Temas a Debate

Procesos de Trabajo en la Globalización

Del fordismo1 al taylorismo2 a la electrónica y la robótica.La disolución
de la clase, la crisis de los sindicatos y la construcción del imperio.

Taller de Construcción del Socialismo*

Comprender la lucha de clases hoy

Decía Louis Althusser que los obreros comprendemos El Capital (Karl Marx), porque en él se habla en términos científicos de la realidad que cotidianamente enfrentamos: la explotación a la que estamos sometidos y que es inherente al sistema capitalista. Althusser se refiere a la identificación política con los elementos que constituyen dicha explotación —magistralmente desvelados por Marx—, y que por experiencia de vida entendemos. Otra cosa muy distinta es dominar los aspectos teóricos de El Capital, que para algunos son incluso obsoletos, incluso desde la propia izquierda, ante el dominio del capitalismo a escala mundial y la caída del socialismo “realmente existente”.

No obstante, el principal reto que el neoliberalismo [Híjar 1998] plantea para los obreros es la necesidad de comprender los nuevos modos de producción globalizados, la abstracción del proceso de trabajo y las relaciones de producción y circulación que le corresponden al ciclo actual de la economía capitalista, caracterizado por una crisis en los patrones de acumulación que obliga a modificar las formas de producción. Cuestiones que el análisis marxiano explica, pero que, se nos dice, la están superados en la propia fenomenología marxiana: hoy no será la dictadura del proletariado; sino la «producción de subjetividad» del «General lntellect», lo que habrá de movilizar al «proletariado inmaterial» de nuestros días.

“Comprender” estas nuevas nociones, como comprender a Marx hace 160 años, en medio del desigual impacto de las reformas económicas en el mundo, no es sencillo. Mientras los teóricos de los países desarrollados hablan de una explotación de la fuerza intelectual (fuerza-invención), en el mundo “en desarrollo” (o sea la mayor parte de la humanidad) continúa la explotación salvaje de la fuerza de trabajo según lo anticipó Marx.

Es cierto, existe una nueva organización industrial, que en el marco de la globalización (mundialización del capitalismo) transformó los procesos de trabajo y con ello el mundo de los trabajadores cambió; hoy ya no está constituido únicamente por obreros empleados directamente en la producción de bienes materiales, existe además un gran sector de asalariados que no son (o no se consideran) proletarios (empleados, cuadros medios superiores, profesionistas, investigadores, artistas, maestros, estudiantes, etc.), cuya forma de vida y de producción tiene que ver más bien con una noción de «trabajo inmaterial», trabajo realizado por asalariados que, en vez de producir bienes materiales, realizan operaciones intelectuales, las cuales a su vez, producen objetos o nuevos bienes abstractos. Pero existe además un gran número de no-asalariados, los desplazados por la especialización productiva de los nuevos Sistemas Internacionales de Producción Integrada, impuestos por las grandes transnacionales para favorecer la competencia global, a costa de profundizar las diferencias regionales y de aumentar la dependencia.

La necesidad del capital de expropiar cada vez más plusvalía tiene por estrategia la desintegración de los procesos de trabajo, extrayendo de éstos sus cualidades básicas para descomponerlas en funciones cada vez más sencillas, realizables aisladamente y con cada vez menos requerimientos de especialización. Extraída así la esencia —consumada la abstracción del trabajo—, éste se somete y precariza mediante nuevas formas de pago (tiempo extra, bonos o primas de productividad, puntualidad, etc.), a cambio de alargar la jornada de trabajo y de imponer la flexibilidad y movilidad en los puestos.

Nada de esto es nuevo, pero ahora, con la dimensión global, se rompe el frágil “equilibrio” que la resistencia obrera pudo arrebatar en jornadas de lucha por la conquista de condiciones mínimas de “bienestar”, mismas que al cobijo del modelo liberal de los estados-nación ni siquiera alcanzaron a extenderse al grueso de los trabajadores. El “nuevo papel” del Estado neoliberal —contrario al keynesiano, el del “bienestar”— genera una nueva crisis que reclama, en el plano defensivo, reconstruir el equilibrio capital- trabajo frente a las nuevas formas de producción, pero que obliga a repensar el papel de los trabajadores como elemento de cambio social para avanzar en la transformación del régimen vigente.

