Arte
Chicano La sabiduría convencional no se cansa de repetir que los artistas chicanos obedecen a los dictados de una lucha en pro de los derechos humanos al estilo de la década de los sesenta. Se insiste en que el arte chicano son los murales a la manera de los Tres Grandes, aunque con sus propios signos de “autenticidad étnica”: el Águila Negra, campesinos o pachucos morenos amenazados por policías blancos, un guerrero azteca/príncipe maya montado en una serpiente emplumada y la típica mujer sacerdotisa-precolombina. Adelita revolucionaria, madre enmantada, Chola enmascarada de maquillaje o la omnipresente Virgen de Guadalupe. Desafortunadamente, en los ámbitos más elevados o bajos, en los centros de poder y en la provincia más periférica abundan las mentes convencionales. Las editoriales europeas, mexicanas o estadounidenses ilustran sus escasas antologías de literatura chicana con ejemplos de sus murales; los congresos estadounidenses sobre latinos los reproducen en sus carteles, los aficionados a las galerías se desconciertan frente a las obras chicanas. Sin embargo, el arte chicano nunca se ha restringido al realismo monumental. La mayoría de los artistas chicanos casi nunca han pintado murales ni siquiera en las sociedades que autorizan a los artistas minoritarios en su papel de disidentes. Convertir el arte en una composición estética es un acto radicalmente político, sobre todo cuando es realizado por esa minoría en resistencia... Lo cierto es que los artistas chicanos dialogan con su tiempo. Sus producciones surgen, no precisamente de algún código esencial étnico o genético, ni ideales nacionales o culturales homogeneizados, sino del contexto de cada realización. Comparten la herencia mexicana, pero qué y cuánto de ella utilizan, o cómo la muestran variando a lo largo del panorama sus posibilidades, sus inclinaciones, sus predilecciones... Sus obras continuamente nos recuerdan que la cultura nacional mexicana resulta ser el ideal propagandístico bajo la cual se incrementa la amalgama de la vasta multiplicidad mexicana, dando como resultado desde estridentes paletas expresionistas hasta los tonos más suavemente modulados, desde el tratamiento surrealista de lo normal hasta las versiones ingenuas de lo irreal. La sugerencia velada de una deslizadora perspectiva irónica, uno de los elementos más compartidos es el humor o la revelación sutil de lo absurdo a la descarada carnavalización. De manera contraria a lo que afirma la sabiduría convencional, en vez de un arte homogéneo, en el cual un artista chicano repita el juego tradicional, es posible encontrar en el arte chicano un campo posmoderno lleno de estímulos polivalentes compitiendo por llamar su atención al apreciar un arte inesperado, desconcertante, difícil de categorizar y no tan fácil de archivar al margen de la memoria. Amanda La abuela había bebido su cuarto vaso de charanda, estaba sola en el patio, mirando cómo el sol barría las sombras de su mundo; el espacio aquél lleno de plantas y sueños pospuestos. Le gustaba estar sola, porque sola había aprendido a domar su soledad, ahí tramaba la continua defensa de sus últimos años. Defensa a ultranza contra la preocupación amorosa e irritada de sus hijos y nietos que para tranquilizar sus angustias proponían una y otra vez su internado en una de esas casas de retiro. Amable eufemismo, se decía Amanda. Sabía que, más allá de los cuidados que pudiera requerir, estaba la molestia silenciosa de su familia por su afición a la bebida, vieja costumbre que, sin conducirla a borracheras bochornosas, ocasionaba airadas discusiones entre todos, nunca con ella de manera directa. Por mucho tiempo compartió con su difunto el ritual aquél de los cuatro vasos de charanda en su jardín. A la muerte de su compañero se negó firmemente a abandonar su casa, rechazó en todos los tonos las invitaciones de sus hijos para vivir con cualquiera de ellos. Cuando una se queda sola a esta edad, decía, ha de traer a su vida todos los recuerdos que una vez vivió haciendo la vida, y se cobijará con ellos cuando