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¿HEGEMONÍA VS DOMINACIÓN?

El fin de la Guerra Fría, la implosión del llamado sistema socialista, la guerra del Golfo Pérsico, la invasión a Yugoslavia, Afganistán, los atentados en Nueva York y España, la ocupación militar en Irak, son indicadores de una profunda transformación en las relaciones sociales y los modos y mecanismos de reordenamiento general de la política mundia.


José Olvera

Coincido que la situación actual nos insta a no eludir la creciente importancia que cada día cobra el debate acerca de si la actual situación internacional, revela un fortalecimiento o debilitamiento de la hegemonía de los EE UU.

Para lo cual Atilio Boron nos invita a distinguir entre hegemonía y dominación imperialista y comprender cuál es el significado de la categoría hegemonía en este contexto global también nos señala que una verdadera precondición de la hegemonía es la superioridad en el terreno económico, aunque acota más adelante que “no podemos reducir la cuestión de la hegemonía exclusivamente a la superioridad económica, pero tampoco a su predominio militar… ambas cosas constituyen condiciones necesarias si bien no suficientes de la hegemonía”, para después enunciar las principales características del actual imperialismo norteamericano y concluir “que en lugar de hablar de hegemonía norteamericana o hegemonía imperial debemos hablar pura y simplemente de dominación norteamericana, entendiendo por esta la capacidad de aplicar unilateralmente la fuerza pero nada más, creando una situación internacional crecientemente inestable y potencialmente explosiva” (Boron 2003), hoy agudizada por las implicaciones para la democracia y las libertades políticas nacionales e internacionales por el atentado en Madrid.

Para lo cual debemos partir de un examen detallado de la situación actual del capitalismo en sus determinaciones esenciales, para estar en condiciones de construir y/o deconstruir categorías y conceptos teóricos que nos permitan recuperar las particularidades de los procesos del desarrollo histórico, en constante transformación, y que demandan para su comprensión la incorporación permanente de nuevas categorías y formas del pensamiento, generadas por el propio movimiento objetivo del capitalismo, partiendo del análisis concreto y de las características históricas en las que tiene lugar en cada momento y en cada lugar.

El fin de la Guerra Fría, la implosión del llamado sistema socialista, la guerra del Golfo Pérsico, la invasión a Yugoslavia, Afganistán, los atentados en Nueva York y Washington, la ocupación militar en Irak son indicadores de una profunda transformación en las relaciones sociales y en los modos y mecanismos de reordenamiento general de la política mundial.

Si bien es cierto, estos hechos se dan, en el contexto de un amplio debate acerca de la declinación o fortalecimiento de la hegemonía estadounidense; de su capacidad de establecer e imponer las normas y fronteras del acontecer mundial, de la economía mundial, de las relaciones internacionales; y de la centralidad o no de las relaciones de poder en el mundo. Estos recientes acontecimientos parecen estar indicando las pautas de este debate aportando elementos abrumadores acerca del liderazgo estadounidense.

Esta fase, que viene desde los finales de los noventa y principios de siglo, ha resultado ser decisiva para reposicionar la hegemonía de Estados Unidos a partir de:

“La iniciativa de guerra encabezada por Estados Unidos a partir del 11 de septiembre define un nuevo escenario mundial. En cierta medida, la reacción norteamericana puede leerse como una utilización de los acontecimientos para consolidar algunas de las líneas de acción de su política exterior durante los años noventa: a) asegurar su primacía militar justificando una nueva elevación de los gastos de defensa mediante la identificación de un enemigo multiforme, cuya amenaza resulta mucho más tangible que la planteada por Rusia, China o Corea del Norte; b) mostrar su capacidad de involucrarse nuevamente en conflictos terrestres de larga duración, rompiendo definitivamente con el síndrome Vietnam; c) ratificar su derecho a la intervención en cualquier lugar del mundo en salvaguarda de los principios básicos del nuevo orden mundial y convalidar este ejercicio de poder en calidad de policía mediante el apoyo activo de “la comunidad internacional”; y, d) ligar la preservación del nuevo orden mundial, presuntamente orientado a garantizar a todos los habitantes del mundo el goce de los derechos humanos, a la profundización de las políticas neoliberales”(Arceo, 2002).

