EL OTOÑO DE SUS DÍAS

Su cuerpo desnudo se veía pálido, pero al mismo tiempo lucía atractivo. Los años se podían adivinar en algunos detalles, quizás el abdomen ligeramente abultado, unos senos que perdían su firmeza, unos glúteos que en la espigada figura, tendían a lucir largos y aplanados; un rostro de dulzura extraviada.

A los 45 años, la anatomía femenina se encontraba lejos de poder competir en los concursos de belleza, pero todavía era capaz de provocar la excitación de la pareja.

El talle de esta cargaba siete años menos que el de ella, pero su complexión y la perenne falta de ejercicio lo convertían en uno de esos hombres sin mayor atractivo que las líneas de su semblante.

Descendió de espaldas sobre el lecho, sonriente, mientras sus manos agitaban sensualmente sus cabellos ondulados, como invitando al otro, quien se abatió sobre ella suavemente. Con los cuerpos pegados, se acariciaron con profusión, se olfatearon, se saborearon, se escucharon sus murmullos, sus gemidos, mientras dejaban sus ojos cerrados entregándose a las emociones del encuentro.

Las caderas se fusionaron tranquilamente, casi sin percibirlo.

Despacio.

Con suavidad, con ternura.
Ambos comenzaron a moverse en la cadencia marcada por la pareja, con una intensidad que aumentaba de forma discreta, sin prisas, atendiendo más a las sensaciones experimentadas por el organismo en cada instante que a la anhelada meta.

El clamor expresado por él se opacaba en el de ella y a la inversa.

Los cuerpos se agitaban bruscamente.
Con fuerza, las manos apretaban el tronco del otro.
Los dos sudaban.
Sus músculos se tensaban.
Los rostros enrojecían.

Sobrevino el ensordecedor estruendo de sus nombres, ahogados en el jadeo que rebotaba en las paredes de la habitación; como si estuviesen alcanzando el mayor de los orgasmos experimentado a lo largo de sus vidas.

Después quedaron abatidos sobre el edredón de la cama, boca arriba, vencidos; extasiados.

La vio entrar en el salón y algo le llamó la atención, pero no le dio importancia. Sí. Estaba “buena”. Pero las virtudes estéticas se podían apreciar en muchas otras. Maestras o estudiantes. Además, sólo estaría una clase frente al pizarrón, pues se encontraba en calidad de emergente ante la ausencia del maestro titular...

Sin embargo, en el curso de esos cincuenta minutos, o tal vez en los recreos siguientes o al cruzarse en el camino al principio del día o al final de la jornada, apareció algo que le hizo fijar su mirada en ella.

Quizás una sonrisa, quizás un saludo, quizás una simple mirada en la inmensidad que formaban los alumnos del bachillerato.

De cualquier forma, desde ese impreciso y nebuloso momento, ambos buscaron coincidir en alguno de esos puntos o de esos momentos en el Colegio; esfuerzos que los dos pudieron disimular muy adecuadamente.

Y tras los saludos, ambos eran invadidos por un sentimiento de alegría que los dejaba satisfechos... hasta el próximo encuentro.

Se toparon en la biblioteca, en la sección reservada para leer en silencio o para revisar los estantes previa autorización del encargado. Ella tomó un libro en su calidad de maestra e indagó sobre la lectura que realizaba el alumno en ese momento; luego lo invitó a descender a uno de los cubículos de uso exclusivo para docentes, con la finalidad de poder platicar con tranquilidad.
Él caminó atrás de ella.

Ambos tomaron café en un vaso de papel encerado, privilegio de los profesores que subrepticiamente ella extendía al muchacho. Se sentaron frente a frente, junto a sus libros, como si los reuniese un genuino interés académico.

La maestra comenzó con alguna pregunta trillada acerca de la clase impartida como emergente, él respondió en los mismos términos y ella siguió platicando, temas que se alejaban serenamente de los asuntos del bachillerato para ir saltando de un polo a otro, mientras él abría redondos sus ojos y dibujaba una sonrisa fresca antes de entregarse a la irresistible marea verbal que ella pronunciaba.

El café obligaba a minúsculos silencios que aparecían como eternos.

Para él era tanto como desplomarse de la realidad por un instante, segundo en el cual suspiraba y descubría sin mencionar palabra alguna, ni al aire ni a si mismo, que se sentía en medio de la plenitud de la existencia.

