El hombre y la naturaleza. El capital y los recursos
Notas sobre las concepciones científicas en la sociedad contemporánea

La ecología política es crítica del capital y de la cohesión y estabilidad que lleva a la degradación. Se sitúa entonces en el campo del conflicto y ahí está su pertinencia teórica y como fuerza para la acción colectiva

Alejandro Espinosa Yánez*

A manera de introducción, y de entrada, miremos hacia atrás en la historia. Como plantea Tonucci (1999), los clásicos infantiles dibujaban el bosque como algo oscuro y peligroso, al que había que entrar con todas las precauciones. Por el contrario, la ciudad, sus luces y calles, eran un lugar seguro. Este imaginario se ha modificado abruptamente: ahora se mira al campo como el lugar seguro, puro, respirable.

Pero este relieve de lo verde en el arco iris social no indica una tregua en la expoliación de la naturaleza, como tampoco una pausa en el tránsito de lo rural a lo urbano; ni que el hombre se reencuentre en la naturaleza, por lo que aún sigue siendo una asignatura pendiente el reconocer no digamos ya que el planeta es “nuestro cuerpo”, sino que es nuestra casa, en cualquiera de los casos algo más que extremidades, músculos y sangre o superficie construida. Como bien apuntan Boada y Toledo, aunque a veces cada uno por su lado: “Somos de la naturaleza y estamos en la naturaleza. La ecología no puede hacerse esquiva a este desafío: constituir un saber sobre la naturaleza en el que los seres humanos se reconozcan como parte integrante de ésta, y no instancia de dominio, extraña y hostil a ella” (Boada y Toledo, 2003: 43).

Los últimos años del siglo pasado pusieron sobre la escena, pensando en el ambiente, una mayor atención, y múltiples polos de tensión. A eso nos vamos a dedicar en esta ocasión, primeramente y de manera breve, a plantear de manera sucinta la gravitación del logocentrismo en tres dimensiones: los discursos antropocéntrico, del capital y la confianza ciega en la tecnología; si es correcta nuestra premisa de que este discurso logocéntrico traspasa los muros de las fronteras teóricas, enseguida debemos sumergirnos al campo conceptual creado en los últimos años para dar cuenta de un fenómeno que hasta ahora podemos ver que no veíamos; nuestra tercera exploración es en el campo de la crítica a los conceptos y los indicadores, en un plano general y a lo más poniendo un par de ejemplos; en la última parte hacemos alcances generales a partir de lo expuesto. Un objetivo en la exposición es que contribuya esta reflexión en la incorporación de lo ecológico como un asunto que tiene que ver con los educadores, en poner de relieve lo ambiental en la educación.

Tres piezas de un rompecabezas

1. El hombre es un constructor. La historia del hombre tiene que ver con la lucha de clases, con el sometimiento de la naturaleza, con la construcción de herramientas. Sin embargo, en la historia como intensidad, es en la emergencia de la industrialización donde la degradación ambiental se manifiesta. La racionalidad del capital, derrochador de recursos naturales y del trabajo humano, va a construir las condiciones para ejercer la dominación, es decir, para generar obediencia. Cuando Foucault alude al sometimiento del cuerpo, que en el trazo histórico implica el peso de la sociedad disciplinaria para edificar una nueva “anatomía política”, los “cuerpos dóciles”, expoliados políticamente y explotados económicamente, está situado en una rendija analítica en las que otros también se han asomado.

Muchos años antes Marx atendía con rigurosidad la capacidad del capital para despojar e incorporar violentamente. De manera rápida, se trata de una herencia histórica que expropia al sujeto de cualquier posibilidad de vivir al margen del capital. Historia vieja, pero que forma parte del ADN de la dominación presente, incluyendo su presencia en lo teórico.

Yendo a la mitad del milenio pasado, y en referencia a la creación de leyes para obligar a trabajar a la población en general: “Para los vagabundos jóvenes y fuertes, azotes y reclusión. Se les atará a la parte trasera de un carro y se les azotará hasta que la sangre mane de su cuerpo, devolviéndolo luego, bajo juramento, a su pueblo natal o al sitio en que haya residido durante los últimos tres años, para que se ‘pongan a trabajar’ [se reafirma el estatuto, y se le hacen adiciones]... En caso de reincidencia y vagabundaje, deberá azotarse de nuevo al culpable y cortarle media oreja: a la tercera vez que se le sorprenda, se le ahorcará como criminal peligroso y enemigo de la sociedad” (citado por Marx, I, 1976: 625). Al suplicio del cuerpo se le articula la obligación de jurar; al que por reincidir es culpable, un castigo aún mayor; al final, si persiste en ser un peligro y enemigo de la sociedad (por no trabajar), la lección última que no entró ni con sangre: la muerte (1).

