FORO HISTÓRICO


La Universidad crítica*

Luis Villoro

Desde hace unos años las universidades parecen estar en un conflicto permanente. Este es un fenómeno que México comparte con muchos otros países. Para comprenderlo no basta con examinar las circunstancias que en cada caso influyen en las universidades; habría que fijarse en una causa más honda: la dificultad interna que, en algunas sociedades, tienen las universidades para poder cumplir con su función.

Desde sus inicios, las universidades tuvieron una función precisa que realizar: por una parte, la preparación de ciertos grupos que desempeñaban trabajos intelectuales que la sociedad consideraba indispensables: clérigos, abogados, funcionarios, profesionales liberales; por la otra, la transmisión, acrecentamiento y reformulación del saber. En las sociedades modernas, fincadas en el desarrollo industrial y técnico, esa función tradicional cobra una importancia nueva.

En primer lugar, conforme una sociedad se desarrolla, todos los cuadros directivos, en cualquiera de sus campos, requieren de una preparación especializada y de una educación superior, de las que antes podían prescindir. La formación universitaria se convierte en una condición cada vez más necesaria para tener acceso a posiciones de manipulación y poder. En segundo lugar, el desarrollo económico está estrechamente ligado al progreso de la ciencia y la tecnología. La cultura universitaria abandona su aureola de lujo social: la investigación científica y su aplicación técnica se convierten en factores indispensables del progreso general; para sostener el desarrollo es cada vez más importante la preparación de nuevos tipos de científicos y de técnicos que antes no parecían desempeñar una tarea útil para la sociedad. Por último, una de las consecuencias del desarrollo es un crecimiento de las clases medias urbanas, cuya esperanza de empleo pasa por las aulas universitarias. La explosión en la de manda de educación superior es, sin duda, un índice de desarrollo y un síntoma de la importancia creciente de las universidades para satisfacer de mandas sociales apremiantes.

Todo ello otorga a las universidades de los países desarrollados, o en vías de desarrollo, un poder nuevo, desconocido en las sociedades tradicionales, poder que no se basa en la capacidad económica, ni en la fuerza política o militar, sino en la actividad científica y técnica. En México éste es un fenómeno que empezamos apenas a vivir. Sólo cuando comienza a sentirse el efecto del crecimiento continuado, en que el país entró desde 1940, las universidades empiezan a cambiar su papel tradicional de guardianes de la cultura para convertirse en factores indispensables en el progreso económico del país.

Pero, a la vez que adquiría un nuevo poder social, crecía en la universidad una tensión interna. En efecto, su situación la obliga a cumplir simultáneamente dos funciones que pueden entrar en conflicto. Por una parte, la educación superior debe responder a las necesidades de una sociedad dada; está condicionada por las relaciones que rigen en esa sociedad. Tiene que entrenar a los profesionales, técnicos, funcionarios que habrán de ponerse al servicio del sistema social al que pertenecen. Esa tarea justifica la existencia de la universidad ante el Estado y éste dejaría de sostenerla en el momento en que fallara. En este sentido, las universidades cumplen una función integradora al sistema. Al colocar en él a amplios sectores de las clases altas y medias, refuerzan el sistema, permiten su continuidad y crecimiento.

Pero sería ingenuo considerar a las universidades como simples “reflejos” de las relaciones sociales dadas. Las universidades son quizás el sector de la “superestructura” social que puede guardar mayor independencia frente a su base. Esa independencia está asegurada por la segunda de las funciones que debe necesariamente cumplir.

El corazón de la universidad es a libre reflexión e investigación científica; su instrumento educativo, el análisis y la explicación racionales. El ejercicio de la ciencia exige un ambiente de libre discusión donde puedan formarse inteligencias capaces de cuestionario todo. La vida misma de la ciencia implica el ejercicio de la crítica racional permanente. Por eso, las universidades no pueden menos que preparar mentalidades susceptibles de poner en crisis los prejuicios sociales y políticos, las convenciones compartidas, las ideologías dominantes que ayudan a sustentar cualquier régimen. Constituyen un punto del sistema social donde puede aprenderse a enjuiciarlo sin coacciones, a poner en cuestión sus supuestos y sus metas, a pro poner frente a él alternativas racionales: las universidades forman parte del sistema, pero son su conciencia autocrítica.

La tensión entre su función integradora y su función crítica es inherente a la universidad liberal en las sociedades capitalistas. Pero no llega a ser conflictiva mientras el sistema social al que pertenece pueda gozar de una confianza generalizada y acierte a justificarse ideológicamente ante los ojos de los propios universitarios. Empieza, en cambio, a ser conflictiva, cuando el sistema pierde credibilidad y le resulta difícil legitimarse ideológicamente. Entonces la función integradora de las universidades entra inevitablemente en conflicto con su función crítica. Esto es lo que ha sucedido en las universidades norteamericanas, especialmente desde la guerra de Vietnam, y lo que se ha agudizado en México a partir de 1968.

