DICIEMBRE

En cierto punto, el automóvil de enfrente disminuyó la velocidad, adelante suyo había otro automóvil que también había disminuido la velocidad casi al punto de detenerse. A la derecha de ambos vehículos habían otros que se detenían o que avanzaban de forma tan lenta que parecía que se detenían. Sobre la banqueta unas diez o quizás quince mujeres vestidas con lo más escotado que tenían se inclinaban para mostrarles a los conductores sus senos y persuadirlos así de contratarlas, aunque sea por un servicio rápido y sencillo... los vestidos escotados, las medias negras, el contorno de los glúteos sobresaliendo de una falda cortísima, los zapatos con tacones de aguja servían de poco para conseguir clientela deseosa de saciar sus fantasías eróticas de la noche decembrina. El frío apenas mantenía en pie a las mujeres, que permanecían en la calle con ropa primaveral pues el otoño había sido malo; los espectáculos nudistas se habían multiplicado al amparo del singular fin de año y los clientes preferían acudir a ellos, pagar por tocar a las bailarinas un ratito o concertar una cita a través de los meseros, previa distribución de propinas en los sitios adecuados.

Con el auto detenido, el conductor desvió su mirada tratando de observar discretamente los atributos eróticos de las muchachas, se excitaba con tan solo mirarlas; bañadas por la luz amarilla del alumbrado público, las mujeres lucían bien maquilladas, ajenas a las plastas características de la profesión, se veían bien peinadas, discretas, como si quisieran pasar por modelos o edecanes para atraer al cliente. Ninguna fumaba, ni mascaba chicle de forma ostentosa, al menos. Sus miradas seducían por si solas...

Apenas pudo avanzar, el automóvil siguió su camino. A menos de un cuarto de kilómetro del lugar, se encendió la direccional derecha y el vehículo ingresó en el discreto estacionamiento del hotel; el último albergue destinado a dar cabida a los amores subrepticios, sobre la gran avenida en la cual se desarrollaba esa categoría de la industria hotelera.

Minutos más tarde, un vehículo menos ostentoso que el primero ocupó el cajón de la derecha en el mismo estacionamiento. De él, descendió una mujer de corta estatura, cabellos largos y un cuerpo que "tenía lo suyo".

Ambos sujetos subieron a la recepción del mentado hotel, se registraron tratando de disimular su carácter de amantes furtivos; así como otros disimulaban su hipocresía en los regalos, las comidas y los alcoholes que se procuraban mutuamente. De cualquier forma, el sujeto que quiso aparecer como el "Doctor Martínez" acompañado de su esposa, cargaba un semblante en el cual dibujaba al detalle toda la tristeza que provocaba la fecha en cuestión.

Ya en la habitación, apenas pudo desnudarse para caer sobre el lecho, mientras dejaba la televisión encendida en cualquier sitio, al mismo tiempo que movía una perilla en la pared para escuchar cualquier clase de música, además de colocar el ventilador en la posición más ruidosa; manteniendo la temperatura en un nivel agradable.

La mujer cayó sobre un cuerpo frío, casi inerte, no obstante que se hallase listo para consumar la fusión erótica.

El roce de aquella piel blanca y tersa sobre la suya, así como sus caricias sobre los muslos, las nalgas, los senos o la espalda de ella le permitieron ir recobrando la esperanza en el ser humano, al punto de casi desaparecer sus deseos por morir al momento de alcanzar el orgasmo. Siguieron los besos, que lentamente hacían lo posible por borrar el amargo sabor que a lo largo de los años se había acumulado en su boca. Con el cuerpo casi tibio y el rostro relajado, fue descendiendo sobre sus caderas un pubis frondoso y enigmático hasta despertarle gemidos profundos; placenteros. Ejercicio que él practicaba a menudo en el tálamo conyugal, pero del cual emergía con una desabrida sazón. Ahora, en cambio, el agitado ritmo de la pareja ahogaba sus angustias.

Crecía la intensidad de los movimientos, junto al calor con el cual uno agasajaba al otro; mientras el tiempo goteaba sus minutos inadvertidamente.

En la radio aparecían campanas advirtiendo la proximidad de la media noche, los locutores se entusiasmaban y soltaban su lengua tratando de darle trascendencia a los momentos previos al brindis de las doce. En la televisión, los anuncios diseñados para la ocasión, de ese gusto gelatinoso que rechina en los sentidos de cualquier ser humano, pasaban de forma ininterrumpida. Perdido entre ellos, aparecía un presentador repitiendo el discurso resbaloso de los anuncios o de sus colegas radiofónicos; todos ansiosos ante el cambio de año, siglo, milenio.

Los amantes no prestaban atención más que a si mismos.

El sonoro estruendo del orgasmo rebotaba en los ruidos de la habitación, los cuerpos vibraban como al recibir una descarga de alta tensión, se movían como la tierra estremecida durante un sismo y, sin embargo, terminada las últimas contracciones, los últimos suspiros, las últimas exhalaciones; sobrevino en él un silencio estremecedor.

Ambos se desplomaron sobre las sábanas.

Parpadearon unos segundos.

Dormitaron.

El acontecer de sus sueños resultó profundo. Serenos en ella, confusos en él.