La globalización, para elevar la productividad en el marco de la competencia, induce a acelerar la abstracción del trabajo y a la aparición de nuevas formas de «trabajo inmaterial», sustantivada objetivamente en la desindustrialización y pauperización de grandes regiones del mundo. Los procesos productivos de muchos países han sido desmontados a cambio de la instalación de plantas maquiladoras (fábricas de productos o partes de éstos, para la exportación). Todo esto está sustentado en el rápido desarrollo de tecnologías como la informática (mezcla de comunicaciones con procedimientos computacionales para el tratamiento de la información).

De esto se trata, de revisar el alcance de la «desmaterialización» del trabajo y la aparente disolución de la clase que ello implica, como una forma de entender la crisis de los sindicatos y la necesidad de modernizar éstos, para poder resistir la reestructuración del capital, e insistir en la transformación del régimen capitalista.

El mundo del trabajo en México

Según datos de la última Encuesta Nacional de Empleo realizada por el Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI) y la Secretaría del Trabajo y Previsión Social (STPS), además de la grave precarización del trabajo, se identifican al menos tres graves impactos más: una drástica reducción del empleo en el campo, el fracaso de la estrategia de “changarrización” como política de autoempleo y un peligroso aumento en la desocupación de los jóvenes.

SI <7 millones PEA 42 millones 26 millones
SII >10 millones Asalariados 26 millones sin prestaciones
SIII > 24 millones Por “cuenta propia” 10 millones 11 millones sin seguridad social
SI es el Sector Primario (Agricultura, ganadería, silvicultura, caza y pesca); SII el Secundario (el sector productivo); y SIII el Terciario (Comercio, restaurantes y hoteles, comunicaciones y transportes y diversos tipos de servicios como profesionales, financieros y sociales y de gobierno)
Fuente: www.inegi.gobmx

Millones de campesinos emigrados, estudiantes mayores de 12 años —considerados población NO económicamente activa, pero también sin perspectiva de empleo— y mujeres condenadas a servir de por vida como amas de casa, representan un núcleo social de impredecibles repercusiones.

Peor aún, no existe la menor posibilidad de insertarse “exitosamente” en la competencia global al corto plazo, considerando que la masa trabajadora tiene un promedio de instrucción escolar de apenas 8.2 años (cuando más, parte de la instrucción secundaria). Incongruente, la STPS anunció que entre enero y septiembre de 2004 se registraron 860 nuevos convenios de productividad que establecen nuevas condiciones de evaluación para los trabajadores, para las cuales —según los estándares internacionales— no estarían preparados.

En cuanto al desarrollo del «trabajo inmaterial» en México, la STPS reporta que en el ramo manufacturero (donde supuestamente habría un mayor traslado), de 1992 a 1999, el aumento en el número de “ empleados” asociados a la prestación de servicios) creció en 1.35 veces (de 860,075 a 1’161,867), mientras que la tasa de crecimiento de obreros fue de 1.12 veces (de 2’197,824 a 2’480,171). Esto, por supuesto, nada tiene que ver con la visión primermundista del mundo del trabajo, cuya realidad sí quedó efectivamente marcada por el rápido ascenso del sector servicios en aquellos países.

En pocas palabras, salvo el caso de las telecomunicaciones y de la “industria” maquiladora de exportación [Sotelo 2004], ningún otro sector ha generado crecimiento proporcional a las expectativas creadas por el orden capitalista neoliberal. Sin embargo el capital sí avanzó en estos años, generando principalmente empleos mal remunerados y sin prestaciones ni seguridad social, profundizando así la extracción de plusvalía relativa.

El Taller, el cronómetro y el robot

El auge del capitalismo de la posguerra desarrolló un método “científico” con Taylor y la entrada del cronómetro al Taller para la medición de tiempos y movimientos, así como la sustitución progresiva del obrero profesional arropado por sus «secretos del oficio» por simple “mano de obra”, una vez que Ford introdujera la cadena de montaje y sus estrictas cadencias de trabajo, se abrió paso a la fabricación masiva (y al obrero-masa). El “equilibrio” lo aportó Keynes”, padre —junto con otros— de los acuerdos de Brenton Woods (y del Fondo Monetario Internacional), cuyas tesis sobre el empleo y el mercado definen el papel del Estado en el capitalismo “benefactor”, para garantizar un pacto social y político acorde con el “dejar hacer” de aquellos días.

