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Jóvenes y futuro

Vale la pena preguntarse cuáles son las propuestas de los precandidatos y los partidos políticos para evitar una catástrofe nacional y resolverlos. No las hay. Lo que hay en ese lado de la pirámide es una lucha intestina para mantenerse en línea y así conservar su austero nivel de vida que por cierto, todos costeamos.

Jusqu´ ici tout va bien, jusqu´ici tout va bien,
mais le problem n´est pas la chute, c´est
atterrissage.
Película “El odio”.

Bolívar Huerta*

En su reciente visita a México, el sociólogo Alain Touraine afirmó que “en la mayor parte del mundo lo que impera es la incapacidad de pensar, actuar, prever y hacer proyectos para el porvenir”. Y México no es la excepción. La clase política, como también afirma el intelectual francés, se encuentra totalmente paralizada y ensimismada en un juego de poder en el que el principal perdedor es el país entero.

Los gobiernos y los partidos políticos se han convertido en cotos patrimoniales donde las tribus y clanes se reparten gloriosamente las prerrogativas de la voluntad popular. Por si fuera poco, pareciera que han borrado de sus atribuciones cualquier resquicio de inteligencia y raciocinio, al ignorar y evadir problemas que amenazan con convertirse en severos cataclismos dentro de tan solo unos pocos años. Existen problemas que, de no instrumentarse una política de Estado de largo alcance que los combata, van agravarse en el mediano plazo y entonces será imposible revertirlos. Es el caso, por ejemplo, de la educación, la formación de cuadros científicos y tecnológicos y el medio ambiente.

De cada 100 niños y niñas que llegan a primero de primaria, sólo el 2.5% logran obtener un título universitario y sólo el 0.4% alcanza a realizar un posgrado. La mayoría de los jóvenes no pueden acceder a la educación superior; la reducida oferta pública en este nivel educativo no corresponde con el creciente aumento de la demanda, que en 10 años será de un millón de lugares adicionales.

La escasa cobertura en educación superior es una muestra de la pobre visión gubernamental que ha prevalecido en los últimos años respecto al desarrollo científico y tecnológico nacional. Por cada millón de habitantes hay en nuestro país 600 o 700 investigadores; una proporción que en los países desarrollados aumenta entre 10 y 20 veces, y hasta tres veces en países de desarrollo semejante al nuestro. México destina a Ciencia y Tecnología alrededor del 0.4% del PIB, porcentaje que constituye la mitad del gasto que se destina en promedio para este fin en América Latina y el Caribe, que asciende a 0.8%. Esto, a pesar de que se ha demostrado que existe una relación directa entre este indicador y el ingreso por habitante.

Aunque se reconozca oficialmente que la calidad de la educación que reciban 33 millones de niños y adolescentes definirá la productividad nacional en los próximos 40 años, las condiciones futuras de la educación superior y el desarrollo científico y tecnológico no parecen mejorar. Al contrario, el gasto social en esos rubros se ha estancado y ni el Gobierno “del cambio” ha querido cambiar este pobre escenario.

En cuanto al medio ambiente el futuro es igual de alarmante. México tiene una de las tasas de deforestación más altas del mundo; cada hora pierde una superficie boscosa equivalente a 23 veces el tamaño del Zócalo capitalino. De mantenerse el ritmo de deforestación, en la próximas seis décadas desaparecerán los bosques y selvas en el país, lo cual entrañará una pérdida enorme, pues actualmente los bosques proveen tres cuartas partes del agua que bebemos los mexicanos. Aunado a ello, se estima que en unos 10 años se agotarán los mantos acuíferos que alimentan al DF, lo que provocará una aguda crisis en la capital generándose un conflicto sin precedentes con los estados aledaños. De acuerdo con un estudio del 2004 publicado en La Jornada, el 25% de los jóvenes del país acarrea agua a sus casas. La falta de agua potable se convertirá en un tema central y definirá en buena parte el porvenir del país y del mundo.

