REFORMA UNIVERSITARIA


¿Una generación apática?, ¿deforma o reforma?

Dije lo que juzgaba más urgente sobre el temple que los estudiantes deben conquistar si quieren, en efecto y en serio, ocuparse de una reforma universitaria. Es la cuestión preliminar e ineludible si honradamente se considera el estado de ánimo que domina hoy a la clase escolar.
José Ortega y Gasset
Misión de la Universidad.
Una Reforma Universitaria sin una participación activa de los estudiantes será una reforma incompleta.
Bolívar Huerta.

Los estudiantes, entre la apatía y la Reforma de la Universidad.

Luis F. Gallardo León*

El segundo video producido por el Canal 6 de Julio sobre la huelga estudiantil de 1999 fue titulado La Huelga X, en referencia a la presunta generación X de los noventa que popularizó un best seller de Douglas Coupland, ejemplo de apatía, se convirtió pronto en un lugar común. El video examinaba los afamados 6 puntos del pliego petitorio e introducía un séptimo, para irritación de los huelguistas sobrevivientes, llamado la Huelga de nunca acabar. Analizaba con sarcasmo la forma en que la huelga se había transformado en una finalidad y no en un medio de negociación. En sus últimos días la huelga se había quedado sin base, sin activistas. El CGH® ya se había transformado en un autofan club de vetarros caudillos universitarios, incluyendo al porrista oficial de rasta postiza, Moshinsky. Ya no quedaban estudiantes, puros líderes, el esqueleto de las infinitas corrientes políticas convencidas de su estrategia inflexible.

Al margen del CGH, algunas escuelas independientes de toda corriente política nativa, encabezadas por el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos y la Escuela Nacional de Enfermería y Obstetricia buscaron rescatar la institución, gravemente deteriorada en su imagen y en su infraestructura por los meses de paro, convocando a los estudiantes apáticos a que regresaran a la Universidad y tomaran sus escuelas, sus facultades, sus aulas. La medida tuvo un éxito moderado porque los universitarios apáticos no tuvieron el verdadero interés de rescatar sus instalaciones de las garras de los tres o cuatro huelguistas que seguían formando asambleas democráticas.

Solamente el CUEC y la ENEO levantaron la bandera rojinegra y entregaron sus instalaciones, impecablemente conservadas, a las autoridades. Su independencia lo permitió. La huelga tuvo que terminar por medio de un acto autoritario del estado: la recientemente creada Policía Federal Preventiva ocupó C.U., en una operación que llamaron profiláctica. Sin violencia y videograbada por distintos medios de comunicación. En un acto de clarividencia, Mosh apareció sin rasta, con un corte apropiado para su nueva aventura tras las rejas; acto que sumado al increíble escape de Mario Mandrake Benitez de la Prepa 3, obviaron los nexos de estos líderes estudiantiles con ciertas autoridades.

Los doscientos huelguistas de todas las dependencias universitarias tomadas que sesionaban ese día fueron encarcelados y liberados en su mayoría un mes después. La opinión pública censuró el autoritarismo y se organizó en una marcha multitudinaria en protesta por la medida. Pero compartía la idea básica de que la huelga debía terminar, y nadie protestó cuando la Universidad volvió a ser ocupada por la verdadera base, estudiantes y maestros. Juan Ramón de la Fuente, que en un principio sufrió severas críticas por haber tolerado la ocupación policíaca, logró sacar la Universidad del marasmo en que se encontraba y goza hoy día de la admiración general y público reconocimiento por tan encomiable labor.

Al recuento de los daños queda una sola conclusión: la huelga fue aniquilada. Sufrió una derrota vergonzosa y sin paralelo en toda la historia de nuestra institución, dejó a la Universidad al borde del colapso, dio pretexto a los eternos enemigos de la institución a hacer pedazos su imagen, significó un retroceso y un “reprogreso” en la investigación científica, y arruinó la vida de muchas personas que no pudieron volver a estudiar, porque en esos eternos diez meses el río de la vida las arrastró. Las autoridades bien pudieron regodearse en su triunfo imponiendo el famoso tabulador de cuotas que desde el doctor Carpizo han buscado actualizar todas y cada una de las administraciones. Por el contrario, congelaron la medida y a la fecha no ha aparecido en la agenda institucional, magra victoria si es que así puede considerarse.