Cuando el frío iba invadiendo su epidermis, él despertó bruscamente. En la habitación seguían todas las luces encendidas, lo mismo que la radio y la televisión acompañados por el ruido del ventilador. Los sonidos aún flotaban en el silencio posorgasmico. La pareja permanecía dormida a su lado

Lentamente se fue incorporando para permanecer sentado al borde de la cama, con la sensación de estar aturdido.

En la boca le fue creciendo, incontenible, la amargura de permanecer vivo después del éxtasis.


ANTE NADA

Sudaba frío, su cuerpo padecía temblores, su voz se quebraba perdiéndose en el aire. Llevaba unas cuantas horas, o quizás unos cuantos días en el mismo sitio, con los ojos vendados y las manos fuertemente amarradas. Apenas había comido. La mitad de las veces que necesitó satisfacer sus necesidades fisiológicas, hubo de hacerlo sobre su ropa; las otras fue auxiliado por alguien a quien ni siquiera podía ver. Nadie le hacía compañía. Sus ojos habían segregado más lágrimas que en cualquier otra etapa de su vida, incluyendo los años infantiles cuando su única forma para comunicarse eran los gemidos y el llanto.

Murmuraba una letanía incomprensible desde el momento en el cual el cañón de la pistolale sobara el cuello desnudo. Sus piernas languidecieron en el instante y él rodó por el suelo, facilitando la labor de sus secuestradores. Una vez en la cajuela del automóvil, el miedo lo llevó a perder el conocimiento; cuando volvió en si, sólo podía sentir el dolor provocado por la venda y las cuerdas que le sujetaban pies y manos.

En su cabeza, no atinaba a descubrir las causas del martirio. Como disco estancado en un solo surco, se ilustraba a si mismo las virtudes de su persona; su amabilidad, su gentileza, su solidaridad con toda la gente; era tan grande la lista de las personas a las uales había ayudado que no podía recordarla. Quién podría estar resentido con alguien como él, tan bondadoso, tan dadivoso, tan caritativo; se repetía incesantemente. Será que yo siempre busco el bien y por eso me odian tanto, llegó a sentenciar antes de caer vencido por el sueño; ahogado en el amargo olor de la adrenalina que despedía su cuerpo.

Nadie le dijo nada sobre su situación. Apenas intentaba preguntar algo, recibía una cascada de golpes e improperios; palabras que utilizaba hasta el cansancio, pero que escuchadas en su contra le resultaban de muy mal gusto. Él era un hombre culto, inteligente, racional, qué necesidad había de dispensarle un trato tan soez; pensamiento para el cual ni siquiera encontraba palabras.

En medio del dolor y la angustia de su situación, un mareo intenso se apoderó de su cuerpo. Sintió que todo le giraba a su alrededor, su cabeza le pesaba como una piedra y ganaba la sensación de dar vueltas en sentido contrario, mientras yacía en el suelo empapado en el sudor y la orina;muerto de frío.

Sin saber si estaba dormido o despierto, comenzó a recordar sus actividades cotidianas; en especial todas aquellas que derivaron en el escalofriante segundo en el cual el cañón del arma presionó la epidermis de su nuca.

En medio de la clase correspondiente a una materia del montón, de esas que sólo los docentes encargados de impartirla consideran importante, el hombre se presentaba como el único modelo que sus alumnos de bachillerato debían seguir. Advertía sobre un mundo lleno de mediocres, de timoratos, de verdaderos incapaces y luego se perdía en la enumeración de los méritos propios; la parte más larga de la clase. Después enfilaba hacia la apología de los hombres fuertes, aquellos que consiguen sus metas, hombres duros, decididos, que no se andan con dudas ni sentimentalismos, que nunca chillan y jamás se doblan ante nada; gente como él! Momento que ansiaba inmortalizar, o al menos consagrar como la escena final de una película. Pero al descubrir las diferencias entre la sala cinematográfica y el aula, sus palabras se convertían en un recetario de ofensas en contra de sus alumnos, pues ninguno era lo suficientemente inteligente como para discutir con él; además de actuar como una bola de maricones, decía, pues a cada rato le iban a llorar por las calificaciones y entraba en un nuevo discurso hasta encontrar algún detalle que le permitiese burlarse de un estudiante, de un colega o de cualquier trabajador del área administrativa. Cuando se aburría de su monótono ejercicio, todavía conservaba ánimo suficiente como para ufanarse de ser fundador del sindicato de maestros y, en especial, de haber redactado las cláusulas del contrato que imposibilitaban cualquier despido en las instituciones del sector educativo estatal. Su proclama, finalizaba con unas hiperbólicas alabanzas a su materia, tan importante que sólo él podía impartirla. El tiempo le era insuficiente para recordarles a sus estudiantes que casi nadie lograba aprobar su curso y mucho menos si osaban presentarlo en extraordinario. De cualquier forma, fuera de clase, proseguía con sus injurias, ahora contra las secretarias o cualquier otro empleado que se atravesase en su camino; aunque tenía buen cuidado de abandonar la escuela por la sección de intendencia, para evitar a los directivos de la institución.

Absorto en la vehemencia del recuerdo, creyó escuchar un ruido allende la mazmorra. Su cuerpo se tornó rígido como un monolito. Perdió el control de los esfínteres. Su piel se decoloró en el instante y alcanzó la temperatura de un témpano.

