Octubre
2005 Suplemento No.
11 p.
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Acerba hostilidad hacia espíritus Laura Arley -De continuar con tu necedad de participar en el sindicato, lo único que lograras es que te visiten los espíritus para quitarte la piel. Esto era intolerable para la exitosa funcionaria de VIAJESTV, Guadalupe Ferrini, que Carlos Mazoni, el distinguido jefe de vigilancia, para controlar al trabajador Ricalde recurriera a estúpidas supersticiones torturando su psique y creándole fatales complejos. Le dio tal sermón que Mazoni se marchó llorando. Levitando a media altura, como era su costumbre, esa misma tarde, casi de noche, los espíritus se presentaron en la oficina de Ferrini. Quien casi adormilada trabajaba sola y le convidaron unos instantes de desasosiego. Como es sabido, los espíritus adoptan, según los países y costumbres locales, diferentes formas. En la ciudad, desde tiempo inmemorial habían asumido la apariencia de gigantescos seres de ropaje negruzco. A veces, su rostro a medio camino estaba entre el hipopótamo o tapir. A primera vista horrorosos. De observarlos con detenimiento, en forma desapasionada, se descubría, por el rictus bondadoso de su boca y el destello de sus pupilas, relativamente pequeñas, una expresión que podía ser todo, menos malvada. Ante tales circunstancias, de cierta gravedad, podían infundir cierta inquietud e inclusive miedo. Es de reconocerse que cumplían su cometido con discreción. Cuando visitaban a Ricalde ni siquiera lo molestaban, limitándose a penetrar con frecuencia en sus sueños, dada su alta capacidad de soñar despierto, pero dejándole huellas imperecederas. De hecho, Ricalde acogía sin límite de esfuerzo seres monstruosos, debido a que en sus días de descanso desmedidamente veía la televisión, de tal manera que los espíritus deambulaban a su antojo con plena libertad y en plena selva en un Maratón de “Big Brother”, con Niurka y una orquesta conformada por los Simpson. Como es natural, al presentarse ante la Ferrini los espíritus no ponían una cara simpática; todo lo contrario, adoptaban la fisonomía agigantada, por supuesto, del doctor Gerardo Estela, nombrado meses atrás interventor extraordinario de VIAJESTV, empresa que parecía balancearse en alta mar por difíciles aguas. Este doctor Gerardo Estela, hombre severo para Ferrini, por no decir intratable, era la bestia negra de Ferrini, cuya posición en semejante régimen de excepción la tenía seriamente amenazada. Aún soñolienta, envuelta en un sudario de gélida transpiración, pudo distinguir a los visitantes que se escabullían a través de la pared (la ventana no habría sido suficiente para semejante mole). Al día siguiente, la Ferrini se guardó muy bien de ofrecerle disculpas al pobre Carlos Mazoni, por haber constatado personalmente que los espíritus existían de verdad, lo cual acrecentaba, junto a su indignación, la firme determinación de hacer todo lo posible para sacar de en medio a aquellos intrusos. Durante los días siguientes, en tono de broma fue sondeando el terreno con el licenciado Comi, Jefe de la Unidad Administrativa, el distinguido señor Albano y la gente de su mayor confianza. Se quedó sorprendida al descubrir que la existencia de los espíritus era algo que la gente daba por descontado, cual clásico fenómeno de la naturaleza, como la lluvia, un terremoto o el mismo arco iris. Sólo el señor Faya, su consejero más lúcido, delegado gestor, pareció aterrizar de las nubes; cuando era pequeño había oído hablar vagamente del asunto, pero luego había tenido sobradas pruebas de que era un necio cuento sin sustancia. Como intuyendo su acerba hostilidad, los espíritus comenzaron a visitar con mayor frecuencia a Guadalupe Ferrini, siempre con la desagradable máscara del doctor Gerardo Estela: haciéndole muecas, tirándole de los pies, sacudiéndole el sillón donde se sentaba y, una ocasión, llegaron al extremo de acurrucarse en su escritorio, de tal modo que casi se desmaya. No era de extrañar que Ferrini, en la siguiente reunión patronal, hablase de ello con algunos funcionarios: ¿acaso se podía tolerar, en una gran empresa que se vanagloriaba de estar en la vanguardia, la perpetuación de semejante superchería, propia de la Edad Media? ¿Acaso no era el momento de hacer algo de una vez por todas de manera definitiva? Primero surgieron fugaces cuchicheos entre pasillos, intercambios informales de puntos de vista. En breve, Ferrini adquirió tal prestigio que le dio vía libre. No habían pasado ni dos semanas cuando el problema fue planteado ante el Ministerio Público. Ni qué decir que, en previsión del ridículo, en el periódico de la oficina en primera plana no se mencionara a los espíritus, pero en la página tres se aludía un deplorable factor de turbación laboral cuando el sol se iba