sienta frío y no haya otra cosa qué hacer que recordar. Punto. Además, tenía una obsesión secreta; entre la modesta variedad de sus plantas, que comenzaban a trepar por las paredes de su jardín, con una viva inmovilidad, susurraban aromas y cantaban colores, tenía un ángel de barro, con sus alas extendidas, recargado en el muro, brazos y piernas cruzadas y sin pintar. Amanda adoraba aquella figura, había visto los ángeles de las iglesias, algunos de tamaño natural, es decir, del tamaño de una persona, eran preciosos. Siempre se preguntó en qué se inspirarían los artistas si, seguramente, como ella, jamás habrían visto uno, ¿o sí?... ella pudo tener en casa uno de esos, pero el de barro le gustó. En sus tiempos de mujer joven y casada, ya con hijos, jugaba con su esposo a que algún día ese ángel ganaría color y movimiento. Ella sola continuaba con ese juego más o menos esperanzado, porque, en lo más profundo de sí misma, esperaba que algo sucediese, así que no abandonó su juego. Hablaba con su marido, brindaba con él, le mostraba el crecimiento de sus plantas y se ponía a mirar intensamente la figura, los juegos de sol le gustaban y la inquietaban, en un momento del día, se iluminaba la cabeza del ángel, si se concentraba, parecía que había algún movimiento, ella sabía que eran sólo efectos ópticos y de luz, pero le procuraban la ilusión. Ese era su pasatiempo favorito. Un día, como casi todos los domingos, llegaron sus hijos y sus nietos. Amanda se encargó de esconder su vaso y su botella donde nadie los viera. Era un esfuerzo inútil, pero ya era una costumbre. Siempre los veían y cruzaban entre sí aquellas miradas que siempre odió. Hubo uno de esos silencios incómodos para romperlo, Amanda se dirigió a su nieto más pequeño y más inquieto, olvidando sus limitaciones quiso cargarlo, lo alzó algunos centímetros del piso y al intentar pasar su brazo bajo las piernas del niño algo crujió como una rama seca. Una punzada brillante le atravesó la mitad del cuerpo y se desplomó. Su nuera alcanzó a sujetar al niño. Amanda despertó en un cuarto de hospital. Estaba rodeada por sus hijos que la miraban preocupados. Antes de abrir la boca, el mayor sentenció: Cuando salgas de aquí, te llevaré a mi casa y vivirás con nosotros. Te rompiste la cadera, ya estás anciana, ¡entiéndelo!, nos has asustado a todos. ¡Y se acabó la charanda! Lo miraste salir dolido y furioso. Los demás asintieron y comenzaron las preguntas: ¿cómo te sientes?, ¿se te ofrece algo? Te abrumaron. Decidiste callar. A los tantos días Amanda salió del hospital en camilla. Ya no podía valerse por sí misma, extrañaba su casa y le dolía todo. Pensaba en sus plantas y, sobre todo, en su ángel. Su nuera le aseguraba que iban cada tercer día a cuidar de sus macetas y la casa, ella sospechaba que a veces le mentían. Lloraba en silencio. Su nieto menor llegó una tarde hasta su cama y sacó de una mochila su figurita de barro. Te la traje abuelita, sé que te gusta mucho, ella lo tomó en sus manos y comenzó a sollozar, su nieto la besó y la dejó sola, impresionado. Ella se quedó dormida, la cara húmeda y tranquila. Amanda despertó a un día fresco y soleado, sentía un aire tibio en la cara, miró al frente y el rostro más hermoso que hubiera visto en su vida le sonrió, tenía la cabeza coronada de sol, emanaba una luz brillante, Amanda escuchó claramente un ruido acompasado, como su corazón cuando estaba tranquilo, se incorporó, pudo hacerlo, y miro dos grandes alas níveas. Todo era altura y bienestar. Abajo, a una enorme distancia sus hijos lloraban. Manuel
