que controla el mando central, queda un margen de libertad más o menos amplio para los titulares de las organizaciones menores. Con éstos comparte la “autoridad de arriba para abajo” (top-down authority) y, entre todos, la revisan y flexibilizan, según los mensajes y conocimientos recibidos desde abajo.

Para su germinación y maduración, la nueva política se extiende a las redes de la educación en todos sus niveles, desde la primaria hasta el posgrado o la investigación: los militares, gerentes y políticos de la “tercera ola” le dan una importancia masiva (sic) al entrenamiento y la educación en todos los niveles. Así, tanto en la guerra como en los negocios “aprender, desaprender y reaprender corresponden a un proceso continuo en todas las categorías políticas”(4).

La sinergia entre el conocimiento formal e informal que alcanza cada uno de los integrantes o miembros de un complejo, o una compañía, se da en torno a los objetivos comunes del mismo claramente definidos. Por ello, la enseñanza y el aprendizaje son parte del trabajo, como lo son las pruebas y autopruebas. Tal epistemología de las organizaciones tiene “interfases” con la operación de las mismas en la producción y dominación de los mercados y del mundo. Sus estrategias incluyen la teoría y la práctica de un futuro con bifurcaciones y con creación de sorpresas entre el orden y el caos.

Aquí, el conocimiento es un “capital intelectual”, un activo. La guerra económica o militar se vuelve una guerra del conocimiento, la organización y la voluntad. Entre algunos de sus promotores intelectuales se encuentran Irujiro Nonalia, Hirotaka Takeuchi y Takeuchi Nokaen, autores de un libro que en inglés se tradujo como The Knowledge-Creating Company (La compañía creadora de conocimiento); otros son James Brian Quinn, con su Intelligent Enterprise (La empresa inteligente), o Tom Stewart, con Intellectual Capital (Capital intelectual) o Tom Davenport, con Working Knowledge (El conocimiento empleado), o Karl Sveiby con Managing Know How (El saber del gerente).

Vemos, por ende, la proliferación de las corporaciones que producen “conocimiento para la venta” (knowledge for sale) como asesoras y receptoras de conocimientos; como exportadoras e importadoras, y como productoras, pero también como usuarias. La extrema efectividad proclamada por las empresas de punta está cimentada en que todas sus actividades y discursos se basan “en el conocimiento” (knowledge based), y que descansan en estructuras articuladoras del conocer, el comunicar y el hacer(5).

El “pero”… el Pensamiento Único y sus recetas

Es aquí -como en la economía y la politica- que el nuevo evangelio del Pensamiento Único también viene extendiendo peligrosamente sus recetas. En este caldero se elabora y propaga una suerte de desarrollismo tecnológico universal, cuyo cumplimiento ritual se presume que trae aparejados, inexorablemente, riqueza, empleo y prosperidad sin más (y si no hoy, con seguridad mañana, si proseguimos sin dudar por ese camino único).

Tal verdadero mito ha sido visto a partir de tres fábulas. La primera sería la supuesta neutralidad (política y axiológica) de la ciencia y la tecnología, robustecida desde el racionalismo cartesiano y el mecanicismo de Newton, de donde se extrae la posibilidad inagotable y el beneficio de su expansión universal sin trabas.

El enfoque pasa por alto, sin más, la evidencia de que las ciencias y las técnicas son eminentemente productos socio-culturales y que -junto a los otros saberes artísticos y humanísticos- están impregnados siempre de una concepción del mundo. Esto hace urgente la necesidad de una relación libre (no dependiente) con tales productos y tener siempre a la mano el recurso de las denominadas tecnologías apropiadas para el trato e intercambio universal en materia de tecnociencias. Si olvidamos que lo tecnologico es siempre una opción (o muchas veces una creación), habremos de pagar muy caro, cultural y socialmente, esta fábula de la "neutralidad" tecnológica.