La excepcional tarde del viernes, truncada en el apremio que las horas le marcaban a ella, se diluyó en la semana siguiente, en las clases que uno debía tomar y la otra impartir, sin que en ambas acciones coincidiesen.

Además, la realidad jugaba malas pasadas, pues el maestro que alguna vez fue substituido por ella no se moría, ni se enfermaba, ni se ausentaba... mientras que la beca para emprender la maestría llegaba inusualmente temprano, razón por la cual ella se alistaba para alzar el vuelo y abandonar el Colegio cuando apenas se agotaba la cuarta parte del ciclo escolar.

El muchacho se sintió perdido.

Buscó consuelo en las canciones emitidas a través del radio y mientras divagaba con paso extraviado, tomo la decisión de hablar con la maestra, solicitarle audiencia y confesar uno a uno todos los sentimientos despertados en él desde la conversación vespertina.

Lo hizo.

Sentados en un rincón de la biblioteca, en la sala conocida como el mercado, pues se hablaba casi libremente, comenzó a relatarle detalladamente todo lo ocurrido en su ser:

Cómo había llorado por ella.
Cómo no lo había hecho por casi nadie en los últimos años.
Cómo pensaba en ella.
Cómo superaba obstáculos hasta entonces insalvables.
Cómo hacía cosas que jamás había pensado hacer y, en especial, cómo sentía que suvida había ingresado en una etapa totalmente nueva!!!
La maestra se llamó sorprendida.
Suspiró...
Hizo tiempo tratando de encontrar alguna salida.
Alguna línea argumental que le permitiese distanciarse de quien no podía dejar de ver como un bebé...
Llegó a llamarlo como su recién nacido sobrino, “un bebé muy bonito”, se disculpó.
Después enfiló sus armas:
Minimizó cuanto pudo.
Relativizó aquello que pudo ser minimizado.
Ignoró lo que no pudo ser ni minimizado ni relativizado para terminar con un dulce “quedamos como amigos!”
Coincidieron dos o tres veces más en el bachillerato. Él intentó invitarla, al cine, a una conferencia, a tomar un café...
La simple ilusión de estar a su lado, aún por unos minutos,le resultaba sumamente reconfortante; al borde de la plenitud, inclusive.
Ella tenía poco interés, le gustaba, aunque no lo confesaría nunca. Pero acercarse al muchacho, según sus convicciones, era tanto como coquetear con su recién nacido sobrino.
Fue tajante en su respuesta, su última respuesta, pues tras ella las vidas de uno y otro se bifurcaron por caminos muy distintos.

Comenzó su maestría para abandonarla al poco tiempo y, en su lugar, cursar miles de diplomados, cursos de capacitación o actualización y leer con encendido ánimo cuanto título del género rosa o libro de superación personal cayera en sus manos. Bagaje con el cual pudo circular de un lado a otro como “asesora en comunicación y organización interna”.

Para él, la licenciatura en relaciones internacionales substituyo a la de derecho, cursada durante dos años o dos años y medio. Avanzó entre cursos, materias y exámenes como si se estuviese abriendo brecha en medio de la selva. Sin embargo, llegado el momento, cuando se encontraba en el medio de la nada, abandonó la universidad y se promocionó como traductor de lengua portuguesa. No era la meta anhelada en los fogosos años del bachillerato, pero tampoco se quejaba.

Su recuerdo resultó imborrable para él. Año tras año tenía presente su fecha de nacimiento, su figura, su imagen, el Colegio donde ocurrieron los acontecimientos... y su nombre!

Las experiencias amorosas fueron varias y variadas.

Proporcionaron emociones de calibres diversos.

Jamás hizo comparación alguna entre las mujeres que conoció. En sus reiterados fracasos el recuerdo de su maestra en el bachillerato apenas importaba. Acaso, sería colocada como el gran amor de su vida, pero dentro de un extraviado pretérito.