La necesaria Reforma Universitaria, sin embargo, sigue en puntos suspensivos. Y parte de la causa es que los pocos estudiantes interesados han perdido capacidad de organización y al resto no le interesa. ¿Cuáles son las razones? Una de las más importantes resulta del hartazgo de la politiquería y la grilla universitaria, lo que sí constituyó un triunfo de la huelga. Si algo ha fomentado la grandeza de nuestra Universidad es su permanente pluralidad, aún en tiempos de feroz represión siempre ha existido el espacio al libre pensamiento. Pero en la huelga del 99 la pluralidad dio paso a la atomización autodestructiva en el ala estudiantil.

En un principio las corrientes unidas lograron amalgamar la voluntad popular necesaria para estallar la huelga. Los dos primeros meses no existieron rencillas. Pero desde el tercer mes comenzaron las pugnas por el poder (ja, ja), es decir el control de la dirección del movimiento. La principal fuerza de discordia la constituyó un grupo que en un principio ni siquiera era corriente, se hacían llamar los Megaultras, quienes a base de palos y amenazas de muerte (existe amplio y documentado anecdotario al respecto), alcanzaron el absolutismo “heroico” en la Facultad de Ciencias Políticas, de Trabajo Social, ENEP Acatlán y CCH Oriente, de donde expulsaron el criterio y el sentido común, junto con cualquier cosa que oliera a disidencia y libre pensamiento.

Lo notable de los Megaultras consistió en que fue el único grupo que tuvo una base social amplia y estable. A los muchachos les atraía la sensación de poder y fuerza, el autoritarismo en el trato y las tácticas estalinistas. El poder por la fuerza, la política de la intimidación, el porrismo vuelto polaca. La envidiable base social megaultra resultaba como un pastel rancio para una comunidad de moscas hambrientas, así atrajeron a sus arcas a otros grupos socialistas universitarios como la Corriente en Lucha por el Socialismo, Unión de Juventudes Revolucionarias, el Partido Obrero Socialista y, de forma secreta, el Comité Estudiantil Metropolitano.

Ellos conformaron el Bloque Universitario de Izquierda, y se autodenominaron ultras para distinguirse del otro bloque político importante conformado por el Consejo Estudiantil Universitario y la Red de Estudiantes Universitarios que conformaron la Coalición Democrática Estudiantil, que junto con la pequeña agrupación denominada como la Coordinadora Estudiantil eran conocidos militantes perredistas. Fueron tildados de moderados por los ultras. Denominación despectiva que comenzó como un juego pero terminó denostando por completo a sus integrantes.

La guerra de escupitajos comenzó muy pronto y a metralla de descalificativos, las corrientes del movimiento comenzaron a generar profunda desconfianza en la comunidad. Así eran exhibidos en los medios de comunicación. Esa guerra de desprestigio perjudico a todas y cada una de las corrientes políticas que participaron en la huelga, al grado que resulta más bien vergonzoso para muchos haber pertenecido a ese monstruoso eunuco que constituyó y constituye hoy mismo ese rescoldo conocido como CGH, cuyo acto póstumo fue secuestrar y privatizar a su beneficio el auditorio Che Guevara de la Facultad de Filosofía y Letras, donde continúan viviendo su huelga imaginaria sin que nadie pueda hacer nada para remediarlo.

De nuevo la apatía. Al regresar a clases nadie quería saber nada de huelga, de grupos políticos, de elecciones al consejo universitario; los jóvenes estaban hartos de ser base de monigotes con clubes políticos. La mentalidad era apolítica, puro estudio y cero grilla. Pasarán años antes de que estos grupos políticos puedan recuperarse de las falacias cometidas a costa de su propio deterioro. Resulta imposible, por lo menos en la actualidad, que de ellos resurja la organización política estudiantil. La paradoja definitiva: todos estos grupos que se hicieron pedazos eran de izquierda. Para algunos teóricos, era un muestrario del estado actual de la izquierda mexicana.

