Arte-Cultura


Escrituras virtuales en la Era Postmedia
De la info-guerrilla zapatista a la guerra entrópica “del juicio final” (de Bush Jr)

El principio de siglo y de milenio da visos de una crisis en el aparato mediático, al menos en lo que toca a sus reservas de legitimación y credibilidad de prosapia iluminista, como son –todavía– las libertades de expresión y de prensa.

César Horacio Espinosa V.*

Reputado como el “siglo de la comunicación”, el final del siglo XX trajo consigo un reforzamiento casi irrefutable del sistema de los medios. Con la “planetarización” de los intercambios y de las interacciones, prohijada por las nuevas tecnologías de información y comunicación, el aparato mediático corre hacia la tan pregonada “convergencia” e integración de los viejos y novísimos vehículos comunicativos. Sobre todo de los más nuevos, los que acrecientan el control y la extensión de cobertura sobre el público. Así, el poder de los medios se torna, a primera vista, incontestable.

Esto se traduce, de cierto, en tendencias crecientes de centralidad y multiplicada capacidad de influencia, tanto a través del despliegue de las industrias culturales globalizadas, o bien por eso que conocemos como “videopolítica” (Sartori, 1989) y la aparición en todo el orbe de los regímenes políticos denominados “mediocracias” o “telecracias” a través del marketing político, la distorsión mediática y el control de la agenda sitting.

La globalización de la economía, a partir de la transmisión instantánea de datos y mensajes, con sus paradigmas centrados en la eficiencia instrumental y la movilización de capitales, trae consigo riesgos exponenciales de mundialización de la cultura, en virtud de la heterogeneidad y diversificación controladas de las formas de producir y de consumir (toyotismo).

Sometidas a estos flujos, llamados “libres”, las culturas nacionales y locales quedan disminuidas o amenazadas. Sin embargo, también es importante observar que la globalización de la cultura ha encontrado notables resistencias en el interior de las culturas receptoras y no ha logrado imponerse en toda su pretensión monopolista. Se da, así, una relación dialéctica entre las presiones uniformadoras y el reforzamiento defensivo de las culturas autóctonas, que buscan pervivir sin cerrarse a las ventajas de la innovación tecnológica.

De ahí que junto al impacto de la globalización y la mundialización se registren fuertes procesos de “localización”, territorial y simbólica, así como un vigoroso repunte de la cultura coloquial, e incluso cierta “babelización”, cuando conviven y se mezclan formas de entender la realidad y de vivir provenientes de múltiples lugares, lo que implica avances rotundos en la heterogeneización o fragmentación cultural.

En el aparato de la comunicación masiva, la tendencia en curso es reducir el dominio unilateral del emisor –la “dictadura” de los medios– y entonces se abren alternativas de mayor selección e incluso de interacción para los destinatarios que adquieren capacidad de “opción”. Hoy, el tele-lector ya no está cautivo de un programa como en 1960. Armados de videograbadora, de control remoto y walkman, o teléfono celular multifunciones, las opciones de recibir comunicación a nuestro gusto son muy amplias.

Lo cual repercute asimismo en aumentar y/o estrechar la solidez de las convicciones sociales y políticas. Proliferación de ultranacionalismos y fundamentalismos tradicionales, “cabezas rapadas” y el soterrado neonacionalismo tecnotrónico. Eclecticismo partidario (o musical), volatilidad del voto (o de la mirada), conectividad a ultranza, zapping electoral: el ciudadano tiene a su alcance la política de sus aparatos.

Pero, igualmente, el principio de siglo y de milenio da visos de una crisis en el aparato mediático, al menos en lo que toca a sus reservas de legitimación y credibilidad de prosapia iluminista, como son –todavía– las libertades de expresión y de prensa. Sustituidas en gran medida por la “libertad de empresa”, o la desregulación de las intervenciones estatales, pero asimismo bajo el peso de la censura política-militar o la autocensura bajo el régimen del spin system, como ha sido el caso de los grandes medios de EEUU a raiz del 11-9-01.

Antes de avanzar mayormente en la batalla entre la gran industria mediática y las estrategias posmediales y los nuevos medios “tácticos”, Félix Guattari anotaba que la actual crisis de los medios y la entrada a una era postmedia eran los síntomas de una crisis mucho más profunda. Esto podría leerse como un augurio del 11-9-01 y la guerra global antiterrorista –léase “preventiva”– encabezada por George Bush Jr. por encima de todo derecho y toda instancia de poder internacional.

