EL ÚLTIMO PASO

Caminaron hacia el teléfono público despacio, a través de la cálida noche en una de las últimas jornadas del verano. El cielo se hallaba despejado. La calle vacía, mostraba orgullosa su viejo empedrado, protegida por las edificaciones igualmente añejas de un barrio que nunca pudo considerarse como muy favorecido. Los dos jóvenes, apenas distanciados por doce meses de edad, iban abrazados, ceñidos el uno al otro, prodigándose las caricias que el paseo en medio de la noche les permitía.

No era la primera vez que se encontraban en situación similar.

Hasta minutos antes de emprender el camino al teléfono, él había buscado la cercanía de ella, se había sentado a su lado, había recostado su cabeza sobre la de ella, le había hecho piojito...

Disfrutaba su proximidad. Tanto, que en esos momentos se apoderaba de él una intensa y prolongada sensación de vahído. Emociones indescriptiblemente placenteras, al menos mientras ella se mantuviese cercana a él.

Unos días atrás, habían disfrutado juntos del masaje de las olas sobre sus cuerpos, de las caricias del sol sobre la epidermis tendida encima de la arena suave, de la ilimitada vista ofrecida por el mar abierto y del trayecto abrazados al regresar de la playa con el ocaso del día.

Terminada la llamada telefónica, mediante la cual él señalaba que pernoctaría en la casa de ella, ambos suspiraron con tanta discreción como profundidad y caminaron el sendero de vuelta a casa.

Dentro del hogar, habían gozado una agradable cena, ellos dos, la hermana de ella con su pareja, los amigos y amigas con quienes se regocijaron en los placeres del mar. Llegado el momento, todos emprendieron el vuelo, pues debían despertarse temprano a la mañana siguiente. La hermana y su pareja se fueron a dormir.

Quedaron ellos dos solos.

Platicaron.

Se acariciaron todo lo que la discreción les permitía, atrapados entre la indecisión y la timidez. Incluso entre esa apariencia de lejanía que deseaban mostrar frente a sus sentimientos más sublimes.

Algo de ello influyó en su actitud camino a casa, porque se veían con intensidad, con profundidad, hablaban de cualquier cosa, suspiraban; pero ya no se abrazaban.

De nuevo en el hogar, tardaron poco en ordenar los desacomodos de la cena y se dispusieron a dormir.

Ingresaron juntos en el baño, nuevamente abrazados. Ella se lavó los dientes, mientras él hacía bromas sobre la tina de concreto, el calentador instantáneo de agua, el ruido que provocaba la anciana tubería al abrir una de las llaves. Ella reía con profusión. Él pensó en orinar en su presencia, al fin de cuentas ya se conocían... cuando él cumplió dos años, ella fue la última en retirarse de la fiesta por lo cual coincidió con el festejado, desnudo, en el instante de su diaria perfusión. Lo observó detenidamente, le llamó la atención el principio de hernia en el ombligo, que provocaba que este se viese como una protuberancia. Salida de la sorpresa, siguió bajando la vista para exclamar, mucho más sorprendida, la existencia de un segundo ombligo al cual jaló como si se tratase de una cuerdita... pero los veinte años de distancia entre un acontecimiento y otro, lo inhibían sobremanera.

Ella se fue a su recámara y él realizó sus necesidades fisiológicas con la privacidad correspondiente.

Al salir del baño, ella lo llamó.

Le preguntó si reconocía los muebles de la habitación, los mismos que había en la casa donde ocurrieron los acontecimientos de la más tierna infancia.

Platicaron largamente.

Ella empijamada, bajo las cobijas, envuelta en las sábanas. Él sentado al borde del lecho. Vestido. En algún momento, él la abrazó, así como estaban, buscando reciprocidad en sus actos. No encontró lo esperado. La platica continuó hasta que el reloj marcó las cuatro de la mañana. Se durmieron. Ella en su recámara, él en la correspondiente a su hermana.

Apenas cuatro horas después, él se despertó y acudió a la cita que tenía prevista.

De su cabeza no podía despegar la imagen de ella en todo el día, ni en los días siguientes.

La buscó, llamó a sus familiares, habló con sus amigos, le escribió. Convencido que debían recorrer el último paso del largo camino transitado hasta la noche de autos y, de ser posible, continuar uno junto al otro hasta diluirse en el curso del tiempo.

Ella dio curso al desahogado transcurrir de los días, de las semanas, de los meses.Muy tarde y casi por casualidad, aceptó a responder una de sus cartas. Tras ella, sus vidas jamás volvieron a cruzarse.