Payno y sus bandidos de Río Frío Los bandidos son de todos los ríos, hasta de los de la imaginación; los lectores sorprendidos se dejan saquear, navegan en sus aguas que son muy profundas y aunque no desembocan en el mar sí lo hacen en el conocimiento. Ese objetivo, el conocimiento, es el que perseguía Manuel Payno con sus novelas por entregas, mejor conocidas como folletines de aventuras y de los cuales fue uno de los introductores en México; la primera de ellas, El fistol del diablo fue publicada a partir del año de 1845 en el periódico titulado Revista Científica y Literaria. Pero la que le dio fama póstuma fue Los bandidos de Río Frío, que escribió de 1888 a 1891 durante su estancia en España. Es a esta novela a la que le rendiremos tributo y homenaje. Manuel Payno escribió Los bandidos de Río Frío bajo el cobijo de su amigo, el editor español Juan de la Fuente Párres. La historia comienza con un “Caso rarísimo nunca visto ni oído”, es decir, con la narración de Don Espiridión y Doña Pascuala, quien tiene un embarazo de más de nueve meses; aunque el tema central es el Relumbrón, las hazañas y fechorías de éste y sus compinches, no deja de ser interesante un inicio como el ya planteado. Quienes prologan algunas de sus obras, coinciden en que tan variada es la novela que puede inferirse que es la pintura de toda una época. Veamos por qué. En Los bandidos de Río Frío se presenta la vida del México de la primera mitad del siglo XIX, todos sus aspectos: las carencias de los pobres y las infamias de los ricos, las brujas y los hombres de ciencia, los jueces y políticos, los tahúres y sacerdotes, los periodistas y abogados, los militares y desarrapados, la ciudad y sus cálidos alrededores, las fechorías de los bandidos y las hazañas de los charros, los salones elegantes y las tortillerías, las partidas de juego y las celebraciones religiosas, el encanto de las ejecuciones públicas y la fascinación de la ópera, las cárceles y la realeza indígena, las pulquerías y mercados, etcétera. Todo lo anterior mezclado en una historia llena de aventuras, una historia llena de pequeñas historias que si separásemos en capítulos, podrían funcionar perfectamente como relatos individuales; ese es uno de los grandes meritos de Manuel Payno y de las novelas por entrega en general: cada uno de sus capítulos debe ser impactante, debe tener un inicio atrayente, un clímax y, sobretodo, un final que mantenga la expectativa hasta la siguiente entrega. Asimismo, la novela está plagada de descripción, elemento práctico para enganchar al lector con el texto, además de un lenguaje sencillo sin pretensiones de grandilocuencia; es un libro que pueden leerlo por igual niños, jóvenes y adultos, o como dijo el propio Payno en el prólogo de su obra: “sin temor podrá ser leída aun por las personas mas comedidas y timoratas”. Como antecedentes del autor, diremos que Manuel Payno y Flores nació el 21 de junio de 1810 en la Ciudad de México. Él fue algo más que un escritor, pues incursionó notablemente en la política; por enumerar algunos de sus cargos diremos que la cartera de Hacienda en los períodos presidenciales de José Joaquín Herrera, Mariano Arista e Ignacio Comonfort no hubiese sido la misma sin él. Si bien reconoció, a la llegada de Maximiliano, el Imperio, ya restaurada la República fue electo diputado. También fue senador, profesor de Historia Patria en la Escuela Preparatoria, Cónsul de México en Santander y Barcelona, miembro de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, además de socio de Academia de Literatura. Algunos dicen que murió el 4 de noviembre de 1894, que sus restos yacen en la Iglesia de La Concepción, en lo que hoy es la delegación La Magdalena Contreras y que hasta 1927 perteneció a la entonces municipalidad de San Ángel. Otros dicen que su entierro en el Panteón Dolores fue bastante sencillo. Pero todos mienten, pues vive entre nosotros a través de su obra y recuerdo. Si fuera posible reunir toda la obra de Manuel Payno, se formarían grandes volúmenes en los que se podría encontrar materias diversas como la historia, economía, política, geografía, arqueología, viajes, finanzas y, por supuesto, literatura en varios de sus acepciones, pues incursionó en el cuento, la crónica y el ensayo. Así que quien tenga la intención de leer a Manuel Payno, y en especial Los bandidos de Río Frío, se encontrará con muchas historias que son una sola. Ésta, es una invitación para que el lector se acerque a los libros, para que vaya directamente a leer las obras, es una invitación para evocar el mundo del siglo XIX y para adentrarse en una época que por sus historias es fascinante. Rescatemos el recuerdo de los escritores mexicanos, apreciemos sus lecturas y conozcamos la historia de México a través de ellos. En los ríos de la literatura todo se puede reconstruir con la imaginación, sólo hace falta una balsa llena de esperanza y ningún bandido, por más astuto que sea, podrá sumergirnos hasta sus profundidades. Imaginemos entonces a los bandidos de Río Frío con mucho anhelo. Pablo