Pero, ¿qué decir de los muchachos? Incluso de los que actualmente ya ni siquiera recuerdan la huelga, ni saben quienes fueron Jorge Martínez Valero, Alberto Pacheco, la venerable Pita Carrasco, Higinio Martínez, Fernando Belaunzarán o Jose Luis Cruz (ojo: tampoco resulta importante saberlo) y tantos otros grillos, grillitos y grilletes de la comunidad.

Es verdad que son apáticos y es una realidad cultural. Estamos viviendo las consecuencias del proyecto neoliberal a la mexicana, la cultura educativa de la certificación. Anular el pensamiento crítico, incrementar la mano de obra. Las humanidades siguen perdiendo espacios en los planes académicos, las innovaciones educativas de autogestión o de escuela activa son utopías académicas; el viejo sistema formal de enseñanza predomina, con todo y enciclomedia encima.

La escuela es un espacio de tránsito, un lugar a donde voy para aprender a hacer, un medio de transporte al trabajo. La producción de conocimiento se vuelve cada día más elitista. El joven de hoy no cree en su poder de cambiar las cosas. Carece de voluntad práctica, se envuelve en la inercia de la supervivencia. Una huelga derrotada fomenta esa imagen de que el cambio es imposible. Y tampoco hay movimientos políticos importantes en México. El sistema de partidos esta devaluado por las mismas contradicciones que empañaron a la huelga.

La política mediática suplanta la verdadera política, y estos jóvenes se dan cuenta del simulacro. Y aplicando la ley del mínimo esfuerzo, prefieren cambiar al televisor y abstenerse a votar. Porque todo es simulación. ¿Por qué razón considerarían importante transformar la Universidad? ¿No sería otra forma de simulacro? Las mentalidades no cambian de la noche a la mañana y sería imposible cambiar la que desconfía de todos los sistemas, pero vive en ellos sin oponer resistencia porque no hay otra solución. Sean realistas, no pidan nada. Ese parece ser el nuevo eslogan.

Pero en ese no pidan nada, está precisamente la semilla de la esperanza. Día a día, la sociedad civil gana espacios que el gobierno deja abiertos o que no puede ocupar con su profunda parálisis e incompetencia. Los movimientos civiles demuestran que la apatía no es absoluta. No pedimos al gobierno, nosotros mismos lo hacemos. El hombre independiente comienza a fortalecerse frente al Estado; emancipado descubre los límites pero, sobre todo, los alcances de su propia fuerza. El joven de hoy quizá no quiere pertenecer a ningún partido, ni a ningún grupo, pero eso no quiere decir que no quiera formar una sociedad.

De esa forma la ruta de la Reforma Universitaria provendría más que de un movimiento estudiantil organizado de una sociedad de individuos, y eso es verdadera democracia. Por supuesto, para el pensamiento socialista o comunitarista, la idea de una sociedad de individuos emancipados de la rectoría del bloque político resulta antidogmática. Pero esa es la realidad política a la que podemos aspirar en el contexto contemporáneo. Hay que pensar desde el sistema, porque fuera del sistema todo es masturbatorio.

Sólo hombres emancipados pueden forjar las nuevas ideas, las nuevas utopías, las nuevas revoluciones. En pocas palabras, son apáticos a los estilos políticos tradicionales, necesitan nuevos. La cuestión no es si los jóvenes resultan apáticos, sino más bien desde qué nuevas formas vamos a activarlos. Para visiones frescas hacen falta nuevos paisajes. La necesaria Reforma Universitaria que debe de adaptar la Universidad a los nuevos tiempos democráticos deberá incluir necesariamente a esa gente joven, con nuevas ideas de ser y hacer.

* Guionista e Investigador independiente egresado del CUEC.
Colabora regularmente en TV-UNAM desde 1997.
dosvalar@hotmail.com