SOSPECHOSO

Al llegar a casa, en las últimas horas de la tarde, el veterinario se encontraba exhausto. Había iniciado el día con el amanecer, incluso antes, al salir junto a su padre en busca de alguna presa digna de cazar. Atravesaron los cerros, descendieron por la ladera, llegaron al río, para luego regresar a la huerta familiar con una cantidad de presas significativa; en especial si se considera que eran únicamente dos personas. Ellos mismos limpiaron la caza y la dejaron lista para asarla a la hora de la comida, o para congelarla en espera de una mejor ocasión. Después limpiaron minuciosamente las armas, en eso y en las disquisiciones filosóficas sobre la contradicción entre curar animales y la afición cinegética, se les fue la mañana entera.

La mentada huerta se hallaba perdida en un paraje enclavado entre las montañas, al borde de un camino de tierra, pedregoso y angosto, que conducía a alguna parte. Era un terreno modesto a pesar de su apreciable extensión, comprado por sus padres con la intención de pasar los últimos años de su vida recogiendo las frutas de los árboles. La producción era excesiva para los dos ancianos, aún después de vender casi la totalidad a los comerciantes de la zona, por ello repartían una cantidad considerable entre sus cuatro hijos. Al veterinario, que además era el mayor, le toca acudir periódicamente a recoger el regalo paterno, además de repartirlo entre sus hermanos cuando llegaba a la ciudad.

A él le agradaba viajar por los caminos serranos. Atravesarlos en su camioneta de doble tracción, equipada con una caseta de aluminio, vehículo que le resultaba indispensable para llegar a los ranchos ganaderos, localizados en un radio de 250 kilómetros de la capital, donde proporcionaba sus servicios como supervisor de la Cooperativa Nacional de la Leche.

Tras la comida, el veterinario jugó pin pon y ayudó a su madre en la cocina. Luego empacó la fruta en cajas y cargó estas en la camioneta, para emprender el camino a casa cuando la tarde se encontraba en su cenit.

Estacionó la camioneta en la puerta de su hogar. Agotado, descendió de ella y careció de energías hasta para saludar a los vecinos de la cuadra. Se introdujo en la casa, se bañó y se fue dormir, pues al día siguiente debía madrugar para visitar unas retiradas instalaciones lecheras.

Ya descansado, con las energías que lo caracterizaban, descargó las ocho cajas de frutas cuando la noche se encontraba próxima a morir. Desayunó lo de siempre y emprendió su jornada laboral.
Una semana más tarde, un comando antinarcóticos irrumpió en su hogar mientras el se hallaba preparando el desayuno. Una cascada de improperios le impedía entender el mensaje del comandante, o al menos del sujeto que coordinaba el operativo. La mitad de los elementos había caído sobre el veterinario y la otra mitad le apuntaba con sus armas. Gritaban de todo, incluyendo el complicado nombre del decreto que fundamentaba sus acciones: “ley para la protección interior del país, contra el narcotráfico, la salvaguarda de la sociedad y su juventud y el mantenimiento del orden”, que resumía la nueva estrategia del Poder Ejecutivo para luchar contra “el crimen organizado, el terrorismo, la delincuencia y el narcotráfico”, según repetían todos los noticieros desde la promulgación de la ley; en realidad, no era más que la respuesta a la ola de violencia desatada en las zonas de producción y distribución de los enervantes.

El comandante, un enanito que a pesar de sus deseos no podía ver a nadie por encima del hombro, masticaba el idioma mientras intentaba hablar de sus cómplices, de los grupúsculos capturados, de los vecinos que observaron toda la operación y luego agarró la abundante melena del veterinario, le sacudió la cabezay le exigió la entrega de las armas... o lo que fuera que tuviesen las cajas que había escondido en esa misma casa y que estaba destinado al narcotráfico, a sembrar el terror en el país y, haciendo un gesto inverosímilmente retorcido, agregó: “a envenenar a nuestra juventud!”


COMPETENCIAS

El nadador caminó hacia el extremo de la alberca, con una tranquilidad impresionante; como personificando la idea misma de serenidad. Era su última prueba. A la cual se había inscrito con ánimos de probar sus capacidades en una distancia nunca recorrida por él, pues su especialidad no estaba en las competencias de medio fondo, sino en las de velocidad; donde siempre alcanzaba los primeros sitios. Ciertamente, había un incentivo adicional, porque de alcanzar la medalla de bronce, al menos, su equipo, el de la Alberca Piscis, lograría conquistar el Campeonato Nacional de Clubes.

A lo largo del año, la Alberca Piscis había acumulado tantos puntos, gracias a las victorias de sus deportistas en diversas competencias, que sacaba suficiente ventaja a su más cercano rival; como para que bastase con un nadador en tercer sitio.

El profesor Zacarías, desde las tribunas, veía al nadador inmortalizado en las vitrinas de su club, junto a él desde luego, los dos abrazados, alzando el trofeo; la más memorable de las fotografías que se hubiese tomado en las competencias de natación.