Con otro enfoque (Petras J. 2004), al igual que muchos escritores, periodistas y académicos han vuelto a introducir el concepto de imperialismo en sus análisis de la estructura del poder mundial. Petras asevera que las discusiones que se centraban en la "hegemonía" han resultado inadecuadas para explicar el nuevo énfasis que los constructores del imperio estadounidense ponen en la coerción militar, la invasión y la ocupación, y en el dominio impuesto por la fuerza.

Reconoce la capacidad de la clase gobernante imperial de continuar reasignando recursos de la economía nacional al imperio; el papel de las instituciones estatales, mediáticas y partidistas que propician la continuidad de la construcción imperial y, de manera más importante, la capacidad de reclutar clientes que sirvan al imperio. Y además propone distinguir entre la economía doméstica y la economía internacional, y ésta es la que constituye propiamente el imperio económico de EEUU.

Al examinar las características actuales de la economía internacional destaca que uno de los parámetros clave de las dimensiones económicas del imperio estadounidense es el número y porcentaje de sus corporaciones trasnacionales y bancos entre los 500 mayores consorcios del mundo en comparación con otras regiones económicas. Casi todos los analistas económicos coinciden en que las transnacionales son la fuerza motriz de la economía mundial, las instituciones centrales de las inversiones internacionales, las transacciones financieras y el comercio mundial.

Las transnacionales estadounidenses dominan la lista de las 500 principales empresas del mundo. Casi la mitad de las mayores transnacionales (48 por ciento) son de propiedad y dirección estadounidenses, casi el doble del competidor regional más próximo, Europa, con 28 por ciento. Las transnacionales de propiedad japonesa representan sólo 9 por ciento, y el resto de Asia (Corea del Sur, Hong Kong, India, Taiwan, Singapur, etcétera) posee en conjunto menos de 4 por ciento de las 500 firmas y bancos principales.

Si comparamos la capitalización neta de las transnacionales de ese país que figuran entre las primeras 500 del mundo con las de otras regiones, encontramos que el valor de esas compañías estadounidenses excede el valor combinado de todas las demás regiones.

Más adelante postula un argumento en favor de la tesis de que existe un imperio económico estadounidense consolidado y en expansión, que se ve realzado si examinamos los ocho principales sectores de la economía mundial que son banca, industria farmacéutica, telecomunicaciones, hardware para la tecnología de la información, petróleo y gas, software y servicios de cómputo, seguros y cadenas de autoservicio

En la medida en que las trasnacionales son el fundamento y la fuerza motriz de la construcción del imperio económico, está claro que Estados Unidos sigue dominando, controlando y que muestra pocos signos, o ninguno, de "debilitamiento", "decadencia" o pérdida de posición frente a Japón o Europa. Finalmente, concluye, que es un hecho indiscutible que el imperio económico estadounidense es dominante y está en fase ascendente: su profundidad y amplitud sobrepasa a sus rivales europeos y japoneses por múltiplos de dos en la mayoría de los casos.

En otro sentido, cuando reflexionamos, de acuerdo con la perspectiva de López Monjardin (2000), acerca de las formas del accionar del actual sistema capitalista, nos damos cuenta que el neoliberalismo no es un proyecto hegemónico, sino un proyecto de dominación. De ahí la pertinencia, de examinar las diferencias entre hegemonía y dominación. Los dos conceptos se refieren a las maneras en que se ejerce el poder y a menudo se usan como si fueran sinónimos. Pero hay que recordar que la hegemonía necesita del consenso, que no es nada más una operación discursiva o ideológica sino que involucra un conjunto de prácticas y se apoya en la legitimidad de las políticas y las instituciones. También supone la incorporación de los subordinados, aunque sea siempre parcial, y garantiza su reproducción como tales: como subordinados, es decir, como trabajadores, campesinos, amas de casa, empleados, pequeños comerciantes, y como niñas y niños que algún día llegarán a serlo. La dominación, en cambio, se apoya en la coerción: en el uso de la fuerza; en la represión de la disidencia; en la imposición de leyes cada vez más restrictivas y excluyentes; en las acciones unilaterales; en la criminalización de los inconformes.