La segunda fábula a superar –entrañable de la anterior- viene a ser la supuesta sincronía universal de las culturas, a partir de un mecanicismo según el cual aquellas progresan a través de estadios uniformes, en un recorrido invariable hacia metas universalmente predeterminadas. Lo que hace necesario limitarse siempre a los mismos tipos de técnicas y saberes para ir escalando etapa por etapa.

Bueno fuera que las cosas resultaran así de fáciles y sencillas. Pero no lo son. No existen tales “estadios” o metas fijas (antes bien, en cada caso y momento éstas se diseñan y se alcanzan de acuerdo a las respectivas culturas e intereses nacionales y regionales); el tiempo (local y planetario) no es una mera construcción lineal, sino un conjunto de complejas parábolas dialécticamente entrelazadas; en lo práctico, los juegos de interdependencia y dependencia las atraviesan de manera cambiante por igual.

La tercera fábula -que refuerza y complementa las dos anteriores- es la que denominamos como la del supuesto banquete tecnológico universal. En este sentido, las bondades tecnológicas estarían servidas allí, al alcance de cualquier mano planetaria que las deseara o necesitara. Sería suficiente con acercarse y servirse. Pero desde Bacon sabemos bien que "el conocimiento es poder", y que éste no se regala ni se presta. Y al respecto, válidas para nuestro mundo, valdría recordar aquellas palabras que escribiera Federico List ya en 1841: "Es una regla de prudencia vulgar la de quitar la escalera con la que se alcanzó la cima, con el fin de quitar a los demás los medios para subir detrás"(6).

Los programas de Ciencia, Tecnología y Sociedad (CTS)

En su reciente libro sobre las tecnociencias, González Casanova resalta el decisivo papel que han tenido la investigación y el estudio interdisciplinarios para el desarrollo de las ciencias emergentes, y su empleo determinante en la actual fase del capitalismo organizado, neomonopolista. Frente a los anteriores paradigmas de la ciencia mecanicista, lineal y positivista, hacia finales de los años 1960 fue puesto radicalmente en entredicho el conjunto de esos presupuestos filosóficos, en el marco de un giro interpretativo, valorativo y político que primero se consolidó socialmente en los EE UU y luego pasó a Europa.

Sería en el contexto de los movimientos antinucleares, de la oposición a la guerra de Vietnam, de las crisis ecológicas, las revueltas estudiantiles y la crítica académica, cuando se fueron cristalizando replanteamientos críticos que cuestionaban explícitamente la rígida delimitación entre hechos y valores, así como la supuesta supremacía racional de la ciencia y de la tecnología y la neutralidad de las mismas.

Un sucinto resumen de algunos de los principales “mitos” positivistas, que según el científico Daniel Sarewitz habían guiado el desarrollo de las ciencias en los primeros cincuenta años del siglo XX, sirviendo más a los intereses de los científicos que a los del conjunto de la sociedad, incluía los siguientes:

-El mito del beneficio infinito: Más ciencia y más tecnología conducen a más bien público;
-El mito de la autoridad: La información científica provee una base objetiva para resolver disputas políticas;
-El mito de la frontera sin límites: Los nuevos conocimientos generados en las fronteras de la ciencia son autónomos respecto de las consecuencias morales y prácticas de los mismos en el seno de la sociedad(7).

Frente a esos supuestos brotaron los programas de Ciencia, Tecnología y Sociedad (CTS) en numerosas e importantes universidades estadunidenses. El mensaje de dicho movimiento, originariamente académico, hablaba sobre los condicionamientos políticos y sociales y los trasfondos valorativos que rigen a la investigación y el desarrollo científico y tecnológico, e insistía y alertaba acerca de los graves impactos que estaban derivándose para la sociedad y el medio ambiente. A la vista de las consecuencias, en buen grado negativas, originadas por muchas de las innovaciones científicas y tecnológicas, se buscaba reivindicar la concientización pública y el control social sobre las mismas

A su vez, las tecnociencias de la información y la comunicación transformaron los colectivos, los entornos, las interacciones y las dinámicas sociales, económicas y políticas, para dar paso a la ahora creciente sociedad de la información digital. En esta visión, el alcance de los impactos y la velocidad de los cambios operados por las tecnociencias informatizadas supera ya el umbral crítico de las transformaciones revolucionarias en todos los ámbitos.