La historia era larga, se remontaba a los tiempos en que el profesor Zacarías era apenas un estudiante atrapado en la adolescencia. Un nadador apasionado cuyo máximo anhelo era participar en las olimpiadas. Sin embargo los tiempos realizados en la alberca lo dejaban unas centésimas abajo de quienes integraban el equipo olímpico. Cuatro años después, le ocurrió lo mismo. Pero finalmente, cuando los juegos se realizaron en el país, pudo formar parte del equipo de natación. Su cita con la historia ocurrió en el carril ocho y quedó unas décimas atrás de quienes pasaron a la sucesiva rueda eliminatoria. Para las siguientes olimpíadas, unos segundos lo separaron de los buenos y después, su edad resultó demasiado grande como para participar en las justas deportivas.

Intentó entonces presidir la Asociación Nacional de Natación.

En cada elección se presentaba con un programa distinto: natación para todos, natación inicial, natación para niños, natación en las escuelas, natación para jóvenes, natación de alto rendimiento, natación para adultos, natación para ancianos, natación de excelencia, natación para...

Organizaba fastuosos desayunos, ambientados al último grito de la moda y adornados con bellas edecanes; pero nada de eso le arrojaba al éxito. Aburrido, cansado, resignado, comprendió que si quería hacer algo en la vida, como le señalaban los libros de superación personal que tanto leía, debía convertirse en el director, el productor, el actor principal y hacer su propia película. Así, fundó la Alberca Piscis, una asociación civil en la cual él figuraba como presidente, secretario, tesorero, vocal y único socio.

Sin embargo, para financiar el negocio, el profesor Zacarías debía ofrecer las instalaciones de su alberca para cumpleaños infantiles, para el festival del día de las madres, para bodas o para festejar a las quinceañeras que cumplían quince años, como él mismo llegó a decir el día que le tocó fungir como lúcido maestro de ceremonias.

La suerte del profesor Zacarías cambió, no obstante, cuando la marca Pajarito Deportes decidió patrocinar el Torneo Nacional de Natación para Ancianos, que después se llamó para adultos, luego le pusieron el título de aficionados y finalmente, en un superlativo alarde de promoción de la lengua castellana, decidieron denominarlo como categoría “masters”.

Las vitrinas de la Alberca Piscis se llenaron de trofeos, reconocimientos, diplomas, medallas; hasta las notas de los periódicos eran enmarcadas... sólo faltaba ganar el Campeonato Nacional de Clubes, convertido en el sueño dorado del profesor Zacarías desde hacía algún tiempo.

El nadador se relajó lo suficiente. Estiró los músculos como indicaba el entrenador cada mañana. Observó la prueba. Advirtió que nadaría en el carril seis en la carrera número ocho de las diez en que se realizaría la prueba. Sereno, enfiló hacia la alberca, pero al percatarse que aún se encontraban en la carrera número tres, decidió acudir a sus compañeros en busca de consejos prácticos para ejecutar la prueba. Si debía iniciar con fuerza o guardar energía para el final, si debía apretar desde la mitad de la distancia o en las últimas vueltas... en fin, cualquier consejo que fuese útil para salir airoso de su reto y darle a la Alberca Piscis el único trofeo que le faltaba, o al menos el único que aún codiciaba el profesor Zacarías.

Con una envidiable sensación de plenitud, el nadador tomó posición en su carril.

En el agua, otros competidores completaban una de las tantas vueltas necesarias para cubrir la distancia indicada. Sólo por confirmar, preguntó a uno de los cronometradores si la siguiente sería la carrera número ocho.

-No! Está en curso la número diez, la última.


UN POCO DE ADEREZO

Era un pueblo pequeño, perdido sobre la costa, apenas descubierto por las revistas de excursionismo y, en tal virtud, destino de osados vacacionistas. Para llegar a él, el sujeto atravesó la montaña y descendió por la cañada siguiendo el arroyo, a lomo de burro por unas brechas casi devoradas por la vegetación circundante, ayudado por uno que hacía las veces de guía. Llevaba dos meses viviendo en una ranchería en medio de la sierra, donde realizaba el trabajo de campo necesario para alcanzar el grado de doctor en antropología.

-Me siento casi realizado... realizado... plenamente realizado... extraordinariamente realizado... -decía, cada vez que el alcohol comenzaba a circular por su sangre.

 

 El proyecto avanzaba adecuadamente, la comunidad lo había aceptado sin reparos, apenas se notaban diferencias entre él y los campesinos del lugar. En la intimidad, llegaba a confesar sus deseos por quedarse el resto de su vida ahí, para estar junto a las congregaciones campesinas que tan interesadamente había estudiado desde sus tiempos de alumno en el bachillerato.

Que si eran reales los problemas que en la ciudad sólo aparecían como meras estadísticas, para él se transforman en grandes retos, nada más!