Ella reprimió cualquier alusión al muchacho, aunque su inconsciente la llevaba a sublimar en la literatura rosa el recuerdo de aquellos días.
Tuvo sus pasiones, sus “romances” como le gusta llamar a las relaciones de pareja.
En una de ellas, permaneció cuarenta prolongados meses tejiendo con esmero los pasos previos al matrimonio; la superlativa meta de su existencia.
Pero “su hombre”, terminó casándose con otra mujer.
Algo los hizo coincidir en algún sitio, pasados los años. Los dos solos y con sus vidas en medio del naufragio, como lo había intuido él tras el último encuentro que sostuvieron.
Se miraron a los ojos.
Ambos sintieron que vivían en el otoño de sus días. O al menos, que estaban ante la última oportunidad que tendrían para imaginarse un futuro algo mejor al de los solitarios ancianos, sentados en la Plaza Central, por las tardes, sin más actividad que mirar la palomas que alimentaban.
Cualesquiera que fuesen sus planes, sus sueños, sus ilusiones, e incluso cualquiera que fuese el alcance de los mismos, o su intensidad, ambos abrazaron la certeza que esa era...
La oportunidad anhelada!
La última!!
La definitiva!!!


ECHAR RAÍCES

Parecía uno más de los paquetes que con cierta frecuencia mandaban los abuelos a sus adorados nietos. En realidad, al nieto y su esposa. A decir de los ancianos, se trataba de los únicos parientes directos que les quedaban; aunque, siendo honestos, debían aclarar que efectivamente eran los únicos parientes directos... con los cuales, aún, se llevaban. Quizás porque se trataba del primer nieto, como decían con envidia los otros familiares. O tal vez, porque era quien más insistía en mantener vivas la lengua y la cultura nativa del abuelo migrante.

Apenas casados, los nietos ocuparon la casa que el abuelo había construido prácticamente con sus manos, sobre un vasto terreno adquirido en la primera oportunidad que tuvo; con el sueño de hacer suya la tierra adoptiva.

Los ancianos, a su vez, habían partido hacia un agreste pueblo de la costa, donde, antes de jubilarse, fueron a parar los ahorros de su vida. Un sitio en el cual le podían sacar jugo a sus pensiones, disfrutar de una vida serena, próxima al campo y al incesante sonido de las olas sobre la playa; ajenos a los frecuentes pleitos de familia. Sin embargo, con el lento paso de los años fue emergiendo en ellos un entristecimiento silencioso, que nunca llegaron siquiera a reconocer; pero que afanosamente intentaban mitigar enviándole al nieto y a su esposa fotos, tarjetas, libros, recortes de periódico o cualquier otro recuerdo que tuviesen en sus manos. A menudo, mandaban dulces, chocolates, algún frasco de mermelada, alguna lata con alimentos o cualquier otra cosa hecha con sus propias manos.

Les agradaba sobremanera recibir la misiva en la cual, mes a mes, los nietos les agradecían tales obsequios.

El paquete venía envuelto en papel de embalaje, amarrado con un pequeño hilo de color blanco y azul, parecido al utilizado en las pastelerías. Adentro había una caja, cerrada con cinta adhesiva y en su interior una lata sin etiquetas en medio de abundantes tiras hechas con papel periódico. Todo cuidadosamente acomodado.

Dentro de la lata encontraron un polvo grisáceo, muy fino.

Pensaron que se trataba de alguna suerte de harina especial, quizás condimentada con algunas especias o ciertas hierbas o mezclada con alguna semilla rara; algo muy propio de la tierra de sus antepasados. En honor a ellos, rescataron el recetario típico que alguna vez les habían enviado y se dispusieron a preparar el pan del cual les hablaba tanto el abuelo.

Mezclado el polvo con los ingredientes prescriptos, más un relleno y una decoración improvisados, obtuvieron una hogaza de aspecto, consistencia y sabor extraños; cualidades que achacaron a algún error de lectura o quizás de cálculo, o tal vez a que el horno relatado por el abuelo era de leña y no de gas como el de ellos.

Los nietos agradecieron el paquete y edulcoraron los resultados de su obra, como si hubiesen obtenido el mejor pan de la tierra, que de cualquier forma degustaron plenos de satisfacción; y concluyeron preguntando sobre la clase de harina que les habían enviado.

Una o dos semanas más tarde, recibieron una carta de la abuela que ahogada en la incredulidad, les explicaba que junto al paquete debió llegar una misiva escrita por ella, donde detallaba las disposiciones testamentarias de su difunto esposo y que había seguido con el mismo sigilo que caracterizaba a los dos ancianos desde el día en que se conocieron.

El abuelo dispuso ser incinerado en el panteón municipal más cercano, que sus cenizas fuesen depositadas en una de las latas que guardaba en el patio trasero y que se le enviasen a los nietos con la misión de enterrarlas en algún sitio agradable del jardín; sobre él, debían plantar un árbol de crecimiento centenario; para que, finalmente, pudiese echar raíces en la tierra de adopción.