2. Otro recoveco es el del hombre como centro del universo. Las diferencias religiosas se diluyen en el reconocimiento del hombre como semejanza de algo extraterrenal. El antropocentrismo es un discurso exclusivista y excluyente de todo aquello que se considera al margen o residual del hombre, como es el caso de la naturaleza. El inteligente argumento que enfatiza que la naturaleza tiene derechos, y que el no respeto de éstos es algo de hecho negativo y que reclama la crítica, ocupa un lugar, pero menor aún.

3. La idea positivista del inexorable progreso. En la discusión sociológica, la de los tres estadios de A. Comte, se plantea para el tiempo presente el dominio de la ciencia sobre la liturgia y el dogma, constituyendo al estadio de la racionalidad científica en lo que llegó para dar sentido a la acción humana. De ahí que “En el subconsciente colectivo persiste la creencia de que sabemos tanto, que podemos estar tranquilos en todo lo que concierne a los problemas ambientales porque la capacidad reactiva de la ciencia, basada en su discurso arrogante, nos salvará. Pero esto provoca un efecto sedante, puesto que reduce la capacidad reactiva, la capacidad crítica de la sociedad”, nos alertan Toledo y Boada.

Lo cree una franja de los hombres comunes y silvestres, pero también hay expertos que están envueltos en este discurso logocéntrico. Se trata de tres piezas de un rompecabezas que forma parte de la imposición de un régimen de producción y al mismo tiempo, como dicen los regulacionistas, de un régimen de consumo, cambiando los mundos de vida social y natural (revolución industrial incluida, así como el argumento del automóvil como la máquina que cambió el mundo, de Womack, Jones y Ross, entre otros). Se manifiestan en la centralidad del tiempo de trabajo y en el sometimiento de la naturaleza:

Se trata, tomando prestadas las palabras de Gasparini (1998), de la emergencia de un nuevo género de prisión y de un nuevo género de carcelero. La siguiente ilustración simplifica esta pesada discusión:

De esta manera, el antropocentrismo, el capital y la fides en la tecnología son el ensamble adecuado para la hegemonía de un discurso logocéntrico socialmente legitimado, es decir son parte constitutiva de la narrativa hegemónica.

Nuevas realidades, la necesidad de entenderlas.
El capital y sus compromisos

Afirmamos con Lezama (2004), y es una de las premisas en que nos apoyamos, que es notable la “disociación” entre la magnitud del daño ambiental y la conciencia pública. El poder mirar ahora el problema ambiental es porque “Son las sociedades las que le dan sentido, importancia y jerarquía a los problemas, no son éstos por sí mismos los que se imponen a la conciencia y percepción” (Lezama, 2004: 16). Luego entonces, los ritmos entre los expertos y la sociedad no son los mismos, como tampoco tienen el mismo rango de preocupación sobre el ambiente lo que se da en una realidad económica frente a otra. La gran distancia que separa a los países ricos de los pobres, que se oculta en conceptos o indicadores que diluyen las diferencias, es una realidad inequívoca.

En los países ricos cada persona produce más residuos que en los países pobres; productos capitalistas que son registrados en el trabajo antropológico, en donde con mirar el bote de basura nos da evidencia empírica del tipo de sociedad que tenemos (cf. Ferrarotti, 1975). Un argumento más: la relación hombre-naturaleza no es unívoca, esto es que “… el vínculo sociedad-naturaleza debe entenderse como una relación dinámica, la cual depende de la articulación histórica de los procesos tecnológicos y culturales que especifican las relaciones sociales de producción de una formación socioeconómica, así como la forma particular de desarrollo integrado o de degradación destructiva de sus fuerzas productivas” (Leff, 1994: 94)

La nueva realidad apunta que “La problemática ambiental –la contaminación y degradación del medio, la crisis de recursos naturales, de energéticos y de alimentos–.ha aparecido en los últimos decenios del sigo XX como una crisis de civilización, cuestionando la racionalidad económica y tecnológica dominantes” (Leff, 1994: 68). Lo ambiental se ha constituido en campo de problematización y confrontación, esto último manifiesto en que “esta orientación ‘interdisciplinaria’ hacia objetivos ambientales no autoriza la constitución de un nuevo objeto científico –el ambiente– como dominio generalizado de las relaciones sociedad-naturaleza” (Leff, 1994: 85), ubicando al medio más como una noción que como un concepto, que suprime externalidades y parte de una realidad homogénea.