La realidad pura y dura nos muestra que la hegemonía y la dominación se han combinado de muchas maneras a lo largo de nuestra historia, que no existe un muro sólido que separe a la una de la otra, sino un campo continuo donde las fronteras se entrecruzan. Pero, aún así, reconocer las diferencias entre los dos polos ayuda a iluminar un momento histórico preciso, en el que puede predominar uno u otro extremo; y en el que los proyectos hegemónicos del poder pueden ser más o menos sólidos, más o menos incluyentes, más o menos convincentes.

William K. Tabb, en Monthly Review (2000), precisa que la hegemonía se refiere a que un Estado es suficientemente poderoso para mantener las reglas esenciales que gobiernan las relaciones interestatales y que está dispuesto a obrar así. Un imperio es una forma de dominación en que un Estado captura el poder y gobierna sobre los otros. El imperio sujeta a las gentes a reglas desiguales. El gobierno de una nación determina quién gobierna la vida económica y política de otra sociedad. Si tal definición se acepta, entonces es razonable hablar del imperio americano, aun si es un imperio diferente al imperio.

En un sentido convergente, Samir Amin plantea que el imperialismo se ejerce colectivamente por los EEUU. La Unión Europea y Japón, bajo la hegemonía de Washington que se sustenta en el control mundial de los recursos naturales, el monopolio militar y la fuerza de la cultura anglosajona a través de la cual se expresa la dominación ideológica.

Tariq Ali (2003), al analizar el cariz militar e ideológico del nuevo orden económico, explica que se trata de la nueva faceta del imperialismo y expone que por primera vez en la historia de la humanidad existe sólo un imperio, de un país, EEUU, que tiene el dominio del mundo; la actual situación es que el imperio debe ser analizado desde una posición político militar. Económicamente, los Estados Unidos no son tan dominantes como sí lo son desde el punto de vista militar, de manera que utilizan su potencial militar para fortalecer su economía y es así como mantiene su hegemonía global.

La relativa declinación productiva y comercial de la actual potencia hegemónica no significa per se que esté próxima la substitución de su hegemonía global, puesto que los restantes aspectos hegemónicos: el financiero, monetario, político y militar, son lo suficientemente poderosos como para permitirle todavía sostener y, eventualmente, recomponer su preponderancia mundial en un nuevo ciclo de ésta. Para que se dé su substitución es necesario primero cambiar (o destruir) sustancialmente las estructuras en las que se basa esa hegemonía.

La dominación política, entonces, no se ejerce únicamente con la violencia y la represión del Estado. También se logra a través de la dirección política y la consumación de la hegemonía.

¿Sobre qué bases materiales le es posible a las clases dominantes construir una supremacía hegemónica? En otras palabras, se trata de plantear si es posible la existencia de consenso entre las clases subalternas basado en criterios puramente ideológicos, más allá de las condiciones de vida reales de aquellas consideradas en el mediano y largo plazo

El país hegemónico ha propiciado la conformación de élites subordinadas en los países dependientes para que colaboren con él (las reglas del juego son cambiantes y flexibles, en sus aspectos básicos están bien delimitadas) y ejerzan la dominación política económica y militar en sus países, conformando una clase dominante-dominada.

"El Estado se constituye como relación de dominación interna y hegemonía externa. El desarrollo desigual del capitalismo impide a las clases dominantes, insertas en la lógica externa del capital total, asumir la dirección del proceso social. No hay una capitalización de la sociedad latinoamericana que cree la base material para un interés general" (Gramsci). Por lo que reproducir las apariencias hegemónicas, incluso bajo coacción, es vital para la legitimización del ejercicio de la dominación; en cambio, donde este modelo no alcanza a ser hegemónico y es claramente dominante es en el plano de la política, no hay entonces hegemonía sino dominación.