CONVICCIONES

En el estacionamiento de la casa, el ministro abordó su vehículo blindado por la puerta trasera del lado derecho. Afuera lo esperaba, sólo como precaución, decía, otro automóvil con la escolta; un tercer auto, como mero protocolo, seguía diciendo, se encargaba de abrirle paso a los dos primeros.

A fin de cuentas, se justificaba todas las mañanas, el país era víctima del cáncer marxista y su apología de la violencia, su odio a las instituciones, su desprecio por los valores de la democracia!
Pero los recaudos no eran por él, se envalentonaba.

No había miedo en su persona.

Era un hombre valiente que se hallaba a la altura de los retos del momento, por eso había aceptado el encargo del General.

Si se veía envuelto por semejante despliegue, era sólo por sus colegas, por sus amigos, por su familia; la gente que lo apreciaba, por quienes hacía todo lo que hacía en la vida y quienes podían convertirse en las victimas inocentes de ese odio desenfrenado.

Avanzaron a través del nuevo circuito vial, orgullo de la administración vigente, que horadaba los barrios pobres, donde se presentaba la mayor resistencia contra el gobierno militar; no había noche sin disparos, ni amanecer sin muertos, ni momento en que la población estuviese a salvo de ser detenida o abiertamente secuestrada. Saldo que por el lado de las fuerzas del orden, también resultaba cruento.

Trató de concentrar la atención en sus papeles, en la misiva del canciller que advertía sobre la visita de una comisión observadora de Naciones Unidas en materia de derechos humanos. Asunto que no se pudo detener, porque la firma de relaciones públicas contratada en Nueva York para repartir regalos e invitaciones a los embajadores correspondientes, fue embargada por orden judicial y todo el material de la “campaña de reivindicación nacional” quedó incautado junto a las oficinas centrales de la empresa. Ante ello, continuaba el comunicado, surgía la urgente necesidad de hacer todos los esfuerzos requeridos para demostrar que el país atravesaba por un periodo de armonía, de tranquilidad, pero muy especialmente, de progreso. Las denuncias presentadas en el organismo internacional, no eran más que propaganda subversiva; voces ingratas y resentidas, que no soportaban el éxito de un hombre como el General.

Tranquilizó sus ánimos.

Se zambulló en el periódico cuya línea oficialista no podía ocultar las protestas populares y la represión de la policía. Quizás para mostrarse como un medio independiente, publicó una relación de los sindicalistas asesinados desde la sublevación castrense, a los cuales catalogaba como “muertes en proceso de esclarecimiento”.

El ministro sintió agruras.

Los nombres golpeaban como piedras su memoria, él jamás había ordenado nada al respecto, pero cada uno de esos seres fue mencionado con desprecio, con desdén, con odio, en la intimidad de su oficina unos días antes de que fuese necesario “esclarecer” la suerte que corrieron.

Trató de encontrarle interés a la revista femenina que solía leer su esposa, pero ni los vidrios entintados del auto evitaban que sus ojos fuesen testigos de los operativos policíacos que a todas horas buscaban comunistas apátridas para someterlos a la ley, el orden y la serenidad ansiadamente anhelada.

Una demanda popular, se dijo a sí mismo, porque el General actuó en atención al pueblo, porque el pueblo, la gente, le pidió paz para poder vivir, para poder trabajar, para que sus familias progresaran...

Respiró hondo y concentró su pensamiento en la convención empresarial que lo esperaba para aplaudirle sus políticas de control sindical y todas las medidas que había adoptado desde que fuese nombrado titular del Ministerio del Trabajo con la misión de restablecer la concordia que debe regir en la comunidad, hermandad prefería decir él, formada por empresarios valientes y arriesgados y trabajadores responsables y sacrificados; porque en las relaciones de trabajo, se entusiasmaba en sus reflexiones, no debe existir el rencor ni el libertinaje que promueven los... en fin...que sus acciones eran el sueño de tantas y tantas generaciones que él lograría, gracias al glorioso gobierno de salvación de la Patria.

Llegado a su destino, un teatro tan vigilado que parecía cuartel aunque nada muy distinto al resto de la ciudad, subió a la tribuna arropado por una fuerte ovación.

Tomó aire.
Saludó.
Agradeció a todos, como si le estuviesen celebrando su cumpleaños.
Y comenzó su discurso: "yo creo que cuando se le da libertad a los pueblos, los pueblos progresan..."