Las universidades siguen entrenando jóvenes, cada vez en mayor número, para contribuir a unas relaciones sociales en cuyos valores y fines muchos están dejando de creer. Siguen arrojando profesionales a una sociedad que demuestra, cada vez con mayor claridad, ser incapaz de absorberlos adecuadamente. El estudiante ingresa en la universidad para prepararse en una profesión que habrá de darle un puesto destacado en la estructura social, pero, al mismo tiempo, su confianza en los valores que justificarían y dari’an sentido a esa actividad profesional ha desaparecido.

A la vez que, activa o pasivamente, rechaza el sistema en que vive, no puede menos que luchar por ocupar un puesto en él. Así, son cada vez más los estudiantes que siguen una carrera con desgano, en pos solamente del título que otorga una posición, sin ningún entusiasmo, sin la menor entrega personal por realizar los valores que esa profesión debía encarnar. Son cada vez más frecuentes también los estudiantes en perpetua irritación consigo mismos, dispuestos a socavar o a destruir la vida académica de la que dependen su propia formación y éxito futuros.

Muchos investigadores y profesores, a su vez, están compelidos a formar servidores de una sociedad, sin estar plenamente convencidos de la justificación racional de su tarea. La universidad debe formar para cubrir puestos y a la vez carece de la capacidad plena para legitimar ideológicamente su función. Produce trabajadores intelectuales para un sistema de cuya racionalidad y justificación moral empieza a dudar.

Es la ineficacia del sistema para mantener la con fianza de las nuevas generaciones en sus metas, su incapacidad para justificarse ideológicamente, la que convierte la tensión interna de la universidad en agudo conflicto. El conflicto interno de las universidades expresa la contradicción entre la realidad del sistema social y su conciencia autocrítica. A su luz podrían comprenderse mejor las distintas orientaciones que, para resolver el conflicto, proponen a las universidades diferentes grupos.

En las discusiones sobre la orientación que debiera tener la universidad, se maneja cada vez con mayor frecuencia, la idea de una “universidad crítica”. Por desgracia, el término se presta a variadas interpretaciones. La confusión aumenta cuando, al usarlo, no se cuida de aclarar su sentido. Tal vez ayude a despejar la confusión contraponerlo con su única alternativa: la de una universidad apolítica, puramente técnica.
Ante la agudización de los conflictos universitarios, gana terreno, en algunos sectores, la concepción de las universidades como instituciones con sagradas a una labor técnica, en las que la preocupación poli’tica pudiera reducirse al mínimo. Más que de un proyecto concreto, se trata de una manera de concebir la tarea de la universidad, que se encubre bajo la pretensión de preservar su nivel académico y su eficacia educativa.

Las universidades, se piensa, deberían antes que nada cumplir cabalmente su función de adiestrar profesionistas, funcionarios y técnicos adecuados al mercado de trabajo existente. Su fin más importante sería suministrar a las empresas públicas y privadas, y a la administración del Estado, el personal especializado que requieren. La investigación tiende a concebirse ligada a los programas de trabajo específicos de los sectores productivos. Las universidades se comprenden como meros instrumentos del desarrollo económico actual; sus escuelas deberían convertirse, de hecho, en dependencias técnicas al servicio del proceso de producción.

Para ello tiene que concebirse la educación superior como una formación no comprometida ideológicamente; habría que despolitizar a las universidades y orientarlas por el ideal de una labor académica “pura”. La repetida frase “estudiante a tus estudios” suele encubrir un punto de vista semejante. Ante él suscitan el mayor recelo los intentos por definir el papel de la universidad como factor de cambio y las cuestiones dirigidas a la totalidad del sistema social. De hecho, el papel de la crítica se reduce a los límites teóricos del campo propio de cada profesión.

Para mantener una universidad despolitizada, limitada a la enseñanza académica, sería indispensable reforzar sus estructuras autoritarias. Las ideas anteriores suelen acompañarse, por ello, de la tendencia a conservar las formas de gobierno existentes y de la prevención ante las nuevas modalidades de poder democráticamente compartido, que se abren paso en las universidades. En una universidad apolítica y técnica, tendría que privar el orden sobre la participación.

Es comprensible que muchos profesores e investigadores, cansados de conflictos, nostálgicos de la seguridad y el apartamiento que protejan su labor científica, se inclinen por esas ideas. Lo que no suelen ver con claridad son las implicaciones políticas que, en las circunstancias actuales, tiene un proyecto semejante.

Las universidades son factores reales de cambio en la medida en que sean capaces de asumir su función crítica global de la sociedad y de preguntarse por la meta y el significado de su desarrollo. Concebirlas como simples instrumentos de un desarrollo que no pongan en cuestión, es renunciar a su papel de conciencia autocrítica de la sociedad. Y ese papel es indispensable en toda sociedad libre. En un país en el que prácticamente todos los sectores se encuentran bajo el control, directo o indirecto, de los grupos política o económicamente dominantes, preservar esa tarea es un asunto vital.

Por otra parte, la pérdida de confianza de las nuevas generaciones en el sistema, su exigencia de participación política, constituyen un proceso irreversible desde 1968. Ante esa situación, es ilusorio pensar que podrían implantarse universidades apolíticas sin recurrir a fuertes métodos de coacción y de control dentro de ellas. La universidad pagaría su apolitícídad con la supresión de su libertad.