La industria petrolera representa la columna vertebral de la economía mexicana; según estimaciones oficiales, al ritmo de extracción actual las reservas probadas durarán 17 años, a menos que se instrumente una ambiciosa política de exploración y detección de nuevos campos de crudo y gas. La actual infraestructura de refinación es insuficiente y la de petroquímica fue abandonada desde hace tres lustros, lo que nos obliga a importar gasolinas y productos petroquímicos en cantidades crecientes. Contamos con una política petrolera de nula visión estratégica; y, además, carecemos de un proyecto institucional que considere el uso de fuentes alternativas de energía.

Junto con los anteriormente mencionados, hay otros problemas que se han dejado de lado, como la salud, el empleo, la contaminación, etc., que no son menores y que complicarán aún más el futuro. Vale la pena preguntarse cuáles son las propuestas de los precandidatos y los partidos políticos para evitar una catástrofe nacional y resolverlos. No las hay. Lo que hay en ese lado de la pirámide es una lucha intestina para mantenerse en línea y así conservar su austero nivel de vida que por cierto, todos costeamos. En promedio nuestros garantes de la democracia ganan mes con mes, unos mil salarios mínimos diarios.

Podemos aplicar en nuestra sociedad la metáfora del muchacho que se tira desde un edificio y que conforme cae al suelo dice: “Hasta aquí todo va bien, hasta aquí todo va bien; pero el problema no es la caída; sino el aterrizaje”. Como nación nos estamos cayendo al precipicio y mientras sigamos cayendo no habrá problemas; los problemas llegarán cuando aterricemos.

Al paso que vamos, en unos diez años aterrizaremos y nuestra generación tomará en sus manos una nación destrozada por las visiones mezquinas y de corto plazo de la clase política actual. Ante este panorama bien podemos caer en el pesimismo y tirarnos al vacío o aislarnos del mundo real. Aunque también, haciendo uso de la extraordinaria vitalidad que, según el mismo Touraine, caracteriza a los jóvenes mexicanos, podemos y debemos desde ya inventar nuevas formas de participación colectiva para enfrentar el futuro y, por qué no, cambiarlo.

Mediante un esfuerzo hormiga, un grupo de alumnos y académicos jóvenes de algunas instituciones de educación superior, tanto públicas como privadas, trabajan para conformar un Espacio que brinde a nuestra generación la oportunidad de conjuntar esfuerzos para pensar, actuar, prever y hacer proyectos para el porvenir, de una manera muy novedosa y sumamente incluyente. No parece una tarea sencilla por donde quiera que se le vea; aunque dadas las condiciones del país, los vientos soplan en su favor.

Al recibir el Premio Nobel de Literatura, el poeta Pablo Neruda esbozó las palabras que pueden darle identidad a una generación que tiene en sus manos la oportunidad para que el futuro sea más esperanzador:

“Hace hoy cien años exactos, un pobre y espléndido poeta, el más atroz de los desesperados, escribió esta profecía: A l'aurore, armes d'une ardente patience, nous entrerons aux splendides Villes. (Al amanecer, armados de una ardiente paciencia entraremos en las espléndidas ciudades). Yo creo en esa profecía de Rimbaud, el vidente. Yo vengo de una oscura provincia, de un país separado de todos los otros por la tajante geografía. Fui el más abandonado de los poetas y mi poesía fue regional, dolorosa y lluviosa. Pero tuve siempre confianza en el hombre. No perdí jamás la esperanza. Por eso tal vez he llagado hasta aquí con mi poesía, y también con mi bandera. En conclusión, debo decir a los hombres de buena voluntad, a los trabajadores, a los poetas, que el entero porvenir fue expresado en esa frase de Rimbaud: solo con una ardiente paciencia conquistaremos la espléndida ciudad que dará luz, justicia y dignidad a todos los hombres. Así la poesía no habrá cantado en vano.”