Ya no pudo imaginar nada.

Sintió que un número indeterminado de sujetos había ingresado en la habitación, alguno le pateó el abdomen con todas sus fuerzas para descargar una ira incontenible, surgida al enterase que su rehén era la persona equivocada; un pinche pobresor de bachillerato, un-muerto-de-hambre...

El secuestrado continuó escuchando un largo escarnio sobre su situación económica, la más cruel de las humillaciones sufridas a lo largo de su existencia; casi tan grande como la sufrida por el hombre que lo golpeaba e insultaba, cuando, ante sus jerarcas, se enteró del fracaso de la operación que tenía a su cargo.

Hundido en un sollozo mudo, ahogado por las lágrimas y la angustia quedó ensimismado, adoptó una posición fetal que lo convertía, literalmente, en una bolita humana. Así, los secuestradores lo arrojaron en alguna milpa próxima a la carretera, a las afueras de la ciudad, en donde pasó el resto de la noche.

Dos semanas más tarde, cubiertos los trámites requeridos por las autoridades y concluido el tratamiento de emergencia en el hospital psiquiátrico, regresó a su empleo con un paso encorvado, la cabeza casi oculta entre los hombros, una mirada insegura y la voz tan asustada que ya no pudo hablarle a sus alumnos.


MADRUGADA

Su baile no podía describirse con palabras. Había que verlo. Había que sentirlo. Había que estar en su cuerpo para comprender las emociones que lo bañaban mientras seguía los acordes de la música frente a una muchacha esbelta, de facciones límpidas, tan suaves que acariciaban apenas mirarlas. Sus ojos poseían un intensísimo negro. En su frondoso cabello, la oscuridad lucía sedosamente brillante. Tampoco la vehemencia de sus movimientos podía explicarse, o si quiera describirse.

Ella solía visitar las discotecas, y como una buena parte de las mujeres asiduas al antro, conocía bien el alcance de sus virtudes estéticas; aunque resultaba tímida para ostentarlas.

Las dos amigas de ella bailaban con los dos amigos de él, sentados en mesas contiguas, los seis vieron su oportunidad y sin preámbulos fueron descendiendo sobre la pista de dos en dos. El y ella, fueron los últimos en aterrizar.

En su memoria se agolpaban, formando una nebulosa, los recuerdos de sus frecuentes visitas a la discoteca, a las fiestas, incluso las salidas con sus cuates a cualquier sitio durante el fin de semana. Pero algo tenía esta oportunidad, que todo le parecía diferente, novedoso, agradable en extremo.

Para ella, era la primera oportunidad en la cual sentía interpretada la pasión que expelía en cada movimiento de su baile y lo demostraba en la radiante expresión de su sonrisa.

Avanzada la noche, tras mover brazos y caderas, tras agitar la espesa cabellera, tras dedicarse mutuas miradas de felicidad, se recluyeron en una de las mesas que ocuparan originalmente. Tomaron alguna de esas bebidas de moderación, entusiasmados más en la plática que en el enervante.

Los dos estudiaban el bachillerato, ella en la modalidad tecnológica, él en uno de los tres planteles que dependían de la universidad del estado; cursaban el mismo año. Ambos trabajaban, ella era recepcionista en una inmobiliaria por las mañanas, él ayudaba en el negocio familiar por las tardes. Uno y otro vivían en colonias de esas que algunos llaman populares y otros de clase media, aunque después matizan con la palabra “baja”. Y el resto de sus vidas se lo fueron contando en las diminutas pausas que realizaban para recuperar energías tras moverse fogosamente al ritmo de música. Instantes en los cuales cada uno fijaba su mirada en el otro, endulzaba sus ojos y hasta extendía su mano para mimarse con la de la pareja. Quizás, en algún segundo, de forma fugaz, llegaron a besarse discretamente; o al menos hicieron el intento.

Al llegar la hora, la discoteca cerró sus puertas. Las tres muchachas abordaron un taxi y emprendieron el camino hacia sus casas, mientras ellos, tras despedirse de sus compañeras de baile, caminaron hacia el parque municipal.

Se acostaron boca arriba sobre el pasto, para observar detenidamente la radiante luna llena de la madrugada, iluminando las diminutas nubes que atravesaban rápidamente la bóveda celeste. Inmersos en la imagen, comenzaron a platicar sobre las muchachas con quienes habían bailado, su estilo, su atractivo, sus vidas... alguno propuso masturbarse y los tres desnudaron su pelvis para “jugarse el pellejo”. Lo hicieron tres veces, una por cada relato sobre ellas, aunque entre cada ocasión hacían bromas como para dejar pasar el tiempo suficiente para recuperarse.

Todavía aturdidos por el estruendo escuchado en las horas previas, aún con el efecto de las bebidas de moderación en el cuerpo, y el placer vivo tras las sucesivas eyaculaciones, el muchacho mantenía en su cabeza los negros ojos de su pareja de baile. Acostado en medio de sus dos amigos, propuso sostener un encuentro erótico en ese momento, entre ellos mismos; uno asumiría el papel pasivo y los otros dos el activo, luego se rotarían para que todos pudiesen vivir la misma experiencia.