Benjamín Coriat [Coriat 1979] planteó ejemplos de “revalorización del trabajo manual”, y más tarde caracterizó la producción-masa [Coriat 1992], basado en ideas que nada tienen que ver con el desarrollo real de la cibernética [Chimal 1999], pero que le dejaron prever una coyuntura importante en la conjunción de la microcomputadora y las comunicaciones, coyuntura que otros elevaron a la categoría de paradigma (la economía), cuyo auge fue abruptamente interrumpido al fin de siglo.

No obstante, incluso los obreros de países desarrollados (Alemania, Francia y el Reino Unido), enfrentan hoy la “obligada desloca!ización” —eufemismo con el que se refiere la supresión o emigración “forzosa”—, de fases completas de producción, aquellas con uso intensivo de mano de obra (buscando el más bajo costo), para desarrollar supuestamente a cambio nuevas fuentes de trabajo localmente, en áreas que tienen que ver con los procesos “estratégicos” de la producción (diseño, innovación, comercialización, y el manejo administrativo y legal), para los que muchos obreros tampoco están calificados.

Ramos completos de la industria fueron afectados [Sotelo 2004]. La textil (particularmente con la fabricación de ropa), pionera en la maquila a escala mundial, aporta por ejemplo de actualidad el caso español, cuyo ciclo producción-comercialización se internacionalizó en una década, a tasas de exportación superiores al de cualquier otro ramo en aquel país, mientras el valor de la producción se redujo negativamente a razón del 0.76% anual, evidenciando que el abaratamiento de la mano de obra (española y posteriormente asiática) no era solución al problema de la competitividad del mercado, y que la reorganización del trabajo responde al agotamiento del patrón de acumulación, por más que los ideólogos de la globalización la atribuyan al desarrollo tecnológico.

La mecanización de la producción —o «automatización», en nuestros días, su “robotización”—, posibilita, más que nada, nuevas formas de operación y control del proceso productivo (de trabajo), reduciendo la necesidad de “mano de obra” al mínimo necesario para garantizar el funcionamiento del sistema: alimentar las máquinas, limpiarlas y atender sus requerimientos básicos de operación, lo que plantea el desarrollo de nuevas figuras obreras propias del postaylorismo (Coriat 1992).

Hasta este punto de la historia, la rueda, el reloj, la máquina de vapor o la computadora misma, no son sino metáforas del cuerpo humano que han logrado sustituirnos —a veces con bastante éxito—, en la realización de tareas básicas, sin lograr la abstracción humana, pero alimentando, eso sí, los instintos depredadores de la sociedad capitalista posmodema.

Como Coriat anticipó, el principal impacto de “la electrónica” en el taller no provendría de automatizar solamente la fabricación de productos (con el desplazamiento del trabajo concreto), sino los procesos de control, lo que llevaría a su cenit la administración de la producción (que conlleva la reclasificación de los puestos bajo una nueva la división del trabajo y nuevos modos de organización).

La disolución de la clase, la crisis de los sindicatos y la construcción del imperio

La transformación del mundo del trabajo es profunda”, no sólo en el Taller sino en la Oficina. Aun en empresas donde no existe una línea de producción se practica la desintegración del proceso de trabajo, llevando adelante las mismas estrategias: la “compactación de puestos” y la eliminación de “definiciones de labores” concretas, estipulan la función específica del puesto (lo que hace: instalar, construir, mantener, etc.) y el nivel de responsabilidad del mismo (ayudar, realizar, planear o dirigir), así como la estructura de mando respectiva (de quién recibe las órdenes y a quién debe darlas), definiciones que “estorban” en la lógica de flexibilidad y movilidad capitalista. Otras cuestiones, referentes por ejemplo al lugar habitual de trabajo así como el horario y calendario de descansos, quedan también a discusión.

Este es el caso, totalmente vigente, de la propuesta de reestructuración- modernización de LyFC, que se inscribe puntualmente en la reforma laboral presentada por el encargado de la STPS a nombre del ejecutivo y que increíblemente cuenta con la bendición de no pocos sindicalistas, a pesar de experiencias desastrosas (Telmex, sin ir más lejos).