-como las penurias sufridas durante el camino... nada a lo que uno no se pueda enfrentar!
Al llegar al pueblo crecido en el confluencia entre el río y el mar, el guía y los burros se fueron a cumplir con sus menesteres. El antropólogo sintió la brisa golpeando su rostro como un llamado a recorrer la playa, a caminar despacio sobre la arena, respirando un aire que le parecía novedoso; inédito. Uno y otro, acordaron verse en ese lugar a cierta hora.

La aventura lo dejo hambriento.

Una sensación extraña que lo llevaba a añorar, sentidamente, los platillos hechos en casa por mamá.
-Tanto amor que les ponía...

Si fuese confesión, hubiese agregado que él era una persona de buen diente, le encantaba comer y hacerlo bien, en abundancia, frente a una mesa amplia y generosamente servida; el único punto en el cual trocaría a sus amadas ciencias antropológicas por un puesto de catador real, o incluso papal; pero como nadie se lo había ofrecido, pues no le quedaba más que la antropología como camino a la realización existencial.

Encontró una fondita nueva, quizás fruto de los cambios provocados por el desarrollo, pobre todavía, del turismo en la localidad. De cualquier forma, le agradó el negocio, montado bajo unas palapas sobre la arena de la playa.

Apareció un sujeto de aspecto indescriptible, que le sugirió la carne asada; “una porción muy grande de carne, suave y jugosa”, preparada con los métodos tradicionales de la región y que además resultaba muy demanda, según decía el hombre.

El antropólogo aceptó la sugerencia, pero cuando el plato llegó a su mesa, observó algo que a la vista parecía suela de zapato. Estaba dura. No había jugo por ningún lado y despedía un aroma desagradable. Intentó probar un pedazo y descubrió que la carne se encontraba en estado de putrefacción. Controló sus reacciones fisiológicas y arañando serenidad de donde pudo, llamó al fulano que le había recomendado la carne.

-Sí eh... -dijo el hombre.
-Entonces?
-Sí eh... el olor... como que no es agradable, verdad?
-Y?
-Sí eh... el aspecto... como que tampoco, verdad?
-Bueno...
-Sí eh.... pero que raro... siempre nos ha salido tan bien...
-Bueno, pero haga algo!
-No se preocupe...

El individuo de aspecto difícil de describir, fue hasta la cocina, agarró un frasco de mostaza y regresó junto al antropólogo. Sobre la carne, untó el condimento formando unacapa amarilla de considerable espesor. Cerró el frasco y le dijo al comensal.

-Listo... ya se la puede comer!


CAMBIAR DE VIDA

En la glorieta de la casa, el Mercedes negro aguardaba con el motor encendido y la puerta trasera abierta, sujetada por un chofer quien disimulaba su vulgar apariencia en el traje que su cargo le obligaba a usar. El doctor salió de su casa, atravesó el pórtico y antes de introducirse en el vehículo, le entregó su portafolio de piel al conductor. Con la ventanilla abierta, se despidió de su esposa. El chofer rodeó el auto, abrió la puerta trasera del lado izquierdo para depositar el portafolio sobre el asiento y tomo su lugar frente al volante. El Mercedes avanzó despacio mientras alcanzaba la salida de la propiedad, donde un vigilante abría la puerta y hacía señas para despejarle el paso al automóvil en su salida. Sobre el fastuoso bulevar, en el punto más alto de la ciudad, el doctor disfrutaba intensamente su vista sobre el valle entero. Le gustaba avanzar rápido en la pronunciada bajada de la calle, continuar por el lujoso paseo hasta la fuente de la independencia, doblar hacia la derecha, luego tomar un pequeño callejón para desembocar a las puertas de su clínica. A veces descendía en la entrada, como presumiendo su éxito ante la clientela y los empleados. Otras prefería bajar al primer nivel del estacionamiento, apearse en el apartado para ejecutivos y tomar el elevador privado hasta su despacho en el último piso de la torre.

Se trataba de su orgullo profesional, después de años de maltrato en los cursos de licenciatura y de especialización, las largas jornadas de prácticas y entrenamiento, los penosos esfuerzos por alcanzar los méritos que exige la profesión.

Nunca fue una persona destacada en su campo, ni como alumno, ni como médico primerizo. Aprendía, sorteaba los obstáculos, cumplía, pero no había nada que lo estimulase, que compensase sus esfuerzos; a menudo desmedidos. Pasó meses estudiando el cuerpo humano en busca de su sección más sencilla, la que le exigiese el menor esfuerzo posible, la que le permitiese vivir tranquilo. A punto estuvo de anclarse como médico general, encerrado en un consultorio cualquiera, ansioso por examinar la caja al término de la jornada.

Pero los apuros financieros de un compañero lo llevaron a descubrir sus sobradas habilidades en el terreno de la administración.