CAÍDA LIBRE

Siempre fui partidario de instalar nuestro despacho en una casita austera, en un edificio cualquiera, de esos que sobran por la ciudad y que no poseen más de cuatro o cinco pisos, incluso en una de las tantas torres de oficinas que hay en la urbe, de diez o doce, incluso de quince niveles y que, sin duda, son mucho más modestas que este rascacielos... me ahorrare el calificativo, porque las circunstancias me obligan.

Estamos aquí a causa de mi socio, quien insistió en un despacho como este, que cubre el piso entero en el nivel 58 del inmueble conocido como Torre América, un edificio de vidrios color ámbar, de diseño feo, por no decir horrible, con tantos sótanos que se pierde la cuenta y donde viene tal cantidad de gente que de plano uno está más tranquilo en el metro que en cualquiera de los 65 pisos de este... edificio.

Pero bueno, qué más se puede hacer en estos momentos.

Afortunadamente, mi socio me permitió ocupar el despacho más grande de la oficina, algo así como el ala norte de la torre, exactamente en la esquinita, para que pudiera ver hacia la zona de la ciudad que más me agrada, la más limpia, la más arbolada... en fin, la mejor.

Pero aún así, no entiendo que necesidad había de venir hasta aquí... según mi socio, el asunto era mero cálculo, con una oficina como esta, afluirían hacia nosotros clientes de muy alto nivel socioeconómico y, en consecuencia, nuestras tarifas deberían estar “a la altura de quien las puede pagar”, así me dijo. Todo era cuestión de imaginarse el tamaño del inmueble, calcular la altura y multiplicar ese número por mil, para estimar nuestros ingresos... en fin... el muchacho siempre fue hiperbólico... en varios sentidos.

Yo que ingresé a esta noble profesión por mi espíritu de servicio, por mi pasión hacia la justicia y el llamado de los desamparados de este mundo... y aquí estoy, en una oficina de lujo, en la zona comercial más cara de la ciudad, atendiendo a clientes cuyos atuendos brillan tanto que me deslumbran al ingresar a al despacho... desde luego, mi ropa debe parecerse, porque de lo contrario no entraría un centavo a nuestro estudio.

Pero lo grave no es eso.

Como tampoco el hecho de que hoy sea jueves y mi socio se haya ido a jugar tenis. Deporte que, por cierto, detestaba cuando nos encontrábamos en la universidad; pero una vez en ejercicio, descubrió que era muy de mundo vestirse de blanco, poner una cara de concentración muy mamila y pégale a una pelotita verde con la raqueta.

 o trascendente del día de hoy, es que cinco pisos más abajo, estaban acondicionando dos niveles de la torre para colocar unas súper oficinas de alguna cosa que todavía desconozco y que, por las circunstancias, tampoco habré de conocer.

Pero bueno...

Si mi conocimiento no me falla, y me informaron bien, resulta que en las mentadas oficinas, que apenas estaban preparando, explotó algo... quizás uno de esos tanques utilizados para trabajos de soldadura... ello provocó un incendio fenomenal y el fuego obstruyó, o como dicen en la tele los prohombres de la lengua, “obstruccionó”, los elevadores y las escaleras...o sea que me quedé atrapado en mi despacho, para no hacerles el cuento largo.

Tampoco se puede subir a la azotea, porque las estaciones de radio que tienen sus estudios en el inmueble, decidieron instalar tantas antenas allá arriba, que es imposible salir por ahí.

Con todo ello, comencé a sentirme algo abrumado por el calor y la densidad del aire, si es que puede llamársele aire a eso que respiramos ahí adentro. Claro, también cierta ansiedad ante la perspectiva de morir abrasado.

Decidí romper el vidrio con lo primero que tuve a mi mano. Cuando los cristales volaron en pedacitos, experimenté una sensación de alivio superlativo. Las ráfagas de viento me pegaban en el rostro, penetrando en la camisa, mientras me despeinaban y hacían volar la corbata, por cierto una corbata de seda de las que nunca me gustaron.

Los ojos segregaban lágrimas ante la intensidad del viento, aunque antes de que pudiera razonar sobre ello, me di cuenta que el fuego me consumiría en poco tiempo.

Sinceramente, me estaba quemando los pies...

Opté por lanzarme al vacío... si hay quien se avienta desde la cascada o inventa osados trampolines para caer en la alberca... bueno, aquí ni siquiera tenemos una fuentecita que nos sirva de sucedáneo... es que...