Para finalizar, este breve recuento de algunas de las posiciones mas relevantes en torno la problematica que estamos comentando, las tesis de Perry Anderson (2004) me parece que pueden darnos un acercamiento mayor al tema que nos ocupa; y, finalmente, para abordar la cuestión de las alternativas es preciso reconocer lo nuevo en la nueva hegemonía mundial. Parte de reconocer que Marx tenía razón cuando planteo que las ideas dominantes son siempre las ideas de la clase dominante, y las clases continúan siendo los propietarios de los medios de producción a escala nacional y con mayor amplitud a escala internacional. Sin embargo, lo que sí ha cambiado son las formas de dominación ideológica; él dice que éstas han cambiado significativamente y nos plantea que uno de los cambios más relevantes se refiere a que “una nueva hegemonía exige la existencia de una potencia particular que organice y haga cumplir las reglas del sistema”. No hay hegemonía internacional sin un estado hegemónico; hoy esa superpotencia es EEUU y el ámbito de esa hegemonía es global, a raíz de la implosión del sistema socialista.

Finalmente, me parecen pertinentes las consideraciones de la maestra Ana Esther Ceceña, en cuanto al reconocimiento del proceso de dominación como una relación conflictiva entre sujetos, y de que la hegemonía es un producto de las relaciones de poder entre sujetos diferentes; que no existen condiciones de dominación absoluta y que el terreno de la competencia está en constante movimiento y definición. Así como la colaboración entre intereses civiles y militares es total, como soporte material de la hegemonía.

El actual imperialismo articula las innovaciones ideológicas del neoliberalismo y la doctrina de los derechos humanos, proyectándola como un régimen político modernizante. Estos son los rasgos principales de la nueva hegemonía mundial y uno de los campos de la batalla se presentan en el terreno de las ideas y en la construcción de las alternativas. Se hace indispensable dotar a los procesos contra-hegemónicos que se dan en las diferentes regiones con una crítica consistente de sus conceptos clave, para combatir la nueva hegemonía mundial.

Y es en este sentido que el concepto de hegemonía nos ofrece una visión más integral de la realidad y de los hechos del poder en la actualidad. Lo que buscamos realmente con el uso conceptual de la hegemonía es el modo por el cual los diversos y posibles contextos de poder interactúan y se relacionan entre sí; cuyos componentes serían las interdefiniciones dialécticas entre la coerción y el consenso en constante movimiento y cambio.

Nos interesa indagar acerca de la cuestión de la hegemonía: para saber cómo se efectúa la hegemonía de una clase, los procesos que conducen a esa hegemonía, cuál es el modo específico en que se plantean los problemas de la hegemonía del proletariado y, en particular, el problema de la hegemonía en una situación dada y en un país específico, toda vez que la hegemonía es central en el ámbito de la movilización social y la acción política, y en la mira para formular las estrategias posibles que nos permitan cambiar la actual correlación de fuerzas, con vistas a la transformación de la sociedad actual.

El concepto de hegemonía es transversal en la obra de Gramsci; ha ayudado a introducirnos en la complejidad de las relaciones de poder, de las relaciones de dominación y subordinación y su imbricación con las relaciones de producción. Si bien la hegemonía da cuenta de la dirección moral y cultural que una clase social, en alianza con otras, ejerce sobre el resto de la sociedad, no puede entenderse sin la dominación, ejercida en términos estrictos a través de la coerción. En los hechos, el proceso hegemónico es dinámico y su dirección está determinada, en la medida en que incorpora y tiene en consideración las demandas e intereses de las clases subalternas, o los intereses que éstas consideran como suyos.

Es a partir de estas consideraciones que podemos realizar una reflexión sobre los significados de la categoría hegemonía, para lo cual recurriré a la traducción que realiza Sabido Arcadio (2004) al elaborar un sistema conceptual de Gramsci, para explicar la estructuración y ejercicio del poder fundado en la articulación orgánica de la fuerza y el consenso, así como el carácter histórico de los sistemas hegemónicos y su metamorfosis político-cultural que harían posible su desestructuración y la conversión de las clases dominadas en clases dirigentes y dominantes.