Montó una modesta consulta junto a algunos colegas, en la cual ejerció su profesión durante cierto tiempo, hasta que comenzó a aislarse paulatinamente en los aspectos económicos del consultorio. Sus trabajos permitieron ampliar el dispensario, mudarse a una casa y convertirla en un sanatorio pequeño. Después alquilaron un edificio. Se fueron a una torre médica por algún tiempo y cuando amasaron el capital suficiente, decidieron construir su propia clínica: un lujoso inmueble de doce pisos; su orgullo!

Por primera vez en su vida, podía delegar suficientes funciones en su personal. Llegar a la oficina a las diez, realizar el trabajo ejecutivo más ligero, retirarse a comer, reposar en el solarium junto a su despacho y llevar una agitada vida social; su nuevo placer.

Cuando las condiciones se lo permitían, le gusta acudir al departamento que le había regalado a su amante, a pocas cuadras de la clínica, pero la larga lengua del chofer, lo obligaban a tomar sus recaudos.

Se esbozaba una sonrisa en su rostro, acompañada de un profundo suspiro, al saberse próximo a su fastuoso inmueble.

Repentinamente, de un callejón perpendicular al que desembocaba frente a la torre, apareció un vehículo pequeño de color claro que le cortó el paso al Mercedes. El chofer apenas atinó a pisar el freno antes de estrellarse contra el pequeño automóvil y arrastrarlo unos metros.

Ninguno de los ocupantes del lujoso auto negro comprendió lo sucedido.

Estaban rodeados de personas armadas.

De alguna forma, los ágiles movimientos de esas personas en el estrecho callejón lograron colocar una capucha sobre la cabeza del doctor y un certero golpe dejó al chofer abatido sobre la bolsa de aire del volante. El doctor, llevado por aquellos, caminó rápidamente hasta introducirse en una vagoneta, donde lo amordazaron y le amarraron manos y pies; después un poco de cloroformo terminaría por desconectarlo de la realidad. Los secuestradores lo introdujeron en la funda de una tienda de campaña y lo condujeron a la casa de seguridad en algún punto de la urbe.

Yacía sobre un colchón individual, cubierto por una manta. Sus ojos se deslumbraron ante el pequeño foco que colgaba del techo, para él un potente reflector. Su cabeza cayó vencida. Repitió los movimientos varias veces, hasta descubrir que a su lado había un vaso y una jarra llena de agua. Sentado, con la espalda recostada en la pared, se percató de la existencia de un tambo, quizás para satisfacer sus necesidades. Vio un repisa y sobre ella un tazón, una pequeña toalla y otra jarra, grande. El espacio era diminuto, parecía el armario de una residencia antigua. Las paredes, la puerta, el techo, se hallaban cubiertos por cartones de huevo cuyas cavidades se habían rellenado con periódico; como para aislar el entorno.

Lentamente, el doctor fue entendiendo que aquellos fugaces sucesos del callejón derivaron en un secuestro y esperó pacientemente a que le informasen sobre su situación, sereno, sin temores, sin odios.

Tras la puerta apareció una figura vestida de negro; chanclas chinas, calcetines, mameluco, capucha y guates negros. Le informó que se hallaba en poder del movimiento anarquista más grande del país, le presentó el nombre, la bandera, el lema de la organización. Le explicó sus objetivos, su largo trabajo teórico, razón por la cual llevaban casi un decenio sin realizar acción armada alguna, para terminar señalando el objetivo de su secuestro: dinero.

El doctor meditó unos minutos, preguntó por las comodidades, por el trato dispensado a su persona y pidió papel para escribir una misiva a su esposa.

Del cuaderno que le proporcionaron fue arrancando una hoja tras otra, escribía largos párrafos, oraciones, palabras inconexas y arrugaba la hoja mientras se hundía en una profunda confusión. La ansiedad parecía haberse apoderado de él, aunque la idea de morir le resultaba ajena, absurda inclusive. Hubo de pedir otro cuaderno, pues el primero terminó regado por el armario. Sus ideas permanecieron en la confusión, quería escribir, escribirle a su esposa, decirle algo importante, pero sus palabras parecían tener otro destino. Más aún, a su cabeza llegaban vocablos y giros gramaticales que jamás había utilizado con ella.

La negra figura lo sorprendió nuevamente, aunque su voz era distinta, más joven, menos experta tal vez. De ella, el doctor recibió una charola con alimentos y la oferta de recogerle la misiva. El médico comentó sus dificultades para escribir, hizo una pausa y preguntó por los trámites para su rescate. Luego indagó sobre la suma que los secuestradores esperaban obtener. La inexperta figura negra adujo problemas de jerarquía y se retiró.