ocultando. Contrariamente a lo que Ferrini esperaba, no sólo el tema fue tomado por todos en seria consideración sin que su tesis, que podía parecer obvia, encontrara una enconada oposición. Muchas voces de trabajadores se levantaron en defensa de una tradición tan pintoresca como inofensiva, que se perdía en la noche de los tiempos, subrayando el carácter en definitiva inocuo de los espíritus monstruosos, por lo demás totalmente silenciosos, destacando las ventajas educativas de aquella presencia. Hubo quien llegó a hablar de “atentado al patrimonio cultural”, como si se hubiese recurrido a medidas represivas. Por otro lado, sobre el problema en sí, prevalecieron los irrebatibles argumentos de los que demasiado a menudo se pertrecha al llamado progreso para desmantelar los últimos bastiones del misterio. Se acusó a los espíritus de dejar huellas malsanas en la mente de la gente, de suscitar pesadillas contrarias a los principios de una correcta conducta urbana. También saltaron motivos de higiene: sí, de acuerdo, los mastodontes nocturnos no dejaban sucios los jardines ni esparcían excrementos de ninguna índole, pero ¿quién podía asegurar que no eran portadores de gérmenes de virus? Tampoco se sabía nada a ciencia cierta sobre su credo político, ¿cómo estar seguros de que sus gestiones, aparentemente tan toscas y elementales, no ocultasen insidias subversivas? El debate, al cual no se había admitido a los periodistas, dada la delicadeza del tema, terminó a las dos de la madrugada. La propuesta Ferrini fue aprobada por una ligera mayoría de seis votos. En cuanto a su aplicación práctica, fue creada una comisión especial de expertos, de la que Ferrini fue nombrada presidenta. Ciertamente, condenar a los espíritus al ostracismo era una cosa y otra muy distinta conseguir eliminarlos. Estaba claro que no se podía confiar en su disciplina cívica, más cuando ni siquiera se tenía la certeza de que entendieran la lengua. Tampoco cabía pensar en capturarlos y cederlos al zoológico, ¿qué jaula podría contener esos animales, si de animales se trataba, capaces de traspasar las paredes? También había que descartar el veneno: nunca se había sorprendido a los espíritus monstruosos en el acto de comer o beber. ¿El lanzallamas entonces? ¿Una pequeña bomba molotov? El riesgo era excesivo para todos. En resumidas cuentas, la solución, aunque no imposible, se perfilaba bastante problemática. Ferrini ya veía cómo se le escurría de las manos el codiciado éxito, cuando le asaltó una duda: sí, la composición química y la estructura física de los espíritus monstruosos eran desconocidos pero, como acontece con muchas criaturas inscritas en los archivos de las leyendas, ¿no podían ser mucho más débiles y vulnerables de lo que se suponía? Tal vez era suficiente un certero disparo en el lugar adecuado y asunto concluido. Las fuerzas del orden público, tras la decisión del pleno de funcionarios y trabajadores refrendada por el Procurador Batis, no podían más que colaborar. Fue creada una patrulla especial, dentro de una brigada móvil, dotada de rápidos vehículos con radiotransmisores. Fue sencillo. La única circunstancia extraña, una cierta reticencia, por parte de los suboficiales y agentes, a participar en la batida ¿era miedo? ¿El oscuro temor a violar una zona prohibida? ¿O simplemente un nostálgico apego a unas historias de la tradición? Se dice que el encuentro se produjo una noche de intensa luna llena. La patrulla, apostada en una oscura esquina, avistó a los espíritus vagabundos que navegaban plácidamente a unos cuarenta metros de altura. Los agentes, metralleta en ristre, avanzaron. No se veía ni un alma. La breve detonación de las ráfagas retumbó de eco en eco, hasta lugares ilimitados. Aseveran que fue una escena extraña. Algunos aseguran que los espíritus giraron lentamente sobre sí mismos sin estremecimiento y, patas en alto, se desplomaron hasta posarse sobre el asfalto, donde quedaron tendidos boca arriba, inmóviles para siempre. La luz de la luna se reflejaba sobre sus enormes vientres abultados. De inmediato llamaron por teléfono a los barrenderos para la evacuación de los restos. No llegaron a tiempo. En escasos minutos la gigantesca presencia se redujo a la manera de una pobre larva, más tarde a unos gusanitos negros, hasta que por último se disolvieron en la nada. Se dice que en el cielo, mientras expiraban las criaturas, resplandecieron varias lunas. Se cuenta que por toda la ciudad se oyeron lamentos de perros y aves nocturnas. Los gatos maullaban. Corrió la voz de que mujeres, viejas y niñas, arrancadas del sueño ante una oscura llamada, salieron de sus casas para arrodillarse y elevaron sus oraciones por aquellos desdichados. Históricamente nada ha sido comprobado. Aquellos
espíritus eran más delicados de lo que se creía.