No se puede recorrer el camino de las concepciones científicas sin abordar de inicio al medio ambiente. Originalmente éste describía a toda la sociedad: la naturaleza, las instituciones, la cultura. Sin abandonarlo, “La teoría de los sistemas vivos utiliza el término medio ambiente como concepto fundamental… como sistema multidimensional de interrelaciones complejas en estado continuo de cambio” (Boada Martí, 2003:10). “Esta concepción del medio como un sistema de relaciones entre organismos, y entre éstos y su entorno, ha precedido al concepto de ecosistema, objeto de la ecología. A su vez, la noción de medio ha estado asociada con los análisis sistemáticos aplicados al estudio de las interrelaciones de un conjunto de objetos, variables, factores y procesos” (Leff, 1994: 87).

Haciendo un recorte de una discusión más amplia, nuestro objeto es abordar lo concerniente a la globalización y su materialización en cinco dimensiones conceptuales que son importantes de destacar: 1) La discusión sobre los “límites del crecimiento”, la cual tiene varios filones. Por un lado, la huella de Malthus, que no es algo a desdeñar. Por otro, el que indica que se deberá “hacer frente a la realidad de la limitación de los recursos y de la capacidad de los ecosistemas, y también tener en cuenta las necesidades de las generaciones futuras” (Boada, 2003: 21); 2) Con lo anterior estamos hablando del importante concepto de sustentabilidad, y del desarrollo como la “…capacidad que tienen los ecosistemas y la misma biosfera en su conjunto para soportar impactos sin llegar a un grado de deterioro peligroso”, satisfaciendo lo actual sin comprometer el futuro; 3) El cambio ambiental global, con sus alteraciones e impactos multívocos sobre la tierra, producto a su vez de lo humano (racionalmente planeado, el guiño de Geertz) y lo natural (el parpadeo); 4) El “riesgo”, como “probabilidad de que un hecho ocurra”, socialmente construido y que varía de acuerdo a las condiciones de la complejidad social, manifestándose como desarticulación entre la sociedad y la naturaleza, con la degradación del ecosistema; 5) La biodiversidad, como la capacidad de la naturaleza de regular la biosfera y mantenerse a sí misma, frente a los cambios.

Pero esta reflexión sobre lo global no está concluida. Antal (2004) plantea las discrepancias entre los Estados Unidos y Europa frente al cambio climático. Simplemente los países poderosos, el capital, no se ponen de acuerdo en los riesgos y las responsabilidades. Pero la reflexión sobre lo global exige lo propio a nivel local, sobre lo micro (la ciudad ecológica, como ejemplo). La gestión ambiental del desarrollo recorre ambas dimensiones, al articular a los procesos materiales como a las estrategias en el manejo de los recursos. Y aquí ocupan un lugar de relieve conceptos como el de productividad ecotecnológica, “el cual articula los niveles de productividad ecológica, tecnológica y cultural en el manejo integrado de los recursos productivos” (Leff, 1994: 105), asociado a las “tasas ecológicas de explotación, minimizando la sobreexplotación y agotamiento de los recursos naturales, así como la descarga y acumulación en el ambiente de subproductos, residuos y desechos de los procesos de producción y de consumo” (Leff, 1994: 105).

No estamos hablando de otra cosa sino de que frente a la racionalidad del capital es posible erigir el concepto de la racionalidad ambiental (“racionalidad social alternativa”), para explicar los procesos contemporáneos. Esto implica una postura frente al modelo hegemónico de civilización, así como la premisa de que en el capital no se encuentran de manera principal las posibilidades de cambiar la relación dominante del hombre y el ambiente, de la sociedad y la naturaleza, pues coincidiendo con Zemelman consideramos que “El poder es en principio la capacidad para reproducirse como sujeto, predominando esta lógica sobre la de su transformación” (Zemelman, 1998: 35).

Límites de los conceptos y de los indicadores

“Las ciencias no viven en un vacío ideológico”, señala Leff, de ahí el relieve del planteo de Bourdieu: “…no podemos hacer una ciencia de las clasificaciones sin hacer una ciencia de la lucha de las clasificaciones ni sin tener en cuenta la posición que en esa lucha por el poder de conocimiento, por el poder mediante el conocimiento, por el monopolio de la violencia simbólica legítima, ocupa cada uno de los agentes o grupos de agentes comprometidos” (Bourdieu, 1990: 298).