Muchas horas después, apareció la primer figura negra. Le señaló al doctor que el recinto fue acondicionado para mitigar las molestias del huésped, no se trataba de lastimar a nadie, sino de alcanzar ciertos objetivos políticos. El secuestrado se mostró comprensivo, volvió a preguntar por la suma del rescate. Durante un tiempo, la conversación se desvió por senderos personales, de uno y otro lado. Se introdujo en temas filosóficos, en los ideales de uno y de otro, en sus sueños más íntimos. Poco les faltaba para compartir su bebida y brindar a la salud del otro.

Un prolongado silencio los interrumpió.

El hombre del atuendo negro sentenció que el monto al cual ascendía el rescate. Los pensamientos del médico se perdieron por un momento, dirigió su mirada a la capucha y preguntó a su captor si no sería de su agrado obtener hasta cinco veces esa cifra, en la misma moneda solicitada. Advirtió que una sencilla misiva de él, dirigida a su esposa, podría agilizar la llegada del rescate de forma sorprendente; ni siquiera la policía tendría tiempo de rastrearlo.

El secuestrador creyó sentirse mareado, revisó el entorno con su vista, vio al doctor y pensó en retirarse para informar todo al resto del comando. Algo lo detuvo. Se colocó en cuclillas junto al secuestrado. Olvidó toda regla de seguridad. Llevado por un potente sentimiento de curiosidad, fue indagando sobre la vida del médico hasta introducirse en las intimidades más secretas, sin encontrar resistencia alguna en el interrogado. La confianza lo desbordaba. De los labios del galeno salió la historia íntegra de la relación con su esposa, la infancia de sus hijos, un interminable desvarío sobre tíos, abuelos, cuñados, primos u otros parientes, para concluir con la hermosa y juvenil recepcionista que terminó convertida en su amante.

La figura negra quiso distanciarse de su rehén e indagó sobre los mecanismos para hacer realidad tan generosa oferta. Terminada la explicación, el ser vestido de negro corrió junto a sus camaradas para ordenar todo lo indicado por el secuestrado. Los compañeros lo detuvieron. Uno a uno, los miembros del comando acudieron a corroborar la versión de la primera figura de negro. Convencidos de la sinceridad del secuestrado, procedieron a conseguir los pasaportes falsos, la ropa vacacional, las maletas y algunos accesorios solicitados. El doctor, por su parte, redactó las misivas necesarias para conseguir el monto integro en que estaba valuada la torre de su clínica, de la forma más discreta posible; algo que de cualquier forma él terminaría por hacer algún día.

Los cuerpos desnudos nadaban felices dentro de la alberca, bronceados por el sol, acariciados con la cálida brisa del trópico, mientras el calor descendía pausadamente al aproximarse el final de la tarde; para dejar los termómetros en la posición más agradable del día. El vasto jardín le daba el toque de intimidad a la piscina. Y al jardín se lo daba el amplio casco de la hacienda y a este la casi interminable extensión de la propiedad amparada bajo su nombre. Un sitio perdido en el ancho país, al otro lado del globo, diría el lugar común; el lugar más remoto, en medio de la selva, para que nadie llegase a identificarlo...

Sus preocupaciones se habían esfumado.

 Al día le sobraban horas para jugar al cocinero o protagonizar el papel que iba de mayordomo a intendente y que tanto le atraía; antes de optar por sentirse el omnipotente propietario al lado de su amante. En la mañana iría de caza o de pesca, en la noche se refugiaría en sus aposentos para ver televisión vía satélite, como cualquier enajenado de la ciudad. El entretenimiento le resultaba excesivo, actividades que en su vida, en su puta vida como diría él, habría podido realizar; desde el cuidado del jardín hasta la práctica de deportes individuales o a dúo.

Dueño del latifundio, poseedor de las inversiones que le proporcionarían seguros beneficios mes tras mes; apenas habría de consumir unas cuantas horas a la semana para verificar el estado de sus finanzas y cumplir con las obligaciones correspondientes. Ahora que no debía rendirle cuentas a nadie, ni siquiera a su conciencia, invertía el tiempo en disfrutar cada minuto de la vida, con la misma intensidad prestada a la zambullida al lado de su pareja para entregarse a las caricias del agua sobre su epidermis desnuda


ANÓNIMOS

Buenas noches, soy Abelardo Z. y soy sexoadicto. Pues estoy muy emocionado, es que es mi primera vez... o sea, es la primera vez que pasó aquí a la tribuna a curar mis penas... bueno, no es mi primera vez que estoy en esto... este... antes de estar aquí en Sexoadictos Anónimos, pues estuve en Alcohólicos Anónimos... pero mejor les cuento la historia en orden, desde el principio, para evitar que caigamos en confusiones.

Pues lo primero-primero que me ocurrió en la vida, fue que yo tenía mi negocio y pues me iba bien en mi negocio, tenía mi lanita, mantenía a mi familia, hasta tenía mi casa chica y, pues la verdad no me alcanzó para tener amante, como mi compadre; ese guey... o sea, ese cuate si tenía su casa, su casa chica y su amante y con las tres viejas tenía hijos... no ese sí estaba cabrón...