Pero bueno...

Es la primera vez que me agrada haber trabajado en este edificio tan grande, al menos me ha dado tiempo para contarles mi historia.

Déjenme decirles que ha resultado agradable la caída libre desde el piso 58, más allá del miedo, más allá de los temores que aún ahora me provoca la muerte... y, ciertamente mi cabeza que se estrellará contra los adoquines... he podido sentir por primera, por única ocasión, como que puedo volar, como que...

Pero bueno, qué más les puedo decir...


LA CONSIGNA

A las diez de la mañana, invariablemente y con rigurosa puntualidad, el gordito dejaba de limpiar y acomodar libros, o cualquier otra cosa que estuviese haciendo en ese momento, para acudir al cuartucho de la limpieza, localizado en el segundo piso, atrás del montacargas. Junto con los otros empleados de la biblioteca, acomodaban una pequeña mesa, en ella colocaban su parrilla eléctrica y se preparaban un generoso almuerzo. Sin embargo, la práctica les duró poco tiempo, pues los olores de fritangas, salsas, condimentos y algunas otras cosas, se extendían a lo largo de la sala de lectura, distrayendo la atención de estudiantes y profesores. A cambio de ello, consiguieron una hora a media mañana, con el mismo propósito, pero esta vez en la cafetería de la universidad.

El gordito había llegado a la biblioteca cuando cursaba la mitad del bachillerato. La crisis, el desempleo, algún problema familiar, lo obligaron a compartir sus estudios con el trabajo y, al poco tiempo, a abandonar los primeros para concentrarse en el segundo.

Le gustaba comer y lo hacía en abundancia. Ciertamente gozaba de buenas habilidades para preparar adecuadamente los alimentos.

Se trataba de una persona con proporcionales dimensiones a lo alto y a lo ancho, si bien el cinturón le dividía en dos el abdomen. A menudo se le reventaba el broche del pantalón. Las camisas mostraban una abertura considerable entre un botón y otro, por donde se asomaba la textura de sus camisetas. La bata que utilizaba en el trabajo, no le cerraba.

Fue un trabajador destacado, como destacado había sido en sus estudios. En su primera semana como asalariado, se había afiliado al sindicato y a las pocas reuniones en la sección correspondiente a la biblioteca, emergió como líder y luego como delegado ante la asamblea general.

Su entusiasmo lo llevó a destacar en todas las actividades, como orador, a la hora de redactar comunicados, al momento de escribir los petitorios, cuando había que imprimir volantes, en el instante de salir a botear por las calles... resultaba más efectivo que incendiario y en la actividad sindical era disciplinado al extremo.

Estallada la huelga, la primera en la cual participaba, se enlistó a todas las guardias y, desde luego, fue el cocinero oficial. Por las mañanas, acudía a las comisiones que fuesen necesarias, o a los boteos hasta que su alcancía estuviese llena. Por las tardes, en las marchas, le gustaba ir adelante de sus compañeros de la biblioteca, como encabezando la delegación. Cargaba una gran pancarta y rebosante de orgullo gritaba: “burgueses güevones, por eso están panzones!!!”


EXTRAVIADO

El avión avanzaba por la misma ruta que había recorrido diariamente, varias veces al día, desde hacía quince o veinte años, cuando apenas había salido de la fábrica. En su interior, los pasajeros cubrían casi la totalidad de los asientos, en el distendido viaje que daba por terminado el fin de semana pasado en la metrópoli.

Afuera caía el sol sobre el horizonte, en el caprichoso comportamiento que adoptaba el astro en las proximidades de los polos. El aire transparente se enfriaba con el viento que remarcaba su presencia. Nada perturbaba la visibilidad, ni una sola aeronave acompañaba al viejo avión en las proximidades de su ruta o en las cercanías del espacio aéreo por el cual navegaba.

En tierra, el aeropuerto estaba vacío.

Nadie aterrizaba, nadie esperaba despegar.

Tampoco había gente en los miradores, ni en las terrazas, ni en los pasillos, ni en los vestíbulos. El personal de aduana se hallaba ausente, lo mismo que los oficiales de migración. Apenas unos maleteros que esperaban ayudar a alguno cuyo equipaje fuese desmedidamente pesado.

-Dónde hay un teléfono? –preguntó el pasajero y tras la respuesta del estibador, el mismo cargó su equipaje hasta una de las esquinas del vestíbulo del puerto aéreo, para descolgar la bocina y marcar un número en el que nadie contestaba.