Conservaba la mirada perdida en el cielo, mientras seguía hablando para convencer a sus amigos. Enumeró algunas posiciones, imaginó algunos sentimientos, describió detalladamente los placeres que habrían de vivir al término de la aventura erótica.

Los otros dos vieron súbitamente palidecer sus rostros, se miraron entre ellos mientras se vestían de la forma más veloz posible. Los dominaba el miedo. Los desbordaba la adrenalina.

El muchacho entrelazó sus manos bajo la cabeza, cerró los ojos y esperó la respuesta de sus cuates en silencio, mientras respiraba pausadamente.

Aquellos comenzaron a patearlo, lo golpearon, saltaron sobre él, azotaron su cabeza contra el césped, le torcieron los brazos, le rompieron las piernas, en medio de una fluida expresión de insultos e incoherencias.

Hicieron una pausa.

El intenso jadeo les impedía pronunciar palabra alguna.

Doblados sobre ellos mismos, observaron a su victima detenidamente mientras yacía en el suelo. Alguno de ellos sintió que el peligro subsistía y expeliendo un alarido tan ensordecedor como la música que habían disfrutado horas atrás, enroscó sus manos el cuello del muchacho, agitándolo con una furia descontrolada, hasta estrangularlo.


SOMOS CAMPEONES

Eran muchas, muchísimas horas, quizás días los que transcurrían para llegar al pueblo perdido en el medio de la sierra, una zona boscosa, húmeda, incluso fría, en la que era imposible producir nada que no fuese para autoconsumo, pues el puro transporte elevaba los costos desmesuradamente. No obstante, la localización de la ranchería, llamada pueblo por un mero eufemismo, resultaba estratégica porque de ahí partían todas las brechas para un sinnúmero de asentamientos dispersos entre las montañas. Por ello, en el pueblito se localizaba el único servicio médico de la región, un mísero consultorio al que se le denominaba como clínica; también por un simple eufemismo.

Hasta ese punto llegó el doctor.

Un joven entusiasta, de estatura corta y complexión delgada, frágil dirían algunos, pero con unos enorme ideales. Había estudiado medicina porque abrazaba la convicción que esa era la prioritaria prioridad del país. Si la mitad de la población vivía en la pobreza, para no decir miseria... si la aplastante mayoría de las muertes, al menos en el medio rural, en las poblaciones distantes, en la zonas marginadas, eran por causas que se podrían evitar... si en esos lugares, la escasa proporción de médicos asustaba, indignaba decía él mientras apretaba fuertemente sus puños... entonces no había más camino que el dominio de las ciencias de la salud para ejercer la profesión al servicio del pueblo; de los más necesitados!!!

Con esa meta en la cabeza, alcanzó siempre las mejores calificaciones en cada etapa de su formación, desde los propedéuticos hasta el concurso rendido ante el Ministerio de Salud; mecanismo que le permitió ganarse el puesto de médico general de zona en la Dirección de Salubridad Rural del país.

Sin duda, su máximo orgullo.

Consigo llevó su biblioteca y todo el instrumental que pudo conseguir, pues cualquier viaje ulterior resultaría toda una odisea. Acomodó sus pertenencias en un local abandonado durante años, escasamente adecuado para la atención médica, con muebles viejos y desvencijados; un sitio que él mismo debió refaccionar durante varias semanas.

Alguna ayuda tuvo, desde luego, porque una línea de energía eléctrica que alcanzaba para la clínica y dos casuchas más, permitían floreados discursos sobre los avances en la electrificación del país. De la misma forma, el ministro del ramo se alegraba de la modernización de su cartera; la hiperbólica manera de explicar que hasta ese apartado lugar del territorio nacional había llegado un equipo de cómputo y la telefonía satelital necesaria para mantener al día el conocimiento de los galenos de la nación. Sin discursos, en cambio, le llegó una pequeña televisión obsequiada por el gobernador en uno de esos arranques de generosidad que le entraban al político con el ocaso del año. En el medio, le llegaba una silla, alguna lámpara, algún accesorio requerido en el ejercicio de la profesión.

Por las noches, en las pocas horas libres que el doctor poseía antes de caer agotado, sus ojos se llenaban de lágrimas al repasar los pacientes fallecidos, aquellos que no pudieron llegar a la clínica, aquellos que socorrió tarde a causa de las distancias, los transportes o los caminos, aquellos que se deterioraban lenta e inexorablemente, aquellos que se hubieran podido salvar con un antibiótico o cualquier pinche pastilla comprada en la farmacia de la esquina... en la ciudad más cercana. Cada deceso transformaba el cuadro frío y distante, que sus maestros le enseñaron a ver, en un ser humano, tan humano como él y por quien experimentaba sentimientos tan fuertes como por cualquiera de sus familiares.

Una angustia que cubría la impotencia que lo ahogaba en cada uno de esos momentos.

Dolor elevado al paroxismo al recordar la primera vez que hubo de desgarrar una camisa vieja, medio esterilizar las tiras resultantes y utilizarlas como vendas ante la falta de abastecimiento. Juró que jamás volvería a vivir una situación así, pero sus ganas sirvieron de poco, sus solicitudes nunca recibieron respuesta, sus reclamos cayeron en el vacío y periódicamente hubo de recurrir a análogas soluciones en su trabajo.