de Rokha: El Jaguar en el Pantano Vivir y crear sometido a todas las censuras fue sino y signo de Pablo de Rokha. Ningún otro escritor soportó tan recio estigma sintiéndose “baleado y pateado por los fusileros del horror”. Este profeta colosal sigue siendo el volcán de la cordillera de la poesía chilena. El eminente crítico Juan de Luigi lo llamó “jaguar en el pantano” por su acosada grandeza, por el odio feroz concitado alrededor de su coraje, soledad, creación entre terribles angustias; advierte que De Rokha “hostilizado, silenciado, mal atacado” no tuvo condiciones para la serena autocrítica. Carlos Díaz Loyola nació en 1894, provincia de Curicó, en Licantén o lugar de piedra en lengua mapuzungun (del pueblo mapuche), inspirador del seudónimo Pablo de Rokha. Casó con Luisa Anderson, Winétt de Rokha, sensible y original poetisa, y tuvieron ocho hijos, todos artistas. No olvidó jamás a dos hijitos muertos en la miseria, cuyos cajones hubo de cargar hasta el cementerio. Dos hijos se suicidaron. El Premio Nacional de Literatura (1965) fue reconocimiento tardío. Viudo desconsolado, el formidable cantor de una sola amada, gozador de los alimentos terrestres y amador de la vida se mató de un balazo en 1968. Desde muchacho sufrió la censura, primero, por leer poesía y luego por escribirla. A los dieciséis años lo expulsaron del seminario por hereje; se lo sometió a la censura del Índex católico por leer a Nietzche, Rabelais y Lautreamont. Diez ejemplares vendió de Gemidos (1922) —“el resto fue utilizado para envolver carne en el matadero”—, ejemplo de la vanguardia, primera muestra de una lírica brotada de los conflictos sociales de un pueblo inmerso en dolor y sufrimiento. Se le cerraron las puertas de las editoriales y recibió el oprobio de la crítica. Se le negó el derecho al trabajo. Al revés de otros poetas, a él jamás se le otorgó un cargo público ni dentro ni fuera del país. Sólo el presidente de la república Juan Antonio Ríos, en 1943, al saber de su reconocimiento internacional como “centro de tormenta de la poesía de América” (escritor H.R. Hays, Universidad de Yale), le encomendó de recorrer todos los países del continente en misión cultural. Marginado, empujado a oscuras fronteras, condenado a sobrevivir con precarios medios, escribió su poesía y debió autoeditarla. Sin distribuidor, recorrió el país de punta a cabo ofreciendo, bajo el sello “Multitud”, volúmenes color fuego con letras negras. Víctima de doble censura política: la del sistema y la del Partido Comunista, que lo expulsó de sus filas, su omisión en la prensa de izquierda —agudizada por su enemistad con Pablo Neruda— irradió a los círculos intelectuales del mundo. Aceptarlo fuere connivencia con los enemigos del pueblo, repudio a toda causa progresista. “Había temor a editarlo, había presiones a todo vapor, amenazas, compromisos tortuosos y subterráneos, odios ramificados hacia Buenos Aires y Ciudad de México, pasando por Montevideo y Caracas; (...)estaba aislado y suprimido, (...)convertido en el gran enfermo de peste encerrado en vida, a solas con su genio y sus recuerdos”, testimonia el novelista Carlos Droguett, Premio Nacional de Literatura 1970. Legó a Chile cuarenta libros donde aún se cierne la sombra de la censura. Para el español León Felipe, “De Rokha es no sólo el más gran poeta de América, sino el más gran poeta de la lengua castellana en el siglo veinte”. Pero España no publica al temible de epítetos, imaginador del “Dios borracho que llora meando en todas las esquinas del universo”. |
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