Aludir al desarrollo, sin adjetivos, hablar de la producción de residuos, como si no hubiera diferencias, de los grados de responsabilidad en la afectación global del ambiente, sin reconocer a los grandes consumidores, es bosquejar una historia que no reconoce la diferencia y la confrontación, el conflicto. Dado que no se puede tratar igual a los desiguales, “…las ideologías sobre la igualdad de los hombres –fundamento jurídico de las sociedades democráticas–, se vinculan con las ideologías teóricas que disuelven la especificidad de las ciencias, con el propósito de generar un campo unitario del conocimiento.

Su función ideológica es la de ocultar los intereses en conflicto, en la legalidad de los derechos individuales, en la unidad del saber sobre una realidad uniforme” (Leff, 1994: 77). Por eso es importante voltear hacia una historia metodológica no oficial: “Contra el relativismo nominalista que anula las diferencias sociales reduciéndolas a meros artefactos teóricos, debemos afirmar así la existencia de un espacio objetivo que determina compatibilidades e incompatibilidades, proximidades y distancias” (Bourdieu, 1990: 285). En la dimensión metodológica, esto implica que el “indicador sólo recupera, según su construcción conceptual, algunas dimensiones del plano fenomenológico de la realidad, pero no el proceso genético que da lugar a esas manifestaciones determinadas” (Zemelman, 1989: 46). Por ejemplo, en Tabasco muchas viviendas tienen techo de lámina de asbesto. No se relaciona esta condición de vivienda con el hecho de que los habitantes de esas viviendas tienen franca prevalencia a la asbestosis. Es un problema concreto.

Si se revisan los glosarios de las publicaciones del INEGI referidas al “medio ambiente”, se trata de términos que han sido despojados de las condiciones sociales en que se han producido: “Esta demanda –que se ha venido divulgando y vulgarizando en el discurso ambiental- desconoce la materialidad de los procesos discursivos (científicos e ideológicos), que han determinado la polisemia e incluso ambigüedad de los conceptos, en sus funciones teóricas y practicas (i.e .la noción de desarrollo sustentable o sostenible, o la polivalencia de los conceptos de valor, recurso, productividad)” (Leff, 1994: 101). Esta imagen de asepsia pareciera facilitar el camino a la comprensión científica, sin embargo lo que hace es ocultar las diferencias, las disparidades sociales, así como eludir que la construcción del dato pueden tener referentes distintos en uno u otro caso. Esa es la realidad verdaderamente existente, que nos obliga a pensar en un camino en que se debe cuestionar los pasos convencionales del método hipotético-deductivo.

La lucha hegemónica por construir sentido común, en este caso un sentido común específico acerca del ambiente, de la ecología, de la responsabilidad de las empresas y de los gobiernos, etcétera, nos lleva a Gramsci, a pensar en el proceso de construcción del acto histórico que tiene como tarea ineludible tocar el sentido común. Sin este ejercicio, en el que se inscribe la alfabetización ambiental como alternativa pedagógica, nada es posible, pues nada menos que se enfrenta a estructuras objetivas que están casi amoldadas para ajustarse a estructuras subjetivas de comprensión del mundo.

Anotaciones últimas

Se vive la crisis de la civilización. Es muy difícil dejar de coincidir con Toledo, Leff, Lefebvre, entre otros. También es difícil voltear la mirada frente al argumento de que “la crisis ecológica del planeta no logrará resolverse mediante un simple pase de tecnologías, audaces acuerdos internacionales, cambios en las pautas culturales, o aun un reajuste en los patrones de producción y consumo” (Toledo, 2003: 122). Asimismo, es pertinente apuntar que la reflexión sociológica de la relación naturaleza-sociedad está mediada por “prácticas sociales específicas…Por esta razón no es posible explicarla abstraída de su referente social específico” (Lezama, 2004: 28), lo que construye un piso reflexivo en el que aparte de lo técnico se aprecia la necesidad de reflexionar en lo simbólico en cuanto a la producción y reproducción de la vida: la naturaleza es vivida por el rasero de la cultura. (2)

Lo que impone la magnitud de los problemas ambientales, y la falta de conocimientos, acuerdos, conciencia, construcción del sentido de necesidad para encararlos, es la construcción de una visión integradora y global de los fenómenos sociales que está indisolublemente ligada a los fenómenos naturales, aunque presenten especificidades. Este es un ejercicio teórico y práctico, de participación social que debe abordarse con precaución: creer que se trata de una situación estructural que reclama el concurso científico y gubernamental, frente a lo que lo ciudadano poco puede hacer, como hecho exterior que coacciona al sujeto pero que no puede cambiarse, o bien apostar que es con la acción social y el cambio en las relaciones de fuerza que se soluciona la crisis ambiental –lo interno y lo externo confrontados, la objetividad y la subjetividad desarticuladas–, es ignorar que se trata de una historia inseparable.