Esas configuraciones tecnocientíficas, características de los campos punteros del desarrollo científico actual, comprenden aspectos como la ingeniería genética o la informática, y han originado nuevas disciplinas como la bioinformática, sin la que no hubiera sido posible desarrollar el Proyecto Genoma Humano como una de las realizaciones tecnocientíficas más representativas iniciadas en el siglo 20.

Los procesos de tecnocientificación se extienden a toda clase de bioentornos, desde la producción de animales y plantas hasta la medicina y la reproducción humana. Los impactos de las innovaciones biotecnocientíficas (como los alimentos transgénicos, los animales clonados, el control casi total de la reproducción humana, las terapias génicas o la clonación de humanos en perspectiva...) están provocando transformaciones tan graves, rápidas y radicales que desestabilizan traumáticamente tradiciones culturales profundamente arraigadas, sin que se atisben formas efectivas de encauzarlas culturalmente de una manera adecuada.

En búsqueda de alternativas ante esos resultados socialmente discutibles, de frente a las divisiones teóricas entre la ciencia, la tecnología y la sociedad, los programas CTS promueven la integración de los entornos teóricos, técnicos, sociales y políticos, así como de los contextos de valoración y de intervención, y se destaca su relevancia cultural para poder comprender y manejar la tecnociencia contemporánea.

El enfoque cultural integrado al estudio de la tecnociencia proporciona una base más adecuada frente a las concepciones representacionales de la filosofía analítica o las puramente sociológicas de los estudios sociales de la ciencia y la tecnología, para interpretar e investigar integralmente la constitución y la dinámica de los sistemas, las innovaciones y las transformaciones tecnocientíficas.

En contraposición a las tesis que postulaban la neutralidad, la superioridad racional y la libertad absoluta de la investigación científica, los nuevos planteamientos críticos, interpretativos y valorativos, reivindican nuevas formas de investigación responsable junto con la valoración y la intervención social de carácter democrático en los desarrollos científicos y tecnológicos, así como nuevos planteamientos para la gestión y la política de la ciencia y la tecnología, y para la evaluación de las consecuencias y de los riesgos derivados de las innovaciones científicas y tecnológicas.

Al yuxtaponer los términos que dichas divisiones habían disociado, el mismo nombre de los programas de Ciencia, Tecnología y Sociedad indica que tratan de reunificar, en un complejo entramado, lo que había sido escindido filosófica y académicamente. La necesidad de integrar en CTS investigación y compromiso social y educativo no es una cuestión de armonía, sino la condición necesaria para la posibilidad de afrontar efectivamente los grandes retos planteados por las tecnociencias y las innovaciones tecnocientíficas, junto con los impactos y los procesos generalizados de tecnocientificación y globalización.

Las complejas configuraciones tecnocientíficas actuales plantean, sin duda alguna, el reto fundamental de la comprensión de su carácter esencialmente híbrido de teorías, tecnologías, agentes, prácticas y entornos materiales, simbólicos, sociales y ambientales. Ciencia, tecnología y sociedad no constituyen sistemas cerrados que se delimitan mutuamente, sino que representan dimensiones de un mismo espacio cultural, o, si se quiere, tres cabezas de un mismo cuerpo constituido por la cultura tecnocientífica(8).