Al levantarse con la salida del sol, se comprometía ante si mismo a abrazar con fuerza sus ideales, a renovar su fe en los valores que lo había llevado hasta ese lugar, a conservar su vocación por los marginados, a no desfallecer ante unas adversidades mucho mayores a lo que su imaginación alcanzaba a divisar. Compromiso que repetía al avanzar la jornada y descubrir que su carácter entusiasta y fresco, se enmohecía en la humedad del aire respirado.

Ya ni siquiera el intercambio de anécdotas e incidencias con sus pacientes podía reconstituir su ánimo.

En algún momento, alguien le pidió permiso para ver la televisión, pues el otro aparato que existía en la ranchería había fenecido como tanta gente en la zona.

Un gentío llenó el consultorio. Querían ver el fútbol. Era el último partido. En el campeonato mundial. Lo invitaron y con gusto se acomodó en el suelo junto a los otros. Vibró junto a ellos, igual que ellos lo hicieron siguiendo la voz del locutor. Dos selecciones nacionales de países sobre los cuales él había oído muchas veces en su vida, pero que le resultaban tan lejanos como las estrellas del firmamento.

Cayó el gol y todos gritaron, se llenaron dealegría, sintieron suya la victoria al concluir el juego.
El doctor retomó sus labores al día siguiente, como lo había hecho en cada jornada a lo largo de todos los años que llevaba en la ranchería. Volvió a ver las desgarradoras escenas de pacientes que hubiera podido atender adecuadamente si contase con el material y los instrumentos necesarios. Volvió a convertir a los impersonales diagnósticos en seres humanos, tan humanos como él. Volvió a sentir la angustia y la impotencia experimentada en el pasado. Pero al llegar la noche sus ojos no derramaron lágrimas, su semblante sonreía, su cuerpo se hallaba distendido. Un suspiro largo y sonoro se apoderó de él, mientras pensaba que ya no habría de sufrir por la realidad que le tocaba vivir. A fin de cuentas, podía decir: somos campeones!!!!


VOLVER A CASA

El hombre descendió del trolebús en la última esquina de su recorrido. Atravesó la avenida para luego tomar la calle perpendicular; en medio de una espesa lluvia. Caminó una docena de cuadras sin perturbarse demasiado por el intenso chubasco, pues solía utilizar sombrero de palma cubierto con una funda de plástico, más una chamarra tan gruesa como antigua, conseguida en algún empleo anterior; lo mismo que sus gastados botines que sin embargo, le resultaban sumamente cómodos.

Durante el trayecto, observó las pequeñas casas que se alzaban a su derecha, atravesando la calle; mientras que a su izquierda se levantaba una añeja mansión, unos locales tan modestos como las casas de enfrente y vastos terrenos baldíos, algunos con miras a convertirse en nuevos fraccionamientos.

Cruzó la última cuadra para caminar hacia su izquierda, hasta encontrar las torres de alta tensión que constituían el único acceso a su colonia.

Se alejó de la banqueta, atravesando en la espesa oscuridad el sendero que lo llevaba a su hogar. Entre la quinta y sexta torre, se introdujo en el mar de jacales construidos sobre un suelo agreste y rocoso, levantados con un armazón de madera al que cubrían con restos de láminas, maderas de embalaje y piezas de cartón bañado en chapopote, así como algunos grandes lienzos de plástico conseguidos en alguna parte.

Escaló las piedras de formación volcánica, resbalosas con la lluvia, hostiles, traicioneras en la noche. Pisó los ríos formados por el declive del terreno, calló sobre suelos convertidos en pantanos o en verdaderas lagunas.

Nada iluminaba su camino pues de la telaraña de alambres, de colores, extensiones y calibres diversos, sostenidos por improvisados postes alzados con cachos de madera unidos unos a otros que a menudo, dada la ondulación de la superficie, apenas alcanzaban el metro de altura; ni un solo foco daba hacia eso que había que ver con mucha imaginación para considerarlo como una calle. Maraña que se extendía hasta alguna columna del alumbrado público, en aquella parte de la ciudad que podía ostentar dicho nombre.

Pocos días atrás, con la escasa colaboración de algún vecino, había construido su ansiado hogar, en donde lo esperaba su pareja y su hija, de tan corta edad como el cuartucho.

Migró de un pueblo cercano a la urbe con su familia, trabajó en la construcción como ellos y en la remodelación de un deportivo se topó con un grupo de mujeres que laboraban en el desazolve de los baños, sus ojos se clavaron en la más joven, acaso de la misma edad que él. Tardaron poco tiempo en pasar de la vista al tacto, en empalmar sus cuerpos sin haber visto su desnudez completa, en compartir la noche al amparo de cualquier techo todavía más dueños del miedo que del electrizante nerviosismo que acompaña los primeros pasos junto a la pareja.

El agua se colaba por el piso de aquel cuchitril, mientras algunas goteras caían desde el techo y una brisa fina penetraba a través de las paredes, ayudada por el viento.

Sobre el anafre, la mujer calentaba los alimentos de la niña y acaso alguna tortilla que ingerirían como cena.