Sabido A. (Ibidem) analiza la hegemonía desde una perspectiva orgánica reconociendo la dialéctica de la totalidad y sus partes, lo universal y lo particular de los elementos constitutivos de la hegemonía: el consenso y la fuerza que se manifiestan en diversos sistemas de relaciones a partir de una articulación orgánica, del movimiento y el cambio constante. Con base en estas premisas se pueden distinguir tres significaciones de la categoría hegemonía:

La hegemonía social, intelectual, cultural, moral y civil, en donde la connotación primordial es el consenso o aceptación voluntaria de ideas y practicas derivadas del convencimiento, la persuasión y del consentimiento, que se corresponden con un contenido ético de la política basado en las relaciones de dirigente y dirigidos.

En el lado opuesto, nos referimos a la hegemonía político-militar en donde el énfasis se coloca a partir de la fuerza, el dominio, la coerción, es decir, una concepción de la hegemonía en la cual las relaciones político militares al interior de las naciones y entre los países pueden darse en condiciones históricas desde la construcción del poder estatal, pasando por la defensa o conquista de los estados ya establecidos, hasta las formas de sometimiento y neutralización de los disidentes del Estado.

Finalmente, una tercera acepción es la hegemonía político–cultural, en la cual el binomio fuerza–consenso se presenta en una clara tendencia hacia un estado de equilibrios relativos que se refieren al arte de gobernar y dirigir con base en múltiples combinaciones de la fuerza y el consenso; por ejemplo, podríamos señalar a los estados liberales parlamentarios de Europa Central. Es así como podemos asumir el concepto de hegemonía, como una articulación orgánica. y pensar los hechos en una totalidad articulada contradictoria y en constante movimiento de la fuerza y el consenso.

Lo que nos lleva a afirmar que, en la realidad, el consenso no es ajeno a la fuerza ni ésta al consenso: ambos operan simultáneamente y se presentan como un movimiento dialéctico.

Gramsci desarrolla la teoría de la doble perspectiva, en la acción política y en la vida estatal, lo que implica la toma de conciencia de las combinaciones necesarias existentes desde los más elementales hasta las más complejas de la fuerza y el consenso, la autoridad y la hegemonía, de la violencia y la civilización, de lo individual y lo universal, de la táctica y la estrategia. Es así como desarrolla la doble perspectiva de la acción política, en lo que no se puede reducir dichas articulaciones a uno solo de sus componentes.

Con relación a las relaciones internacionales, Gramsci considera que la fuerza militar de una nación es una de las condiciones indispensables para alcanzar la hegemonía en su connotación político-militar, en donde la dirección política supedita a la dirección militar. Además, precisa de manera igualmente importante la dominación económica, el consenso cultural y el diplomático, para que, articulados orgánicamente, establezcan la supremacía de una nación.

Gramsci decía que “la supremacía de un grupo social se manifiesta de dos modos: como dominio y como dirección intelectual y moral. Un grupo social es dominante de los grupos adversarios que tiende a liquidar o a someter incluso por la fuerza armada, y es dirigente de los grupos afines y aliados... “cuando ejerce el poder y aun cuando lo tenga fuertemente en sus manos, se vuelve dominante pero debe continuar siendo también dirigente”. Esta tesis se amplía a las clases dirigentes de los estados con tendencias hegemónicas, que para sus fines estratégicos necesitan conocer las relaciones de fuerza nacionales como internacionales para un conocimiento del equilibrio mundial de fuerzas, ya que una posición hegemónica internacional necesariamente se sustenta en una hegemonía nacional. Así se reconoce la unidad orgánica como un sistema de ínterinfluencias entre lo nacional y lo internacional. Para que la clase dominante cree y aproveche las condiciones favorables para expandir sus fronteras de soberanía, a partir de la expansión territorial de las zonas de influencia o a través de los espacios de llamada la seguridad nacional.