En razón de lo anterior, no fue de extrañar que un buen número de científicos y académicos sintieran amenazadas su imagen, su prestigio profesional y su preeminente posición en las instituciones de investigación, educación y gestión pública. A mediados de los años 90, en los Estados Unidos dio inicio una contrarreacción que instauró las llamadas Science Wars, en las que científicos junto con filósofos aliados empezaron a combatir los estudios críticos de ciencia, tecnología y sociedad acusándolos de pseudocientíficos y antirracionales, intentando restaurar la hegemonía de la idea tradicional de la ciencia y, de paso, defender posiciones y territorios profesionales y académicos.

En estas confrontaciones se han distinguido por su combatividad algunos filósofos, como el caso del filósofo de la ciencia norteamericano de origen argentino Mario Bunge, quien hacía ya tiempo que había declarado la guerra a los estudiosos y los activistas de CTS bajo la bandera de la filosofía analítica de la ciencia.

Las confrontaciones que han aflorado en las llamadas Science Wars (con la intención, más o menos consciente, de restaurar la hegemonía académica e ideológica de las teorías tradicionales de la ciencia y la tecnología) marcan la situación actual y las perspectivas de los estudios de ciencia y tecnología con la clara contraposición de dos tipos fundamentalmente distintos de modelos y de proyectos culturales, sociales y políticos, frente a los retos de la tecnociencia en el siglo 21(9).

La nueva dialéctica, o el desafío del caos

La vigente segunda ola de mundialización de la economía trajo consigo la conformación de un gran mercado global de capitales, mercancías y fuerza laboral; la formación de la aldea mundial en un mundo interconectado por la revolución en las comunicaciones, y las acotaciones de la soberanía exterior de los Estados-nación en el sistema-mundo en formación.

En el reverso de la moneda encontramos democracias incompletas, estancamiento económico y grandes bolsones de marginalidad social como aspectos centrales del cuadro político-económico en la mayor parte de los países del planeta. Siguen las guerras, como la de Irak, marcadas y alimentadas por el desarrollo científico y tecnológico de nuevos armamentos, comunicaciones y transportes. Sigue la amenaza mundial de las armas de destrucción masiva nuclear, química y bacteriológica. Siguen los riesgos y los desastres ambientales de las industrias energéticas y químicas, por citar algunos puntos de alarma.

En su afán de contraponerse al régimen capitalista tradicional de explotación y sometimiento, tanto como al ahora vehiculado por los sistemas tecnocientíficos, es probable que a los ideólogos y dirigentes de los movimientos alternativos no les sea fácil aceptar que ellos –y sus herederos– vivirán en una etapa de inestabilidad y caos prolongados, con desestructuración y reestructuración acentuadas de las organizaciones y los complejos en lucha. Más difícil les será entender que las estructuras no lineales “internas” de las organizaciones o complejos y las estructuras no lineales de sus contextos “externos” facilitarán o dificultarán las acciones de las organizaciones y complejos en lucha.

González Casanova anota que muchos movimientos alternativos, o sus bases, estarán expuestos a “bifurcaciones de bifurcaciones”, de esas que derivan en fenómenos caóticos y que sólo se pueden enfrentar con redes y fusiones, a sabiendas de que sin redes de unidades articuladas las unidades desarticuladas son objeto de fácil destrucción.

Los complejos liberadores serán más efectivos si se integran –como los opresores– con unidades o “nodos” autónomos y plurales, y si además de los vínculos-entre-las-unidades-autonómas establecen jerarquías con las ramas “centrales” y disciplinadas de “seguridad alternativa”, en pie de lucha contra la dominación, la mediación, la represión y la apropiación excluyente.

De esa forma, las distintas combinaciones serán determinantes para el desenlace de los procesos y podrán plantearse escenarios en que primero se acaben los complejos industriales dominantes que el mundo, o en que eventualmente se negocie un cambio histórico para que el mundo no se acabe. Estos escenarios no se pueden descartar.