El argumento de Marx de que las ciencias del hombre y la de la naturaleza devendrán en una sola ciencia no es parte de la ficción. La escisión aquí, como antes, tiene un costo. Situándonos en otra rendija analítica, en contra del argumento del devenir de una sola ciencia, lo que sí es evidente en la discusión teórica contemporánea es que la ecología es un concepto bisagra, entre los conceptos de la biología y los del materialismo histórico, bajo el supuesto de Leff de que éstos son “inarticulables”.

La ecología política es crítica del capital y de la cohesión y estabilidad que lleva a la degradación. Se sitúa entonces en el campo del conflicto y ahí está su pertinencia teórica y como fuerza para la acción colectiva, frente al conservacionismo y el “pietismo burgués” que se consterna “con los perros abandonados de la calle pero no hace nada para que la estructura social cambie” (Boada y Toledo, 2003: 210).

* Docente en la UAM-X y en la UNAM. Adscrito a la Maestría en Ciencias de la Educación, Programa Extramuros, de la Universidad del Valle de México, Campus San Ángel. Correo electrónico: alejandro.espinosa@congreso.gob.mx

Bibliografía

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Boada, Martí y Víctor M. Toledo (2003) El planeta, nuestro cuerpo. La ecología, el ambientalismo y la crisis de la modernidad, SEP-FCE-Conacyt, Colección La ciencia para todos/194, México.
Boltvinik, Julio (2005) “Animal que fabrica herramientas”, La jornada, 29 de julio.
Bourdieu, Pierre (1990) Sociología y cultura, Grijalbo/Conaculta, México.
Espinosa Yáñez, Alejandro (1997) “Tiempo, taller y relojes”, Política y Sindicatos, Norlatina, No. 22, mayo.
Ferrarotti, Franco (1975) El pensamiento sociológico de Auguste Comte a Max Horkheimer, Península, Barcelona.
Foucault, Michel (1980) Vigilar y Castigar. Nacimiento de la Prisión, Siglo XXI, colección Nueva criminología y Derecho, México.
Gasparini, Giovanni (1998) “Temps et travail en Occident”, en Jean-François Chanlat (dir.), L’individu dans l’organisation, les dimensions oublieés, Les Presses de l’Université Laval, París, Eska.
Gramsci, Antonio (1975) El materialismo histórico y la filosofía de Benedetto Croce, Juan Pablos, México.
Lefebvre, Henri (1976) Espacio y poder. El derecho a la ciudad II, Ediciones Península, Historia, ciencia y sociedad, no. 128, Barcelona, España.
Leff, Enrique (1994) Ecología y capital. Racionalidad ambiental, democracia participativa y desarrollo sustentable, Siglo XXI-UNAM, México.
Lezama, José Luis (2004) La construcción social y política del medio ambiente, El Colegio de México, México.
Marx, Carlos (1976) El capital. Crítica de la economía política, Tomo I, Fondo de Cultura Económica, México.
Tonucci, Francesco (1999) La ciudad de los niños. Un nuevo modo de pensar la ciudad, Buenos Aires, Losada.
Womack, James P., et al (1992) La máquina que cambió el mundo, MIT, Mc Graw Hill, España.
Zemelman, Hugo (1989) Crítica epistemológica de los indicadores, Jornadas 114, El Colegio de México, México.
Zemelman, Hugo (1998) De la historia a la política. La experiencia de América Latina, Siglo XXI-Universidad de las Naciones Unidas, México.

Notas

1. La racionalidad económica del capital uniforma los procesos productivos, destruye la biodiversidad y derrocha la fuerza obrera, premisas para la obtención de plusvalía relativa.

2. Aquí entra el concepto de “productividad cultural” de Leff, reconociendo “los valores culturales que norman la organización productiva de una formación social” (Leff, 1994: 112 y 113).