No es extraño que los profesores que sueñan con una vida académica al amparo de conflictos, puedan coincidir, sin embargo, y por motivos muy distintos, con fuerzas políticas que intentan dominar las universidades; por un lado, los sectores de la burocracia política que desearían acallar instituciones incómodas, que no pueden manipular; por el otro, grupos económicamente poderosos que quisieran escuelas de educación superior dedicados a suministrar servicios técnicos y personal calificado a sus empresas. Para ambos, la universidad apolítica sería la solución. Así ese proyecto es irrealizable, de hecho, sin suprimir en las universidades su vida democrática y su independencia. En este momento de México, el proyecto de una universidad apolítica y técnica es, en realidad, el de una universidad domesticada.
Frente a este proyecto, grupos extremistas pro claman su contrario. La concepción de una universidad apolítica pretendería resolver el conflicto interno de las universidades limitando su función crítica a su función integradora al sistema; la concepción opuesta quisiera suprimir su función integradora y reducir las universidades a focos de rebelión política.

Hay grupos que atacan a la universidad por preparar “cuadros para la burguesía”, como si pudiera dejar de hacerlo en una sociedad burguesa. Quisieran transformar la crítica racional en impugnación partidista que enfrente violentamente las universidades con el sistema. Sueñan con una quimera: una universidad que descuidara la formación de profesionistas y de científicos para dedicar toda su energía a minar el sistema del que forma parte.

Dentro de las universidades, la misma actitud se traduce en el desprecio por la vida académica, el cultivo del desorden y el verbalismo demagógico, la intolerancia hacia las opiniones ajenas. De hecho, lo único que logra es, dentro de las universidades, el desorden y el descenso de los niveles académicos; fuera de ellas, el desprestigio de las instituciones de cultura. Esos grupos extremistas son la mejor arma para destruir, no la “universidad burguesa”, como pretenden, sino la institución universitaria misma: el único sector de crítica racional y libre de nuestra sociedad actual. El proyecto de una universidad domesticada y el de una universidad convertida en ariete político contra el sistema, conducen a lo mismo: hacer imposible en nuestro país una auténtica universidad crítica.

La universidad crítica sería la alternativa posible, en nuestra sociedad, frente a la universidad domesticada, y la única respuesta a la ilusión de una universidad destructora del sistema. Para ser viable, debería poder mantener una tensión interna entre su función integradora y el libre ejercicio de la crítica, sin que esa tensión se convirtiera en un conflicto que la destruya.

Las universidades no pueden renunciar a ser, dentro de las sociedades actuales, su conciencia autocrítica. Una sociedad libre requiere de instancias racionales, capaces de poner en cuestión cualquier prejuicio, cualquier convención compartida, instancias capaces de enfrentar a la arbitrariedad de los intereses de poder, la reflexión y el análisis serenos. Para ejercer adecuadamente esa función tienen que preservar el rigor y la altura de la vida científica que la hacen posible. Dejarían de cumplirla en el momento en que la vida académica quedara supeditada al mero adiestramiento técnico o bien naufragara bajo la intolerancia de los extremistas. Al realizar su tarea crítica, la universidad no puede caer en la fantasía de creerse un foco revolucionario; las revoluciones las hacen las clases explotadas, no los universitarios. La crítica no puede confundirse con una acción política partidista. Con todo, su labor es indispensable para la transformación social, porque libera a las mentes de su sujeción a las ideologías de dominio y prepara el cambio, al examinar las enfermedades sociales y proponerles remedios. Tarea de la universidad no es preparar mentalidades conformistas, sino semillas de liberación.

La tarea de las universidades no puede restringirse tampoco al servicio de la capacidad productiva de las empresas. Sólo el mantener su independencia frente a ellas, las universidades pueden tener la visión necesaria, de que aquellas carecen, para crear una capacidad científica y tecnológica que ayude a resolver los problemas de las mayorías, poner a su servicio el desarrollo y promover nuestra liberación del atraso y de la dependencia.

Pero las universidades tampoco pueden renunciar a la labor que las justifica en la sociedad actual: adiestrar a los profesionistas y técnicos que ésta requiera. Pueden, empero, prepararlos con una visión global de la sociedad y una mentalidad independiente, capaz de enjuiciarla. Pueden también unir la rigurosa preparación profesional con nuevas formas de servicio social dirigidas a satisfacer las necesidades populares y a aprender, a la vez, a escuchar al pueblo y a convivir con él. Pueden orientar la educación profesional y la preparación científica a la solución de los problemas de amplios núcleos de población, y no sólo a la satisfacción de las demandas de grupos privilegiados. Al mismo tiempo que formarían profesionistas, introducirían así, en la sociedad, fermentos del cambio.

Así entendida, la universidad crítica puede ser un tránsito hacia una universidad popular, irrealizable en el actual sistema social, pero que cobraría su sentido en una sociedad por venir, en la que los profesionistas estuvieran al servicio de toda la comunidad.

* Tomado de Foro Universitario Nº 3, Ago. 1976, en Signos Políticos, Editorial Grijalbo, Colección 70, pp. 152-160.