Estaban hechos de esa intangible sustancia que comúnmente se llama
ilusión, era lo cierto. ¡Mándame una cartita! Rosario Covarrubias Gutiérrez Toña mira cientos de zapatos; de vestir, deportivos, zapatillas y uno que otro par de pies descalzos. Cada que pasa una mujer, intenta imaginarse a sí misma con aquellos zapatos puestos, algunos le quedan chicos, ¡lástima!, otros muy grandes. No, se dice, hará cosa de dos horas que ningún par le viene. Un intenso olor a quemado la saca de su ensoñación, desvía la mirada sobre el comal y rápidamente remueve un sope convertido en braza humeante. A un lado del anafre tiene una cubeta de plástico para la basura, echa ahí el sope quemado. Suspira, ¡tres pesos tirados a la basura, válgame Dios! Mira hacia la esquina de enfrente y ahí está Manuela, la de los elotes platicando con Mario, el de los discos quien no deja de probar su música en el sonido. Arjona canta y canta “…si no te tengo”.Toña piensa y sonríe; “se me hace que éstos se gustan…”, mientras muerde una quesadilla de chicharrón más o menos chamuscada. Recorre con la vista la calle larga y ancha de Tacaba, calcula que serán un poco más de las diez de la mañana, hay mucha gente paseando, el metro aspira y exhala cantidad de personas como entre semana, algunos se detienen a mirar las mercancías que ofrecen los ambulantes, venden de todo: desde comida, ropa, perfumes, zapatos, artesanías, libros, relojes, juguetes, globos y dulces. Cada gente es un prospecto cuando se van acercando a los puestos instalados con herrería desmontable, o de plano, como Toña, en el piso. Crece el vocerío, la oferta, los discursos para convencer. Ahí es cuando la voz de Toña se pierde entre la música y las voces de sus compañeros. Siente que siempre se queda corta, con la voz como mocha, como a medias. Mientras más gente pasa no pasa nada, nadie compra. El tiempo transcurre y la venta es magra. Toña piensa en su casa, mejor dicho, en la renta, ya debe dos meses, el próximo correrá el depósito y después…, piensa en su marido que tiene el mismo tiempo sin trabajo desde que cerró la fábrica y no ha encontrado nada; en Dalia que se quedó sin poder entrar al bachillerato, en el hijo que entrará a la secundaria, siente la desazón oprimiéndola. El sol comienza a calar, no ha vendido ni la mitad de la cubetita de masa, saca las monedas de su mandil para contar lo que lleva: cuarenta pesos, contempla las monedas como si quisiera multiplicarlas, ¡cuidado!, escucha que alguien grita y siente pasar una multitud sobre ella; un hombre de traje, a paso veloz empuja su silla de ruedas con brusquedad, el dinero cae con un tintineo siniestro, el hombre ni voltea, vienen más hombres y mujeres con cámaras fotográficas y de video, periodistas con micrófonos en ristre, una bola móvil que se avienta, se empuja para ganar el centro de aquel círculo en movimiento, pisando las monedas que Toña ya no distingue entre tantos pies. En algún momento ella queda frente al conglomerado, sus compañeros se acercan a engrosar lo que parece una bola de nieve multicolor; unos la mueven para un lado, otros para el otro, a punto de volcar y por mera inercia se estabiliza la silla y queda, de repente, cara a cara ante una pareja sonriente y fastidiada, ¡el presidente! Toña no puede apartar la vista de Fox y su señora, una inspiración nacida de las monedas perdidas la hace clamar, ¡ayúdeme!, mostrando su humilde puesto volcado por los de seguridad y los reporteros; quiere decir más, sobre su casa, su esposo, el accidente, la escuela… las palabras se le hacen sope quemado en la garganta, su media voz se convierte en sollozo, un último esfuerzo para hablar le hace decir al hombre recién salido de la iglesia ¡usted es cristiano!, con un movimiento de sus manos trata de abarcar a sus compañeros ambulantes, y sólo muestra la muralla de reporteros y personal de seguridad, ¡vea la necesidad! El hombre alto se inclina sonriente y majestuoso hacia Toña, los fotógrafos se dan vuelo, Toña mira de cerca la cara de Fox, se pierde un momento en unos ojos que la desconciertan, siente que la ven pero no la miran, pero se aferra a una esperanza y sostiene la mirada, deduce que tendrá una respuesta, y aquél, con voz sonora le suelta: ¡mándame una cartita! Le pellizca la mejilla y continúa su camino rodeado de la turbulencia parlante que no deja de hacer preguntas. Toña se quedó inmóvil, con la cabeza baja, mirando hacia la Alameda, llora. ¡Toña, Toña!, la voz de Manuela la sobresalta, ¿qué te dijo?, mientras trata de componer el puesto disperso. Toña, en voz baja responde, que le mandara una cartita… recibiendo mecánicamente las pocas monedas que Manuela y Mario lograron rescatar. Lo malo es que no sabe cómo me llamo. |
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