Esa crisis y el surgimiento de un estadio posmedial de civilización hablan de que el carácter fundamentalmente pluralista, multinuclear y heterogéneo –ex centris– de la subjetividad contemporánea busca mantenerse y sobrevivir, a pesar de la homogeneización globalizada a la que está sometida por parte de los medios de masas, en su fase de postrera hegemonía.

Habla Guattari: «Sin un cambio de mentalidad, sin entrar en la era postmedia, no puede haber un control duradero del entorno. Sin embargo, sin modificaciones en el entorno social y material, no puede haber un cambio en las mentalidades. Nos encontramos ante un círculo que me lleva a postular la necesidad de fundar una "ecosofía" que enlace la ecología medioambiental con la ecología social y mental.

«Es, por tanto, de esencial importancia que junto con el mercado capitalista aparezcan mercados territorializados, que dependan del apoyo de formaciones substanciales, que reafirmen su modelo de valorización. Del caos capitalista debe surgir lo que yo llamo los "imanes" de valores: valores diversos, heterogéneos y disensuales [dissensuelle]».

En su profecía rizomática incluía experiencias como algunos de los proyectos más interesantes de los años 60-70: experiencias como el video-activismo vinculado a la Internacional Situacionista, el cine-expandido que se vinculaba, por un lado, a todo el movimiento Fluxus, y por otro a la tradición europea del cine verité y el cine de experiencia; o, por último, las experiencias vinculadas a la guerrilla-TV en los EEUU y toda su posterior herencia. La aproximación de los vanguardistas rusos a la experiencia del cine tuvo mucho que ver con estas ideas, como tuvo que ver con ellas la experimentación brechtiana con la radio, y su utópica aspiración al desarrollo de una genuina “comunidad de productores de medios”.

En su último escrito entregado a la publicación, Guattari señalaba que la ecuación que rige actualmente (medios=pasividad) estaba llamada a cambiar más pronto de lo que pensamos. Si bien advertía de no esperar un milagro en tales tecnologías, sino, como De Certeau, prevenía que todo dependerá, en último instancia, de la capacidad de los grupos para apropiárselos y aplicarlos a fines adecuados de sustentabilidad.

De Certeau describió el proceso de utilización y consumo como una serie de tácticas mediante las cuales el débil puede usar al fuerte. Caracteriza así al usuario rebelde (término que prefiere al de "consumidor") como táctico y al productor presuntuoso (entre quienes incluye a los autores, educadores, curadores y revolucionarios) como estratégicos.

En ese sentido, la aparición de tecnologías mediales “do it yourself”, quasi domésticas, posibilitan la producción táctica de pequeños dispositivos micromediales (en la red de internet, pero también en el ámbito de los «viejos media», tipo radio, revista o televisión), de suerte que abren el espacio para una transformación profunda de las tecnologías de distribución pública del conocimiento y las prácticas comunicativas.

La emergencia de todo este panorama posmedial, entendido como la expansión creciente de un conjunto de nuevos dispositivos de hardware y software –que necesariamente aparejará una reorganización radical del mapa de los media–, se escenifica entonces en un contexto, al menos potencial, de cambio profundo en cuanto a los modos producción, distribución y recepción de la experiencia comunicativa.

Eco había propuesto, desde los años 70, la “guerrilla semiótica”; la consideraba entonces, en principio, como la posibilidad de incentivar lo que llamó la decodificación aberrante, o una lectura ex centris de la información circulante, además de crear grupos de autoformación, en su momento, compuestos por obreros, ciudadanos, etc., que pudieran trabajar en el desmantelamiento crítico de los periódicos, telenoticieros y programas televisivos.

Ello hace urgente el señalamiento de un objetivo prioritario para la acción crítica, como vendría a ser la producción de una esfera pública en el contexto de las sociedades posmediales, aquéllas en que la circulación de la información no está exhaustivamente articulada conforme a procesos de concentración de los aparatos distribuidores del conocimiento y la opinión.

Y, a su vez, no deberá estar orientada estructuralmente a la construccion de consenso y sí a la producción de un objeto propio: el “trabajo inmaterial”, las prácticas de producción simbólica entendidas y elucidadas como prácticas reales de comunicación pública en un contexto social e histórico concreto, lo cual sentará las bases necesarias para que ese proceso de autocrítica inmanente se inicie de hecho.

