LA BANDA DE LOS MERCEDES BENZ
Rosario Covarrubias Gutiérrez
La luz de la mañana tropezaba por todas las azoteas. Algunas personas se arremolinaban en sus techos para mirar hacia abajo. De los edificios aledaños, por casi todas sus ventanas asomaban los rostros curiosos de los empleados de una gran empresa. En la avenida, acordonada, los conductores de varias patrullas y una ambulancia se afanaban por mantener alejada a la gente que rodeaba un cuerpo tendido en el asfalto. La mayoría cubriendo su nariz por el intenso olor a carne quemada. El humo se esparcía por todos lados, como una nube blanca que comenzara a dispersar su densidad volviendo transparente el entorno, haciendo posible mirar, aún de lejos, que el cuerpo pertenecía a un hombre mayor; un viejo indigente al que varias personas identificaron como el hombre que alguna vez les pidió una moneda o les dio los buenos días cuando llegaban a su casa o a su trabajo; el mismo que solía dormir en el parque cercano rodeado de perros a los que cuidaba como cualquiera cuida a su familia si la quiere.
Los que miraban desde lo alto escucharon a su espalda el grito estentóreo del hijo del dueño conminándolos a volver al trabajo de inmediato; algunos, los que se sobresaltaron por el ladrido del junior, alcanzaron a ver su cara distorsionada por la furia, el desvelo alcoholizado por el que su tambaleante figura engrandecía su acostumbrada intolerancia. Atemorizados, varios se deslizaron a sus respectivos lugares, otros permanecieron un rato más en la ventana ante la mirada de trueno del recién llegado, asomados para notar que el hombre se quejaba, miraba a los más cercanos con ojos desorbitados, le temblaba el cuerpo con violencia, los paramédicos comenzaron a preparar la camilla para subirlo a la ambulancia.
Antes de salir del piso, el junior se asomó a la ventana para acomodar las persianas que fueron removidas y lanzar una mirada furibunda a los trabajadores que lo veían con recelo. Sabían que aquél sólo se presentaba en la empresa cuando necesitaba algo, pero se comportaba como un capataz cuando los veía. Respiraron tranquilos cuando traspasó la puerta, con paso fuerte pero renqueante. Andará drogado, dijeron algunos. Es sólo la borrachera, decían otros mientras se disponían a iniciar sus labores. Abajo estaban los camilleros por introducir al viejo al vehículo, cuando el junior se acercó para mirar de cerca las maniobras. Su mirada turbia encontró los ojos del anciano que, al verle, lanzó un alarido demencial. El joven retrocedió y de prisa volvió al edificio de su padre, aterrorizado, tropezando con los vigilantes, corriendo enloquecido a ninguna parte.
Cerraron por fin las portezuelas de la ambulancia que se dirigía ya al hospital más cercano, mientras los patrulleros hacían preguntas a quien quisiera responderles. Uno de los curiosos, vecino del lugar y asiduo lector de nota roja, se acercó a los policías para preguntar si aquél homicidio frustrado –porque parecía serlo– pudiera ser obra de la banda conocida como los hijos de Mercedes Benz; recibió respuestas confusas, que lo dejaron pensando que no había otra banda que estuviera interesada en matar gente pobre por deporte, por aburrimiento, una banda que creía que por ser millonarios por herencia tenían derecho a quemar personas como se quema basura, matarla a golpes como se golpea una lata por las calles. Decidió retirarse al mismo tiempo que las patrullas, pensando que el joven curioso que se acercó cuando el anciano gritó, cojeaba porque traía desgarrado el pantalón como si lo hubiera mordido un perro.
El mar en sueño
Iliana Rodríguez
A mi amiga Raquel Mosqueda,
por el sueño de la esperanza
1. El sueño
Abismo de las sombras,
este mar se sueña en alta noche.
Sueña con azules como cielos,
sueña con los soles como arenas.
Su corazón molusco late
y sus ansias ya se rompen en los riscos.
Sólo quiere desatarse de las costas,
no ser más el Cronómetro del Viento.
Este mar se sueña liberado,
fuera del terrible caracol del mundo.
Pleno en agonía,
solo en sus sinfónicos oleajes.
Sueña con el espíritu que flota
sobre su faz dormida.
Antes de la luz,
al borde de los tiempos.
2. Los otros sueños
Ha soñado en el principio
que sus corrientes se apartaban
al imperio del mandato.
Y empezaron otros sueños.
Soñó con las mareas
que cubrieron toda carne.
Soñó con una alianza.
Soñó con un camino.
Desde entonces ha soñado
con armadas y galeras.
También con los violines
en un naufragio de primera clase.
Ha soñado –acaso al mediodía–
que arrojaban los cuerpos a sus aguas.
Pesaroso se revuelve
en sus sábanas de espuma.
3. El sueño en linde
¿Soñar como los peces,
con los ojos abiertos al destino?
¿Atarse al mástil
o dejarse a la voz de las sirenas?
En tierra adentro,
soñar con el sueño de los mares.
4. El sueño adentro
Abismo de mis sombras,
este mar se sueña en otra noche.
Sueña con sus aguas prisioneras.
Sueña sus rompientes en mi almohada.
Yo me sueño en el vientre de sus peces.
Me sueño en el clamor
que nos saque de la celda.
Afuera, el Faro alumbra.
Y soñamos el sendero de sus luces.
ALFIL Y CABALLO
Fernando Contreras
La combinación del caballo y el alfil en los finales suele producir gran impresión entre los ajedrecistas, entre otras cosas porque se presentan en muchas ocasiones desenlaces imprevistos y de gran belleza. Más aún, cuando la artillería y el número de peones se ha reducido considerablemente, el grado de dificultad se incrementa, y es por lo que, en esas situaciones, la combinación del largo alcance del alfil y la ligereza del caballo dan como resultado conclusiones que no sólo se quedan para la contemplación, sino que dan para el estudio por parte del aficionado y también del maestro.
El ejemplo que se presenta a continuación es prototipo del tema; se invita al lector a que pase un rato agradable tratando de encontrar la solución.
Juegan las negras y ganan. La posición del diagrama corresponde a una partida jugada a principios del siglo XX, entre Schiffers con blancas contra Chigorin. Las blancas poseen apabullante superioridad en material (las negras no tienen dama); no obstante, las negras aprovechan la ventaja que le otorgan la gran diagonal y la columna h, ambas abiertas, por lo que las negras manejan a sus torres, a los alfiles y a su caballo de manera magistral: 1…Th1+ 2. Cxh1 Ah2+ 3. Rxh2 Th8+ 4. Rg3 Cf5+ 5. Rf4 Th4 jaque mate.

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