Las innovaciones organizacionales a las que se califica de “prácticas flexibles”, rompen con la lógica del modelo tayloriano (explotación de las economías de escala, estandarización de los productos, un hombre igual a una tarea), fomentando la polivalencia de los asalariados y la delegación de la responsabilidad a los niveles jerárquicos inferiores y, como muestra de “flexibilidad”: equipos autónomos, círculos de calidad, reingeniería y la producción lo más ajustada posible (just-on-time), que constituyen un nuevo modelo producción, llamado “toyotista”, que está fundado en la eliminación de los inventarios (stocks), en la circulación horizontal de la información y de la supuesta participación de los asalariados en la mejora del desempeño y la calidad final del proceso.

Este esquema no sólo ha trastocado las relaciones de trabajo sino que, efectivamente, ha permeado el inconsciente de los trabajadores, de modo que hoy día el concepto marxista de clase es utilizado, cuando mucho, para referir más bien a las figuras que, según los factores que determinan las relaciones profesionales de los asalariados, se han desarrollado: profesionistas de alto nivel que se desempeñan como técnicos y administradores; trabajadores calificados no manuales; trabajadores calificados manuales; semicalificados y no calificados [Reiss 1997].

A diferencia de EU, Japón y Europa, donde sí existe un evidente ‘aburguesamiento” de los trabajadores, en las economías “en desarrollo”, los individuos que ocupan estas nuevas figuras (los más aptos para asimilar las constantes innovaciones tecnológicas) no precisan destruir el capitalismo ni la propiedad privada, ni encuentran en la lucha de clases la solución práctica a sus conflictos, que son de índole más bien existencial. Paradójicamente, los marginados, los que sí se consideran a sí mismos obreros, se asumen incapaces para la lucha organizada (un auténtico proletariado “sin cabeza”, en palabras de José Revueltas).

En ese sentido, el desclasamiento de la “clase media” (pequeñoburguesa) y la coyuntural desmovilización obrera impiden profundizar la crisis social, en tanto no se asumen proletarias, posponiendo así lo que el propio Revueltas llamaría “la independencia de clase del proletariado”. En México, una pequeña élite de trabajadores, los que laboran en las empresas públicas (Pemex, CFE y LyFC), están organizados. Sin embargo, constantemente disputan posiciones con los empleados “por honorarios” (figura importada también de la empresa privada), que actúan al interior de la estructura de dirección y control (media e inferior), conformando verdaderos “grupos comando” que, con autonomía pasmosa, imponen y ejecutan cambios absurdos en los procesos de trabajo. Se trata de trabajadores sin arraigo, individualistas, contratados en condiciones salariales similares a los puestos “de confianza”, que excepcionalmente se convertirán en funcionarios “de carrera”, pero que de entrada ocupan plazas temporales, sujetas a resultados.

Esto plantea la necesidad de una modernización sindical. Las grandes formaciones sindicales se concentran, todavía hoy, exclusivamente en la defensa de sus condiciones de trabajo (económicas), y se muestran “preocupados” por mantener abiertos los “canales de negociación” que les permitan superar la coyuntura modernizadora, carentes de propuesta propia, lo que repercute en concesiones que diluyen cada día más la capacidad real de lucha de los trabajadores. No hay un esfuerzo serio de análisis de la situación, que permita plantear al menos las contradicciones capital-trabajo ante las nuevas formas de producción.

Ha habido honrosas excepciones. Revueltas mismo lo sentenciaba, presenciando las grandes jornadas de lucha de los electricistas de la Tendencia Democrática en 1975:

“corresponde, de un modo evidente, al proletariado ejercer el papel dirigente de todo el proceso democrático-burgués, a fin de hacerlo advenir al cambio profundo que requieren las infraestructuras y sobreestructuras sociales”. Hay experiencias de lucha que deben recuperarse, actualizadas «a valor presente».

Otro espartaquista, Enrique González Rojo [González 2003], teorizaría sobre ese mismo estrato pequeño burgués categorizándolo como “la clase intelectual” (la fuerza de trabajo calificada) que en su concepción de la “revolución articulada” (para un estado de transición al socialismo), estaría llamado a realizar la revolución cultural que habría de destruir la segunda determinación externa del estado: la socialización de los medios intelectuales de producción.

Por el momento, esta pequeña burguesía, por su ilustración, es capaz efectivamente de entender ciertas implicaciones de los cambios a escala global, e incluso de radicalizarse, declarándose por ejemplo abiertamente antineoliberal e incluso “globalifóbica”. Hasta llega a alinearse en una “izquierda civil”, en la que se distingue por su lucha contestataria, por reivindicaciones ecológicas, contra la guerra y el imperio, o por la diversidad sexual, etc., pero que, por su oposición a la lucha de clases, termina por poner en crisis toda racionalidad política.