Cobra pleno sentido la afirmación de Habermas: en las sociedades actuales, el dominio de lo público no está dado como tal dominio activo –sino que su construcción es, en todo momento y cada ocasión, una tarea a realizar. O la también conocida afirmación de Kluge, que nos recuerda que la producción de una esfera pública en las sociedades contemporáneas es inevitablemente efímera, eficaz sólo por un tiempo muy breve y cada vez un objetivo más seriamente amenazado.

¿Ese mediactivismo logrará a avanzar más allá del ghetto pc-based, es decir, más allá de una experiencia construida y comunicada sólo en un nicho hecho de computadoras personales? ¿Logrará este mediactivismo contaminar viralmente las evoluciones de la convergencia y jugar tácticamente también sobre las nuevas plataformas?

El contexto general es éste: en los próximos años, el acceso a la red se desplazará gradualmente desde la PC a otros periféricos (devices) de diversos tipos, que consentirán un usufructo simplificado de la web y de sus aplicaciones, y por lo tanto, cuantitativamente más extendido a nivel social. Es decir, graves visos de absorción por el sistema y funcional a éste.

Una segunda modalidad correspondería a la que identificamos como “info-guerra”. En realidad, este tipo de activismo medial, que utiliza la red como instrumento específico de guerrilla-propaganda, surge como una extensión de la primera modalidad, siendo en la práctica un desarrollo de ella. Uno de los casos más importantes de activismo en la red fue la llamada infoguerra indígena-zapatista, en el sureste mexicano (Chiapas).

La otra cyberguerra, la que aplica todos los recursos de la violencia, es la que hemos vivido de lejos con el bombardeo de Belgrado por la OTAN, la primera guerra del Golfo Pérsico y la actual aventura llamada “guerra preventiva” de Bush Jr.; ha demostrado bien a las claras que esa apariencia de proporción en el uso de la información como arma es una falacia interesada (que incluso ha pasado bien disimulada gracias a la exhaustiva cobertura mediática prestada por ejemplo a los “errores” y sus “efectos colaterales”).

Jamás en la historia de la guerra –y esto es preciso anotarlo con toda claridad– se había dado tanta desproporción entre los adversarios en cuanto a su respectivo poderío armamentístico. Decenas de miles contra casi cero bajas demuestra que el arma de la información –que a todas luces se ha convertido en la mayor fuerza generadora de poder, tanto en tiempos de presunta paz como en tiempos de abierta y declarada guerra– está exhaustivamente concentrada.

Frente a la evidencia espeluznante de ese hecho, el imaginario del acceso pirata o ilegal a su posesión resulta ridículo, si es que no cómplice en la medida de que contribuye a camuflar en parte lo inaceptablemente terrorífico de ese hecho.

En cualquier caso, recordaremos que en todas las guerras del siglo XX estuvo imperante la censura sobre los medios, hasta llegar en 1991 a la Guerra del Golfo Pérsico, la primera desarrollada desde y mediante la parafernalia de los artefactos cibernéticos y el control informático. La presunta no-guerra de Baudrillard. Esta panoplia emergente representó hacia los medios el cierre total de las posibilidades de “cubrir” periodísticamente el “campo de batalla” y transmitir cualquier mensaje que no fuera predigerido y suministrado por la “inteligencia”(sic) del Pentágono.

El siglo en curso, flagrantemente detonado el 11 de septiembre de 2001, junto con el desplome de las torres gemelas vio también derrumbarse al tan precariamente edificado Derecho Internacional que apenas databa del estreno de la ONU, en 1948, y la autoimpuesta defenestración en los propios EEUU –presuntamente “exportadores” de democracia– de las libertades de prensa y expresión bajo los redobles de la “guerra global” declarada el 12 de septiembre por el segundo Bush.

La actual “guerra entrópica” o del “juicio final” (el que no esté conmigo está en mi contra) acompaña y signa el suicidio sui géneris del sistema mediático, en su momento de mayor esplendor. Y a su posible, conjetural y anárquico reemplazo por la Era Posmedial, que apenas empieza a despuntar.

Ciudad de México, Ombligo de la Luna, octubre/2005
postart@prodigy.net.mx

* Síntesis de ponencia presentada en el II Congreso Mundial de Semiótica y Comunicación “La dimensión de los mass media”, en Monterrey, N.L., México, el miércoles 19 de octubre, en mesa redonda con Alejandro Piscitelli, Carlos Scolari, de Argentina, y la investigadora Guilia Cerani, de Italia.