La construcción de una estrategia alternativa implica cuestionar nuestra forma de pensar en sistemas simples. Por sentido común, estamos acostumbrados a pensar y actuar con formas de razonamiento que corresponden a sistemas simples. No es cosa de descartarlas siempre, y en todas las circunstancias, esas formas de pensar, predecir, actuar, organizar y luchar. Hay fenómenos lineales que siguen siendo muy significativos, incluso en tiempos y espacios amplios; funciones, interacciones o relaciones sociales que en ciertos momentos y circunstancias –como las crisis– ocupan un segundo plano, pero que tienden a reaparecer aunque sea bajo nuevas formas(10).

Agrega González Casanova que no podemos descartar organizaciones centralizadas con líneas jerárquicas funcionales para muchos fines de resistencia y sobrevivencia; ni impedir que en los procesos de descentralización circule toda la información necesaria en todas las redes y nódulos de un sistema autorregulado.

Sin embargo, la estrategia englobante exige que al pensar en un sistema complejo, como el capitalismo organizado, deberá pensarse en dos o tres sistemas más autorregulados y contradictorios. “Siempre dos o más sistemas luchan o se entienden, oprimen o se liberan, se disocian o se asocian. El concepto de un sistema único, por significativo que sea, no es el de un sistema complejo. Tampoco el de un sistema dialéctico”(11).

Se nos plantea, así, que el concepto de un sistema único en el capitalismo organizado es fuente de errores elementales frecuentemente ocultados por un juego de espejos conocido como “enajenación” o “cosificación” del otro y de sus posibilidades de reestructuración autorregulada, y como racionalización y ensalzamiento del sistema en que uno domina o desde el que uno lucha para que domine.

Quedamos advertidos de que frente a la débil interacción de los componentes de muchas organizaciones alternativas –característica de los sistemas simples–, frente a sus subculturas y sectarismos, se impone la necesidad de construir pluralismos culturales, religiosos e ideológicos, y articulaciones de conceptos-informaciones-discursos-actos de interés común, todos ellos articuladores de sistemas complejos, de alianzas, frentes, redes, tanto en los “centros” como en las “periferias”.

Que esas alianzas, frentes y redes no abandonen el referente de las clases y busquen la hegemonía de los trabajadores es un objetivo a ser precisado con las definiciones y redefiniciones de los pueblos, los ciudadanos y los propios trabajadores en lucha por la democracia, la liberación, el socialismo.

En el actual capitalismo corporativo, los movimientos sociales antisistémicos necesitan dominar el nuevo planteamiento de los sistemas complejos que dominan el mundo entre el orden y el caos. “Con Henri Lefèbvre, tienen que plantearse ‘la capacidad de recuperación del capitalismo’ y ‘la posibilidad de catástrofes’ irremediables si no se construye un mundo alternativo”(12).

Referencias:

1. Julio Godio, director del Instituto del Mundo del Trabajo, “Las políticas laborales de los organismos multi-bilaterales de crédito y su impacto en las relaciones laborales en América Latina”, agosto 2002.
2. Ibidem.
3. Pablo González Casanova, Las nuevas ciencias y las humanidades. De la academia a la política. Editorial Complutense, IIS-UNAM, Anthopos, Barcelona, 2004.
4. Pablo González Casanova, “El capitalismo organizado. Entre el orden y el caos”. Internet, www.insumisos.com/Biblioteca/ Capitalismo
5. Ibidem.
6. Mario Casalla/ Mario Morant, IPLAC/FLATEC, “La revolución científico-tecnológica y la sociedad del conocimiento”, Buenos Aires, Argentina.
7. Manuel Medina, Ciencia, “Tecnología y Sociedad en el siglo 21. Los retos de la tecnociencia y la cultura de CTS”. Internet, http://ctcs.fsf.ub.es/prometheus21/
8. Ibidem.
9. Ibid.
10. Pablo González Casanova, “El capitalismo organizado…”, Op. Cit.
11. Ibidem.
12. Ibid.

*Escritor. Editor del periódico Unión del STUNAM. Autor de libros y artículos sobre comunicación, arte y política cultural.