-Dónde puedo cambiar dinero? –volvió a preguntar el viajante tras desistir de sus intentos por encontrar a alguien al otro lado de la línea telefónica. Una nueva mano le señaló el único sitio abierto en esas tempranas horas de la noche, apenas obscurecidas, para transformar sus divisas internacionales en dinero del país. Con sus maletas a cuesta, atravesó el enorme vestíbulo para formarse en la cola de la casa de cambio.

Si alguien hablaba o si por los altavoces se propagaba algún sonido, él no los oía. Sus tímpanos estaban hinchados y apenas podía distinguir un rumor leve que se esparcía por el aire, sin distinguir su procedencia, pues no veía más gente que aquella que tenía delante suyo o esos otros a quienes había dirigido sus preguntas.

Un pequeño niño harapiento, de piel obscura tanto por la genética como por el dilatado tiempo que llevaba sin bañarse, murmuró algo que le pareció incomprensible.

-Perdón? –le dijo tratando de que su interlocutor repitiese la pregunta, mientras acercaba su oído a la boca del muchacho. Comprendió que el niño pedía limosna, o dinero para que no suene tan despectivo. El viajero le solicitó tiempo para poder cambiar sus divisas. Salido de la caja, el infante interrumpió su paso con la esperanza de que cumpliese la promesa, o al menos su sentencia que posponía la donación hasta disponer del efectivo utilizado en el país.

-Ah, lo tuyo! –exclamó el pasajero mientras guardaba sus billetes. Le dio unas tres o cuatro monedas de diez y de cinco pesos. El niño se lo agradeció sonriente. El viajero correspondió. Peinó con su mirada el sitio y cuando se disponía a caminar hacia los taxis, fue interrumpido nuevamente por el muchacho, quien deseaba reiterar su agradecimiento; situación en la cual el viajero debió pegar nuevamente su oreja a los labios del muchacho para alcanzar a comprender el mensaje por estos emitido.

Varios días más tarde, el pasajero convertido en recién llegado, encontró refugio en la casa de los abuelos, en la playa, a 200 kilómetros de la urbe a la cual había llegado. En esa propiedad, recibió a un sujeto que entró al jardín preguntando por el ama de casa. Caminaba con energía, suelto, desbordando confianza en sí mismo, pletórico incluso. De una de sus manos colgaba una maleta deportiva, con el cierre abierto, por el donde rebosaban algunas bolsas transparentes. Se detuvo ante el recién llegado. Se presentó con palabras pronunciadas de forma tan rápida que era imposible entenderlas. Extrajo un artilugio de color naranja y blanco, que servía como extensión de luz, con contactos múltiples, enrollable, hasta un metro de largo y con clavija intercambiable; aunque el aparato en cuestión sólo tuviese una.

Ninguna maravilla el artilugio, endeble, mal terminado, con un cable fino como el de los foquitos del árbol navideño, aunque divertido gracias a su mecanismo de enrolle. Antes de que el recién llegado pudiese decir nada al respecto, el vendedor pronunció otro discurso sobre su situación económica, sus hijos, la alimentación de estos, para finalmente, esgrimir la palabra clave en su estrategia: ayuda!

El recién llegado preguntó por el precio.

Por respuesta obtuvo un modismo muy extraño que le hizo suponer que costo de aquel artificio sería dos tercios más barato de lo que en realidad era. Le extendió un billete al vendedor, este le repitió el modismo para transformarle por completo su idea del precio. El recién llegado se disculpó y luego corrigió su error, pagando la diferencia entre una y otra cifra.

Recibido el dinero, el vendedor expresó otro discurso ininteligible mientras prometía devolver la ayuda en caso necesario. Abandonó el jardín con el mismo entusiasmo con el que había entrado, alzó su mano como quien se despide de algún amigo y sus pasos lo llevaron a perderse en los jardines de las otras casas, en donde también preguntaba eufórico por el ama de casa correspondiente.

En la puerta de la casa, el recién llegado examinaba el producto asaltado por todas las dudas que había intuido antes de pagarlo. Se imaginó que le sería útil pues su despertador, su radio, su rasuradora, contaban con enchufe de patas planas, en lugar de las redondas adoptadas por las instalaciones eléctricas en el país. Pero en el fondo, al recién llegado le turbaba el desembolso de semejante cantidad, pues estaba seguro que en algún momento, no muy lejano, habría de desembolsar una suma análoga para solucionar los problemas que el artilugio no lograría resolver.