El hombre se dispuso a acomodar el petate y las cobijas sobre un inestable soporte hecho con maderas y láminas de metal. Mucho tiempo atrás, había jurado que él jamás bebería, ni habría de golpear a su pareja el día que viviese a su lado, ni a sus hijos cuando los tuviese, ni entraría en combate con desconocido alguno; más aún se había prometido ser un hombre recto, probo, un abnegado jefe de familia sin importar lo injusto y humillante que le resultase su trabajo o la vida misma. Desde entonces, cuando la ira amenazaba desbordarlo recordaba a todos los personajes religiosos puestos como testigos de sus compromisos, el día del sepulcro de su madre.

A la mitad de sus labores sobrevino un apagón. Algo frecuente, pues a menudo la improvisada red eléctrica sufría severas sobrecargas y la colonia entera se quedaba sin luz. En ocasiones, surgía alguna amenaza de incendio. Otras veces, trozos mayores o menores del cableado desaparecían para satisfacer las necesidades de otras chozas en lugares muy distantes de ese océano de viviendas marginales.

Se asomó a la puerta. Camino bajo la lluvia, siguiendo la cadena de cables artesanalmente tendidos hasta encontrar un tramo faltante. Se dispuso a repararlo con un trozo tomado ese mismo día de la construcción donde trabajaba como albañil, previendo que, antes o después, podría encontrarse en una situación similar a la experimentada en ese momento. Sin problemas, conectó el nuevo cable al polo vivo del tendido eléctrico. Caminó de regreso, desenrollando el alambre hasta llegar al extremo opuesto del trecho faltante. Se mostraba orgulloso de hacer semejante tarea para el bien de su familia, de la familia que él había formado y para la cual había construido su casita y... en un segundo, mientras observaba el cablerio, sus manos empapadas sujetaron las puntas desnudas del alambre. El delgado cuerpo del hombre pareció iluminarse al ser atravesado por una descarga... fulminante.


UNA DOCENA DE MUERTOS

Era la última mujer en la larga fila que se formaba a las afueras de la urbe, la última pero la más afortunada. Sabía acomodar sus ropas, su maquillaje, su peinado, sus gestos, aún su vocabulario, para hacer de sus abundantes virtudes estéticas un ente exuberante, donde se fundían los sueños de todos sus clientes, lo mismo que las fantasías de aquellos que solos o en familia circulaban por la carretera y se topaban con ella. Al borde del camino, o estacionados en la gasolinería que se hallaba a unos cuantos metros, la mujer se desnudaba en los camarotes de los camiones y hacía que los conductores viviesen la experiencia más alucinógena de su historia, sin otorgar un solo servicio que no fuese pactado previamente.

Había recorrido un largo camino para establecerse a la orilla de la carretera.

Un día se inició en el comercio sexual igual que lo habían hecho sus compañeras, apremiada por las circunstancias, forzada por el entorno, alentada por alguna de ellas. Suhistoria apenas aportaba matices a las ya conocidas.Una interminable cadena de abusos y maltratos, de abandonos y vejaciones, de estafas y engaños, montada sobre una infancia inexistente que naufragaba en el mundo de la marginalidad.

Como todas las otras, había nacido muy lejos de los parajes tropicales en los cuales trabajaba y como aquellas, tampoco le quedaba claro si la comercialización de su cuerpo había iniciado en esos o en otros pagos.

Apenas había modalidades de la prostitución que no hubiese practicado en su corta veintena de existencia. También larga era la lista de sus sitios laborales, empleos que había ido perdiendo por pleitos con sus padrotes, sus clientes, con las autoridades, incluso con sus compañeras, pues ella era de la idea de abandonar a los proxenetas y fundar un prostíbulo, elegante y discreto, para regentearlo como cooperativa entre todas las trabajadoras sexuales.

Pero pocas de sus compañeras tenían esa mentalidad emprendedora e independiente, para la mayoría resultaba más cómodo entregarse a los caprichos de los explotadores, aun a cambio de darles hasta el noventa por ciento de la tarifa cobrada por sus servicios; al menos estarían a salvo de sus golpeadores o de cualquier cliente que pretendiese sobrepasarse. Mucho más, ciertamente, de lo que habían conocido a lo largo de su vida.

Durante un periodo, breve como casi todas las etapas de su carrera, mientras trabajaba en la zona de tolerancia en el centro de la urbe, había dado cobijo a uno que otro niño de la calle. Pero perdido su empleo, fue desalojada de sus aposentos en la referida zona y terminó por encontrar un puesto en la fila de mujeres que se prostituían ante los camioneros que circulaban por el puerto.
En algún momento, en algún sitio, descubrió que el alcohol le permitía experimentar inéditos momentos de placer, que llegaban a compensar sobradamente los rigores cotidianos. Más tarde, incrementó esas sensaciones con enervantes mejor dotados y a los sueños de cooperativista se sumaron los requerimientos de sus proveedores convertidos en el motivo más trascendente de su trabajo.

Aún así, debía pasar la cuota correspondiente al padrote y toda una cadena de extorsiones que menguaban sus ingresos de forma drástica, sin que ello le reportase compensación alguna. Con frecuencia debía prestar faenas gratuitas a los amigos del proxeneta, lo mismo que a la policía cuando prefería cobrar en especie sus servicios de protección; o si no, atenerse a las iras de su padrote.