Yo tenía mi negocio y me iba bien, como les iba diciendo, no?..

Pero pues se vino la crisis económica y que mi negocio truena, bueno, pues no tronó-tronó, pero si me fue bien mal, no? Hasta tuve que venderlo... y entonces caí en la perdición.

Le hice a las drogas... este... al chemo, al petate quemado, a las pastas...

En verdad, sólo me gustaron las pastas... la mota... pues soy una persona sana, nunca había fumado en mi vida y pues con la mariguana... pues casi miahogo, y la verdad, pues no más no... al chemo sí le hice, y hasta estaba rico, como que uno se iba imaginando cosas y pues así... como que cosas, no? Me imaginaba un banquetazo, o sea, una comida, de esas bien buenas, que con caviar y toda la cosa... pero luego me dieron unas pastas y hasta mejor, era como otra cosa, como, como... cómo les diré... como que otra cosa en verdad. No sentía nada. Me iba a la azotea de la casa, ahí donde se van todos los viciosos del edificio, me ponía en un rinconcito y ahí todo el día tomando mis pastas con agüita de limón... pura agüita de limón, porque la de jamaica no me gusta y la de horchata, como que muy dulce...

Así me quedé hasta que un carnal de ahí del edificio pues me llevó a lo de Drogadictos Anónimos y pues a puro estar hablando, así como ahorita, y que el padrino y que las juntas, pues se me fue quitando... tengo un pinche vecino... o sea un vecino, que me dice... este... pues el también bien pacheco que era... no pos todavía sigue siendo retebien pacheco el muy hijo de su pu... o sea que sigue siendo pacheco y que cuando yo le hacía al pacheco, pues el como que se me juntaba ahí en la azotea... no eramos muchos, no vayan a creer... mi edificio es tranquilo, vive gente sana... gacho, el de al lado... ahí si está bien macizo el negocio...Pues el vecino este que les digo, que se iba conmigo cuando eramos pachecos, pues que me dice que es que yo les hice caso a esos de que la gira sin drogas... que si es que me creí eso de que el pacheco es débil y la madr... o sea... que si es débil y la cosa... neeel, me caí de ma... o sea, la neta, la verdad, yo na más me fui ahí con un carnal y pues ahí en Drogadictos Anónimos, pues se me fue quitando... fui curando todos mis defectos de carácter y pues se me quito lo pacheco...

Luego que vino esto de las largas distancias, que las nuevas compañías y la cosa... y pues ahí conseguí una chambita... pues no era de lo que yo hacía en mi negocio, pero pude tener mi dinerito y mantener otra vez a la familia.... pues ora si me porté bien y ya no le hice a eso de la casa chica... ya ni me alcanzó pa la amante... entonces... este... pues ya fui un esposo responsable y un padre así como que los hijos pues como que les daba hasta orgullo que uno fuera su papá y pues ahí la iba haciendo, pues de a poquito... y pues yo si estaba bien y si me sentía bien en la chamba... y hasta tenía mis ahorritos, que pa cuando me retire, no?

Pero vino eso que es que la contabilidad creativa que me dijiieron, y pues que truena la empresa de... o sea la matriz que le dicen, no? Y pues la empresa de aquí que también truena y pues que truena-truena, no? Y pues me quedé sin chamba... y como tenía 41 años y todavía soy pasante... o sea, que tengo el 70 por ciento de las materias de mi carrera, no? Y pues con todo eso que tanto te andan pidiendo ahora, pues que le entro al chupirul... y pues ahí estuve chupandole... chupe y chupe... primero que con tequila, luego que con ron y cuando se nos acabó la lana, pues a puro alcohol de caña... nos íbamos en camión de tercera, a veces hasta de moscas, al ingenio de La Colina... uno que está por aquí por Río Chico, adelantito de Jáuregui... y pues ahí comprábamos nuestro tambito de cinco litros y lo traíamos pa’ acá para la casa... el puro alcohol con leche condensada, para que supiera sabrosito... y así hasta que... no esta vez no fue mi carnal... sino que fue... ay, pues ya no me acuerdo... no, si estaba yo retebien pe... pero me llevaron que al Alcohólicos Anónimos y otra vez que el paso uno, que el dos, que te echo humildad, que mis resentimientos, que mis defectos de carácter y así hasta que ya no chupé ni una gota de nada... quedé como quien dice... pues como que curado de espanto...

Y pues así conseguí mi chamba que tengo ahorita ahí en el jardín que rentan para las fiestas y eventos... retebien padrísimo... la neta... o sea... la verdad...