Esta izquierda “civilista” recita a teóricos antagonistas del marxismo (de los cuales se destaca a Antonio “Toni” Negri y el texto “Guías”, simplemente por ser objeto de estudio en el TCS), para decretar que los trabajadores habríamos dejado de ser fundamentales en la construcción del nuevo sujeto de la historia, ocupando ese vacío con nociones borrosas, tales como «la multitud» y el «Imperio», según las cuales la toma del poder no es tarea central de organización, como sí lo sería en cambio crear un nuevo orden, basado en el reconocimiento de autonomías y en la democratización absoluta de los aparatos de gobierno para la construcción de... ¿qué cosa?, la soberanía planetaria?... ¿el Imperio negriano, que con fervor religioso “está en todas partes” y en el que todos estamos dentro (no hay nada externo)?

Esto, que en apariencia pertenece sóo al ámbito de la discusión teórica, debe resolverse prácticamente para darle consecuencia a la lucha política, en tanto afecta cuestiones organizativas fundamentales. Sin la conjunción Teoría-Práctica, el recuento de daños causados en la globalización neoliberal seguirá creciendo.

¿Qué hacer?

Independientemente del escozor que cause en algunos un subtítulo tan injustamente ideologizado, lo procedente es plantear como conclusión dos temas candentes:

En primer lugar, no puede soslayarse el hecho de que al mismo capitalismo le preocupe el “problema” de la (des)educación, en tanto pone en jaque parte de su andamiaje ideológico. Lógicamente, la burguesía no pretende un proyecto educativo para la emancipación del hombre. En esta lectura se recogen dos referencias puntuales: Híjar (rescatar el proyecto educativo popular) y González Rojo (realizar la revolución cultural —articulada—). ¿Podremos los trabajadores levantar la bandera de la educación y la cultura con un proyecto propio? ¿Será posible impulsar un proyecto de “educación superior —científica— para los obreros?

La segunda cuestión, antes que lograr una caracterización acabada de la naturaleza actual del trabajo, se requiere urgentemente la modernización sindical ¿Cómo podremos los trabajadores contrarrestar la creciente explotación intensiva del trabajo, sin una propuesta propia para la modernización industrial? Los nuevos cuadros sindicales no pueden seguirse formando sólo en la lógica de la gestión laboral exclusivamente, sino que deben estudiar y analizar con detenimiento los cambios en el mundo del trabajo, así como sus tendencias. Transformar el mundo, comenzando con la transformación del viejo sindicalismo, corrupto y mediatizador, en uno nuevo, capaz de actuar consecuente con su clase, para derrotar al charrismo y recuperar la democracia sindical. ¿Podría concretarse por fin un polo de organización sindical, común a las izquierdas?

Notas

1 Régimen de crecimiento económico fundado en el reparto negociado de los beneficios de productividad entre los asalariados y los detenedores del capital en el seno de las empresas. Esta política favorece el aumento de los salarios y, por ende, el consumo masivo, lo que garantiza la salida de una vasta producción. Se le llama así en honor de Henry Ford, que en 1914 decidió aumentar los salarios de sus empresas para que así los asalariados pudieran comprar sus automóviles (“El nuevo capitalismo”, Dominique Philon).

2 Ingeniero después de haber sido obrero, el estadounidense Frederic Taylor (1856-1915) elaboró un método de organización del trabajo al que calificó de científico. El fundamento de su sistema es el análisis científico de los tiempos y de las pausas, con objeto de mejorar la eficacia laboral. La organización del trabajo propuesta por Taylor, adaptada particularmente a la producción en masa, se basa en que a cada obrero se le confían tareas elementales bien específicas, y la división vertical del trabajo, es decir, la separación estricta de las tareas de concepción y de ejecución. (Idem)

* Tomado de Imperio y trabajadores en crisis, Cuadernos 02, a partir del ciclo de conferencias celebrado en noviembre de 2004 por el Taller de Construcción del Socialismo (TACOSO) y publicado por la Secretaría de Educación y Propaganda del Sindicato Mexicano de Electricistas (SME) en el marco de su 90º aniversario, México, 2005.

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