Sus oídos recibieron el rumor sobre la presencia de algún asesino, algo nada extraño en el medio, pues a menudo los asesinatos cometidos por la policía, voluntarios o compulsivos, eran explicados por la presencia de extraños, de turistas depravados que visitaban la ciudad y eliminaban a las trabajadoras del sexo. Explicación que dejaba contentos a casi todos, era inocua, nadie debía asumir responsabilidades especiales y además servía para incrementar la explotación sobre las mujeres.

Ella se lo tomó en serio y cargó un arma.

Descubrió que le era útil, que podía cobrarle a los renuentes, que podía espantar a algún golpeador solitario o en pareja, en fin, que se sentía más tranquila, más cómoda con el pequeño revolver adquirido en el mercado negro.

Usado sólo en esos casos, decidió apelar a él para apaciguar algún arrebato de su “manejador” en esos momentos de furia descontrolada. La persuasión tuvo poco éxito, así que apretó el gatillo dos veces.

Los impactos dieron en la cara y la muerte fue instantánea.

Se asustó.

Pero tras velar el cadáver a lo largo de una hora, fue descubriendo que la muerte del proxeneta le resultaba agradable, placentera, reconfortante. Con discreción arrojó el cuerpo a la zona de los lagartos, próxima a su sitio de trabajo.

Ella continuó en su empleo, al hombre lo dieron por extraviado y nadie se preocupó por él, tal como lo había pensado. Sentía una enorme confianza en si misma. Sus sueños cobraban más fuerza, al tiempo que le parecían tangibles, próximos a la realidad.

Pasado el tiempo, se vio forzada a usar su arma nuevamente. Esta vez en el camarote de un camión. Acomodó la escena, escondió su arma, soportó el acoso de la policía y volvió al trabajo. El segundo muerto le proporcionaba una sensación de satisfacción que nunca antes había experimentado.

Vino un tercer asesinato, ahora en un motel, lejos de sus lugares habituales por lo cual nadie sospechó de ella.

Con dilatados intervalos le sucedieron un cuarto, un quinto, un sexto y así hasta llegar a una docena de individuos despachados; una meta que la envolvía en un aire orgulloso e incrédulo al mismo tiempo. Perdida en la altivez del momento, se preguntaba por sus emociones el día que lograse tener tantos “remitidos al otro mundo” como años contase su existencia

La felicidad que sentía tras cada muerte no mermaba sus habilidades para soportar los interrogatorios de la policía, e incluso para desviar la atención hacia otro sitio.

En el fondo sabía que en algún momento la descubrirían y entonces habría de confesar todos sus crímenes, con todos sus detalles, incluyendo que tras cada homicidio alcanzaba el éxtasis, el placer sexual tantas veces conculcado; pero esperaba que para entonces sus sueños cooperativistas se hubiesen consolidado.


VALORES

-Mira Gonzalo... esteee...te puedo tutear, no?
-Sí, desde luego.
-Es que el señor Fernández me encargó mucho este asunto... mira, tu trabajo nos parece maravilloso, el guión que presentaste está muy bueno...
-Gracias..
-Lo digo en serio, fabuloso, muy bien logrado, los personajes, las escenas, la musicalización, el ambiente que logras transmitir, todo esta perfecto... pero... tenemos un problema
-Cuál, si se puede saber...
-Mira, el señor Fernández nos ha encomendado mucho esto... el también leyó tu guión...
-El señor Fernández lee personalmente los guiones?
-Sí, desde luego y es muy cuidadoso... le importa mucho el trabajo de... es que Cosmo-TV es una empresa diferente, una empresa comprometida, un empresa de calidad, una empresa que quiere hacer otra televisión, algo que llegue al corazón de la gente; pero de verdad!
-Una empresa de éxito?
-Andale, me captaste la idea!
-Una empresa moderna, acorde a los tiempos que vivimos?
-Exacto!!!
-Que bien, y cuál es el problema?
-Mira... el señor Fernández... los ejecutivos, o sea la gran familia que formamos los que trabajamos en Cosmo-TV...
-También los guionistas?

-Sí, desde luego, todos somos una gran familia, una hermandad gigantesca... es que todos estamos orgullosos de ser una empresa vigorosa y pujante, un ejemplo para nuestro país y para su gente que tanto se esfuerza por salir adelante, por alcanzar el éxito, por triunfar... el señor Fernández, a veces alza la voz... no grita, nada más alza la voz y pues como que es duro con los trabajadores... con todos... pero... es buena persona, se preocupa por su gente... les regala cosas y los ayuda... no, sí es buena persona... tiene ese carácter porque asume una enorme responsabilidad... la verdad, el vino a romper esquemas... en la televisión, en la iniciativa privada, en el país entero... el tiene una enorme misión y eso es lo que le transmite a Cosmo-TV... aquí todos estamos convencidos de que tenemos que romper con esa vieja televisión... hacer una nueva televisión que esté cerca de la gente, que la gente la entienda, que le proporcione ese calor de hogar que tanto quiere, como si fuera su casa. Me entiendes?

-Sí desde luego...

-Cosmo-TV tiene que ser parte de esa nueva realidad que vive el país... atraer a la gente y al mismo tiempo ser el ejemplo a seguir, me entiendes?
-Les preocupan los anunciantes, es eso?