Pero pues mi esposa me abandonó... pues se fue... ya no quiso saber nada de mi y hasta se llevó a los chamacos... que ya están bien grandotes y que la neta, son los únicos que tengo.... pero pues me abandono la muy cabrona... o sea, que ella se fue, no? Que es que le ando echando los canes a todo mundo... y, bueno, pues si... ya no pude aguantar... he pasado por las drogas, por el chupirul... nunca le hice al juego, pues porque la neta no sé, ni de juegos ni de deportes y la lotería, la verdad sí se mi hace muy cursilais, no? Pero... pues lo que sea de cada quien... de todo he salido, así que no hay pe... este... no hay problema... o sea, la neta si tengo el problema del defecto de carácter de la lujuria... la verdad... y pues la neta, que esto de la violencia, de los atentados, de la guerra pues me dejó muy nervioso, muy angustiado, muy triste, muy consternado, muy, muy, muy... no pues yo nunca había visto un muerto... bueno, sí mi agüelita cuando se murió... pero nunca... no, sí... este... luego mi agüelito cuando también se murió y... pero, o sea, no... yo nunca había visto muertos así como los que salen en la telera... o sea en la tele... y que sin piernas... que sin brazos... que sin cabeza... o sea, así que la cabeza deforme y con los sesos regados, que como pa taquitos, no? O sea... este... no, pues no, la verdad, pues no... la verdad que me sentí muy mal, pero super mal, rete bien mal que estuve esos días de los muertos... y pues se lo platiqué a la chava que trabaja conmigo ahí en la puerta del jardín acomodando gente... o sea, yo los apunto ahí en la lista y ella los lleva hasta sus mesas... una chava que la verdad esta bien güena.... tiene unas nalg... o sea, una chavita preciosa, la verdad... si ustedes la vieran... pues con ella me puse a platicar que de todo esto y pues luego que terminó la fiesta... o sea... ahí donde trabajamos, no... o sea... pues después de que terminó la fiesta, pues nos fuimos que a tomar un café y que luego al cine y que luego... pues de plano al hotel, no? O sea, para no hacérselas larga... pues tuvimos nuestras relaciones, no? Pero no se me quitó la angustia y me fui a Neuróticos Anónimos... pero no pude hacer nada, porque platicando con otra chava de la guerra, los muertos y todo eso, pues también terminamos en un hotel co... o sea, teniendo nuestras relaciones. Y pues ya pa... para cuando me di cuenta del asunto, pues ya había tenido mis relaciones con un chin... o sea, con un montonal de gente ahí en Neuróticos... y hasta con hombres.... o sea, no vayan a creer que soy un cochino... no, si era sano... nada más se las mam... o sea que nada más teníamos nuestro contacto buco-genital, como dicen en el programa ese de la sexualidad... ese que sale en la tele... con cond... o sea con el profiláctico como dice la cajita... y pues yo creo que por eso me dejó mi vieja... pues como que no le pasó eso de que anduviera con otros hombres... con viejas, si no hay pe... o sea... problema... pero con hombres... pues como que no, como que le pareció otra cosa, no?

La neta... la verdad, es que esto de ser sexoadicto, pues como que no está tan mal como lo pintan... con la pachequiada, con el chupirul, pues la neta te haces daño a ti mismo, o no? La verdad que eso si es gacho... te haces daño, ya no puedes ir a la chamba, luego la gente te hace el feo, hasta en la tele te andan diciendo que eres débil y la cosa...luego ya nadie no quiere saber nada de ti y pues eso esta muy mal, la verdad... pero... es que la neta, eres un vicioso... un pervertido... no? En cambio como sexoadicto, pues nada más tienes que seguir las instrucciones de Sanidad, para que no te dé que el SIDA, que la gonorrea, que esas cosas que es que dan cuando uno anda cojien... o sea, de sexoadicto. Nada más hay que usar el con... o sea el profiláctico como dice la cajita... no? O sea... es que como no se puede andar hablando que con morbo o la cosa... además las mujeres como que se espantan cuando uno dice condón... bueno, no hay mujeres aquí... pero es que eso me pasó en Neuróticos... pues por eso... mejor decirle como en la cajita y así no hay bronca... no? Pues uno usa esas cosas, luego se baña bien, se lo lava con cuidado... este... para que no haya que ladillas y que esas cosas... pero bueno, tampoco hay que ir con...con... con... pues con las sexoservidoras, les dicen ahora, no? Hay que saber elegir a la viej... o sea, la acompañante... adecuada y con ella vivir su aventura... así con pasión... con gusto... con alegría... con respeto... sanamente... porque pues el sexo es hacer el amor, no? A poco no le dicen así, retebien bonito, no? Pues por eso... así como sexoadicto, pues hasta haces feliz a la gente... discretito, que en el cuarto del hotel, que con tu... y, lo más mejor, es que también te haces feliz a ti... no?

No, pos creo que me va costar un chingo pasar del primer paso... pero, de todas maneras... pues muchas gracias por haberme escuchado...


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