Gramsci destaca que en la relaciones internacionales hegemónicas se conjugan tres elementos claves: la ubicación geoestratégica del país, la fuerza económica y militar y la fuerza ideológica, para que un Estado pueda mantener y desarrollar la hegemonía a partir de un desarrollo económico y financiero, que le permita mantener su poderío militar y la expansión de sus áreas económicas tanto en lo nacional como en lo internacional, a través de tratados o acuerdos “de mutuo beneficio” (tratados de libre comercio) como políticas de subordinación de los países en desarrollo.

Esta política de colaboración subordinada de los grupos gobernantes de las naciones pequeñas se realiza para reproducir el papel hegemónico de las clases dominantes. De ahí que esta construcción de alianzas con las naciones se implementa en el marco de su seguridad nacional para su propio espacio vital. Y, por otra parte, establece relaciones de hegemonía basadas en equilibrios de fuerzas económicas, políticas y militares con las potencias rivales (Unión Europea, Japón, China, Rusia), todo esto con el objetivo de reproducir los consensos necesarios para mantener su posición hegemónica y de dominación internacional.

EEUU, entonces, mantiene una posición hegemónica con la capacidad diplomática de gran potencia a partir de ser la fuerza político-militar determinante y continúa mostrando sus capacidades económicas, políticas, militares y diplomáticas para intervenir en los asuntos internacionales en cualquier momento, sin que país alguno o región estén en condiciones, hoy, de disputarle realmente esta hegemonía.

También es relevante rescatar la distinción que nos aporta Dora Kanoussi, entre la hegemonía como relación en el interior del Estado-nación, y hegemonía como relación entre estados nacionales.

La jerarquía entre potencias, entre Estados, que identifica al Estado hegemónico a nivel internacional, depende de las relaciones entre grupos sociales, o sea, del grado e intensidad de la función hegemónica del grupo social dirigente en el interior de un Estado determinado, es decir, la cuestión central se refiere a la relación entre lo nacional y lo internacional.

Con respecto a la dimensión nacional, podemos darnos cuenta del significado histórico–político del concepto de hegemonía en cuanto relación de poder en el interior de un determinado Estado-sociedad civil. Lo nacional es resultado de una combinación original, única, del desarrollo internacional, y si bien el punto de partida para la política, per se es nacional, la perspectiva es siempre y sólo internacional.

A partir de este recuento de los enfoques políticos más relevantes, planteados por las más destacadas personalidades a nivel internacional, comprometidas socialmente, y de una interpretación de la teoría de la hegemonía a partir de Gramsci, estamos en condiciones, como dice Emir Sader (2003), de lograr una comprensión más rigurosa y precisa de las características actuales de la hegemonía capitalista, tanto en los países centrales como en las economías periféricas, y de comprender los factores decisivos de la actual hegemonía norteamericana, que no residen únicamente en la fuerza militar, tecnológica o económica, sino en el plano ideológico. Y como una combinación y variedad de articulaciones de la fuerza y el consentimiento. Desde el punto de vista de Fernández Buey, la ampliación gramsciana de la noción de hegemonía va más allá del terreno militar, económico o político, para incluir en ella el carácter dominante del aspecto ideológico (cultural e intelectual), muy útil en la actual etapa de la globalización neoliberal.

Por lo que me permito reiterar que debemos pensar la hegemonía a partir de una realidad concreta y sólo a partir de ella pensar los hechos, como una totalidad en un continuo movimiento donde la fuerza y el consenso se están ínterdefiniendo de forma articulada y contradictoria, y se manifiestan en diversos sistemas de relaciones en los que no se deben reducir estas articulaciones a uno de sus elementos; por lo tanto, comprender la hegemonía a partir de su articulación orgánica. Esta concepción de la hegemonía, nos permite evitar caer en simplificaciones para estar en mejores condiciones de recuperar las aportaciones teóricas que sean más relevantes para una acción política contra-hegemónica.

Bibliografía

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