-No... mira, la verdad es que al señor Fernández no le preocupa tanto eso del reiting... o sea, él quiere que la empresa crezca, que sea una compañía sólida, con finanzas sanas, como debe de ser, no? Pero más que los anunciantes, que el reiting, que la publicidad, al señor Fernández le interesa que Cosmo-TV sea un ejemplo!

-Transmitir programas de calidad...
-Exacto!!!
-Pero...

-Pero no sólo de calidad, sino que sean producidos aquí mismo, que la misma producción se vuelva un ejemplo para el resto de la televisión del país... no?... y mucho más, que Cosmo-TV sea la referencia en calidad dentro de toda la televisión.
-Pero no decías que mi guión era bueno... que les había gustado?
-No, sí... no es eso...
-Entonces?
-Mira... es que para lograr sus metas, Cosmo-TV se ha propuesto transmitir valores, me entiendes...
-Valores?
-Sí, queremos que la televisora sea un ejemplo para la gente, especialmente para los niños, para los jóvenes que tanto lo necesitan, no?
-Ajá!
-Es que el país vive una crisis de valores terrible... con la inseguridad... con los asaltados... con los secuestros... con los robos... con la corrupción... con... pues no podemos permitirnos no transmitir valores, me entiendes?
-Sí.
-Sería como avalar a esa carroña, a esa gentuza que le gusta la vida fácil, que no saben trabajar, que son unos holgazanes... en fin, tú lo sabes bien, no?
-Sí...
-Entonces... pues queremos cambiar algunos detallitos de tu guión...
-Cuáles, si no es indiscreción?
-Pues en especial no nos... al señor Fernández no le... bueno, en realidad no es por nosotros, a nosotros nos agrada tu guión, nos gusta mucho, en verdad... es que al público, a la gente, no le agradan ese tipo de historias, me entiendes?
-Sí...
-Por eso le gustaría... o sea, nos gustaría... a mí y a todos... pues nos gustaría más que a los protagonistas, los autores del fraude, pues que les pasara algo, me entiendes?
-Que se fueran a la cárcel?
-No... algo así como una... un castigo divino, me entiendes? Como que se mueren o se accidentan... algo así como para que le sirva a la juventud, no?
-A ver...
-Mira nuestras historias son reales... son la verdad.... pero resaltamos a los personajes buenos, a los que dan ejemplos positivos... para que la juventud se identifique con ellos, me entiendes?
-Una historia real... verdadera...
-Mira, hasta en los noticieros hacemos esfuerzos por no presentar a los malos como héroes, para que no sean ejemplo para la juventud... hacemos las notas con calor humano para que la gente las sienta como que son suyas, que el drama que vive la gente en la calle, pues puede ser el de ellos... pero queremos que el público se identifique con las víctimas... me entiendes?
-O sea, quieren una historia, real, una historia verdadera, que contenga valores y que sea un ejemplo para la juventud?
-Exacto, eso sería perfecto para nosotros.
-Por ejemplo una historia de un trabajador... de un contador que trabaja duro toda su vida...
-Andale, algo así!
-Que ahorra y con muchos sacrificios, trabajando horas extras y consiguiendo bonos de productividad, se casa y forma su familia.
-Perfecto...
-Que renuncia a los vicios, a las pachangas y que en lugar de irse a la cantina... o te gusta más un bar?
-No, como quieras... Cosmo-TV es muy respetuosa con las ideas de sus guionistas.
-Ajá... pues en lugar del bar, decía, pues prefiere convivir con su familia... ser un padre ejemplar y un esposo modelo.
-Andale, síguele...

-Que forma un capitalito para sus hijos y que estos, a su vez, forman su familia y hacen su vida... pasan los años y el señor se convierte en empleado ejemplar, gana asensos, se convierte en uno de los gerentes de la empresa y tesoneramente va ahorrando para el momento de su retiro... para poder convertirse en un buen abuelo que atiende a sus nietos, que los lleva al parque... te parece?
-Excelente, es como lo que estamos buscando!

-Entonces llega muy orgulloso al día de su jubilación... si quieres se puede contrastar al personaje con otros empleados menos responsables, que les gusta gastar el dinero, que no se preocupan por ahorrar para el retiro...

-Andale, estaría muy bien, yo creo que al señor Fernández le va a encantar tu idea.

-Pues es una historia real, ahorita hay mucha preocupación por el retiro y como tú dices, pues los jóvenes tienen poca información al respecto, no?

-Sí, está muy bien... esos son los valores que nos interesa transmitirle a la gente.

-Pues en la última escena aparece el personaje, es un contador como te había dicho,en su primer día como jubilado, sentado en la sala de su casa, o quizás en un parque, leyendo la sección financiera del periódico, pues para ver cómo va su capitalito y pues también para hacer planes con su esposa, sus hijos, sus nietos... o sea, con la familia...

-Noohombre, sí está súper bien... síguele...
-Y pues mientras lee el periódico, la sección financiera como te dije, se entera que la empresa donde su administradora de fondos había depositado los ahorros de su vida, una compañía modelo, el gran ejemplo del auge económico a nivel internacional, y cuyas acciones llegaron, apenas unos días atrás, a unos niveles increíbles; ha quebrado por un fraude contable... y con ella, ha quebrado también la administradora de pensiones, dejando al contador en la indigencia!


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