Pasaron unas semanas, el recién llegado había encontrado cobijo provisional en casa de unos conocidos, amigos de su familia. Se encontraba tranquilo, aunque todavía debía recorrer un largo camino dentro del país para saberse a salvo.

Salió a pasear por los alrededores de la casa que habitaba, en busca de algo, de algo que le permitiese seguir su vida en el país o de algún conocido o simplemente para ir explorando la tierra a la que había llegado y calibrar la compatibilidad entre la realidad y sus deseos; en especial sus pretensiones por concurrir a la universidad para estudiar psicología.

De su recorrido regresaba con paso satisfecho, con el horizonte tan amplio como el que es posible observar sentado frente al malecón.

Tras atravesar la calle, una cuadra antes de la residencia en la cual habitaba, se le emparejó un anciano, igual a cualquier otro anciano en esa tierra prodigiosa por el número de quienes han ingresado en la senectud.

Algo le dijo.

 El recién llegado algo le contestó.

Caminaron juntos unos pasos. El anciano le comenzó a relatar sus vivencias durante la dictadura, cuando estuvo detenido en algún cuartel del ejército o en alguna jefatura policiaca. Nunca lo torturaron, aclaró. En cambio, lo pusieron a cavar agujeros, a limpiar la tierra extraída, a cargar las piedras, a llenar sacos, a pelar papas, a lavar los platos, a limpiar la cocina, a trapear los pisos; tareas que debía ejecutar con premura, todos los días, desde antes del amanecer hasta las últimas horas de la jornada.

El anciano buscaba empleo, pero su avanzada edad servía de pretexto para rechazarlo.

Le pidió dinero al recién llegado, este extrajo de su cartera cien pesos, algo considerable para entregárselo como ayuda a un desconocido. El anciano siguió hablando, de su vida, de su familia, del país, de cualquier cosa. Caminaron juntos unos pasos más, bañados por el calor del verano.El anciano le pidió un poco más de dinero, disculpándose por si ello pudiese resultar abusivo de su parte. El muchacho le entregó otros cien pesos y el anciano siguió hablando mientras ambos caminaban hacia la siguiente esquina. Se detuvieron en ella. El anciano tomó aire, volvió a disculparse y volvió a solicitar “un poco más”. El recién llegado extrajo cincuenta pesos de su cartera y se los entregó al anciano.

Cinco meses más tarde, arropado en una residencia universitaria, que en realidad era una mísera pensión aprobada por las asociaciones de estudiantes a cambio de que cobrasen tarifa preferencial a los agremiados, inmerso en los cursos que debía estudiar, apremiado por las llamada evaluaciones de la mitaca, el muchacho logró acceder a sus parientes; los mismos que nunca contestaban el teléfono.

Hallábase en medio de una emergencia.

Solicito ayuda.

Le sugirieron acudir al psiquiátrico, pues el cuadro que presentaba, le dijeron, era muy grave. Viéndose sin muchas alternativas en su vida, pensó que aquellos tendrían razón. Aceptó acudir al hospital especializado en salud mental, con la esperanza de encontrar ahí el socorro pretendido.
Recorrió un pasillo frío y oscuro para llegar a una sala cuya apariencia sólo podía describirse con la palabra repugnante. Se acomodó. Siguió las rutinas y las indicaciones médicas. Se bañó con agua fría, comió el engrudo que le servían, vistió la ropa que nunca lavaban y se tendió al sol durante las horas en las cuales los pacientes permanecían en el patio.

Convencido que se trataba de algún error, pues no veía mejoría alguna en su persona, intentó hablar con los doctores para abordar el asunto. Ante la negativa de estos, intentó persuadirlos para que llamasen a sus familiares. Sin respuesta, buscó a una enfermera para que fuese ella quien avisase a sus parientes. Su última esperanza fue convencer a una practicante para que hurgase en los archivos, pues el tratamiento recibido dentro del nosocomio lo sumía en una confusión cada vez mayor.

La estudiante regresó días más tarde con la noticia que en su expediente, identificado con el número de la cama en la cual dormía, figuraba como un indigente recogido en la calle, no había ningún familiar, ni dirección, ni teléfono; ni siquiera aparecía el nombre del paciente.


página 3/4 Continúa 4/4